Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 10 de agosto de 2014

La sombra (La foto, Diario Tiempo Argentino: 10 de agosto de 2014)



La sombra es el perro más fiel que conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su ausencia bajo la sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después. Alma pura, cuentan que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que hacia ella hay que mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de quién, o de qué se trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la mujer a través de la sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar nuevos barriletes sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra de una mujer que usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la noche. Intentar ver el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en la sombra como si leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la borra del mejor café. Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se nutre en lo fantástico. Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el de afuera; tantas sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o cuando se mira hacia las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra, luego un puñado de decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre, siempre pintó sombras en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en la sombra. Por eso, pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra del limonero, y yo miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé la mano de la muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una luz en la ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la mano. Íbamos camino al primer abrazo.

viernes, 18 de julio de 2014

Bitácora de lluvia, la primera novela de Edgardo Lois por Tuky Carboni



Generalmente, los escritores solemos tener reparos en mostrar nuestros primeros trabajos. En esa cautela, hay algo de la necesaria autocrítica que debemos ejercer sobre lo que escribimos; estamos aprendiendo a caminar por el bello sendero de las letras y nos sentimos vulnerables, inseguros. De todas maneras, esta actitud de responsabilidad ante el lector es, creo, mucho más deseable que la posición opuesta: creernos genios o escritores iluminados que sólo debemos lanzarnos al ruedo y esperar que los demás aplaudan, deslumbrados por nuestra pericia en manejar el lenguaje. La primera actitud, la de caminar con pie de plomo por la explanada de las letras es, creo, más inteligente; sobre todo si somos sensibles; porque nos permite estar conscientes del riesgo que corremos: lastimarnos seriamente e infligirnos una herida que tardará en cicatrizar; si cicatriza. La segunda, la de la confianza ciega, tal vez sea más brillante y tentadora; pero, al dar la impresión de saberlo todo acerca de la escritura, desanimamos los aportes constructivos que los demás podrían hacernos para mejorar nuestro trabajo. Y nos perdemos la lección. Este sería, de cualquier forma, un mal comienzo. Cuando, con el correr del tiempo, presentemos otro trabajo, más burilado, más mesurado, más digno de un escritor, ya se habrá instalado en los lectores o los críticos ese sentimiento de rechazo que generamos, a medias con nuestro texto y a medias con nuestra actitud.
Cuando mi nuevo amigo Edgardo Lois me obsequió “Bitácora de  Lluvia”, su primera novela, me aconsejó “que lo tomara con calma”; así está escrito en la dedicatoria. Me preparé entonces, anímica e intelectualmente, para leer un típico trabajo de principiante. Falsa alarma. El libro, por fuera, da toda la sensación de ser una edición cuidada, y prolija. Buen tipo de letra, buen papel, hermosa portada (“El Diluvio” de Vito Campanella) y ese “algo” misterioso pero innegable, que nos hace elegir un libro de entre otros muchos.
Por dentro, esta novela se “ganó la lectura” desde el inicio. Desde “Palabras Previas” que, muy bien elegidas, saben presentar un portal sumamente atractivo para comenzar a transitar el texto.
La idea central me pareció muy interesante y original. Los diálogos son ágiles y muy creíbles; los capítulos breves permiten seguir el desarrollo de la historia, bastante compleja, sin perdernos en el laberinto que proponen. Me gustó, especialmente, esa interacción con un personaje que se fuga de las páginas de una novela y hace su incursión en lo que llamamos “realidad”: el  viejo “contador de historias”; éste es y se comporta como un indigente; pero no habla como uno; para hacer patente la distinción, basta leer su sabia disquisición sobre la esencia del Ser: dónde termina el Ser, si el Ser  puede expandirse mediante la gracia del amor y si es posible su fusión con lo que amamos. Maravilloso.
El paisaje donde se desarrolla la novela tiene mucho de esa inconsistencia que tienen las  situaciones oníricas: cierta levedad vaporosa, escenarios que se transforman súbitamente, la presencia infaltable de la lluvia, con su doble propuesta: intimidad e intemperie. Además, hay afirmaciones que no puedo sino compartir; por ejemplo, la de que, al escribirse, un texto se transforma en real (ya lo dijo Archibald Mac Leish: “un texto no significa algo; Es  algo”.); otro tópico interesante y compartido es la tesis de la multiplicidad del Yo, ya propuesto por grandes poetas y escritores, como Rilke o Proust. Tema apasionante para debatir en una  larga charla entre amigos.
Para destacar: con el correr de las páginas, Julio, el hombre muerto entre cuyas ropas se encuentra el manuscrito, se gana un lugar en nuestro espectro afectivo por su condición de librero apasionado, enamorado de los libros, por su culto a la amistad y por la delicada ternura que manifiesta en su trato diario y en sus diálogos con Edesma, la mujer que ama. Una ternura que sólo se permiten los hombres bien hombres, los que no tienen duda alguna acerca de su condición de tales.
Otro recurso que utiliza Edgardo y que me pareció excelente, es hacer entrar en el texto de su novela a amigos entrañables, esta vez de carne y hueso, como Hugo Ditaranto y Gabriel Montergous; es como si hubiera un intercambio tácito de responsabilidades, los amigos queridos, para custodiar la novela; y para ellos, un pase de magia para que accedan a esa suerte de eternidad que, según “Bitácora de lluvia” tienen los personajes, mediante la ópera prima de otro escritor.
Como corolario de esta novela apasionante, me queda una duda; pero esa duda me confirma la cualidad onírica del relato: Edesma, ¿existió, realmente? ¿Abandonó a Julio? O, ¿se diluyó en la lluvia? Misterio muy, pero muy bien logrado.

