Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 28 de junio de 2013

Texto presentación del libro Paletas Artísticas (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP)) por Edgardo Lois

La paleta del pintor como apaisada retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la madera donde aguardan los colores.
La paleta del pintor puede descansar sobre una mesita, o un banco alto, y puede, alta en el cielo, habitar el aire del taller al compás de los vientos. El alma del mago también debe saber del viento. La mano como vela de mástil mayor, flameante, puro desafío ante el abismo de la luz o la de su ausencia.  
Pero el secreto mayor jugará sus cartas en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre, y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la paleta.

Hace cincuenta años que sé de la existencia de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible, explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta, luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos, intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el mago, el alquimista.

Hay en este libro una propuesta distinta para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la creación. Este libro de la SAAP funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: Mirá, hermano, esta vuelta, el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que “sea”, que “haga esquina” sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar.
Como es de esperar, sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán lluvias, garúas y vientos.

miércoles, 26 de junio de 2013

Una historia para Julia (XLI)

El 22 de mayo a la tarde: uno, dos y tres. Tus primeros pasos entre los puertos más cercanos: mamá y papá. Hasta ese momento nuestra maravilla consistía en ser testigos del instante en que soltabas amarras y te quedabas paradita sola. Acentuabas el logro,  para festejarte y para contar con nuestra atención, con un gritito agudo de felicidad. Ahí estabas, puro brillo, porque te dabas perfecta cuenta de la novedad. Después del grito te mantenías un ratito con sonrisa y tensión al tono. Luego volvías al apoyo. Sabés, ver cómo venís caminando hacia mí, apuradita, brazos que se agitan y pasos cortos, es de las imágenes más maravillosas de las que he sido testigo. Te cuento que en esta vida he visto maravillas: vi la cara de mamá cuando le di el primer beso, vi el punto final de una novela que me llevó cinco años escribir, vi la felicidad en personas que quiero, ja, pero ver cómo caminás hacia mis brazos: tu sonrisa, la mirada, la emoción, sí, hija, como te decía, he visto maravillas en el cielo de este mundo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Una historia para Julia (XL)

Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo. Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos, hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre, con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito, sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu sonrisa de cada día.

viernes, 17 de mayo de 2013

Descolgar un cuadro


En el 2003 firmé la nota La diferencia entre Ingeborg y el soldado obediente, en ella anoté: A veces me digo que todo es una cuestión de memoria, de reconocerse frente al espejo y frente a los demás. Claro que para ello hay que poder mirarse al espejo, me digo mientras me alegro de que un tipo como Galtieri no respire un minuto más sobre esta tierra. Que Galtieri no haya terminado en un calabozo es otra historia a analizar, pero al menos ya no respira la misma ciudad que respiran sus víctimas y los familiares de sus víctimas. No murió un viejito, tampoco un soldado; no murió un escritor, tampoco un trabajador; no, no, murió un bicho que ahora precisa de discursos para amanecer patriota. Pienso en Malvinas, pude haber sido uno más, diez veces al polígono de tiro y a la guerra, guerra en el sur, guerra en el sur; para mi general, el saludo de mi memoria.
Acabo de enterarme de la muerte de otro asesino, del miserable de Videla, y ya van a aparecer palabras tratando de abrirle, de alguna manera, las puertas del paraíso, convengamos que no le faltaron misas ni bendiciones, y van a aparecer también aquellos que afirman, con convencimiento y los respeto, que la muerte no se desea ni se festeja. Los respeto, pero les cuento que tengo mis ceremonias para la obtención de la felicidad, y entre ellas figura una que trata del deseo y festejo de la muerte de los mal nacidos que contaminan esta vida. Fui feliz cuando murió Martínez de Hoz con detención domiciliaria, y soy feliz hoy con la muerte de este soldado de la patria, de la suya, jamás de la mía. ¿Por qué?, lo anoté por Galtieri, ni un minuto más sobre esta tierra.
Aprovecho para marcar una diferencia entre las muertes de estos seres despreciables, y es que Videla murió donde le correspondía, en la cárcel, y esto gracias a la decisión de un gobierno democrático con memoria.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXIX)

