Creo que el secreto para andar atento y feliz
en esta vida, es saber que los días te van a traer cantidad de sorpresas,
algunas a favor y otras en contra. O sea, Julia, que vas a tener que pasar
momentos que te van a gustar, y mucho, y otros que no. El asunto es tratar de
tomar los hechos con la mayor tranquilidad posible. A esta altura del relato
pensarás en qué es lo que te quiere contar el barbeta de papá. Quiero que sepas
cómo fue, cómo pasaste, tu primera enfermedad. Y esto nada tiene que ver con
andar revolviendo lo feo o incómodo, tiene que ver con la memoria y ciertas
imágenes. Pasaste dos días un tanto molesta, muy llorona y demandante, y eso
era raro en tu manera de ser. Después aparecieron unas pocas líneas de fiebre
que a poco se transformaron en un montón. ¿Qué ocurre con los bebés cuando se
sienten mal?, buscan refugio, y para refugio, no hay nada más seguro, más
amado, que el calor, la presencia de mamá. A esta altura de la filosofada y el
relato, aparece el nombre de la heroína de esta historia: mamá Evangelina. Es
cierto, papá acompañó. Con mamá, en lo posible, nos repartimos tareas, nos
ayudamos, y creo que formamos un buen equipo, pero quiero que sepas que fue
ella la presencia definitiva para que hoy estés mejor, y yo pueda estar
contándote lo ocurrido. Llegaste a tener mucha fiebre, rozando los 40 grados,
te quejabas mucho, molestias, dolor, llegaban los vómitos y tu susto, y
entonces querías mamá, y una y otra vez mamá estuvo con vos, para vos. La
tormenta duró una semana, durante ese tiempo dormimos, los tres, a los saltos.
El primer nombre malo que apareció fue faringitis viral, y la susodicha se la
jugó ocultando el problema más jodido, una infección urinaria. Ya te dije un
par de veces que en la vida siempre ocurren cosas por primera vez, bueno, esta
es, fue, nuestra primera vez a la hora de saber que hay un hijo enfermo. Y
mientras iba dentro de mi primera vez, nervioso, con miedo, asustado como nunca
antes, fui testigo de cómo mamá le puso el alma, el cuerpo, para cuidarte. Que
estuvo un par de veces cerca del “no puedo más”, sí, claro, pero ese detalle es
el que destaca todavía más su “estar” para con vos: porque volvía a levantarse.
Una y otra vez mamá Evangelina iba al abrazo que pedías. Verla así me
emocionaba, pensaba en mi amor por ella, en el orgullo que sentía al ver lo que
veía, y pensaba en el amor de madre que ella te brinda. Pensaba en tu suerte al
tener esta mamá, porque no cualquiera puede, no creo que todas las mujeres puedan
dar vida al título que entrega la magia de la naturaleza: una mamá se hace en la
construcción del encuentro con el hijo. Tenés una mamá que te acompaña, nunca
te olvides, ni en los momentos a favor ni en los que van a jugar en contra. Algo
más, me encantaría que hoy pudieras frecuentar esa tranquilidad de la que te
hablo. Ya sé, a casi nueve meses, no está entre tus posibilidades. Hoy entenderías
estas palabras finales cuando todavía faltan varios días de antibiótico, ay,
nena, no sabés qué difícil es que aceptes algo que no sea la leche de mamá. Tu
intención de emular al gran boxeador Nicolino Locche, o sea, vos, mi Nicotina,
es perfecta: todos sabemos que le embocaron algunas piñas, en este caso, suerte
para todos, remedio a bodega, pero cómo cuesta.
martes, 22 de enero de 2013
Una historia para Julia (XXXII)
En nuestro lugar de vacaciones terminaste de
hacer un descubrimiento. La presencia te intrigaba, tus investigaciones habían
comenzado en casa, pero fue en Gualeguay donde al fin atrapaste la cara
escurridiza de tu sombra. Un camino de cemento, una cinta gris sobre el pasto
cortito del parque, comunicaba la puerta de calle y nuestro refugio cercano al
gran sauce y las piletas. A un lado del camino se levantaban unas plantas de
regular altura, unos arbolitos a los que vos, de pasada, le sacabas alguna
hojita. Mamá Evangelina te sacó una linda foto practicando cacería en verde. Descubrí
que disfrutabas mucho cuando te sostenía en el aire, paralela al piso, y vos
mirabas hacia abajo, como si fueras en un avión. Te interesaba ver el pasto, la
tierra, el camino de cemento, y fue así que mientras te llevaba de esta manera
por ese camino, descubriste, en un regreso desde la calle, que a tu izquierda
se deslizaba una mancha oscura sobre el pasto. Nos seguían nuestras sombras a
buen paso. A partir del hallazgo y en viajes posteriores, tus ojos fueron en
exclusividad para la presencia sombra. Luego ocurrió que una noche se me dio
por sentarte en la camita que había en el comedor, y yo me tiré a un lado. Mamá
Evangelina preparaba la cena. La luz del ambiente te acompañaba desde el mejor
lugar, por lo que tu sombra dijo presente sobre el almohadón grande que estaba
sobre la cama y que se apoyaba contra la pared. Te miré justito cuando descubrías
la sombra, cuando te descubrías recortada en oscuro. Te quedaste quieta.
