Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

sábado, 13 de febrero de 2021

Anotación vírica X

Francisco Lazo Toledo

 Décima y última selección de Mientras tanto:

 

Una seguidilla de días nublados. Neblinantes. Lenta la garúa más lenta, la acariciante. Gotas perdidas, de vez en cuando, sobre la chapa del techo del dormitorio, el refugio. Buenos Aires melanco. Hablo con Julia. Hablo con amigos: Mario, Marcelo. Recibo mensajes de Horacio. Hablo con mi vieja. Hablo en sueños cuando la siesta. Me está pasando que extraño la vida, y extrañarla me tiene nervioso. Cómo se sale de la pandemia. Cómo se entra nuevamente a la vida. Movimientos conocidos y simples de ayer aparecen inseguros después de emprender el regreso de los dos, mejor tres, aislamientos: el neoliberal, el personal y el del virus. Casi como regresado desde la tumba. Extraño la vida, y extraño me siento frente a la posibilidad de una vida nueva.

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Ayer sábado. En pleno mediodía. Caminaba por Inclán hacia Avenida de La Plata. Tenía hambre. Apuraba el paso para llegar al refugio.

Levanté la mirada y vi la fila de personas. Esperaban a la sombra. Estaba fresco. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. Cuál el negocio, me pregunté.

Hasta que vi la olla grande sobre una mesa, en la esquina. La fila: media cuadra. Separación por pandemia entre los esperantes. El cucharón no se detenía. Cada uno en la fila con un recipiente y una bolsa.

Comí en silencio. Fue silencio en el refugio.

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Acabo de regresar. Pasadas las 3 de la tarde. Caminata de media hora por el barrio. Domingo 26 de julio. Paisaje lento. Ciudad deshabitada. Solitaria. Pasa un hombre en bicicleta por Pavón, dirección a Boedo. Lleva, como si fuera patente trasera de su pensamiento, un prolijo cartel plastificado. En él se lee: Hisopado = Fraude. Cruza la avenida un carro de cartonero. Repleto, pesado. Dos muchachos ponen el cuerpo. Camino y la tristeza me gana. A pasos lentos me pierdo. Sé que no debería, o sí, pero, de repente, en la calle, me siento terriblemente solo. Asoma el sol. Ganan las nubes. El sol vuelve. Camino. Sigo en camino, a pesar del susto. Acabo de regresar. Recuerdo. Escribo.

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La esquina de Mármol y Pavón. En medio de la fuerza del sol del mediodía. 31 de julio. Dos mujeres mayores se encuentran en la vereda. La más baja se encorva, apenas, como si necesitara refugio. La otra se acerca dos pasos y la toma de un brazo. La mujer escorada llora. La otra la acompaña hasta que logra que se afirme en la parecita del negocio cerrado, que fuera café de esquina, luego verdulería en pandemia, y después solo persianas negras bajas. Dos mujeres abrazadas dentro de la claridad y tibieza del sol. Suspenso el protocolo, el aislamiento. El abrazo solidario frente al dolor. En una esquina de Boedo.

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Que no me alcance la muerte habitando tan lejos de la vida. Que no me abrace en estos días. Que no me alcances, muerte. Que no me sueltes, vida. Que el destino no sea pasar del encierro en vida al encierro de la muerte. Que no me olvide la vida en este aislamiento. Temor a que no me recuerdes, vida, en tanta soledad. En el silencio diario garúa la madre de las incógnitas: Y mañana qué, cuándo… El deseo alumbra esperanzas. Pero si acaso sucediera el comienzo desbocetado de mis días, quisiera la oportunidad de contarme un puñado de historias. Ceremonia y murmullo de blues, palabras de último mientras tanto.

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Regreso a la caminata. Transcurre la mañana de sábado. 8 de agosto. Día nublado, muy húmedo. Día dentro del aislamiento, sin embargo, camino por el barrio de las casitas. Por Estrada hacia Parque Chacabuco. Voy como si un alguien misterio me hubiese invitado: dale, vení, sentí el camino, no estamos solos, te llevo de la mano, apoyo sueños sobre tu hombro. Caminé dentro del silencio y la contemplación, la palabra y la belleza.

