Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 30 de abril de 2010

La Luna y la Plaza






(…) La jornada se hizo historia sin necesidad de guardar algún detalle más. El volantero terminó su trabajo y buscó un lugar en donde sentarse unos minutos. Cargó la pipa, la encendió con cuidado, con amor y en un segundo, con la primera aspiración, como si de magia se tratara, Olmé pareció convertirse en otro, en alguien distinto, en un tipo diferente mientras seguía siendo él mismo. La pipa rompió la crisálida del volantero y de ella salió el verdadero Olmé: el volatinero: el funámbulo del funambulismo más arriesgado.
Arturo Olmé camina hacia su casa. Si alguien lo observara con detenimiento vería que el hombre no va por la vereda, sino que parece avanzar sobre una cuerda: busca el equilibrio, hace pie en el aire, a ambos lados de la cuerda, porque Olmé pega uno que otro saltito y cambia el pie de apoyo: camina por el filo, sobre la frontera que flota sobre el gran abismo, de un lado: los vivos, del otro: los muertos.

Otra vez en camino, otra vez pretendo ir al encuentro de mi Buenos Aires. Una nueva historia empieza a enseñar aristas y recovecos entre mis papeles; extrañamente estoy escribiendo sobre un cuaderno con espiral, esta vez parece ser un trabajo donde no habrá lugar para hojas sueltas sobre la mesa en el Cao o sobre la mesa de madera que espera en mi cocina. Desde mi mesa digo que veo la Luna, no en el cielo, sino al pie del balcón que da al pulmón de la manzana, un paisaje lunar de utilería hecho de chapas, tanques de agua, mucha membrana plateada y restos de satélites humanos estrellados por el paso del tiempo: baldosas partidas, una hoja de escalera pudriéndose bajo las estrellas. Es cierto que veo un árbol en mitad del paisaje, pero aún así siento que mi ventanita da sobre la Luna. Esta imagen ya está dentro de la novela, un puñado de techos de San Cristóbal se titularon techos del cielo, y me digo que esta apariencia debe ser muy cierta, porque en el lateral del edificio alto que se ve desde la misma ventanita, hay pintada una publicidad que autoriza estas consideraciones que bien sé podrían ser tomadas por antojadizas: en letras negras y rojas leo: Electro Universo.
La superficie de la Luna está habitada por gatos, especialmente por uno, el Colorado, que pasa gran parte del día durmiendo al sol; este gato tiene la particularidad de ser bastante mugriento, por lo general los gatos consumen gran parte de su vida acicalándose, pero no el Colorado que nada más atorrantea sobre las chapas y se olvida de ciertos mandatos de la especie; parece que el Colorado posee cierta comprensión sobre qué es lo importante de la vida, y entonces hace la suya, por más que, como siempre, los necios del barrio murmuren, y, creo que, de alguna manera, apostó a hacerse un lugar en mi historia nueva y en ella se piensa quedar. Debe saber que al verlo sobre Luna, al presentirlo habitante, recordé el relato de H. P. Lovecraft (1890-1937): En busca de la ciudad del sol poniente (1927): [...] Y sin duda se habría podido apreciar la misma dulzura en los maullidos de los gatos, de no haber estado casi todos ellos pesados y silenciosos a causa de su extraño festín. Algunos de ellos se escabulleron sigilosamente hacia esos reinos ocultos que sólo conocen los gatos y que, según los lugareños, se hallan en la cara oculta de la Luna, adonde trepan desde los tejados de las casas más altas. El Colorado no tiene el protagónico, pero bien conforme se queda con ser parte de una de las escenografías. Los personajes principales son Julio Martín, Arturo Olmé, Ángela, Virginia y Ernesto, un diariero de esquina del barrio. Pero una vez más puedo decir que Buenos Aires es el personaje madre de todas las historias y consideraciones. En esta ciudad la vida es una vuelta de tuerca constante, nada en Buenos Aires se mantiene quieto, arriba y abajo, la ciudad misma se expande, respira, para luego quedarse un minuto sin aliento. Ciudad punzante capaz de resguardar y también de sacrificar a sus criaturas. Ciudad siempre cambiante mientras sigue siendo la misma, esa entidad-universo con la que no se puede tener otra relación que no sea un cóctel de amor-odio. La amo cuando escribo, cuando la escribo, sobre una mesa del Cao, y la volaría en pedazos cuando supura indiferencia en las esquinas cercanas a Plaza Once. La Plaza, sus alrededores, también son parte de mi novela: la noche, la desesperación, las almas: todo su paisaje de vida empezó a acomodarse en mi cuaderno. Camino Once para ver y para escuchar, y escribo para no olvidar.
Digo que mi nueva historia habla de la ciudad de más allá, porque en ella intento contar sobre los vivos y los muertos, y sobre el entrecruzamiento de hombres y fantasmas sobre las calles de todos los días. Hablo de fantasmas sobre el cemento, y de buscadores de fantasmas, porque estoy convencido de que esta ciudad, que la sabemos una que puede ser tantas, tan humana ella, se repite a un lado y otro de la frontera, y es una frontera abierta para todo aquel que la quiera ver o habitar.