¿Sabés cuándo entré a ser conciente de que tenía una hijita grande, grande, es decir, que ya había dejado de ser un bebé indefenso y sólo contemplativo del mundo? Te cuento, creo que el nuevo estado mental de papá se armó a partir de dos momentos. Una mañana, estábamos justo en la curva donde se unen la cocina y el comedor. Estabas sentada sobre el cuadrilátero de colores. Empezaste a moverte, hasta ahora no gateás, tu especialidad es el avance con arrastre de cola. Así llegaste hasta el corralito, y una vez a tiro, tus manos fueron hasta la pata más cercana: fuerza, empeño y decisión te llevaron a pararte. Ahí estabas, casi un año, paradita a un lado del corralito, poniéndole al cerco el cartel de armadura obsoleta. Te miraba, vos te reías. Saqué un par de fotos. En otra mañana, mamá Evangelina y yo estábamos desayunando. Escuchamos a la distancia que repetías, desde la cama grande, tu característico “tatata”. Te fui a ver. Brillabas, no lo podía creer, habías sido tan chiquita, y en ese momento eras tan chiquita y tan grande en la cama de mamá y papá. Quedé tonto, se me caían las lágrimas, y vos no parabas de reírte, de moverte, de hacer morisquetas. Jugamos un rato a escondernos detrás de nuestras manos, te encanta. Saqué unas fotos. A partir de estas dos historias papá se dio cuenta de que el universo había cambiado, de que se había ensanchado feliz, con aire nuevo. Casi un año, Julia, un tiempo de ensueño.

martes, 14 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVIII)

En medio del proceso de mudanza ocurrió algo azaroso. Pienso que a esa altura de los acontecimientos, ya tendrías real percepción de que el mundo de colores y formas que habías contemplado durante casi todo tu primer año, había dejado de estar a la vista. Papá lo guardaba en cajas de cartón y bolsas. Hilo y cinta de embalar, tornillos y maderas, todo había dejado de ser, y era extraño para nosotros, que en teoría comprendíamos más que vos. Sin dudas el desarmado del rompecabezas te habrá afectado. Faltaban pocos días para la partida, y me entero de que mi amigo poeta Rubén Derlis, presentaba su último libro, el sábado previo a la mudanza, en el café La Poesía de San Telmo. Mamá y vos viajaban a Gualeguay el viernes, el sábado la presentación y el lunes la mudanza. Preparé el mínimo indispensable de ropa hasta el lunes, el resto a la bolsa. Para el sábado dejé el saco en una percha. Y andaba con el saco de acá para allá, lo colgaba y enseguida lo tenía que correr debido a mi rol de papá embalador del mundo. Fue cuando me di cuenta de que había quedado libre el clavo de donde colgaba el cuadro del abuelo Rolando: El color que cayó del cielo. Claro que después de colgar el saco reparé en que quedaba exactamente sobre tu corralito. Fue inmediato, estabas seria, mirabas a la altura con desconfianza y me mirabas. Pensé que ibas a llorar, lo descolgué y te lo acerqué dando las explicaciones del caso. Vos lo tocaste y todo volvió a la normalidad: el saco de papá, pero hasta que volví a sostener la percha en la pared. Tu desconfianza volvió a decir presente. Dejaste de jugar, te molestaba esa impostura de hombre o de papá. Entonces lo entendí y lo descolgué definitivamente. Te dije: Julia, vas bien, que nunca te gusten los disfraces, que nunca aceptes que alguien te mire, confiado, desde arriba. Después pensé en que la mentira y la moneda muchas veces se sostienen de un clavo. Quiero que sepas que no figuran entre las bellas artes.