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Resistir el cielo oscuro de la pandemia, la incógnita de cada día, de cada mientras tanto. Una eternidad de esperanzas y miedos. Tanta soledad y silencio. Desde mitad de marzo hasta esta mitad de agosto. La vida en el refugio. Un vaso de licuadora, vidrio grueso que tiembla, sacudidos los ánimos y sus sombras. Bébase en jarro o pase la lengua por el piso. En estos días de agosto todo ha comenzado a cambiar. El paisaje pinta sus criaturas: vivir bajo un riesgo mayor. Hay cansancio y descuido en la calle. Suceden los días. Aumentan los contagios, los muertos. Los números desgraciados del mundo poco importan una vez retomada la velocidad que nace la bulla. Duerme el ciudadano. ¿Y mañana la vida qué, mañana la vida cuándo?

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Mis caminatas mutaron sintonías. Fuimos personas haciendo la vida en aislamiento, en nuestras casas y en la calle. Podía llamar la atención una imagen, un silencio, el encuadre de la foto, tan parecida y distinta a la de ayer. Movimientos, maneras de andar del ciudadano corrido de la bulla. Existiendo a consciencia. Con miedo. Amenazado.

Poco es lo entrevisto en las últimas caminatas. No aparece la mirada de detalle, de recorte. Torna el encuadre, se limita, al plano general del paisaje. Alcanza el plano para abrir la caminata del día, pero poco o nada es lo que se ve dentro del marco. Una pérdida de primeros planos, un silencio sin intersticios.

Hoy vi un colchón oculto tras una baranda plástica amarilla, contra un rincón; bajo la autopista un simulacro de cama. Vi rodar el carro de un cartonero: alta nave, repleta de riquezas, altura de galeón en la avenida. Pero ambas apariciones se perciben desdibujadas dentro de la velocidad del retorno. Los ciudadanos han vuelto desde las fracturas del aislamiento. Después de meses de silencio y soledad, de presencias reales, han regresado los malos fantasmas de ayer.

Patear el hormiguero. Y entonces el trazo grueso de grafito se hace polvo y cae sobre el camino sin huella. Sopla el viento que trae la velocidad de la no consciencia, la pura bulla que limpia desde los altares de la mentira. Retornados sus dioses.

Arde la mirada. Poco puedo ver. Soy uno más en la calle. La bulla, el regreso de esta maldita bulla que escribo.

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Francisco Lazo Toledo
Estoy en medio de mis almas.

Llevo el carancho a un lado de mi cabeza. Sucedió antes del aislamiento. Un carancho me vio mirarlo. Él desde el tender suspenso en el balcón interno. Mi mirada detrás del vidrio de la puerta ventana. Me acompaña desde aquel día, desde que el rapaz descubrió el primero de mis aislamientos. Percutada la decisión por propia mano.

Uso barbijo tapaboca color verde. Debajo de mi único ojo. Solo tres de nosotros portan ojo, uno por presencia. Los demás, nada. Hubo una vez un mundo en el que había poco para ver. Hoy alcanza ese mismo ojo. Para ver el silencio en este refugio.

Tensión, temor, silencio, soledad, sorpresa. Somos un puñado de fantasmas sorprendidos. Bocetos de lo humano, partes que sugieren el todo, trazos de la criatura del doctor amigo de Mary, la de Villa Diodati.

Mi puñado de almas en colores puros, fuertes, luminosos. Almas sorprendidas por la mirada del creador en medio de un festejo sin motivo. Ahora la quietud sugiere. Y en ella el virus, la pandemia, las pandemias, garúa, dale que va, en negro, dentro del viento que despeina la memoria de los fantasmas.

En primer plano, un alma de ojo bien abierto, porta un algo espejo que mira al frente, hacia el observador. No hay palacio ni reyes. Solo el miedo, el silencio: los testigos. Un espejo con apariencia de cielo vacío. Cuelgan las banderitas triangulares de colores, al fondo, sobre las cabezas de los que poco podrán intuir, ver, una vez más, en el fuera de campo. Al fondo ventanas, el cielo bajo, una puerta, paredes. Todo en colores vivos, ansiosos frente al afuera. Piso de baldosas.

Un refugio más, un deseo de vida, un sueño en el barrio de Boedo, en esta Buenos Aires entre pandemias, azotes certeros de lo nuestro, lo humano.

 

Todas las presencias fueron nacidas por el artista plástico Francisco Lazo Toledo.

