Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 12 de octubre de 2014

El amanecido de Leopoldo "Teuco" Castilla (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino: 12 de octubre 2014)



La emoción me gana cuando recuerdo El amanecido. Recuerdo al Teuco Castilla diciéndome que escribió sus poemas en las amanecidas. Y me digo que en esos amaneceres el poeta logró la maravilla: “Y estoy yo, ateo, sin iglesias, / milagroso”. Siempre tomo el libro, lo abro al azar, espío unas líneas. El Teuco sonríe y mira, ay, la mirada del Teuco: en la palabra sus muertos, su tierra, la infancia, felices las obsesiones del poeta. “Hay que entrar callado: la muerte es otro monte”, aconseja; “Dentro de sus hijos, indefenso, / dura el padre, / intruso en su propio nacimiento”, revela. El Teuco me habla cada vez que abro su libro, porque no resisto la tentación de entrarle a la memoria de la sangre y el paisaje. Hay un hombre apasionado detrás de esta poesía, de este libro fundamental para entrar y salir de la vida y la muerte. Maravilla del recuerdo, hallazgo vital en cada verso. Por eso lo recuerdo: me invita a vivir y a morir en la poesía de un lugar, un tiempo, de un alma milagrosa de ateo.

domingo, 21 de septiembre de 2014

Tensar la línea (La foto, diario Tiempo Argentino: 21 septiembre 2014)



Allá lejos, cuando la adolescencia, tuve el impulso de comprar una caña de pescar. Una decisión acompañada por las historias de mi viejo: de muchacho iba a pescar con sus amigos de Boedo a la Costanera. Tuve mi experiencia sobre el borde de cemento, de cara al Río de La Plata; fui de pesca y campamento de fin de semana sobre el Paraná de las Palmas. Pude tensar la línea disparada hacia el cielo y ver luego el freno del plomo en el aire. Una manera de detenerme a pensar: ay, el presente y su mejor cara, lo efímero. Luego caí hacia las aguas, al misterio, a la maravilla dolorosa de ser consciente de la caída, porque caída habrá, y misterio, siempre. La vida bien puede ser transitada en el misterio, desde el misterio. Se ve que lo aprendí mientras la caña de fibra de vidrio se combaba, y se acercaba a la tierra para apuntar presta al cielo, el otro misterio. La vida toda es misterio, me dije, me digo. Recordé que mi viejo dejó la pesca en la memoria y siguió con esa manera de tensar que nunca dejó: vivió tensando su paleta de de pintor de gamas bajas: su manera de zambullirse en el óleo. Dejé la pesca, esa otra manera de tensar, y comencé a tensar mi tanza de vida alrededor de la lectura y la escritura. Como el abuelo Julio, que fue poeta, y que casi con seguridad, supo de tensar la cuerda, su pesca, y también la dejó por su poesía. Mi viejo lo imaginó, eso pienso, como yo lo imaginé tantas veces arrancando en Boedo para luego bocetar un paisaje sobre la tela, una acción de recordación inventiva: tensó su pintura en el paisaje que recordó y el que imaginó, y así pescó la vida.

domingo, 31 de agosto de 2014

Sangre (La foto, Diario Tiempo Argentino, 30 de agosto de 2014)



El empleado de uno de los tantos dioses bendijo con sangre. Como si desde el principio de los tiempos de cada historia, el dios y el empleado hubieran olvidado, o peor, ignorado, las lágrimas de la víctima: el suplicio. La sangre de un cuerpo a otro: el quebranto, el fogonazo de uno a otro. La historia de la sangre derramada completa la biblia donde el hombre se narra. Espada y estilete al corazón de la criatura. Munición en la recámara, sacar seguro, modalidad tiro a tiro o en ráfaga: unción perforante. La sangre y su historia de río que va desde los rápidos hasta el discurrir manso: los minutos se acomodan por última vez. La sangre fuera de cauce moja presta la oreja de la Parca. Cuando el hombre llega a viejo piensa en el momento cercano en que la sangre no sea río. Entonces salta con ritmo acentuado sobre la soga que une los extremos de la vida y la muerte. Cuánto hubo de felicidad, cuánto de su ausencia. El hombre piensa y entonces a las verdades las tapa la bruma. Es posible que la paz se pierda. Sobre la sangre fuera de cauce también piensa el poeta viejo, que viene de andar la vida entre su alma maravillada y la muerte que lamerá las rocas y la filosofía de su vaso. El vaso sobre el escritorio. Hoja en blanco, lapicera de tinta roja. El poeta viejo de exacerbado trago trata de mantener en pie su arboladura, la nao sobre la sangre, el río: su cauce. Hace memoria y encuentra feliz el rastro de su primera sangre. Lamenta, además, que sea uno de los grandes ocultamientos de los dioses y de sus empleados: es necesario saber por qué, cuándo fue derramada la primera sangre.

domingo, 10 de agosto de 2014

La sombra (La foto, Diario Tiempo Argentino: 10 de agosto de 2014)