Camino Once encontrándome con la vida, y también camino las calles encontrándome con otra sintonía: mágica, misteriosa, si se quiere; empecé por enterarme que vivía a metros de un cruce de caminos, de una encrucijada, Estados Unidos y Jujuy, donde a veces se dejan ofrendas a algunos semidioses muy cercanos a la naturaleza. ¿Vivo cerca de un cruce mágico de caminos?, fue mi pregunta y entonces comencé a ver la otra ciudad, quise verla y la estoy viendo, y es a partir de ello que empecé a revisar historias de fantasmas, a escucharlas, a entender que los muertos tienen tanto que ver con los vivos.
Hace unos días una amiga me envió una foto del Cao, una toma interior donde se ve a algunas personas en movimiento, luego: movidas ellas; cuando la vi pensé que era una foto fantasmal, pensé que estaba viendo aproximaciones de personas; ¿qué es un fantasma?, me pregunté, y se me ocurrió pensar que un fantasma es una persona desbibujada, o una persona en formación, o sea que un fantasma puede ser un muerto que se aleja de la vida o un muerto que regresa a la misma; me dije que fantasma significa rastro, señal indicadora; y subido a los juegos del pensar me dije que también un adolescente es un fantasma regresando a la vida, porque está en construcción, y que un viejo es fantasma que se aleja, que se desdibuja porque ya está cansado de mantener el personaje.
Escribo en órbita alrededor de Plaza Once, revisando mi camino casi diario hasta la plaza, voy desde mi departamento cercano a la encrucijada, por Jujuy, hasta que, por ejemplo, una y otra vez me paro en la esquina que está en diagonal a la recova, a centímetros de pisar Avenida Rivadavia, ¿es que todos cambiamos de nombre cuando cruzamos la avenida?, me pregunto en alguna de las páginas de mi novela, y desde mi posición miro hacia la altura del edificio que resguarda la recova: un palomar, hay un palomar a cielo abierto allá arriba, una máquina infernal de enviar palomas, buitres civilizados, en picada sobre la plaza. Aclaro que Julio Martín, mi personaje, siente asco por estos diabólicos seres emplumados.
Y hablando de amenaza en la plaza, en uno de mis paseos vi a dos muchachos, una tarde de lunes, hacer una especie de puesta teatral, una mezcla de humor, costumbrismo y consulta constante con el público que se junta en torno a los trabajadores. Estaban vestidos de mujer, pero no presté atención al argumento de la puesta. Pero a lo que sí presté atención fue al texto con que uno de ellos pidió la colaboración. Acá también se hacía presente lo sobrenatural y algo más: avisó el orador que nadie le diera vuelta la cara, que cuando él llegara para pedir la colaboración, nadie se fuera, explicó que él, si alguien se retiraba sin poner una moneda, no iba a odiar a nadie, pero avisó, si te aviso no está tan mal, que tenía en la familia un brujo, y que aquel que se retirara sin haber colaborado tenía, en algún momento, que dejar la plaza; llegado a ese instante acentuó el mensaje: Sabé que para salir de la plaza hay que cruzar una calle, yo te digo eso, nada más. La amenaza del más allá estaba hecha: guarda que el bondi del brujo te parte. Anoté debidamente en mi libretita sabiendo que la calle sigue entregando la mejor literatura.
Pero por suerte, sobre la nao plaza (porque a Plaza Once se llega abordando desde distintos muelles), y a no más de cincuenta metros, la palabra de Dios, no sé de qué marca, ofrecía la salvación. Dios utilizaba para entregar su mensaje del día a unas diez personas: tres de ellas, un hombre y dos mujeres, portaban sendas panderetas, otra mujer tenía un bombo, había Biblias a discreción en el grupo. El líder, el que hablaba por el micrófono y cuya voz salía rasposa por un pequeño amplificador, era un hombre joven, de no más de cincuenta años; enérgico, un poseso de la palabra del señor y a la vez una persona con vocabulario pobre: ¡Aleluya en la viña del señor! ¡Cara a cara con Dios, quiero ser su discípulo! ¡Él quiere que nos humillemos, la misericordia, seamos sus discípulos!
Tomo nota para mi novela sobre los vivos y los muertos, para mi historia nueva que trata sobre los fantasmas que sufren la humillación en esta tierra, y sobre los otros fantasmas, que también viven entre nosotros, pero que declaran estar a salvo de miserias en el otro lado, en el lado B de la vida: el más allá.
Arthur Conan Doyle (1859-1930), el famoso creador del detective Sherlock Holmes, cita el testimonio de un espíritu en su libro La nueva revelación (1920): (…) Aseguró que los espíritus oraban y morían en aquella esfera antes de pasar a otra, que disfrutaban de ciertos placeres, entre ellos del de la música. Que aquel lugar estaba lleno de luz y de risas, añadió que no había entre ellos ricos y pobres y que las condiciones generales, eran mucho más felices que en la tierra (…).
Mejor así, me gustaría anotar en la novela de la vida.