La obra acompaña desde hace meses la escritura rumiante del aislado, que se dijo, en un momento de resistencia: Si estos textos fueran a vestirse de libro, además del vuelo que tuvieron en el periódico Desde Boedo y en las redes, la imagen de Lazo Toledo será el motivo de tapa.

jueves, 21 de enero de 2021

Variaciones de vizcachita y otros poemas de Ricardo Maldonado


 

Va de suyo que el valor queda afuera / y nos damos cuenta que vano es lo humano, / capacidad no tenemos de alterar / esencialmente nada. / Lo natural nos sufre, / con ojos impávidos nos mira; / venimos a estar en una diáspora inconclusa, / fragmentos sobrantes de una armonía, / restos de un barro de construcción / que no basta para un muñeco. // Afuera pasa lo que realmente pasa, / manifestación, corteza, consumación. / Afuera rechinan los elementos, / las cabalgaduras, los refucilos, / la contracara liberada de lo virtual, / de lo que no ha sido tocado / por el dedo absoluto del espejismo, / resistencia y rebelión de lo distinto. // Afuera el inclemente plan sigue su curso, / las incubaciones, / los retiros, / la piedra lavada, / el ciclo de las pieles, / el rojo aluvión, / el despeñadero, / la saliva mártir del animal cercenado / que vuelve a su estrella escondida, / a su madriguera donde incuba su futuro incierto; / afuera todo deja su huella / y cada huella es referida, / cada relincho en el aire abierto / traduce lo que nunca alcanzaremos, subidos / como estamos en el tecno-globo aerostático / que lejano, lejano, nos desconoce, nos pierde. / Ajenos a lenguajes que nos interpelan, / vienen por cuerda sensible / y se van por rastro desierto, esos seres, / caen en la cuenta de que hemos perdido / la condición de vivir al ras. (…).

 

Un poeta. Un cronista de este mundo. El fino entramado de una escritura de imágenes palabras. Crónica de desilusiones, de muerte, de triste aroma de final, y de una brizna de esperanza en la mirada de algunas de las criaturas. Mirar desde la tierra hacia la tierra. En defensa de la vida. Señalados los culpables. Variaciones de vizcachita es una cruda poética sobre un mundo amenazado, un tembladeral maligno, un baile sobre filo mellado y abismo, y a la vez una invitación a la resistencia. Un libro dolor, en sintonía con La perdiz que mató Monsanto, y un libro vida, una vida otra. Atada con buen nudo la garganta ansiosa de la velocidad y el interés desbocado que a todo coloca un precio. Maldonado escribe otro mundo, lo milita hace años, una vida, un compromiso ético, un sueño, un poema, palabra que dice desde la no bulla, desde la lejanía de esas luces frías que invitan a la obsolescencia programada de las almas fundantes. Un poeta. Un cronista. Un hombre que dice mientras aún espera la vida.

lunes, 18 de enero de 2021

La ciencia sin freno de Guillermo Folguera


Una sensación al término de la lectura. Leer fue un acto creativo. Desde tu libro: La ciencia sin freno terminé de escribirme como personaje de novela, de la novela propia que todos escribimos desde la intimidad y la relación con el otro, esa novela que solo nos tiene por personajes en tanto podemos comprender al otro, y en el otro, con el otro, la vida en el paisaje, en el tiempo que nos toca. Tu historia, tu novela, porque de esta manera percibí el libro que aclara conceptos y mecánicas de los personajes en pugna, tiene aire de tragedia, tiene el sabor de la desesperación: atrapados en La casa en el límite de Hodgson, en el castillo del Drácula de Stoker en los Cárpatos o en la Nostromo con el Alien de Giger/Scott, y con el abrazo de El vampiro estelar de Bloch. Pero claro, todo personaje lleva como bien de nacimiento, porque estoy vivo, un trago, mejor en vaso chico, porque el trago es corto e invita a la reflexión, digo, un trago de esperanza que debe estar acompañado de una lucha a conciencia abierta. Tu libro invita al trago corto en estos tiempos veloces, siempre recuerdo la película de Marcelo Schapces: La velocidad funda el olvido. Vos convidás: El discurso de la urgencia se presenta entonces como una forma legítima de aceleración. Acelerados vamos cavando la propia tumba. Tu libro invita al trago, avisa, cuenta, ejemplifica, enseña, ayuda a entender el porqué de ciertas cuestiones (No, mejor no hablar de ciertas cosas), y bebido el primer trago nace la oportunidad de la reflexión del renacido personaje, que ahora sabe, si quiere, si le da entidad al conocimiento, ahora respira dentro del plano general de la novela de la realidad, y por lo tanto tendrá la responsabilidad acentuada: porque ahora ve, el que ve es doblemente responsable (Ensayo sobre la ceguera del grande José Saramago). Tantos los desafíos, y después de leerte, de haber completado casilleros en mi mirada, pienso en el uso del tiempo. La salida está en trabajar, en contar, todas las historias de nuestros mundos y sus voces, y sus miradas. Una multitud de voces llevamos dentro, y en el afuera hay que multiplicar las voces para multiplicar el buen pan, el de todos. Tanto te agradezco tu trabajo, tus conocimientos, tu manera de estar al lado del otro.

