Estos jinetes abandonan la monta. Juran compromiso, cercanías
éticas, pero después dejan el caballo o la yegua al costado del cemento. Alunizados
y alucinados en su esencia, cuatro jinetes apocalípticos buscan el centro del
universo para afirmar su filosofía de pestes y palos. Tan lejos en la memoria,
en aquella odisea que soñaba el 2001, el mono exhibe el hueso, su sexo. Los
jinetes detectan un invasor. Lo sospechan. No hace falta comprobar si lleva su
dedo meñique duro. La sangre completa su músculo y se cierran los cascos.
Ninguna gorra es buena, amiga el pensamiento con su ausencia. No hay plato
volador a la vista, tampoco nave cigarro, pero sí están los invasores por todos
lados. Y está ese invasor con cara de susto y remera a listones horizontales
azules y blancos. Viene de otro cielo, adivinan urgentes los jinetes. Entonces
lo rodean, como si cada uno de ellos fuera uno de los apoyos de la nave que
cuentan en la Biblia
vio Ezequiel, porque invasores hubo en todas las épocas. El invasor pareció
reconocer el dibujo espacial y bajó la guardia, puso cara de: No, muchachos, si
yo también soy de acá. Pero el hueso devenido en falo lustroso con mango invitó
certero. Llegaron después los otros al banquete y le dieron al et como en
bolsa. Acostaron el alien sobre uno de los escudos protectores. Quedó sobre una
mesa de autopsias provisoria. Alguien acarició su cabeza. En esa despedida supo
de una poesía de Marcos Silber, que también es de acá e imagina el frío de la
injusticia: “Hurga acerito / del altillo al subsuelo; / su filo desciende /
penetra en la gladiadora cuerpería”.
domingo, 21 de diciembre de 2014
miércoles, 3 de diciembre de 2014
martes, 25 de noviembre de 2014
Quiero recordar a Juan Korb, mi tío, fallecido ayer en tierras del Imperio del norte. Cuando dejó la Argentina por última vez, en 2012, escribí una nota para Desde Boedo. Su título: Juan y la lámpara mágica, que publico a continuación:
Mi tío Juan modela lámparas desde hace varios años. Químico de
profesión se dedicó a jugar en distintas sintonías del plástico y con distintas
texturas y cuerpos. Con el tiempo hubo una forma que lo fue atrapando: el
cilindro alargado, de boca más o menos ancha, de espesor diferente en los
cuerpos, y de alturas antojadizas: cilindros devenidos en lámparas de una luz
tenue en su interior. Mi tío Juan fue durante gran parte de su vida un hombre
viajero, como él mismo se definió: un barco fuera de lugar toda su vida, esto
dicho porque vivió más de treinta años en las tierras imperiales del norte.
Volvió a la Argentina
por unos años a tomar unas buenas bocanadas de aire del sur (nunca olvidó que
era hombre de por acá), y después emprendió el regreso. En esta nueva travesía
fue que las circunstancias lo llevaron a aliviar la bodega, a desprenderse de
objetos varios, y entre ellos, dejó para retirar en un después, sus preciadas
lámparas. Quedaron en mi poder, guardo varias, y entre ellas una, la que quizá
simbolice la cúspide de su creación, porque Juan es, tal vez sin saberlo o de
modesto o reacio a los grandes títulos, antes que químico, un artista.
Enciendo la lámpara sobre la biblioteca. Está acompañada de libros
y de adornos, sobre la pared donde se apoya cuelgan dos cuadros de mi papá, el
acrílico del café Margot y el que aparece en la tapa del libro de poesías de mi
abuelo paterno, Julio Martín. Desde la primera vez que la vi encendida que
sueño con este momento, es decir, el de la escritura. Hace meses que quiero escribir la lámpara: parece cielo de
tormenta, se ve claridad en la base, cerca del horizonte, y claridad en el
cielo alto, esa parte que conecta, engancha, con el camino cierto al universo
profundo; la mayor parte del cilindro de unos treinta y cinco centímetros de
altura está ocupado por una mancha: el germen tormentoso que en su mitad muestra
una leve brecha clara. La lámpara es la imagen del misterio, se me ocurre
pensar en el misterio fundacional de la vida. Al menos así lo sentí, lo supe, a
la primera contemplación. Fue cuando mi tío Juan dijo que estaba hecha con una
sustancia fotosensible, y que con el tiempo la masa oscura iba a terminar
aclarándose.
En la noche de este fin de año me propuse un juego, prenderla y
apagarla mientras a continuación pensaba en alguna imagen hurtada a Buenos
Aires, una imagen que contuviera un toque de fantasía. La lámpara mágica de mi
tío Juan, como si de arbolito navideño se tratara, iluminó un puñado de fotos
narradas.