viernes, 19 de marzo de 2010

Botella




El hombre bajó la vista. Su mirada llegó a destino.
Abajo se comprendió la señal, la complicidad, la autorización. Desde abajo, y sólo desde abajo, se percibió la sonrisa leve del hombre.
La puerta de la heladera empezó a descubrir su tesoro con suma lentitud.
Llegó el turno de la botella elegida, fue separada del grupo; primero pareció querer ir rápido hacia el piso, pero fue amague, las manos se repusieron a tiempo de la salvaje presencia de la felicidad y la sostuvieron en el aire del paisaje.

Carlos Salatino era testigo, en una mañana de marzo de 2010, de cómo, en un determinado momento de la vida, la felicidad se encuentra en una botella de gaseosa. Se la podía encontrar abriendo uno mismo la heladera, como el pibito que él observaba, o recibiendo la botella por sobre el mostrador. Su felicidad había sido esperar la botella de pomelo Neuss de manos del almacenero. El almacén estaba al lado de una casa grande con parque, ubicada en la zona de piletas conocida como La Salada. Ya no recuerda la razón por la que sus padres eran invitados a esa casa. Pero sigue caminando, de memoria: con las monedas en la mano, sólo hacía falta avanzar un puñado de metros, luego pasar entre las cintas plásticas de colores de la cortina de la puerta y, por último, encontrar la felicidad en un litro de tiempo amarillo. Carlos opina que la felicidad es un arte efímero y que la sed es eterna.

jueves, 18 de marzo de 2010

Invasores




El vengador anónimo raspó un par de cabezas rojas (maderitas flacas entre los dedos) sobre la tira marrón del costado de la caja.
Otra vez hubo visitante en la mañana.
Operativo comando: rociado rápido de líquido inflamable, fósforos Fragata a discreción.
La semana anterior quemó el colchón más grande; ahora la muerte era para su reemplazo.
Dos veces escupió fuego desde su cielo y dos veces desapareció aprovechando la ausencia de los habitantes de la vereda.

David Vincenzo, que vive a dos veredas de la zona agredida, cuenta que él fue testigo de los dos ataques. Cuenta que el incendiario era un tipo como ellos: Uno de la calle, afirma. A David le gusta mostrar a los curiosos las marcas que dejaron los colchones cuando ardieron sobre la vereda. Cuenta que así desaparecieron los invasores de la cuadra: Porque ellos dormían todo el día. El rastro del desalojo aún da su presente en el barrio de San Cristóbal, Avenida Jujuy entre Independencia y Estados Unidos. Los fuegos se dieron a finales de febrero de 2010.

martes, 2 de febrero de 2010

Juan Alberto Núñez en el "desporteñadero"

No fui amigo del Negro Núñez. Lo conocí en el café Margot, en los alrededores del alpedismo boedense fundado en el café por el poeta Rubén Derlis. Núñez escribía, pero no me gustaba su escritura. Le faltaba trabajar y sus textos quedaban como deshilachados, pero no creo que en él estuviera presente esa necesidad casi enferma de contar historias de la mejor manera posible. Era un hablador de café, un sabihondo de otra época. Fue tipo de gorra en la cabeza o de gorra en mano: fue un tipo de gorra llevar; también lo recuerdo con una campera negra de cuero. Era de hablar pausado, de voz tranquila: Núñez hablaba bajo. No era de hablar de él ni de lo que hacía, preguntaba por lo que hacían los demás. No sé cuántas veces nos habremos visto en Boedo, en la vida: no fueron muchas. Una vez me dijo que yo tenía cosas para decir con la escritura; Ojalá, le contesté. Siempre sentí que Núñez me tenía cariño, y siempre supe que Núñez había alcanzado la más alta distinción que la vida puede entregar: el Negro fue un buen tipo. Me enteré de que la parca enfiló su memoria para el desporteñadero (término acuñado por el poeta Derlis para referirse al cementerio): pensé que Núñez tuvo suerte porque se fue a la palabra del amigo. Núñez y Derlis llevaban una vida de amistad y poesía.

viernes, 15 de enero de 2010

3 de noviembre: día intervenido



a Gabriel Montergous, amigo, maestro, fantasma maravilloso

Transcurre el 3 de noviembre en la tinta de Rainer M. Rilke. Anota la fecha en su diario de Schmargendorf. Tiene veintitrés años.
Pienso: Es joven y brillante. Su escritura es forma y contenido. Corre el año 1899.
Registra la fecha cuatro veces a lo largo del día, cuatro entradas: 3. Noviembre 1899; 3, noviembre (de noche); (3 noviembre, de noche); (3 noviembre, cerca de medianoche). Rilke invita y acepto. Entro en su día y cuando casi estoy llegando al final, muy cerca de la hora establecida para la aparición de los fantasmas, reparo en un detalle: estoy leyendo su 3 de noviembre de 1899 dentro de mi 3 de noviembre de 2009: ciento diez años entre su escritura y mi lectura, ciento diez años y un puñado de días más entre su escritura y la mía.
Algo ocurrió, hubo un toque entre mis patrias internas: un disparo de misterio entre mis ideas. La lectura y la sensación aparecida debido a la presencia del tiempo; la coincidencia o la casualidad, no creo que todo en este mundo deba tener una causa, marcó un posible sendero para arribar al final de un nuevo día.
Como si de abrir una puerta se tratara, pienso que, quizá, de esta manera el mundo de los fantasmas pueda manifestarse del otro lado: llegar a través de la literatura, llegar con un libro como médium.
Una cuestión de tiempo, de nombres y fechas, de elementos que necesitan un lugar donde reunirse. Algo así pensé cuando hace unos días anoté en un papel suelto el número 7279. La cifra guarda un lugar dentro del Cementerio de La Chacarita. Desconozco el dato concerniente al pabellón. El nicho 7279 guarda los restos de los padres de mi abuela paterna: José Grappi, de Sondrio, en la Lombardía, y de María Fancolli, de Castión, supongo que también perteneciente a la misma región de Italia. En ese nicho también se guardan los restos de Ángela Grappi, mi abuela, y de Julio Martín Lois, mi abuelo, el poeta. Mi viejo me entregó los elementos a través de una charla telefónica. Anoté sin saber para qué lo hacía, quizá sólo haciendo caso, cumpliendo con parte del sentido mediúmnico que muchos llevamos dentro. Como escribió alguna vez el mismísimo Rilke, todos llevamos, todos contenemos a nuestra propia muerte. Ella vive con, en, nosotros. Pienso entonces que tal vez, así como llevamos la muerte en el viaje, muy bien podemos cobijar una pequeña ansiedad por querer otear, espiar, vislumbrar, el otro lado en el más allá, un más allá propio que gasta minutos en nuestra sangre única: nuestros días.
No sé con qué finalidad anoté la señal encriptada en el 7279; tampoco sé qué fue lo intuido, mi sospecha, en ese 3 de noviembre de Rilke. Muchas veces sucede de esta manera: de repente sé que debo escribir, y poco importa que las razones no aparezcan claras. Aparece el impulso y es suficiente. En una mesa de café cualquiera inicio el recorrido.
El libro como médium, disfruto la línea; lo sé cuando elijo leer la primera anotación de Rilke.