Famatanca de María Neder


 Todo comentario que se intente sobre Famatanca de María Neder será limitado, deshilachado, fallido, efímero. Ocurre así cuando una poeta escribe naciendo buen vino, escuchando música dentro de una historia de la humanidad. Una poeta de mirada atenta a los paisajes de lo humano. Famatanca es memoria y sabiduría. Duda, pregunta y ayer. Quisiera volver siempre a tu Famatanca, para encontrarme mientras te sospecho entre imágenes. Quiero seguir aprendiendo a respirar con tu quehacer mágico, tu oficio. Hay en el libro un aroma de eternidad, si hasta dan ganas de llevarlo bajo el brazo hasta el más allá. Alguno del otro lado podría preguntar: ¿Qué fue de vos en la vida?; Fui feliz lector de Famatanca de la Neder.

martes, 12 de enero de 2021

Anotación vírica IX

Francisco Lazo Toledo

 Novena selección a Mientras tanto:

 

Ayer salí a caminar unas cuadras. Por pura desesperación. Por necesidad de saber del sol que salva, acompaña. Pero sabía en el trayecto por el barrio que iba, que estaba en blanco. Poco veía, menos pensaba. La desesperación nunca ayuda.

Al regreso leí un par de notas del Desde Boedo de julio. Una referida al Día de la Independencia de Norberto Galasso, y la otra Boedonismo contra la peste de mi amigo poeta José Muchnik.

Hoy 9 de julio soplaba un viento frío. Tuve que vencer el impulso de no volver a salir. Dejé en el refugio la bolsa con la compra en el mercadito chino. Supuse que el sol del mediodía me llamaba, y puede ser, siempre estoy pendiente de su presencia. Había transitado media cuadra por Garay cuando supe exactamente dónde me dirigía. Iba hacia Boedo 1561.

La lectura tiene bellos riesgos. Una lectura que abreva en humana sustancia deja finas nervaduras vitales, impensados bocetos, pistas memoriosas, señales melanco, saudades de lo mejor. Presencias que se adhieren al abrigo del puñado de almas que nos da color, aroma, sabor. Miradas prendidas como aquellas flechitas que nacían en algunos yuyos, al costado de la vía del Urquiza, cuando fui pibe en Martín Coronado. Los pibes del barrio hacíamos ronda con las manos de soñar juegos simples.

Pienso que salí, sin saberlo, lustroso de flechitas leídas. Por la vereda del sol sobre Avenida Garay. Una de las susodichas, adiviné, me escribió el camino, los pasos, el alumbrado mientras tanto.

Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después querer anotarlos en tanto libro.

Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien trabaja de palabrero.

El buen fantasma de la ferretería como memorial. También hubo sol. Llevaba flechitas prendidas en mi puñado de almas. De regreso al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento.

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Cuando volvía -por Pavón, vereda del sol- desde Boedo 1561 vi a una mujer mayor parada a un lado de un auto, junto al cordón. Hablaba con otra mujer mayor que, ubicada en la puerta de un edificio, sostenía una bolsita con su mano derecha. Esta mujer dijo, cuando me acercaba a ella: Saludos a mi sobrina. Y comenzó, con el brazo libre, a saludar como si fuera enorme molino de viento. Pensé, mientras pasaba entre las señoras, en un aspa fantástica. El brazo, la mujer toda, parecía saludar desde un puerto imaginario. Movimiento para ser visto desde un barco aún más imaginario. Sonreí. De pie en la esquina, giré para verla saludar. Cuánto saludo, cuánto gesto para no más de seis metros.

Después aprecié la realidad de todas las distancias: el abrazo, el beso, la caricia. Saber de nosotros a través del cuerpo. Luego pensé en las memorias.

La mujer saludaba desde el puerto de Pavón. Poco después la nao soltó amarras. El viento que lleva recuerdos, que infla la gran vela de la vida junto a la que llevan nuestros muertos, nacía en un molino de aspa solitaria.