La sombra es el perro más fiel que conocí, le dije a Batuque, mi perro, que muerto duerme su ausencia bajo la sombra del limonero. El mundo es una sombra, pensé después. Alma pura, cuentan que es todo el cuerpo de la sombra. Recomiendan también que hacia ella hay que mirar, que a ella hay que invitar un café para saber de quién, o de qué se trata la persona que nos interesa desentrañar. Llegar a la mujer a través de la sombra de su mano, de su pelo, de su pollerita de dibujar nuevos barriletes sobre el cemento. Nada más hermoso que intentar ver la sombra de una mujer que usa boina, una sombra de esas que salen a desestabilizar la noche. Intentar ver el dibujo para conocer sus secretos y sus placeres. Ver en la sombra como si leyera la mejor poesía, como si oteara las señales en la borra del mejor café. Es que mirar en la sombra es un oficio que roza y se nutre en lo fantástico. Hay infinidad de sombras en el mundo de adentro y en el de afuera; tantas sombras como almas cuando se mira desde un quinto piso o cuando se mira hacia las memorias de quienes fuimos. Un alma y una sombra, luego un puñado de decisiones. Le digo a Batuque que Rolando, nuestro padre, siempre pintó sombras en el cielo y en la tierra. Él no cree en Dios, cree en la sombra. Por eso, pienso, pero no le digo, que Batuque duerme bajo la sombra del limonero, y yo miro en las sombras de la mujer, y obvio, en las mías. Tomé la mano de la muchacha de la boina, la noche quedaba en San Telmo, y con una luz en la ochava, vi sobre los adoquines que nuestras sombras andaban de la mano. Íbamos camino al primer abrazo.

viernes, 18 de julio de 2014

Bitácora de lluvia, la primera novela de Edgardo Lois por Tuky Carboni



Generalmente, los escritores solemos tener reparos en mostrar nuestros primeros trabajos. En esa cautela, hay algo de la necesaria autocrítica que debemos ejercer sobre lo que escribimos; estamos aprendiendo a caminar por el bello sendero de las letras y nos sentimos vulnerables, inseguros. De todas maneras, esta actitud de responsabilidad ante el lector es, creo, mucho más deseable que la posición opuesta: creernos genios o escritores iluminados que sólo debemos lanzarnos al ruedo y esperar que los demás aplaudan, deslumbrados por nuestra pericia en manejar el lenguaje. La primera actitud, la de caminar con pie de plomo por la explanada de las letras es, creo, más inteligente; sobre todo si somos sensibles; porque nos permite estar conscientes del riesgo que corremos: lastimarnos seriamente e infligirnos una herida que tardará en cicatrizar; si cicatriza. La segunda, la de la confianza ciega, tal vez sea más brillante y tentadora; pero, al dar la impresión de saberlo todo acerca de la escritura, desanimamos los aportes constructivos que los demás podrían hacernos para mejorar nuestro trabajo. Y nos perdemos la lección. Este sería, de cualquier forma, un mal comienzo. Cuando, con el correr del tiempo, presentemos otro trabajo, más burilado, más mesurado, más digno de un escritor, ya se habrá instalado en los lectores o los críticos ese sentimiento de rechazo que generamos, a medias con nuestro texto y a medias con nuestra actitud.
Cuando mi nuevo amigo Edgardo Lois me obsequió “Bitácora de  Lluvia”, su primera novela, me aconsejó “que lo tomara con calma”; así está escrito en la dedicatoria. Me preparé entonces, anímica e intelectualmente, para leer un típico trabajo de principiante. Falsa alarma. El libro, por fuera, da toda la sensación de ser una edición cuidada, y prolija. Buen tipo de letra, buen papel, hermosa portada (“El Diluvio” de Vito Campanella) y ese “algo” misterioso pero innegable, que nos hace elegir un libro de entre otros muchos.
Por dentro, esta novela se “ganó la lectura” desde el inicio. Desde “Palabras Previas” que, muy bien elegidas, saben presentar un portal sumamente atractivo para comenzar a transitar el texto.
La idea central me pareció muy interesante y original. Los diálogos son ágiles y muy creíbles; los capítulos breves permiten seguir el desarrollo de la historia, bastante compleja, sin perdernos en el laberinto que proponen. Me gustó, especialmente, esa interacción con un personaje que se fuga de las páginas de una novela y hace su incursión en lo que llamamos “realidad”: el  viejo “contador de historias”; éste es y se comporta como un indigente; pero no habla como uno; para hacer patente la distinción, basta leer su sabia disquisición sobre la esencia del Ser: dónde termina el Ser, si el Ser  puede expandirse mediante la gracia del amor y si es posible su fusión con lo que amamos. Maravilloso.
El paisaje donde se desarrolla la novela tiene mucho de esa inconsistencia que tienen las  situaciones oníricas: cierta levedad vaporosa, escenarios que se transforman súbitamente, la presencia infaltable de la lluvia, con su doble propuesta: intimidad e intemperie. Además, hay afirmaciones que no puedo sino compartir; por ejemplo, la de que, al escribirse, un texto se transforma en real (ya lo dijo Archibald Mac Leish: “un texto no significa algo; Es  algo”.); otro tópico interesante y compartido es la tesis de la multiplicidad del Yo, ya propuesto por grandes poetas y escritores, como Rilke o Proust. Tema apasionante para debatir en una  larga charla entre amigos.
Para destacar: con el correr de las páginas, Julio, el hombre muerto entre cuyas ropas se encuentra el manuscrito, se gana un lugar en nuestro espectro afectivo por su condición de librero apasionado, enamorado de los libros, por su culto a la amistad y por la delicada ternura que manifiesta en su trato diario y en sus diálogos con Edesma, la mujer que ama. Una ternura que sólo se permiten los hombres bien hombres, los que no tienen duda alguna acerca de su condición de tales.
Otro recurso que utiliza Edgardo y que me pareció excelente, es hacer entrar en el texto de su novela a amigos entrañables, esta vez de carne y hueso, como Hugo Ditaranto y Gabriel Montergous; es como si hubiera un intercambio tácito de responsabilidades, los amigos queridos, para custodiar la novela; y para ellos, un pase de magia para que accedan a esa suerte de eternidad que, según “Bitácora de lluvia” tienen los personajes, mediante la ópera prima de otro escritor.
Como corolario de esta novela apasionante, me queda una duda; pero esa duda me confirma la cualidad onírica del relato: Edesma, ¿existió, realmente? ¿Abandonó a Julio? O, ¿se diluyó en la lluvia? Misterio muy, pero muy bien logrado.