Me gustan los comienzos pese a su miedo y a la incertidumbre común a todos ellos. Si me he ganado una alegría o una recompensa, o si quiero que algo no haya sido, si quiero privar de su derecho de permanecer en mi pasado a una experiencia… comienzo en ese segundo. ¿Qué? Comienzo. Así he comenzado ya mil vidas. Me parece como si debiera venir una generación a culminar todas esas vidas, porque acaso no deban quedar en ciernes; pero, al mismo tiempo, temo que la generación que se atormente en esas mil vidas sea desdichada y descontenta, agotada y desavenida entre sus mil sentidos.

Con todo, acaso esté yo a punto de haber comenzado mi vida. Ésa que ya no se deja antes de haberla culminado, salvo que uno perezca en esa honorable labor; pero, entonces, esta vida que, pese a todo, se poseyó como propia, pasa a algún otro, o a un paisaje, o a Dios. Si has llegado a un determinado punto, entonces se culmina a cualquier precio –en tu presencia o más tarde… ¿quién se preocupa de eso?

Cada una de las vidas posibles transcurre en el mientras tanto de los días, y es en ese transcurrir que las pequeñas historias se hacen vida, durante el tránsito inexorable sobre la huella que llega hasta la tumba.
El paso de los días, nuestro tiempo, nace, por suerte y por desgracia, en una misma respiración. Un momento único que se tensa: ahora luz, ahora oscuridad. Una pena y una alegría, así las baldosas del camino: ahora, siempre ahora, en una encrucijada de sabores opuestos.
En una conversación casual reparé en que a lo largo de mi hasta ahora vida de escritor había escrito quince libros. Pensé, me dije, qué barbaridad, cuánto trabajo. Por un lado la aparición de cierto orgullo por la tarea realizada; para mal o para bien, la escritura es mi elección de vida. Pero a la vez, una suma de imágenes/recuerdos me llevó a contemplar el tiempo grande, tan grande como la mitad de mi vida: veinte años de trabajo no es poca tinta: muchos años que, se quiera o no, se fueron, se hicieron muecas de fantasma: caritas entre la alegría y el miedo.
Noté que mi reloj atrasaba casi media hora. Fui a la relojería del barrio. Es la pila, sentencié con seguridad; pero a la vez la duda daba su presente. No recordaba con exactitud la fecha del cambio anterior.
Cuando entré al local pronuncié mi “buen día” reglamentario a las personas que ahí se encontraban. De manera mecánica miré mi reloj y vi que marcaba las diez y quince de esa mañana. Levanté la vista y vi que no uno, sino unos diez o doce relojes, de los tantos que había colgados en la pared, daban una misma hora: diez y diez, apenas cinco minutos menos que en el mío. Dudé, estaba casi seguro de que antes de salir de mi departamento el reloj atrasaba. La duda fue tal que barajé la posibilidad de salir de la relojería. Una duda temporal que duró hasta que vi un reloj que marcaba las diez y cuarenta y cinco. Para recuperar el paraíso horario perdido, miré el celular: estaba en lo cierto, mi reloj, yo mismo, seguía atrasando casi media hora. Hice el comentario de lo que me había pasado al señor relojero como para abrir algún tipo de diálogo, con él y conmigo, pero mi miedo no interesó mucho. El hombre se limitó a comentar que los relojes estaban todos detenidos. Era la bruta realidad, no había visto que los segunderos no avanzaban, el miedo me hizo ver menos, un poco menos de todo el paisaje.
El señor relojero corrió la pequeña lápida y revisó el interior de mi máquina. No es la pila, fue el veredicto. Debe estar sucio, agregó. Tomé durante un minuto el reloj con mi mano derecha y luego lo apoyé sobre el mostrador. El martes, dijo él.
Salí de la relojería pensando en la suciedad, en basuritas, pero enseguida dije, anoté en mi cielo, la palabra: pedacitos. Tomé conciencia del tiempo. Mi reloj es mi reloj desde que una mujer me lo regaló hace unos veinte años. Salvo cambiarle la pila, el reloj jamás necesitó algún tipo de revisión. Otra vez me encontré con el rastro del tiempo, y con el rastro de una de mis vidas, mis vidas otras que nunca dejan de dar su presente mientras voy, mientras sigo, en el sueño de la construcción del mejor refugio. Es el tiempo, es su paso cuando a paso cierto me acerco a la condición de no estar. Mientras es una maravilla de palabra, la anoto una vez más: mientras sigo en la huella hacia la lejanía de la tumba. Saber que la tumba está al final de la cuesta me sirve para no dejar la vida para mañana.
Pedacitos de tiempo es lo que traba mi reloj. Me sentí feliz al comprobar que hace veinte años que cuido mi reloj, y a la vez percibí el sabor abismal de tantos años, así como así, amontonados: mi vida de historias amontonadas. Quizás el sabor a abismo, ese sabor tan lleno de vida y abismo, me llevó a tomar aire en profundidad. Aspiré en la mañana y suspendí funciones, me detuve, pensé. Me dije que tal vez al reloj le haya sucedido lo mismo: ahí el origen de la casi media hora faltante.
El tiempo se hace pedacitos y estos se adhieren sobre las almas, los cuerpos y las máquinas. En los pedacitos de tiempo es donde de alguna forma se apoya nuestra manera de ser, en ellos nacen nuestras historias: una selección muchas veces azarosa marcará el cimiento de los días. Y son esos mismos pedacitos de tiempo los que también nos avisarán del abismo. Cuando el gran reloj respira sólo debería haber lugar para los comienzos.
3, noviembre (de noche), escribe Rilke en su diario. Tal vez sea de noche cuando mejor se puede sacar la sortija: a calesitero no llega cualquiera.