Sostengo que lo primero que iluminó fue la cercanía de un río o de
una laguna, porque además, Buenos Aires cada vez se parece más a un gran charco:
el charco primigenio donde tanto bicherío variopinto se da a la vida en
tránsito, porque es inevitable, el bicherío irá, por instinto (ojalá que sí),
en la búsqueda de una huella de río o de laguna sobre el cemento ardiente de la
ciudad. Luego de encender y apagar la lámpara volví a ver al pescador de San
Cristóbal. Llevaba una caña de pescar (obvio), un morral, gorra de pescador y
caminaba con tranco de pescador. Oteaba la calle buscando el horizonte que
supongo imaginaba cercano a la esquina de Matheu y Estados Unidos. El pescador
buscaba su río o su laguna sobre la vereda del Cao. Yo llegaba al café con
Eduardo Noriega, el fotógrafo, pero lamentablemente iba desarmado. La presencia
me sorprendió, ¿qué hacía un pescador pronto a disponer su oficio a metros de
mi café sobre Independencia?
La avenida Independencia fue alumbrada con el arte de mi tío en el
recuerdo. Porque al ver al pescador cercano al Cao pensé en agua de río y luego
en barcos, y especialmente en barcos fuera de lugar, como mi tío Juan. En el
pasado caminaba por Independencia hacia mi departamento, unos quince minutos
después de la medianoche. Dejé de mirar el piso cuando descubrí que avanzaba
por la avenida desierta y el invierno, una camioneta atiborrada de luces
amarillas. Avisaba, abría paso para los barcos. Es sabido, los fantasmas eligen
andar por las avenidas, y entonces es factible toparse con uno, pero lo que no
sabía es que en las avenidas uno puede encontrarse con barcos fantasma. No sólo
fantasmas de la tierra, ahora fantasmas de río sobre la casi totalidad de la
anchura de Independencia. Dos barcos lentos y oxidados sobre plataformas
rodadas, barcos transitando desde la muerte en el Riachuelo de la fantástica
mugre.
Vi la tormenta otra vez, click que enciende y click para un final,
y entonces fue el turno del colectivo 23. Un mediodía de la primavera del año
anterior abordo la nave en Catamarca y Estados Unidos. Camino hasta los
asientos del fondo. Ocupo el lugar vecino al de la ventanilla, que está
habitado por un hombre de unos sesenta años. Tiene alguna apariencia extraña,
pensé cuando detecté su murmullo: era constante, imposible de entender. Miraba hacia
las veredas, parecía estar buscando a una persona. De repente giró la cabeza y
me miró a los ojos. Habló, no entendí, o sí, pero quería volver a escuchar y
entonces dije: ¿Cómo?, al tiempo que me acercaba unos centímetros: Me tiran los
bonaerenses y me tiran los federales, se me va todo al estómago, y me hace dar
mal aspecto. Asentí con la cabeza, guardamos silencio, él volvió a la
ventanilla, y yo me quedé con su declaración en la memoria.
Faltaban unos minutos para la última medianoche del año cuando el
saludo de la lámpara alumbró a mi diariero amigo, Lucas, en su puesto de
batalla de la esquina de Estados Unidos y Jujuy. Hace unos días me detuve a
saludar y Lucas andaba con un sucedido
en la punta de la lengua: Sabés que había un chabón parado en la esquina, lo
vi, no hacía nada, estaba ahí (señala el punto exacto en la baldosa). Me ve, se
acerca y dice: Vi un águila calva, me pasó a cuarenta centímetros de la cara. Pregunté:
¿Un águila calva? El tipo me dice: Sí, era como un cóndor. No podía creer lo que
contaba: ¿De dónde venía?, pregunté. Venía por Independencia, dobló en Jujuy.
Lucas luego refirió el silencio posterior a la escena y la desaparición del
avistador de pájaros de gran porte.
La avenida Independencia a esta altura del relato parece convocar
situaciones extrañas, pero la que sigue comenzó en el cruce exacto de Belgrano
con Jujuy. Entre las cinco y las seis de la mañana volvía yo de mi viaje al fin
de la noche en la tierra virutera, entiéndase: de La Viruta , la milonga de
Palermo, mi lugar de trabajo, cuando veo que un muchacho de veintipico de años,
con las manos libres, es decir, no usaba capote de color, no llevaba espadín,
tampoco usaba el sombrerito típico ni el traje ajustado y con brillos, la iba
de torero en la mañana. Encaraba sin miedo, asustaba a la bestia, ah, sí, ¿la
bestia?, un colectivo de la línea 84, que permanecía varado en la encrucijada
de arena. El torero amagaba correrse, el bondi avanzaba un metro y vuelta a
empezar. Reía el torero, puteaba el bondinero. El lance duró hasta que el
muchacho vio que doblaba un 118 y tomaba Jujuy. Perdonó la vida al 84 y salió
corriendo hasta superar al 118, justo cuando este se detenía en la parada. Se
renovó la corrida en las cercanías de Once, un río especial dentro del gran
río, de la gran laguna mi ciudad. Abandoné al torero y seguí con mi camino, y vuelvo
a dejarlo después de haber encendido y apagado una vez más la lámpara de mi tío
Juan.