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Una última puerta cancel nos separa del escalón de entrada al infierno.

Se lee en el cartel pegado sobre el vidrio trasero de un auto de alta gama: Fase 1: fusilar políticos, Fase 2: fusilar sindicalistas, Fase 3: Argentina despega. En otro cartel pegado sobre auto al tono, se lee, se pide por: Libertad de prensa. Al mismo tiempo los que dicen manifestarse en defensa de la República atacan a periodistas que consideran enemigos. Oh, alabado sea el eterno ejercicio del odio. No es una diferencia de ideas entre ciudadanos. El falso libertario (así autodenominados) no discute ideas porque es dueño de su única verdad. La triste encerrona del pensamiento nulo. El falso libertario desea el mal, la muerte, odia al otro: siempre delincuente, sucio, despreciable: la ilegalidad en masa que intenta tomar parte de su República. Se habla de justicia con voz única de dueño. A su lado los que suspiran por pertenecer, los que repiten el rezo. Enfrente el otro, el odiado que propone justicia para todos.

9 de Julio, Día de la Independencia, en los alrededores del Obelisco. Banderas argentinas. Carteles ofensivos. Declaraciones a puro delirio en los manifestantes. La ausencia de las fuerzas de seguridad de la Ciudad Autónoma. El jefe de gobierno, una vez más, mira para otro lado. Todos actúan dentro de una supuesta legalidad. Todo es mentira. Nada se sabe del aislamiento obligatorio en medio de la avenida y la plaza. El Rey de Amarillo, en días previos, agitó aguas desde una entrevista. Completó el spot publicitario del neoliberalismo por la tarde. Te invito a la tormenta de la independencia. Vení, que se puede.

Escribo porque la tristeza se hace pensamientos, imágenes, tinta. Para dejar marca, memoria, en este Mientras tanto de aislamiento en esta aldea natal de encrucijada. Parece que no hay lugar para un blues de todos, pero igual lo sostengo.

Viento de odio. Flamea la bandera de la patria. Alta en el cielo.

Y una última puerta cancel nos separa del escalón de entrada al infierno.

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Cuenta Josecito de la ferretería que allá, en la Francia, para condimentar la saudade melanco de no estar en Boedo, escribió poema culinario titulado Pegrimón. Escribió sobre renglones espiralados de pastas boedónicas, así las nombra el poeta. Pegrimón es escritura nacida de la mixtura entre el pesto y el lagrimón, allí la esencia primordial que suma presencias de alcaucil y aceitunas negras. Morrones en rojo fuerte para decorar. Mantel rojo. Servilleta negra. Una pintura impresionista en ofrenda a la amistad.

Así ocurre en la Francia que recupera la vida, luego del aislamiento, y así nace la propuesta de José: preparar las pastas en Garay para compartir con los amigos, cuando la vida en Boedo sea, luego del aislamiento.

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Recién hoy, 22 de julio, vuelvo a la escritura de este Mientras tanto.

Mi amigo Horacio, el bluesman, salió bien de la operación de corazón a cielo abierto.

El aislamiento sigue en pie en el Área Metropolitana de Buenos Aires, es decir los barrios de la Ciudad Autónoma y municipios de la provincia. Aumentaron los contagios por el virus y los muertos. Pasamos de un aislamiento más estricto a uno más relajado. Los ciudadanos de la pandemia están agotados, como agotados los bolsillos. Hay para repartir desesperaciones.

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Puedo leer, en las nubes ancladas en la red que hay en el cielo, que Antonio Machado –¿será cierta la frase?, ¿cuál el libro?- escribió alguna vez: La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es y cuando la muerte es, nosotros no somos. Cuando terminé de leerla pensé en la mujer que vivía bajo la autopista, sobre Virrey Ceballos. Vivía allí hasta que alguien decidió prenderla fuego. Murió asesinada. Sin tener tiempo para temer. Y tanto es que esta mujer dejó de ser: cuando primero fue ignorada en vida, cuando después fue tragada por las llamas, las especies vivas que hasta recortaron su identidad, en pocos días, de las memorias ciudadanas, las especies casi muertas que registran hechos hasta que se esfuman como noticias urgentes, esas especies emocionales que, por lo general, indignan, y pasan, y vuelven a girar en la calesita desde donde otea el mareado.