Viene, en suma, la mayor parte de la caducidad, decadencia e inconsistencia del no-haber-sido de muchos hombres. No basta haber nacido. Hay que implicarse en alguna gran conducta; pero también hay que aislarse, para no defraudar, gastar y perder la corriente que nos lleva. Seguir es todo; pero sin ver a qué se va a parar, tendiéndose con cien sedales brillantes hasta el próximo pilar. ¿No es así?

Reflexiono sobre tantas cosas, aunque mis pensamientos son como niños en los fuegos artificiales. Se apiñan, miran en la noche y esperan los cohetes. Y los corazones se arrebatan y los sienten en la garganta, a veces también les palpita la sangre en los párpados: así aguardan. Pero cuando el cohete se eleva, madura y estalla, justo tienen algo que decirse y se pierden todo. Y siguen allá, en pie, con el corazón en acecho, y esperan, y miran sólo la noche y las estrellas plácidas y amigables.
Pero esas estrellas son, para ellos, más que las otras, las contempladas y echadas a perder por el resplandor rojo, blanco y argénteo de las bengalas. Y, a veces, van mis pensamientos más allá de las estrellas, cuando las noches se oscurecen y ahondan tras ellas. Entonces, oigo una voz que canta:

Al tiempo que calla el postrer son
queda un silencio, hondo y ancho:
las estrellas sólo son muchas palabras
para una sola oscuridad.

Aún hay mucho en mí que detesto, pero ya siento que es extraño, casual, que no conecta conmigo. De eso me viene esta confianza y esta fuerza.
No sé si llegaré alguna vez a marchar con mi propio ropaje. En todo caso, primero quiero desnudarme, el resto vendrá por sí.

Cuando pienso en la historia universal, no la encuentro injusta, sino pobre. Tiene que limitarse a tener por vivido sólo lo decible. Es un niño que viaja por el mapa: Italia está muy cerca de Dinamarca y no hay mayor impedimento.
Por lo demás, está bien que se tome a nuestros azares por nuestras experiencias. Así queda nuestra vida de pura e indemne, pero también, para nosotros, de sorprendente y extraña.

En mis buenos momentos, tomaré tu sonrisa como una ciudad, una remota ciudad que resplandece y vive. Una palabra tuya la descubriré como una isla donde se alzan abedules o abetos, en todo caso, ciertos árboles silenciosos y solemnes. Tendré a tu mirada por un pozo donde se pierden las cosas y sobre el que incluso el cielo teme, radiante y dubitativo, caer dentro. Sabré que todo eso existe, que se puede entrar en esa ciudad, que la he vislumbrado más de una vez, y también sé con certeza cuando está más solitario el borde del pozo. Pero si me preguntas, me harás vacilar: no sé con seguridad si el bosque por el que marchamos no es más que mi estado de ánimo –oscuro, sombrío-. Quién sabe: acaso también Venecia es sólo un sentimiento.

Mejor se gira sobre el caballito cuando la duda acompaña. Mejor se respira cuando la duda se va de idas y vueltas con las ganas, con los deseos. ¿Existen los fantasmas?, sí, claro que sí, y entonces me encantaría saber, comprobar, que hay boleto bondinero con destino de más allá. Pero así como los fantasmas son posibles, se hacen imposibles entre tanta realidad. Intento llegar hasta ellos en el momento en que la vida es posible, cuando estoy; cuando me siento cerca de mis fantasmas, los convoco, los acerco todavía más, soy en ellos, soy en el momento, en la duda. Todo aparece y todo desaparece en segundos, voy tras cada quimera como observador de navío dudante: encaramado en el extremo del mástil mayor viajo atento a los encuentros para acentuar mi relación, mi espera; me la paso esperando a muertos y vivos, porque los vivos también pueden ser buenos o malos fantasmas: entonces acentúo y abro un libro: entonces leo y dudo. Leer en Buenos Aires, mi ciudad fantasma. Leer el libro que estoy, que sigo, escribiendo.

¿Por qué escribo tanto de una vez? Porque, de nuevo, empiezo. Hoy, de una vez, es “hoy”, un comienzo, un Uno. ¿Comienzo de qué? ¿Un Uno ante qué? Ante una cifra larga, acaso de millones. Y no se sabe de cuántas cifras ha resultado la suma. Nunca he sumado, pero encuentro un resultado al margen de una página, y la vuelvo, y no me llevo nada a la siguiente. ¿Para qué? Todo es un libro.

Nadie tiene asegurada la tinta para la próxima página. Ni siquiera cuando se ha encontrado la respiración adecuada para cada intento. Escribir es algo así como estar intentando un equilibrio en el borde de un barranco. Se escribe sobre la línea, un movimiento hacia el abismo y otro en contrario que convoca hacia la tierra encolumnada en la página anterior: una invitación a seguir con la sensación de tener un punto de apoyo. Maravillosos pedacitos de tiempo. Entonces sigo. Me apoyo en la muerte para buscar en esta vida, me apoyo en la duda para buscar en la muerte y en la vida que se esconde en la escritura. Mis fantasmas acompañan. No sé cómo se escribe un libro, nada más los escribo.
Es cerca de la medianoche en la palabra del señor Rilke: siempre tan lejos y tan cerca.