lunes, 13 de mayo de 2013

Buenos Aires a distancia


A Mariano Larra, personaje de mi novela Morir por Perón, le tocó en suerte recibir como herencia una de las señales que yo considero, desde hace años, de buen augurio para sostener la travesía cotidiana en Buenos Aires. Cada vez que pasaba a bordo del 160 por el puente sobre las vías del ferrocarril Sarmiento, ubicado en Salguero, entre Bartolomé Mitre y Díaz Vélez, miraba buscando el tránsito de un tren. Valía si lo veía venir, mucho mejor si mi permanencia sobre el puente coincidía con la formación debajo del mismo, y también valía ver cómo se alejaba. Tres tiempos posibles para que mi observación fuera validada como destino. Como sea, la señal, el buen augurio, se daba por la coincidencia en la encrucijada, y en la sustancia de la susodicha coincidencia geográfico/temporal: si yo podía ver pasar el tren, significaba que estaba ubicado en una posición desde la cual podía contemplar o imaginar tantas historias como personas viajaban en los vagones, y eso, señores, es una suerte: porque si hay historias para contar, hay vida y hay sueños. Es mejor cuando las historias deambulan por la faz de nuestros mundos. Esa era mi suerte, y esa misma suerte le obsequié a un torturado Larra para sus días de ficción.
Viajé a Gualeguay, Entre Ríos, unas tres veces antes de una travesía decisiva dentro de mi vida. En cada viaje a la ciudad de donde es oriunda mi mujer, reparé en el placer que me deparaba el cruce del complejo Zárate Brazo Largo. Desde los dos puentes, el Bartolomé Mitre sobre el Paraná de las Palmas, y el Justo José de Urquiza sobre el Paraná Guazú, miraba las márgenes del río, las casitas en torno, el laborar de los barcos, la lejanía. Imposible para un porteño con espíritu vivo ignorar el paisaje. Cada vez esperaba el paso sobre los puentes. Una vez descubrí en la lejanía, sobre tierra, un barco fuera de lugar. Una nao vieja, importante, que había sido de pasajeros, pintada de blanco, casi un fantasma sobre la tierra, ubicado muy cerca del verde de la arboleda que tenía de fondo. ¿Cómo habrá llegado hasta ahí? Tendrá su historia, como historia guardo en estos cincuenta y un años de vida que cumplo hoy, 22 de abril. Durante la travesía titulada decisiva (ya que iba a ver una casa para mudar nuestra familia a Gualeguay), pude ver, por un segundo, la estela que abandonaba la popa de una embarcación. La coincidencia en la encrucijada geográfico/temporal se daba con mi presencia sobre el segundo de los puentes del Complejo, y un barco que pasaba exactamente por debajo. Un buen augurio, me dije, al tiempo que recordaba el puente sobre Salguero y a Mariano Larra. Y fue así, la casa nos gustó, y ahora escribo, es decir, pretendo escribir sobre mi Buenos Aires a distancia, desde Gualeguay, desde mi escritorio de trabajo que tan bien me acompañó en mi ciudad.
Buenos Aires es galaxia, y como tal está habitada desde distintos mundos. Puedo afirmar que la estrella centro de esa galaxia, ubicada en la esquina de Boedo y San Ignacio, es el café Margot. A esta altura no me voy a poner a explicar la importancia de un café en una ciudad como esta, pero sí voy a anotar que los cafés, los centros de galaxia, se erigen, crecen, respiran, y hacen historia cuando son habitados por determinada zoología rica en componentes espirituales. Por ejemplo, el Margot es lo que es, por la presencia de personajes como el poeta Rubén Derlis, el periodista Mario Bellocchio, el historiador Diego Ruiz, el pensador Otto Carlos Millar, el músico Juan Tata Cedrón. Ellos, junto a un variopinto puñado de almas sensibles, y junto a los buenos fantasmas del Profe Ricardo De Biasse, el Gordo González y Carlos Caffarena, hicieron y hacen mi Margot: lugar de charla, de lectura y escritura, de memoria. Y de este café, a juzgar por un kilometraje certificado, de alguna manera me alejé. Hoy no escribo desde el Margot, desde mi barrio de Boedo, desde mi San Cristóbal (y ahí el café Cao como mi nave insignia). Hoy escribo desde Gualeguay para decir que me fui de mi ciudad. Y es cierto, miro por la ventana y ya no veo los techos de casas bajas que veía desde mi segundo piso. Veo un patio, varios metros de terreno con pasto ralo, y algunos árboles. Ya no llego hasta la verdulería que atiende Hugo y Ariel, dos hacedores de mi barrio, porque San Cristóbal fue amigo por varios motivos, y entre