En la lámpara mágica presentí el misterio fundacional de la vida,
vi la parte tormentosa y vi la cuota de luz. Cuando Juan me aclaró (justamente)
la clave de elaboración de la misma, la condición fotosensible de la materia, cerré,
entendí, disfruté del círculo perfecto. Lo oscuro devendrá en luz a través de
los días, me dije que así la vida de las personas, incluida la vida del creador
de la lámpara mágica, porque mucho lleva hecho Juan sobre esta tierra humana (sí,
otro tipo al que nunca le hizo falta un dios), y quizás en este viaje mi tío la
juegue de soltar un poco de bulto, de
acercarse un cachito más a la sabiduría, la luz o su sinónimo, el espíritu. Vivir solo cuesta vida, cantó el Indio
Solari cuando era Redondito y de Ricota, y Juan sabe de la tormenta y sabe de
la luz.
Imagino y quiero una llegada digna a la luz para los fantásticos
de este relato: el pescador, los capitanes de los barcos, el señor del 23, el
observador del águila calva, el torero de Once. Una especie de deseo de fin de
año, ojalá que todos tengamos el descubrimiento del espíritu o la luz en camino
de colisión frente a nuestra mirada, como sucede y sucederá en la lámpara
mágica de mi tío Juan.
Estoy lejos y cerca de mi tío; establecimos, antes de su partida
al norte, un compromiso de comunicación: el primero de nosotros que pase al
otro lado de la sombra debe tratar, si se puede, y si hay paisaje que referir,
de dar noticia y pistas al que todavía ande en estas cuestiones del vivir. Me
dijo que él me avisa, siempre un caballero. Imagino que será emotivo y muy
interesante, ya que el comunicador sabe de las cuestiones que encierran tanto
la tormenta como la conciencia y su luz. El hacedor de la lámpara transitó en
repetidas oportunidades la línea del horizonte de este río, de esta laguna:
nuestra Buenos Aires, y como nunca olvida, volverá a hacerlo.
domingo, 23 de noviembre de 2014
Cruzado (La foto, Diario Tiempo Argentino: 23 de noviembre de 2014)

Me enseñaron que el mundo era rectangular, y era cruzado. Sucedió en
los tiempos en que me inauguré como sala de exposición, como siervo del señor.
Lo acepté porque el señor es de temer: habla de amor, pero procede con el fuego
y la venganza. No le faltes al señor, es decir, a sus empleados. Ellos me
enseñaron a acariciar los límites del rectángulo, a colocar mis ojos en cruz.
Ay, la cruz, una vez escuché al poeta Polycrates: Llevar una cruz al cuello es
como colgarse una picana. Hoy es la electricidad, antes fue la cruz, también el
fuego, y el metal de los instrumentos necesarios para ejecutar el tormento que
aseguraba que el mundo siguiera siendo tan rectangular, y tan cruzado. El
cuadro, el simulacro de libro que cuelga de mi cabeza, o mejor, que es mi
cabeza, lleva una cruz al frente, arte y disimulo, alguien dijo en voz baja. La
misma cruz del frente, se repite en la contracara. Él murió por nosotros, también
me enseñaron ellos. Otra tragedia, me dije, en este mundo que se mantiene en el
tiempo. Rectangular, o casi cuadrado, más o menos así era el mundo sobre el que
se movieron los primeros navegantes. Animales, bestias, hombres sin alma, sin
la más mínima idea sobre cómo era el mundo. Llegaron ellos junto a la cruz que
reza en la empuñadura de la espada, junto a los templos, y contaron la
historia, y de alguna manera, los que escribieron simulacros como el que llevo
en mi cabeza, borraron los límites en los mapas y el mundo progresivamente fue
dejando de ser rectangular y cruzado. Ahí el engaño: ellos siguen enseñando un
mundo diferente al que aparece en los mapas.
domingo, 2 de noviembre de 2014
El llanto (La foto: Diario Tiempo Argentino: 02 de noviembre de 2014)
Va tantas veces
el cántaro a la fuente que sí: efectivamente puede romperse. De manera mutua se
empiezan a ver a la distancia, después comienzan a dejar la vida para mañana.