domingo, 6 de julio de 2014

Arder (La foto, Diario Tiempo Argentino: 06 de julio 2014)



Es la fragilidad de la vida la que siempre me empujó a más, la que me llevó a que nunca bajara los brazos por más que desde el norte vinieran degollando ceibos. Porque es la vida, hermano, como el grito de esta vela: palabra de luz y de calor, un punto vivo que siempre está dibujando un nuevo contorno. Es también la palabra de fuego. Hay un desgarrón a cada estocada del viento: no sabe de un día de ausencia. La llama tiembla, duda, se estremece, sueña, parece que se muere, que ya no quiere ni un minuto más sobre la frontera. Cuidado, el abismo que acompaña a la existencia está siempre a la mano, es una sombra atenta a los paisajes. La fragilidad, la finitud acecha. Sin embargo, muchas veces, la cintura de la llama se las arregla y sigue el baile durante tres minutos más, y hace esquina, y vuelve a presentar batalla en el barrio que la vio nacer. La vida es una vela encendida que pasa de una mano a otra: el tiempo de viaje, el tránsito entre las señales de nuestros días y el aroma de nuestras almas. Si mañana no voy a estar, así me dije siempre, debo trabajar la llama de este empeño. Entonces pude arder hasta el grito y la despedida. Y corrí el riesgo de mirar más allá, porque estaba vivo, porque tenía una idea: rendir homenaje a cada centímetro de la cuerda, la que nos acomoda el aliento necesario para levantarnos cada mañana. Lo hice cada vez: desperté y abrí los ojos, como lo hace cualquiera que siente el empuje. Me levanté rápido, lavé mi cara y me encontré en el espejo. Pensé: está bien, estuvo bien. Esta vela se puede apagar cuando nazca el silbo del último viento.

domingo, 22 de junio de 2014

Muerte súbita (La foto, Diario Tiempo Argentino: 22 de junio 2014)



