Una caricia al espíritu, a mis almas, mis patrias internas. Por primera vez presenté un libro en la Feria, pero ante todo festejo una nueva reunión con amigos en la mesa: el periodista Mario Bellocchio, director del periódico "Desde Boedo", y la escritora, y Secretaria de Cultura de UPCN -el encuentro se dio en el stand que el gremio sostiene desde hace 15 años-: Leticia Manauta. Fui a presentar un libro, y ese fue el disparador para hablar con el público sobre la ciudad/río de Gualeguay. Un buen momento. Gracias a mi amiga Virginia Ameztoy por las fotografías. Gracias al poeta Ricardo Maldonado, director de Ediciones del Clé, sin su apoyo el libro no hubiera sido posible.
sábado, 12 de mayo de 2018
lunes, 19 de marzo de 2018
Mi participación en la muestra "Ventanas de Gualeguay" (17 de marzo). Fotos de Fabricio Castañeda y textos de diversos autores
La
ventana de Perchivale
Un
suspiro de último botón. Una última caricia de mano izquierda.
¿Último
suspiro de un tango? ¿Último paisaje de un chamamé?
La
alegría de amasar música, se dice Ernesto Perchivale.
Entre
las almas de don Ernesto, un pensamiento hace punta en la tarde. Desde las
sombras y los silencios del boliche, desde esta, su majestuosa soledad de
hombre viejo que piensa, mira entonces a través de la ventana cerrada con
abrazo de maderas, y alcanza a ver el curso de un tiempo que amanecerá, que
será, cuando ya lleve casi una eternidad de muerto.
Siempre
se trata de una eternidad limitada, tanto la vida como la muerte. De eso hablo,
se chamuya don Ernesto. Estuvo bien si en algún momento, cuando jóvenes, con tanto
derecho fuimos inmortales, eternos, invencibles; y habrá estado bien cuando de
tanto estar muertos dejemos también esa eternidad de lamento y ausencia; porque
al fin naceremos en el profundo abrazo del olvido.
Pero
mientras seamos eterna memoria en la muerte, no faltará quien se arrime a esta
ventana, ahora cerrada, y quizá mañana también, para decir que aquí adentro, una
vez, supo imaginar un hombre al que le gustaba tocar el bandoneón.
Es
posible que suceda, en una tarde, que un alucinado asegure haber escuchado un
último suspiro de botón, una última caricia con la mano que llega directa al
cuore. Habrá también quien se pregunte por el destino del instrumento. Habrá todavía
muchas palabras cuando don Ernesto muerto sea.
El
pensamiento amasado, como si de música se tratara, derivó por el canal abierto
en la madera. Un aroma de ausencia casi al pie. A jugar en el tiempo -se dijo
don Ernesto-, que hoy es buen día para entender de futuro.
Hasta
este día, a través de la ausencia, el aroma: madera que falta y pasaje otoñado,
llega una memoria de buen fantasma.
Sucedió
en uno de esos momentos de amable remanso que a veces guarda la tarde. El final
del silencio de la mano del primer grillo, el canto de una rana, y esa música que
llega hasta el borde impreciso del misterio. Desde este misterio se escapó un
último suspiro en la ciudad/río de Gualeguay.
jueves, 14 de diciembre de 2017
Merodeo del libro “La marca de Gualeguay 1” de Edgardo Lois Texto de presentación de Ricardo Maldonado, poeta y director de Ediciones del Clé
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| Maldonado, Lois y Bellocchio. Foto Sturzenegger. |
Es muy bueno levantar la vista y
encontrarse con el rostro querido y sentir que el ánimo da un golpe de timón
hacia mejor rumbo. Es bueno saberse en el otro cuando el tiempo atenta con
dispersiones y sobre-ausencias, desconexiones que apuran el trámite del olvido.
Es indispensable encontrar la cálida contracara de la memoria como una vindicta
privada a tanto agravio de pecho frío, sociedad de espaldas, silencios
corrosivos, ajenos lugares; y esa lengua que pervive por lo bajo, hace un fuego
breve en charlas de dos al paso en los bares a deshoras; son como el “te acordás” de Mansa Tuca, comentarios que
a veces no van más allá de la anécdota, la chanza, el juego chispeante del
dicho y del sobrenombre, la única seña dejada por alguien por poca cosa. A
veces, y es bueno que así suceda, se despejan las arterias del día en las
ventanas que escasamente se abren, en los ladrillos que acusan un desgaste,
trajinados por lo anónimo, preguntan por quién fue ese que dejó sus pasos
perdidos; digo, es bueno que esto suceda y así como así el libro se abre como
un atril para contener la composición que interpreta un alma colectiva. En ese
sentido, a boca de contexto, el periodismo y la creación literaria confluyen,
se prestan servicios: tomá este dato, dame tu frescura; contame una historia,
escuchá la resonancia de lo que significa.