Sucede una vez, la primera: ella mira a la derecha mientras él hace lo propio
con la ventana de la izquierda. En el centro nada, o casi nada: un par de
juegos y palabras hipócritas, la pequeña mentirita, que como decía la canción,
a veces, salva, y es cierto, pero sucede de vez en cuando: y casi nunca dentro
de una pareja. Maquillaje amoroso mientras los días se van, mientras la piel se
calma prometiéndose que mañana va a ser distinto. Porque puede esta historia de
final estar limpia de maldades afines, de traiciones. Simplemente fue la
tormenta de la que ninguno de los dos se supo resguardar. Después, siempre,
llega el silencio. Llega el día en que sobre la puerta de la ausencia se abre el
lamento. Aquí nadie se ha muerto, no hay mal que por bien no venga: los lugares
comunes que respiran afuera. Luego de la tormenta queda el lamento de los quebrados
por la historia. Mañana puede que los quebrados pinten otro paisaje, pero de
momento viven en la herida: él y el llanto en la calle, en la mesa de café, en
el banco de plaza: no sabe qué hacer, a qué amigo llamar. Ella está de llanto
en el aire fresco que nace al pie del ascensor, en el descanso de las
escaleras. Llora desde el séptimo piso. De vez en cuando el ascensor se mueve y
enturbia el llanto. El ascensor no se detiene: nadie abre la puerta a espaldas
de la mujer. Nadie sube por las escaleras. Él no vuelve, llora en la plaza, en
domingo, en soledad.
domingo, 12 de octubre de 2014
El amanecido de Leopoldo "Teuco" Castilla (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino: 12 de octubre 2014)
La emoción me
gana cuando recuerdo El amanecido. Recuerdo al Teuco Castilla diciéndome que
escribió sus poemas en las amanecidas. Y me digo que en esos amaneceres el
poeta logró la maravilla: “Y estoy yo, ateo, sin iglesias, / milagroso”.
Siempre tomo el libro, lo abro al azar, espío unas líneas. El Teuco sonríe y
mira, ay, la mirada del Teuco: en la palabra sus muertos, su tierra, la
infancia, felices las obsesiones del poeta. “Hay que entrar callado: la muerte
es otro monte”, aconseja; “Dentro de sus hijos, indefenso, / dura el padre, /
intruso en su propio nacimiento”, revela. El Teuco me habla cada vez que abro
su libro, porque no resisto la tentación de entrarle a la memoria de la sangre
y el paisaje. Hay un hombre apasionado detrás de esta poesía, de este libro
fundamental para entrar y salir de la vida y la muerte. Maravilla del recuerdo,
hallazgo vital en cada verso. Por eso lo recuerdo: me invita a vivir y a morir
en la poesía de un lugar, un tiempo, de un alma milagrosa de ateo.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Tensar la línea (La foto, diario Tiempo Argentino: 21 septiembre 2014)
Allá lejos,
cuando la adolescencia, tuve el impulso de comprar una caña de pescar. Una
decisión acompañada por las historias de mi viejo: de muchacho iba a pescar con
sus amigos de Boedo a la Costanera. Tuve
mi experiencia sobre el borde de cemento, de cara al Río de La Plata; fui de pesca y
campamento de fin de semana sobre el Paraná de las Palmas. Pude tensar la línea
disparada hacia el cielo y ver luego el freno del plomo en el aire. Una manera
de detenerme a pensar: ay, el presente y su mejor cara, lo efímero. Luego caí
hacia las aguas, al misterio, a la maravilla dolorosa de ser consciente de la
caída, porque caída habrá, y misterio, siempre. La vida bien puede ser
transitada en el misterio, desde el misterio. Se ve que lo aprendí mientras la
caña de fibra de vidrio se combaba, y se acercaba a la tierra para apuntar
presta al cielo, el otro misterio. La vida toda es misterio, me dije, me digo.
Recordé que mi viejo dejó la pesca en la memoria y siguió con esa manera de
tensar que nunca dejó: vivió tensando su paleta de de pintor de gamas bajas: su
manera de zambullirse en el óleo. Dejé la pesca, esa otra manera de tensar, y
comencé a tensar mi tanza de vida alrededor de la lectura y la escritura. Como
el abuelo Julio, que fue poeta, y que casi con seguridad, supo de tensar la
cuerda, su pesca, y también la dejó por su poesía. Mi viejo lo imaginó, eso
pienso, como yo lo imaginé tantas veces arrancando en Boedo para luego bocetar un
paisaje sobre la tela, una acción de recordación inventiva: tensó su pintura en
el paisaje que recordó y el que imaginó, y así pescó la vida.
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