Después te moviste un poco, siempre sin dejar de mirarte sobre el almohadón.
Fue un lento reconocimiento. Duró unos minutos, hasta que vi cómo estirabas tu
manito para tocar las manos de la sombra. La punta de tus deditos llegaron al
almohadón y vos pegaste un grito de alegría. Enseguida pensé en la novela que
escribo hace un par de años, trata de la sombra y de la vida del abuelo
Rolando. Con mi dedo índice de la mano derecha rocé tu cara, y pensé en esas
señales que aparecen mientras trato de contar mis historias: señales del
misterio que provienen de ese costado mágico que tienen los días.lunes, 14 de enero de 2013
Una historia para Julia (XXXI)
![]() |
| Bajo el sauce |
Estábamos de vacaciones en Gualeguay.
Alquilamos un departamento chico en un lugar ubicado a unos kilómetros de la
ciudad. Tenía parque, dos piletas, cuatro churrasqueros, y varios árboles.
Había cuatro departamentos más, y en uno de ellos una nenita de cinco años
llamada Inti. Cada vez que la veías, sonreías y estabas atenta, Inti siempre se
acercaba a saludarte. El primer día te trajo un obsequio hecho por ella: un
palito de unos quince centímetros, un pañuelo de papel enrollado sobre la parte
media del palito, y una de esas manitos chiquitas, de plástico, que sujetan el
pelo, ajustando el pañuelo sobre la madera. Inti era flaquita, usaba ropa de
muchos colores, y tenía las uñas de las manos pintadas de color amarillo. Su
familia llegó de Perú en los 90. En uno de estos días de vacaciones por fin
encontré el momento para hacerle a mamá Evangelina una pregunta que hacía meses
me daba vueltas en el pensamiento: Eva, ¿qué es amamantar? Mamá dijo: Uno le da
todo lo que necesita la persona que tiene que cuidar, con un solo acto lo
abraza, lo mima, le da amor, lo alimenta, es como el estado ideal de
acercamiento con otro individuo. Si uno quisiera a alguien y de tocarlo pudiera
brindarle eso que uno brinda cuando da la teta, sería perfecto. Por ejemplo,
cuando alguien está mal, alguien que querés, una amiga, un hermano, o tu viejo,
es como tener el poder de curar todo. Está bueno, ella llora, hay veces que es
de maña, otras de hambre, o porque se angustia, y vos sabés que con la teta solucionás
todo. Julia se siente muy segura mientras toma la teta, juega, se ríe, se
esconde, me pellizca, porque uno la coloca en un espacio que es de ella. Creo
que mamá Evangelina hablaba de la felicidad, la tuya, la de ella, y la mía
cuando las veo entre los juegos y las caricias en torno a la leche. Mientras
mamá hablaba bajo el sauce y papá grababa sus palabras, se escuchaba el sonido
misterioso de las chicharras: la voz de la naturaleza en el aire de Gualeguay.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Una historia para Julia (XXX)
La primera vez que fuiste a la casa de los
abuelos Adela y Rolando en Martín Coronado, medías tres milímetros. La segunda
vez, que fue el sábado pasado, a tus siete meses y medio. Hasta ese día, eran
los abuelos los que hacían la visita. El sábado nos tocó a nosotros hacer el
viaje. Entraste a mi casa paterna de sonrisa plena, y te fuiste de la misma
manera. En toda esa tarde y el principio de la noche, y esto te lo puedo
asegurar, desataste en mi tierra de origen una tranquila garúa de felicidad.
Imagino la felicidad cuando nací yo, y cuando nació el tío Alejandro, pero
salvo esos momentos, creo que no hubo en esa casa, una instancia mayor a esta felicidad
que cuento. Todo giraba a tu alrededor. Vos te divertías: la casa de Martín
Coronado era una fiesta. Conociste al hermano perro, a Trueno, a la persona
canina, que es como el gran escritor portugués José Saramago llama a estos
animales de pura bondad. Trueno lloraba, de puro inquieto, en el patio. Tuve
miedo de que ese lloriqueo te asustara, era un registro nuevo en tus días, pero
vos lo mirabas al peludito, como le dice el abuelo Rolando, y te reías. Después
le acariciaste la cabeza. Los dos se portaron bonito. Hacía calor y entonces
llenamos un gran fuentón con agua tibia y lo colocamos en medio de la cocina.