Sólo temo en mí esas contradicciones que tienen tendencia a la conciliación. Ése tiene que ser un pasaje bien estrecho de mi vida, puesto que es concebible tocarse las manos de lado a lado. Mis contradicciones debieran escucharse entre sí raramente y sólo en rumores. Como dos príncipes de países lejanos que, de golpe, supieran que se odian, porque ambos han partido a solicitar a la misma muchacha. Pero, la chica… aunque, ¿para qué contarlo todo? A veces, es uno capaz de decir: soy feliz. Y, para quien te comprende, es suficiente; puede, sin más, ser confidente de tu dicha. O, por el contrario, dices: estoy triste; y, de hecho, tu estado es un simple estar triste que no admite otra descripción. Entre esos dos ánimos, sin embargo, hay toda una serie de matices, transiciones, sentimientos vacilantes con prolongados sones que redundan y se pierden. Para describirlos, dices: estoy… no, creo que, más bien, dices: es…
Por ejemplo, una tarde en un cuarto; ante la ventana, un luminoso crepúsculo avivado con los inciertos perfiles de las copas de los árboles. Adentro, todo luz en torno a un matiz más hondo, plácido, agradable. Y hay juntas algunas personas jóvenes cuya conversación acaba de interrumpirse. Están con los uniformes desabotonados y los altos cuellos sueltos, sin mayor cuidado y como olvidados unos de otros. Entonces, uno hace un movimiento repentino, como si quisiera huir, pero se vuelve a su vecino, un joven pálido y rubio con grandes ojos pensativos. “Toca algo, Sascha”, dice en voz muy alta y como hablando a alguien más allá. Los otros espabilan y empujan al joven con los tristes ojos meditabundos hacia el pequeño piano anticuado, y le ponen las manos en el teclado. Y el joven, en la extraña habitación en la que, sabe Dios por qué, están juntos y se animan, siente quién ha tocado en ese teclado antes que él; siente dos manos junto a las suyas, como si lo instruyeran, pero muy quedamente, y también vislumbra el rostro de esas dos manos. Un rostro de chica, de contornos discretos y delicados. Ante el crepúsculo de una ventana, se alza, es casi la silueta y algo más; por ejemplo, se ve un ojo entornado, casi enteramente oculto por el párpado, y, sobre él, la frente tranquila, sombría hasta el nacimiento del cabello revuelto, donde ha quedado prendido algo de viento. Y Sascha toca dócilmente la canción de esa chica, tal y como lo desean las teclas. Sigue y sigue tocando la canción de aquella ausente, extraña, tal vez incluso muerta. Así cae la oscuridad en la habitación. Los otros están casi perdidos en la sombra, porque tienen las cabezas gachas, escuchando. Sólo de vez en cuando se alza, acá o allá, una frente. Cuando dos de ellos tienen un escalofrío, levantan los ojos a la vez y se interrogan oscuramente.

Me sucede cada vez más que no puedo decir: soy… sino que tengo que decir: es… pero entonces suelo guardar silencio.

Nuestros sentimientos me hacen el efecto de cortinas ante las acciones. Basta que una luz se alce al fondo para que, enseguida, se agiten grandes sombras misteriosas en la superficie de la cortina. Y haríamos bien en medir nuestros sentimientos y no dejar que se expandan sobre nosotros más que cuando son tan simples y sencillos que los vivamos en nuestros gestos y ademanes o, por el contrario, tan gráficos y profundos que podamos narrarlos como algo que sucedió a los antepasados, antes… en los días extraños.
Ése es nuestro progreso: los temas ya no son tan graves, tan importantes. Los podemos usar y crear dramas consumados, sólo para hacernos conscientes de un solo sentimiento, es decir, para enriquecernos con un nuevo sentimiento.

Puedo ser uno, pero también puedo ser dos o tres. La mentira no tiene cabida en esta cuestión de ser un puñado de tipos dentro de un tipo. Una multitud de barrios conviven en esta ciudad fantasma, en la Buenos Aires abismal, tengo la sensación de ser ciudad, habitado por distintos barrios. No es lo mismo Boedo que Palermo. Me gustan, siempre me gustaron, los cuentos de fantasmas. Sigo encontrándome cuando anoto que soy mientras juego a la religión de la mirada, soy lo que veo hacia fuera, soy lo que sospecho hacia adentro; entre mirada y sospecha trato de encontrarme en la sortija de una vuelta más. Esta ciudad es enamorada, es fantasma, es soñadora, es comprometida, es amiga, es amante, es escritura.

…


El señor Rilke es de convocar fantasmas, sabía de los convocados en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge y ahora me encontré con la señorita del piano. Estoy convencido, en los buenos fantasmas está la vida. Llego a ellos a través de los libros y de las sombras, propias y prestadas. Abro un libro futuro, me veo en un nuevo 3 de noviembre; y también me descubro en una oficina preguntando por el pabellón que guarda el número 7279.
Memoria, fantasma, duda, y un libro como puente.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Boedo navideño