Así, mientras el niño jugaba entre
casa y baldío, esquina y arboleda, asombrado de sonidos de trenes y pregones
que llegaban desde lo abierto, entre brochas de cerda y pinceles de marta en
las manos maestras de su padre, y olores y sabores de madre a punto nieve en
casa; digo, mientras ese niño no conocía la palabra “Gualeguay”, pasaban los
gualeyos con ojos de carbón, noche entera, al exilio de Federico Lacroze por esa
estación de Martín Coronado, una de tantas ya próximas a Capital Federal,
después de haber tomado los aires bonaerenses, luego de la travesía del ferry
en lenta procesión casi mística por el delta y sus cuadros cambiantes, en la
bisagra de dos mundos para nuestros criollos, y los carteles ferroviarios que
eran de los extramuros incógnitos que sólo los años habrían de tutear, para ser
acaso casi porteños en el tono declarado, y entrerrianos por lo bajo y lo
secreto, la sordina que vela la pobreza.
Y ese niño que jugaba a ser artista
como su padre, se encontró un día con el otro cielo de la boca, la palabra, y
como la campana de aquella estación con ligustros y zorzales guarecidos en la
palma de arcanos lares, sintió el envión del aquí estoy, tengo algo que decir…, lo demás fue ensayo y error,
oficio riguroso, lecturas y borradores, años, pensiones y bares, encuentros y
distancias; hasta que Gualeguay, potencia significada, adquirió otro peso vital
para el ya escritor y periodista Edgardo Lois. Y apenas arribado supo que este
pueblo tenía esa “marca” que lo distingue
como solar de orejanos, con el filo asentado en su libertad y en su resistencia.
Supo temprano que de esa tensa convivencia nace la forma de ser de toda una
ciudad que parió nombres altos con obras como edificios que la distinguen, le
dan proa en la niebla informe de estos días donde parece que da lo mismo pisar
cualquier contexto, cuando el valor original es extemporáneo a las redes
sociales donde el consumo impone sus fatuas banderas.
Pero siempre, y ha pasado muchas
veces en la historia, aparece la mirada que incomoda a la forzada quietud, y
entonces la lisa resignación se arruga, da un respingo y se aparta del lugar
que entumece, adquiere capacidad de reflejo y reacciona.
Esa mirada es Edgardo Lois, y en
solo cinco años ha reunido, vinculado, reivindicado en más de 200 reportajes y
notas de valor lo que tiene Gualeguay de “Gualeguay”,
“su marca” en lo profundo, en señales
de aparente superficie que sólo se ven de lejos, como las luminarias de los
pueblos al paso del tren o en el espejo del agua en la otra orilla de toda
vecindad que está ahí nomás, porque a veces se hace difícil abrazar lo que está
tan cerca, estando cercado por la costumbre de callar y postergar. Por eso nos
urge en libro y hacia él vamos sabiendo que de esa cosecha que muchos
sembraron, generosamente nos podemos alimentar y hasta guardar para reserva de
los que vendrán buscándose por un imperativo que llamamos “marca”, entonación
de la voz de todos, resistencia de perfiles entre tantos rostros borrados por
la globalización, que es como decir: ninguna parte.
Desde ahí, de esa experiencia
colectiva, tendremos la recuperación saludable de un humanismo situado, atento
y alerta, capaz de comprender la historia de los otros y ser con todos ellos
uno mismo y con el elemento que tiene su marca de Cruz del Sur en el universo
que se corresponde gracias a las aguas del río que la nombra.
Sabremos entonces que Cachete González, Tuky Carboni, Juan Martín
Caraballo, Juan José Manauta, Mario Tamaño, Emma Barrandéguy, Lito Argot,
Carlos Alberto Montella, Ernesto Hartkopf, Catón, Juan Kayayán, Marta Líbano,
Fabricio Castañeda, Daniel González Rebolledo, Rafael Lucardi, Maxi Crespo,
Eise Osman, Fernando Sturzenegger, Chango Ibarra, Derlis Maddonni, la Difusora
Popular, Carlos José “Pepe” Quintana, El Café “Murugarren”, Nidya Rampoldi,
Ubaldo Arnaudín, Carlos Ántola, Néstor Medrano, Deolindo Romero, la “Confitería
El Águila”, Mauricio Echegaray y otros, constituyen un contexto de
identidades, obras y experiencias insoslayables, como las tantas otras que
serán el tomo segundo y sucesivos de esta “Marca de Gualeguay” que con tanta
delicadeza y respeto nos comprende a través de una palabra despierta en su
cabal posibilidad, la memoria, ese gran bicho de amor, agradecida.