Qué felicidad, Julia, fue verte a las cachetadas con el agua. Hubo que secar el
gran charco que quedó sobre las mismas baldosas sobre las que jugué cuando fui
bebé. Apenas dormiste un ratito, no te querías perder nada. Los abuelos
encantados con todo tu show de monerías, tus sonrisas de chinita, tus miradas.
El abuelo Rolando me dijo que quería sacar una foto con vos, que había separado
dos de sus cuadros. Lo dijo y supe cuáles eran esos cuadros. Fui con él a su
taller, y sobre la cama estaban los dos óleos, que apoyaban contra la pared. La
parte alta de la pared presentaba cantidad de cuadros, banderines y fotos del
club Independiente, cuadro de fútbol del que el abuelo y papá somos hinchas.
Miré cómo pegaba la luz de la ventana sobre los cuadros y me pareció posible
hacer la foto. Te fui a buscar. Mamá Evangelina te sostuvo en un primer
momento, pero enseguida te quedaste sentadita por tus propios medios. Hubo
tiempo para varias fotos, después se sentó el abuelo sobre la cama y saqué más
fotos. En el cuadro de la derecha aparecía una señora anciana sentada en una
sillita de paja; en el cuadro de la derecha, un señor también mayor y también
sentado en la misma sillita de paja. Los óleos pintados por el abuelo Rolando
representaban a su mamá Ángela y a su papá Julio. Los había hecho posar en la
silla para pintar los cuadros, en la misma silla en la que después, en el
patio, el abuelo Rolando se sentó frente a vos. Él quiso que te sacaras una
foto con tus bisabuelos. Su idea, su ocurrencia, me pareció un gesto
maravilloso, de pura ternura hacia el pasado y hacia el futuro, porque pensó en
ellos y en vos. A la tardecita llegó el tío Alejandro con una botella de
champagne. Después de la cena hubo brindis en el patio: por el momento, por
vos, por esta felicidad. A través de la ventanilla del auto, durante el viaje
de regreso, hiciste lo mismo que en el de ida: tus ojos no pararon de
intrigarse con el mundo.
Una historia para Julia (XXIX)
En un mediodía de noviembre al fin arrancamos,
gordita Julia en brazos, hacia el registro civil de la calle Uruguay. Todavía nos
quedaban unos meses de plazo, pero como los padres responsables que queremos
ser, fuimos a hacer los trámites para que tengas tu Documento Nacional de Identidad:
DNI. Entramos al edificio y encandilaste de ojazos al señor de los informes.
Había mucha gente y el aire acondicionado se hacía sentir. Ibas con un gorrito
que te regaló la abuela Olga. Mamá Evangelina te arrimó un saquito, y yo, que
te llevaba en brazos, te abracé un poquito más. El trámite pintó rápido,
esperamos unos diez minutos, pero en ese lapso, vos te acurrucaste bonito y
chau: Julia se durmió. Mamá Evangelina contestó preguntas: dirección,
teléfonos, clínica donde naciste, y firmó. Te tomaron las impresiones digitales
de los dedos gordos de las manos, todo muy moderno y digital, porque antes te
ensuciaban los dedos con tinta para sacarte la imagen. Todo iba bien: dormida y
maniobrable, los movimientos fueron posibles, hasta que la muchacha que nos
atendía avisó que faltaba la foto. A espaldas de mamá estaba el espacio blanco
que servía de fondo para las tomas. La muchacha que nos atendía era la
fotógrafa: tenía una camarita apuntando al lugar donde debíamos colocarte. Te
recuerdo que vos seguías dormida. ¿Entonces?, mamá y papá te llamamos: Julia,
Julia, y Julia, no, nada, dormía. Pero si en casa se despierta fácil, dijo
mamá. Pero con este bochinche y tanta gente, dijo papá. Dormías. Vino la
primera foto, no convenció. La muchacha propuso tomar una más. Ahí estabas vos,
en la altura, te alzaba buscando el mejor click y abriste los ojos. Te sacaron la
foto que no vimos: al parecer estabas bien. Hace una semana que recibimos tu
DNI, y por sobre la legalidad ciudadana adquirida, ya te enterarás de qué se
trata este asuntito, quedaste, una vez más, tan bonita, y sí, tan despierta en
tus casi siete meses.