domingo, 6 de julio de 2014

Arder (La foto, Diario Tiempo Argentino: 06 de julio 2014)



Es la fragilidad de la vida la que siempre me empujó a más, la que me llevó a que nunca bajara los brazos por más que desde el norte vinieran degollando ceibos. Porque es la vida, hermano, como el grito de esta vela: palabra de luz y de calor, un punto vivo que siempre está dibujando un nuevo contorno. Es también la palabra de fuego. Hay un desgarrón a cada estocada del viento: no sabe de un día de ausencia. La llama tiembla, duda, se estremece, sueña, parece que se muere, que ya no quiere ni un minuto más sobre la frontera. Cuidado, el abismo que acompaña a la existencia está siempre a la mano, es una sombra atenta a los paisajes. La fragilidad, la finitud acecha. Sin embargo, muchas veces, la cintura de la llama se las arregla y sigue el baile durante tres minutos más, y hace esquina, y vuelve a presentar batalla en el barrio que la vio nacer. La vida es una vela encendida que pasa de una mano a otra: el tiempo de viaje, el tránsito entre las señales de nuestros días y el aroma de nuestras almas. Si mañana no voy a estar, así me dije siempre, debo trabajar la llama de este empeño. Entonces pude arder hasta el grito y la despedida. Y corrí el riesgo de mirar más allá, porque estaba vivo, porque tenía una idea: rendir homenaje a cada centímetro de la cuerda, la que nos acomoda el aliento necesario para levantarnos cada mañana. Lo hice cada vez: desperté y abrí los ojos, como lo hace cualquiera que siente el empuje. Me levanté rápido, lavé mi cara y me encontré en el espejo. Pensé: está bien, estuvo bien. Esta vela se puede apagar cuando nazca el silbo del último viento.

domingo, 22 de junio de 2014

Muerte súbita (La foto, Diario Tiempo Argentino: 22 de junio 2014)



Neruda eligió mirar el océano, junto a su compañera, desde la tumba. Estuve en la casa de Isla Negra, frente al Pacífico. John Houston en su última película “Desde ahora y para siempre”, basada en el cuento “Los muertos” de James Joyce, enfoca la mirada hacia el amor: sobre algunas tumbas la nieve cae desconsolada. Nieva sobre Dublín. Cuando supe que yo quería una tumba con forma de pirámide, deseché la posibilidad del sol rabioso, lo odio, y en cambio imaginé la eternidad rodeado de aire frío y arropado con nieve. Alejada de la casa, en el parque, construí yo mismo la pirámide. San Martín de los Andes sería mi cementerio. Mi mujer se rió. Me miró con lástima. Llegado el momento solo le pedía silencio y discreción. En la comunidad siempre fui una sombra. Nadie notaría mi ausencia. Todo quedó dispuesto para mi muerte. Pero la historia al parecer no fue autorizada por el destino. Morí de forma repentina, casi súbita. Tuve que dejar mi vida, mis quehaceres en el escritorio silencioso, dejé de escribir allá en el sur. Ella me dijo que no me aguantaba más. Andate, morí rápido. Tuve que dejar la casa y mi futura tumba. Planteé enigmas en sus medidas que a nadie importan, hice mis cuentas como los egipcios, y tampoco se cumplirán mis pintadas proféticas: soy la prueba del fracaso. Cuando nieva me hago una escapada y le tomo una foto. En la última, ella y su nuevo faraón intentan retirarle la nieve. Lo hace con cada nevada para que no tenga ni siquiera la posibilidad de imaginar el sueño cumplido. Ella sabe que vuelvo del más allá. Al final, cuando nieva muero entre los árboles.