A
propósito de la palabra en alta estima, su antiguo oficio de pronunciamiento,
signo y significado, dejo el fragmento de un poema de Rafael Cadenas (Venezuela)
“Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa ni
añadir
brillos a lo que
es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis
palabras. Me
poseen tanto como yo a ellas”.
martes, 7 de noviembre de 2017
Acaba de aparecer: La marca de Gualeguay 1 de Edgardo Lois
(…)
Hay en La marca de Gualeguay una sociedad
de personas y relatos, de lugares de ayer mezclándose con pinceladas que
“hacen” al paisaje presente. Es en este cruce de caminos, de tiempos y de
pensamientos, donde se comprueba una de las señales de fundación de la
ciudad/río: su presencia de universo en el límite: el lugar donde se tocan los
mundos de los que ya han partido: una comunidad de buenos fantasmas, y los de
aquellos que aún transitan el día a día haciendo la vida. Gualeguay como puente
abrazando las orillas del Gualeguay: alma, esencia, que desde el principio sabe
de la vida y de la muerte. (…).miércoles, 23 de agosto de 2017
lunes, 22 de mayo de 2017
Pájaros muertos
Domingo. Preparaba el
desayuno cuando escuché un choque violento contra uno de los vidrios bajos de
la puerta-ventana. Dos pájaros agonizaban sobre el piso. Muertos. La violencia
del impacto me descolocó, cuando vi los pájaros en el piso me ganó la pena.
Sangre. Junté los cuerpos casi sin respirar. El agua lavó los trazos del rojo.
Cerré la puerta-ventana, y miré hacia ella desde afuera, en ese momento de sol
y felicidad de día que parecía tan claro. Vi que sobre el vidrio se reflejaba,
como si de sueño maravilloso se tratara, la continuación del jardín que tenía a
mi espalda. El jacarandá joven y el espinillo estaban detrás y delante del
observador. Dos pájaros engañados por un artificio de construcción. Perder la
vida por rebote contra la realidad a la que los llevó el engaño. Volaban
distraídos, pienso, sin tanto compromiso con el arte de la atención que
aconseja todo vuelo en esta tierra confusa.
domingo, 27 de noviembre de 2016
Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad de Mario Bellocchio
Se hace nueva eternidad el puñado de años que
me tiene a distancia de mi Boedo, de mi Buenos Aires: las coordenadas emotivas que
señalan el centro de mi universo y memoria. En esta nueva eternidad, porque la
vida no es más que una sumatoria de estas damas de límites certeros, llegué
hasta otra galaxia, también recostada sobre un río, la ciudad/río de Gualeguay.
No sé cuánto tiempo hacía que no visitaba mi barrio, la patria primera, que no
vestía en presente mi esencia de homo
boedensis para luego poder ser homo
porteñensis, categorías absolutas acuñadas en la fragua urbana del amigo
poeta Rubén Derlis.
Y entonces hoy, ahora, estoy de regreso desde
mi más allá de chacra gualeya, vuelvo siendo medio fantasma para saludar
afectos; vuelvo al café, a las calles que me nacieron por segunda vez.
Volví a nacer en Boedo. Se lo escuché decir al
poeta Ricardo Maldonado de Nogoyá, Entre Ríos: el hombre nace dos veces, cuando
la mujer, la madre, y cuando las circunstancias de la vida fundan su identidad.
Digo además que vuelvo al barrio donde mi viejo se hizo hombre, y entonces
vuelvo a la memoria toda. Y digo también que no puede haber mejor regreso que
este, porque hoy, mi amigo Mario Bellocchio, presenta su Luminoso Boedo La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad.