jueves, 6 de diciembre de 2012
Una historia para Julia (XXVIII)
Muchas veces,
Julia, ocurre que uno, en este caso papá escribiendo, no piensa demasiado en lo
que está haciendo. Funciono por impulso, y fue así como empecé a escribirte
desde que estabas en la panza de mamá Evangelina. Y está bueno no pensar en
todo. Siempre debe quedar la puerta un poquito abierta, porque por la abertura
se puede dudar, respirar, y es tan necesario; porque por ese espacio puede
escaparse parte de nuestra verdad, esa que creemos absoluta; y porque por ahí
mismo pueden entrar las sorpresas. Hay sorpresas que se visten de maravilla en
esta vida. Tengo un amigo nuevo, un poeta, se llama Rafael Vásquez, leí sus
libros, lo entrevisté para el diario, y hoy está entre mi gente querida. Rafael
es un hombre mayor, de ochenta y tantos años como el abuelo Rolando. Es lector
de estas historias que te escribo y habla de ellas con felicidad. Pensar que
empecé escribiendo para vos, para nosotros. Hace unos días tomé un café con él y
en sus manos traía una carpeta azul. En ella guarda todas tus historias y una
foto que le envié de la abuela Adela, mamá Evangelina, vos y yo. La foto es en
la plaza de Boedo y la tomó otro amigo de papá: Mario Bellocchio, ya te voy a
hablar de él. Todo estaba dispuesto con mucho cariño dentro de la carpeta.
Prometí enviarle las tres últimas historias para que las tuviera todas. Y lo
hice. Una sorpresa fue la carpeta, y otra sorpresa fueron las palabras que
Rafael te escribió a vos, sí, a vos, unos días después:
Querida Julia:
Sé que
no tengo derecho de copiarme de las cartas (así las llamo yo) que te
escribe tu papá. Pero si él me perdona...
Ocurre
que yo soy un amigo bastante nuevo de él. Pero lo que más le admiro es su
capacidad de escribirte, de sentirte, de vivir tanto en función de vos, de tus
mínimos gestos, de lo que vos le das.
Tu
papá es un excelente periodista, un buen escritor y, aunque él lo niegue,
también un poeta. Por lo menos siempre, cuando te escribe a vos.
Algún
día podrás decírselo.
Ahora,
nada más que un beso chiquito de mi parte.
Estas sorpresas, estas suertes en la vida, ocurren cuando la puerta está un poquito abierta. Fue así como conocí un amigo nuevo, un buen tipo: el máximo galardón a obtener en esta vida. Rafael Vásquez, un buen tipo que es poeta notable de la vida y de su Buenos Aires.
Estas sorpresas, estas suertes en la vida, ocurren cuando la puerta está un poquito abierta. Fue así como conocí un amigo nuevo, un buen tipo: el máximo galardón a obtener en esta vida. Rafael Vásquez, un buen tipo que es poeta notable de la vida y de su Buenos Aires.
Una historia para Julia (XXVII)
Veredas, esquinas, autos, personas, gente,
ruidos, cemento, locura de esta gran ciudad, locura de velocidades, porque la
gente corre mucho para nada. Sabés, Julia, en esta vida hay muy pocas razones
por las cuales correr. Se puede vivir errado en esta ciudad grandota que casi
siempre anda de coqueteo con la desmesura, pero que aún así, tan llena de
nombres, sigue guardando el barrio y la buena gente, las mesas de café como las
que habitás vos en el Cao o en el Margot, y están las plazas y los paseos por
las veredas, esas que tienen distinto dibujo y que entonces te tocan distintas
músicas a través de las ruedas del cochecito. Cada vez que te llevo en nave
pienso en las diferentes vibraciones que recibís durante el viaje. Cuando el
cochecito lo lleva mamá Evangelina, me gusta ir al lado tuyo y acercar la mano
para que me agarres un dedo. Así viajamos de la mano. Yo veía a hombres de mi
edad ir de la mano con hijos de tres o cuatro años. Pensaba que eso debería ser
muy lindo. Hoy sé que es maravilloso. Todavía no caminás, pero ya voy por
Buenos Aires de tu mano. Y te digo más, ¿sabés qué me encanta hacer?, llevarte
en brazos en casa, en el barrio, en la ciudad, en esta Buenos Aires que tanto
me gusta y tanto detesto. Siento mi abrazo profundo, voy atento a tus
movimientos, disfruto tu abrazo, tu manito sobre un hombro. Me siento distinto,
no mejor, nunca me gustó creerme mejor que nadie, sino distinto, siento que camino
por una felicidad nueva, una felicidad que no se parece a ninguna otra. Nunca
quieras ser la mejor, apuntale, hija, a la felicidad con tu gente y con todo lo
que te guste hacer. La felicidad no se gana, no se compra, no la regalan,
simplemente se encuentra o no. Una de mis felicidades, tan linda, tan simple, y
tan encontrada, sucede mientras te llevo en brazos y espío tu mirada sobre la
aldea.
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