Caminaba por Carlos Calvo rumbo a la inmobiliaria Gailus a pagar el alquiler de mi techo en San Cristóbal. En el momento en que esquivaba una moto atravesada sobre la vereda, en su cuerpo rojo se leía cool boy, me di cuenta de que en esa zona febo venía pegando duro sobre las terrazas de las personas. No me gusta el sol en la cabeza, así que busqué sombra y enseguida detecté sombrita: flaca, fina, nacida de una especie de alero amarrete ubicado en un primer piso. Caminé en la sombra dos pasos: pero me asaltó un miedo, qué horror de inseguridad: imaginé que había palomas, buitres civilizados, en el susodicho alero. Volví a febo en el mismísimo instante en que dos gotas de materia fecal acariciada por plumas, sustancia más conocida como mierda de paloma, hacían impacto sobre el vacío por mí ocasionado sobre el corredor-trampera que ofrecía apenas un sueño de fresquito. Trato de vivir atento al devenir de la mierda en Buenos Aires, muchas veces me sale bien o muy bien, pero claro, hay excepciones, no siempre pude escapar de la mierda de manera tan rápida y eficaz.
Esperaba en la inmobiliaria. Estaba de pie a un lado de la puerta de vidrio. Veo una cara conocida: Bombón. Estacionó su carrito de llevar diarios y latas en la puerta y entró al local. Caminó dos metros, se detuvo, giró la cabeza para mirarme y me regaló un saludo con su mano izquierda. Me había reconocido: nos conocíamos de las calles de Boedo, de los bares de Boedo, en especial del Margot. Bombón junta diarios, latas y algunas monedas en las mesas de los cafés. Siempre me saluda, y hacía meses que no nos veíamos.
Entró a la inmobiliaria y, como si fuera el jefe supremo, caminó hacia el interior. Desapareció de mi vista. Volvió cinco minutos después. Ninguno de los empleados le dijo nada, quedaba claro que las visitas y su carácter de habilitado era algo establecido, parte del paisaje de cada mañana.
Me miró. No dijo nada hasta que tuvo entornada la puerta de vidrio. Ahí volvió a mirarme y pronunció, con voz gruesa, un jojojo digno de un papá noel de publicidad. El burlón navideño hizo calle en el barrio de Boedo luego de regalarme la mejor de las sonrisas irónicas.
Después direccionó su trineo y se fue a su día.
Siempre que veo a Bombón me quedo con la sensación de que él sí entiende por dónde hay que entrarle a la vida.
(Foto de Mario Bellocchio: Bombón y el poeta Rubén Derlis en la vereda del Margot (2004))