ellos está la presencia de mis verduleros, que trabajan sobre la misma vereda en la que todavía dice presente la casa de María La Vasca, milonga famosa de cuando Carlos Calvo se llamaba Europa. Evangelina, mi mujer, antes de que decidiéramos el cambio de paisaje, me preguntó muy seria: ¿Y tus amigos?, ¿el café?, ¿la escritura? Claro que preguntaba por Buenos Aires toda. Ella pensaba que yo nunca podría dejar la ciudad. Pero se equivocaba. Alguien dijo una vez / que yo me fui de mi barrio, / ¿Cuando?, ¿pero cuando? / Si siempre estoy llegando, anotó Troilo. A ella le contesté que a Buenos Aires me la llevaba puesta, que la llevo a salvo, sangre adentro. Le dije que a Buenos Aires la escribo desde cualquier lugar del mundo y del alma.
Pero claro, la distancia es la distancia, y entonces ya no me puedo llegar el sábado por el Margot, que me quedaba a diez cuadras de casa, ya no me puedo sentar a escribir en el Cao. Sucederá de vez en cuando, en los días de visita. Porque a Buenos Aires no se la deja, si no se la habita, se la visita, y en esas visitas será tiempo para ver a mis padres y mi hermano en Martín Coronado, para ver a los amigos de siempre. Habrá tiempo para el encuentro con el amigo poeta, y principal seguidor de las historias para Julia, Rafael Vásquez. Habrá tiempo para saber de los descubrimientos que Mónica López Ocón haga en su Azul natal. Me quedó un café pendiente con Alberto Di Nardo, Eduardo Noriega, Amanda Samia, Alicia Cao. Siempre hay pendientes en Buenos Aires, porque además de tanta poética, la damisela hoy tiene su costado oscuro: la velocidad que parte las calles y promueve los desencuentros: promueve la terrible estupidez de dejar una charla para mañana. Una mención especial merecen mis buenos fantasmas, ellos también se quedaron en la ciudad y a la vez se vinieron conmigo. Pienso en el escritor Gabriel Montergous, uno de mis maestros, en el cronopio Liliana Bustos, en el Gallego Pérez Bravo, en el poeta Hugo Ditaranto, otro de mis maestros (nace esta presencia sin importar nuestro alejamiento de los últimos años; cuando supe de su muerte, el 10 de abril, el día se quebró y ahí quedé, tironeado por el pasado y con un sabor amargo en el alma; después quedé buscando en la memoria alguna de sus líneas, alguna de sus buenas anécdotas, y las encontré).
Avisé a mis amigos más cercanos de mi alejamiento de Buenos Aires, a través de una de las historias que le escribo a Julia, mi hija, la número XXXV: En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese origen nos vamos con la memoria.
El poeta Derlis me dejó un mensaje emocionado en el teléfono: La verdad que me conmovió tu aviso de partida, además, qué joder, te vas a la patria de Juan L., me parece bien la decisión que tomás, a mí me cuesta salir de Buenos Aires, no sé, tendría que hacerlo, pero creo que no podría respirar, cada uno está loco como quiere estar o puede, me parece bien tu opción.
Sabré al final de cuentas cómo es escribir de mi Buenos Aires desde mi Gualeguay, veré cómo pinta el cemento desde la orilla del río. Sabré en definitiva cómo es en realidad escribir desde un lugar que no sea Buenos Aires. Sabré cómo es vivir esta otra vida que de seguro agregará palabras a mi tinta. A una punta de kilómetros de Buenos Aires y sin embargo ahí estoy, sigo estando, quizás un estado del alma, del espíritu, de mi sombra, la memoria. Inauguro mis palabras desde la casa nueva, cómodo, así me siento, mi identidad a gusto en esta Gualeguay soleada. Estoy con ustedes y es una manera de no estar del todo por acá, y miro el patio y los árboles que me aseguran que ando por acá y no tanto por allá. Después de todo, quizás uno no sea más que la suerte de ser un barco fuera de lugar toda la vida, y esto sin consideraciones trágicas, hablo de la feliz travesía de un barco fuera de lugar, porque la suerte está en que no halla un solo río, un solo mar, un solo centro de galaxia, una sola galaxia, un solo café, una sola ciudad. Vi el barco fuera de lugar desde el puente: un habitante del agua llamado a la tierra. A no olvidar: hay distintas maneras de acercarse a la felicidad. De Buenos Aires a Gualeguay, y de Gualeguay para mi barrio de Boedo, San Cristóbal, y sí, también para mi Martín Coronado donde tuvo lugar la botadura/fundación de este escriba dado a las filosofadas baratas.
Poeta, parece que por acá se respira bonito.