Neruda eligió mirar el océano, junto a su compañera, desde la tumba. Estuve en la casa de Isla Negra, frente al Pacífico. John Houston en su última película “Desde ahora y para siempre”, basada en el cuento “Los muertos” de James Joyce, enfoca la mirada hacia el amor: sobre algunas tumbas la nieve cae desconsolada. Nieva sobre Dublín. Cuando supe que yo quería una tumba con forma de pirámide, deseché la posibilidad del sol rabioso, lo odio, y en cambio imaginé la eternidad rodeado de aire frío y arropado con nieve. Alejada de la casa, en el parque, construí yo mismo la pirámide. San Martín de los Andes sería mi cementerio. Mi mujer se rió. Me miró con lástima. Llegado el momento solo le pedía silencio y discreción. En la comunidad siempre fui una sombra. Nadie notaría mi ausencia. Todo quedó dispuesto para mi muerte. Pero la historia al parecer no fue autorizada por el destino. Morí de forma repentina, casi súbita. Tuve que dejar mi vida, mis quehaceres en el escritorio silencioso, dejé de escribir allá en el sur. Ella me dijo que no me aguantaba más. Andate, morí rápido. Tuve que dejar la casa y mi futura tumba. Planteé enigmas en sus medidas que a nadie importan, hice mis cuentas como los egipcios, y tampoco se cumplirán mis pintadas proféticas: soy la prueba del fracaso. Cuando nieva me hago una escapada y le tomo una foto. En la última, ella y su nuevo faraón intentan retirarle la nieve. Lo hace con cada nevada para que no tenga ni siquiera la posibilidad de imaginar el sueño cumplido. Ella sabe que vuelvo del más allá. Al final, cuando nieva muero entre los árboles.

lunes, 16 de junio de 2014

Sepia (La foto, Diario Tiempo Argentino: 15 de junio 2014)



Hay momentos en que los colores de un paisaje suspenden sus funciones vitales. Ocurre ahora mismo: la mujer camina dentro de un cuadro que muta. Desde este banco de madera veo claramente la presencia viva y envolvente del aroma, que solo esta vez simulará ser un color. Cuando un paisaje torna sus silencios hacia el sepia, el tiempo se dispara alto en el cielo, y aquello que era rodeado por una mañana más, deviene al instante en final de último atardecer. Las fronteras entre los reinos atenúan su decisión, el aire se hace niebla, y las sombras se transforman en decididas espectadoras. Puede que el sol en su retroceso produzca un leve silbido en la escena, pero no estoy seguro. El paisaje que llega a su centro sepia es como la memoria de un hombre mayor, pierde contornos, deja escapar detalles: los pequeños habitantes de historias sin importancia. Se purifica y aligera el alma porque se presiente que el final de la gran historia se acerca. La mujer sabe que va hacia su muerte en sepia. Escribí una serie de relatos mínimos, pero quedaron en la nada del aroma, que es testigo y parte mientras no arremete. El título fue “En sepia”. Nunca lo publiqué. El aroma sepia, en el único instante en que atenta contra el paisaje todo, se funda sangre adentro de la persona atravesando la piel de la cara. Anida unos instantes entre los ojos, donde se guarda la memoria. No se respira mientras sucede la mutación de la luz, de la historia. La mujer camina hacia su muerte. Lo sabe. Va hacia la niebla del puerto, que siempre está más allá del encuadre. Recuerdo el día en que caminé sobre el aroma.

domingo, 11 de mayo de 2014

Un bote sobre adoquines (La foto, Tiempo Argentino: 11/05/2014)