martes, 8 de diciembre de 2009

Una de fantasmas




Pike Bishop se había dado cuenta: los tiempos habían cambiado. No obstante, siguió firme en sus convicciones hasta el final. El viejo Pike, inolvidable William Holden, es el líder de La pandilla salvaje, película filmada por Sam Peckinpah en 1969. El grupo salvaje jugó sus cartas en el rescate de un amigo. Sabían que iban a perdedores, pero aun así hicieron esquina sobre el paño verde que les tocaba. Los minutos finales de la película quedaron en la historia del cine: Sam había convocado una vez más a la doña violencia, y volvía a darle rosca a la cámara lenta: una marca de fábrica. Sus personajes cabalgaron hacia un México lindo y, como siempre, masticaron por anticipado la derrota: los días habían cambiado y ellos lo sabían.
Mis ojos se posaron más de veinte veces sobre el Pike Bishop de Peckinpah, pero son muchas más las veces en que terminé pensando en él y en su extrañeza para con los días que le tocaban. Pike muere defendiendo sus patrias internas, que van desde su código ético hasta los recuerdos. Él vive y muere en su película, puede que acompañado por una pequeña plegaria, quién puede saberlo con certeza, pero el hecho es que muere a conciencia abierta, muere avisado de que camina por días terminales, esos días en que definitivamente una persona tiene la certeza de sentirse un extraño en demasiados lugares, en demasiadas palabras.
La sensación de estar acompañado por la imagen de un fantasma bueno me tienta desde la infancia. Claro que hoy el paisaje está complicado hasta para seguir siendo el mismo fantasma de ayer.
Recuerdo que la puerta que dejó avanzar a los fantasmas sobre mi mundo la entornó mi viejo. Me regaló dos libritos, dos miniaturas que contenían cuentos de Poe, Lovecraft, Jacobs, Collins. Por la abertura se filtraron luego Chambers, Dunsany, Le Fanu, Shiel, Maupasant, y tantos otros. Creo que por esos días, la barra de pibes de la que formaba parte en un Martín Coronado del más allá de la prehistoria, gozaba de las bondades de la existencia de una casa abandonada, ubicada sobre una calle de tierra y frente a las vías del ferrocarril Urquiza. Sin dudas mi sed de fantasmas fue en aumento. Recuerdo que la casa tenía al frente una pared baja; por una puertita se avanzaba por un pasillo de unos tres metros hasta la entrada principal. A la izquierda del pasillo había un rectángulo de dimensiones mayores que las de una tumba y que siempre, en mi recuerdo sigue igual, permaneció cubierto de basura y ramas secas; debía tener una profundidad de medio metro, y más allá de nunca haber encontrado una función para el rectángulo, la verdad era que para nosotros, los pibes, se trataba, a no dudar, de una tumba. En ella había un muerto y el susodicho fue la causa para que una y otra vez saliéramos corriendo hacia la seguridad del mundo conocido. Una vez llegamos hasta el umbral de la entrada principal, el muerto debía estar dormido, y apenas nos asomamos vimos que a media altura, sobre un pedestal, había una imagen de yeso: una virgen cristiana; sobre la pared había una chapa de metal con nombres pintados, nombres y fechas de nacimiento y muerte. Alguno de los pibes gritó y otra vez a correr. Existió el día en que llegamos hasta la terraza de la casa; ahí encontramos unos maceteros de gran tamaño que no tenían plantas: estaban sellados con una tapa de cemento. No nos quedaron dudas: eran urnas que guardaban muertos. La corrida escaleras abajo dejó sin aire a más de uno.
Ahora, haciéndome a un lado de estos juegos entre niños y unos necesarios fantasmas atrapadores, estoy convencido de que la imagen que desde el principio se hizo en mí de un señor fantasma fue buena.
Una y otra vez leí historias en que el fantasma aparecía pura y exclusivamente porque exigía justicia. Fantasmas intentando que se descubriera a un asesino, fantasmas interesadísimos en que hallaran sus restos que el maldito había arrojado por ahí y que por lo tanto no habían recibido un respetuoso entierro. El fantasma del muerto era guiado por una buena razón. Podía también el señor fantasma tratar de transmitir sus vivencias, su soledad.
Mis lecturas siguieron y en un momento supe que me hubiese encantado vivir en los días en que creer en fantasmas no era tan difícil como en estos días. Pasar caminando frente a una de las Casas encantadas descriptas por Camille Flammarion (1842-1925) y respirar la presencia en directo, sin mayor información adicional, sólo con los comentarios de los vecinos entre mis ideas: entrar de lleno al mundo de los buenos fantasmas hubiera sido mi elección de todos los días. Ahora que lo anoto, lo mío siempre termina siendo poco productivo, es decir poca moneda provee visitar fantasmas o escribir.
No hace mucho llegué a las Memorias y aventuras de Arthur Conan Doyle (1859-1930), el creador del famoso detective Sherlock Holmes Doyle anotó: Yo he estrechado manos materializadas. He mantenido largas conversaciones con la voz de los espíritus. He olido el peculiar olor a ozono del ectoplasma. He escuchado profecías que se han cumplido enseguida. He visto a “muertos” reflejarse en una placa fotográfica, que no había tocado ninguna mano más que la mía. Doyle dedicó más de cuarenta años al estudio del espiritismo; al leer su libro El espiritismo, Su historia, Su doctrina, Sus hechos, pocas son la dudas que resisten frente a la realidad del más allá.
Siempre quise creer en fantasmas y en ellos creo, claro que me caen mejor los buenos fantasmas que los malos. Pienso en Pike: lástima que los tiempos estén cambiando, lástima que en estos días cada vez me sienta más extraño, casi como fantasma que no tiene manera de encontrar su tumba, su pulsión, el rastro de cuando él era en la vida.
Tal vez la globalización que todo lo puede también se haya metido con mis amados fantasmas. La punta reflexiva se hizo presente cuando comenzaron mis problemas con mi operador de cable, los señores de Telecentro. Como cliente 5046175 pedí servicio técnico porque cada vez que arrancaba la bomba de agua del edificio mi señal de cable desaparecía. Esperé una semana, el técnico debía pasar el 11-09 de 13 a 18hs: no se materializó. Escribí mails durante dos semanas: nadie contestó. Pedí técnico haciendo el correspondiente reclamo por la atención recibida, nueva fecha: 29-09 de 8 a 13hs: una aparición a la que obligué (decía que no podía y pudo) a restablecerme el servicio pasó a las 14hs. La señal duró unos veinte días y vuelta a lo mismo. Pedí técnico luego de contar otra vez la historia, nueva fecha: 26-10 de 13 a 18hs: cero ectoplasma. Vuelta al reclamo, nueva fecha: 02-11 de 13 a 18hs: sin manifestación de ningún tipo. El resultado fue que di de baja el servicio, me ofrecieron un descuento del veinte por ciento durante cuatro meses, pero eso sí, tenía que pedir servicio técnico (prefiero El mito del eterno retorno de Mircea Elíade (1907-1986), no el de Telecentro). Dije que no a la empresa que quiere apretar más de lo que le da la mano.
Ocurrió algo por el estilo con la línea telefónica de una amiga. Luego de una lluvia, el silencio. Pidió reparación, pero primero salió el sol, entonces hubo línea que funcionaba y todo bonito. Volvió la lluvia y otra vez a pedir servicio técnico. Mi amiga explicó su problema y prometieron pasar. Y alguien pasó, arregló el teléfono, pero desconectó internet. Sucedió luego que la lluvia volvió y otra vez el teléfono se ahogó. A esta altura, Snif, que es como llamo a mi amiga luego de tanto lamento telefónico, ya estaba planeando un asalto comando a la central de operaciones de Telecom, pero claro, ahí tomó conciencia (la misma que tomé durante mi reclamo por el cable y en tantos otros reclamos hechos a lo largo de los últimos años) de que no hay con quién quejarse y es más, cada vez hay menos lugares físicos, reconocibles, donde descerrajar un puñado de puteadas y exigir una satisfacción a espada o pistola.
Pensando en estas cuestiones es que llegué a descubrir que la figura del fantasma había sido globalizada, desvirtuada. Aprovechándose de las bondades del ectoplasma, sustancia fantasmática por excelencia, los globalizadotes se han llevado, han hurtado la esencia de los fantasmas de las casas y lugares dispuestos para tales fines (tengo temor de volver a leer alguno de mis libros con historias de aparecidos) y la han instalado en los edificios donde descansan las gerencias de determinadas empresas de servicios públicos. Edificios, además, que han empezado a hacerse invisibles, es decir, a tomar ellos mismos facultades propias del folclore fantasmal. En Buenos Aires un fantasma globalizado puede ser ubicado tranquilamente en una empresa de cable o en una telefónica. Y mientras el fantasma real deseaba ser encontrado, el globalizado es esquivo, se esconde tras una maraña de telefonistas rotativos y máquinas parlanchinas, para camuflar su identidad y sembrar el desconcierto entre los usuarios: ciudadanos cansados, desesperanzados: todos ellos condenados a la pura desmemoria. El fantasma real creía en la justicia, el globalizado actúa como rapiñero a sueldo de las águilas mayores.
Se hace difícil en este mundo, en estos tiempos, encontrar el rastro de los muertos, encontrar a los buenos fantasmas, pero a la manera de Pike Bishop, habrá que seguir cortando maleza, siempre atentos a las patrias internas y convencidos de que las cuentas se pueden hacer de otro modo.