La publicación de este trabajo es un escalón
que el quehacer de Mario, como trabajador de la cultura, merecía desde hacía
tiempo. Es algo así como una pincelada decisiva dentro de su compromiso con su
identidad como hombre, y como habitante lúcido de su lugar de pertenencia, su
aldea. No voy a entrar en detalles de la obra. Sí, voy a decir, que esta
cosecha necesitó de tiempo de cocción, una de esas eternidades que a veces nos
tocan en suerte, tiempo que va desde el momento en que despunta el impulso, la
idea, hasta el tiempo necesario para llegar al día en que se consignó la
primera línea. Y después el tiempo del tránsito, el laburo en amigable soledad.
Mario es de esas personas que sabe del trabajo, y que sabe disfrutar de su mientras tanto. Es un trabajador a
conciencia que habita el mundo usando varas altas. Nunca se lo pregunté, pero
lo imagino uno de esos hombres que se miran, cada mañana, en el espejo del baño
para buscar y encontrarse con el tipo que no defrauda a su comunidad de almas.
Se asegura de que todas ocupen su puesto, y arranca hacia el compromiso con el
día.
Así trabaja desde hace una eternidad, otra más,
en su periódico Desde Boedo: que es
un lugar, un espacio/tiempo, una memoria llena de afectos, un amigo de papel
que nunca se abandona; anoto esto y pienso en los amigos Carlos Caffarena y
Diego Ruiz, que desde la memoria, siguen de buena compañía en el Desde Boedo, esta patria interna que
también es barrio y obra nacida por Mario Bellocchio.
Digo que este mi regreso es perfecto porque mi
amigo funda broli de chamuyo histórico, funda historias escritas con palabra
sincera. Y además es libro que cuenta de los días de otro habitante de Boedo,
el señor Zamora: un hacedor. Pienso en detalles: un hacedor contado por otro
hacedor. Cada uno en su eternidad, y los dos en un mismo barrio.
En Desde
Boedo aparecieron las primeras pistas del trabajo de Mario sobre Zamora, es
que tanto tiene de fundante en nuestras vidas de colaboradores la presencia del
periódico. A esta altura de la ensalada pienso al susodicho de papel, tinta y
palabra como alter ego de mi amigo. Ellos: los abrazados en la memoria del
barrio. En sus páginas se fundaron algunos de mis libros; la historia de mi
escritura, mis horas como trabajador de la cultura, mis patrias internas, agradecen
la oportunidad ofrecida por esta eternidad alumbrada en almas memoriosas.
Crecí como escritor y periodista, y fui mejor persona
habitando el Desde Boedo, desde aquel
convite de Derlis y Mario en un sombrío 2001. En todos estos años, ahí estuvo
el Dire: apoyando, alentando, dando la mano sin que se la pidan; siendo humano,
siendo cada vez ese hombre sensible, apasionado, tan cercano a la lágrima y,
también, por qué no, a la calentura frente a los que solo se mueven porque los
lleva el viento. Mario es uno de esos tipos de verdad que tuve la suerte de
conocer en esta: mi eternidad hecha de eternidades.
Mario Bellocchio es un vasto y querido lugar de
mi memoria, un maravilloso puñado de buenos recuerdos; y lo bien que hace
contar con su presencia. Y este hombre además escribe, y lo hace bien, por más
que él siga llamando a su escritura “garrapateo”, porque es un tipo respetuoso ante
el trabajo del otro, y esa es otra de sus bondades: puede disfrutar de la
escritura del otro, de su crecimiento, y puede decírselo sin problemas. Porque a
Mario le importa el hermano que se esfuerza, le importa su destino como hombre.
Me unen con el Dire muchas puntas, una de ellas es que nos importa mirar y
acompañar al otro, que es sinónimo de patria.
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| Junto a mis amigos: Rubén Derlis y Mario Bellocchio |
Casi a mano alzada, utilizando mis
herramientas: la mirada, la palabra y la memoria, anoté esta serie de
coordenadas emotivas. Traté de esquivar toques edulcorados, espero haber tenido
éxito, y si se escapó alguno, sepan disculpar, vengo de regreso desde mi más
allá de chacra gualeya, medio afantasmado, y justo vengo a caer en una noche de
suprema felicidad. Y a la felicidad no hay que descuidarla, hay que estar
atento a los recreos que prueban su existencia. Hace unos días, mi amigo, y vecino
de calle de tierra con mucho verde, Luis Curvale, me dijo: La felicidad se come a pedacitos, como las rodajas finas de salame.
Lo anoté al lado de una línea propia: A
tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero. Entonces brindo por esta,
nuestra felicidad de ahora mismo, y por la felicidad de mi amigo.
Hasta aquí mi palabrería.
Hasta la memoria siempre, que es una victoria.
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