Desde que supe que en Gualeguay vivió Catón, el río de adoquines de la calle San Lorenzo, que pasa junto a la iglesia San Antonio, me atrae decidido. Lo contemplo desde la escalinata de la iglesia, camino sobre sus aguas y sobre los distintos brillos con que el sol acompaña su discurrir calmo. Es inevitable, pienso en este río, y también en el Gualeguay, que corre unas cuadras más abajo. Pienso en los dos ríos cuando Catón es hombre muerto desde hace tantos años. Vivía con su madre en una casa que hoy nadie ubica. Pasó sus días, y muchas de sus noches en la puerta de la iglesia. El café con leche se lo regalaban en el Irún. Los cortejos fúnebres venían por San Lorenzo. Camino al cementerio pasaban frente a su mirada. Incluso los que provenían de los asentamientos en las tierras blancas. Él los recibía. Su vocabulario era escaso. Cuentan que fue un niño, un muchacho y un hombre con problemas bajo la boina. Preguntaba: ¿quién es el finadito? Escuchó los nombres de cantidad de gualeyos difuntos. Se colocaba entonces a la cabeza del cortejo. Como si se subiera a un bote pobre, tanto o más que él, y derivara por el río de adoquines que, en alguna vuelta de los misterios que hacen al hombre, bien podría unirse al Gualeguay de siempre, que muertos también se lleva cada verano. Catón a veces lloraba. Siempre guardaba respeto. El muerto, se cree, iba a su lado en el bote. Como si fuera un amigo que, con cara de perro bonachón, acompaña el alma a la otra orilla. Dicen que Catón se fue solo, que nadie lo acompañó. Preocupa la muerte en Gualeguay desde que falta el llevador en su bote.

viernes, 25 de abril de 2014

Marinero como papá (mi recuerdo para El Gallego Guillermo Pérez Bravo, hoy en el café La Poesía de SanTelmo se inaugura su muestra, y un sitio que avisa que este hombre nunca se fue de sus barrios).



Conocí a Guillermo Pérez Bravo, el Gallego, en la trastienda del Margot, en las primeras horas de una tarde de invierno. Sucedió en mis inicios como habitante explícito del barrio de Boedo. Me refugiaba a leer y escribir en la hermosa soledad que amanecía en los fondos de la esquina de San Ignacio y Boedo. Sucedió que en la susodicha tarde, allá por el 2000 y monedas, creí mi soledad entrecomillada por una amenaza. No me gusta que enturbien mis ceremonias. En mi mundo había otro habitante. Sospecha nefasta y recelo. Mantuve la educación: me saludaron y di mis buenas tardes. Me senté a la mesa con vista a los adoquines del pasaje. Distribuí libro, lapicera roja y hojas en blanco. Y automáticamente presté atención a los utensilios y el quehacer del invasor. Al instante reparé en que no tenía el meñique duro, y que se aprestaba a filetear un paño de madera. Pensé: un fileteador, que es como pensar en un poeta del pincel. No leí, hablamos un buen rato mientras él pintaba. Le obsequié un ejemplar del que en ese momento era mi único libro publicado. El Gallego prometió leerlo, y lo hizo. Nos encontramos tiempo después. Nos saludamos con afecto. Fue vernos pasar mutuamente hasta que lo encontré en el timón ubicado detrás de la barra del Cao. Me gusta ver el café todo como si fuera un barco, a la vista están sus tres mástiles sosteniendo su cuerpo alargado. Y más disfruto de saberlo y nombrarlo barco, desde que entrevisté al Gallego para el periódico Desde Boedo. Me contó que era nacido en Galicia, en el pueblo más lindo de Pontevedra: O’Grove, fundado por una familia de origen celta. Me dijo que volvió al pueblo para hacer la vida que había hecho su viejo, que había sido marinero. Quise hacer la entrevista porque de tanto cruzar la charla en el café sabía que era, además de un buen tipo, un buen observador del mundo que lo rodeaba. No me equivoqué, el Gallego era de espiar y de pensar la realidad. Era además un artista plástico que elegía llevar su oficio en silencio, lejos de toda exhibición, porque ante todo pintaba para él. Fue mi compañero de muchas tardes, yo iba con mi oficio a trabajar al Cao, iba feliz con mi tarea, y la felicidad era todavía mayor porque estaba el Gallego. Esa felicidad era bien simple: entrar al lugar donde te recibe el apretón de manos de un amigo. Se ocupaba de que yo tuviera la iluminación justa, elegía buena música. Era el hacedor de la comunión entre su barra y mi mesa.
Está la ausencia, desde el principio sabemos de la muerte, pero también sabemos de la memoria, que debemos practicar, junto a los vivos y los muertos, todos los días.