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En pleno aislamiento una mujer decide permitirse un recreo, un trago de vida. Decide correr el riesgo. Le envía a su hombre una frase que encontró en la red, la nube, en el cielo mismo. Al parecer Julio Cortázar escribió: Yo quiero proponerle a usted un abrazo, uno fuerte, duradero, hasta que todo nos duela. Al final será mejor que me duela el cuerpo por quererle, y no que me duela el alma por extrañarle.

Cada uno en su casa. La frase parece escrita para la ocasión. Afilada la palabra de decir. La mujer y el hombre leen, piensan, se dicen palabras dulces, prometedoras, y juegan a los sueños. La frase es argumento perfecto para ir, golpear la puerta y lograr el abrazo. ¿Fue Cortázar?, ¿cuándo, dentro de qué pandemia? Así se preguntan los amantes. No salen de sus casas.

viernes, 11 de diciembre de 2020

Anotación vírica VIII

Francisco Lazo Toledo

 

Octava selección de Mientras tanto:

 

3 de julio. El frío hace aún más lento el mientras tanto del aislamiento. Hace días que no registraba el impulso de la escritura.

Vivo en el dormitorio. En la torre del refugio. Bajo a la cocina comedor solo cuando es hora de terminar con la visita del hambre. Ando de campera bajo el cielo del refugio, se vienen momentos de fresquete cuando el almuerzo y la cena. La radio me acompaña. También la memoria. No sé cuántos, pero hace días que no se ve el sol. Y muchos más días cuento sabiendo que no salí a dar mi caminata.

Ayer, cerca del mediodía, fui a comprar comida. Paisaje húmedo y frío. Frío bajo la autopista. Caminé unas cuadras. Fui y volví por Mármol. En la esquina con San Juan no había colchón sobre la vereda, contra la pared. Tampoco utensilios para la sobrevivencia en la calle. No estaba el hombre que vi habitar esa cercanía de cielo abierto. Cuánto dice una ausencia. Cara o cruz.

Caminé frío, lento. De ida y vuelta, triste y en silencio.

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Apareció el sol sobre Avenida La Plata. Me rozó varias veces. Entonces decidí caminar, recuperar mi paso sobre el barrio. Sucedió casi sin darme cuenta. Caminé, pasaron las calles o se volaron, evaporadas en compañía del sol. Tuve consciencia del paisaje cuando por Inclán casi llegaba a Boedo.

Sucedió en el último tramo de vereda. Se dio un corrimiento espacio temporal. El paisaje de hoy me llevó hasta uno de ayer. En el paisaje -no podía ser de otra manera- pedía contarse una historia.

Sobre la vereda de Inclán había por lo menos cuatro botellas grandes de gaseosa, llenas con agua, y atadas a un par de canteros.

Recordé al Turco, un personaje que conocí cuando ambos éramos un tanto más jóvenes. Fue en Boedo, en el 99. Sucedió en el barrio, en días en que casi toda Buenos Aires había sido invadida por las susodichas botellas atadas a canteros, marcos de puertas y portones, y rejas. El Turco lucía un tanto alterado. Le parecía una barbaridad fomentar la imposibilidad –a través de estas presencias demoníacas- de que el perro dispusiera en libertad de lugares donde hacer su necesidad. Porque indicó el Turco que los conjurados negaban el derecho canino al “libregarco”, nombrada la acción así de manera explícita. Este superhéroe o justiciero de barrio se había comprado una pistola Robin Hood de aire comprimido y balines copita. Salió una primera vez. Eligió noche de lluvia para poder mandarse con un piloto grande que ocultaría la pistola. El Turco contó los tres primeros disparos. Confesó su fracaso. Los balines rebotaban contra el plástico. Hizo pruebas en su departamento. La pistola no servía para destruir botellas. Fue cuando le sugerí que por qué no encaraba el desafío con un simple cuchillo de cocina, y procedía a degüello, que de esta práctica bien sabía la historia de esta tierra. Y que si tenía dudas revisara el gobierno de Bartolomé Mitre. Nunca más volví a ver al Turco. Todavía no me explico sus ganas de hablar, de contarle a un desconocido. Con el tiempo las botellas desaparecieron del barrio y de la ciudad toda.

Vuelto al presente y sobre la disposición defensiva vista sobre Inclán, al menos cuatro en el fondo, aparecen preguntas: ¿renacimiento de una práctica del ayer?, ¿o vestigio, ruina u homenaje a un mundo perdido?

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Todo se transforma en aislamiento. Todo se hace foto, cuadro de historieta. Cierta locura y desesperación en los días primeros. La lejanía con el pensamiento y la escritura. No poder concentrarme. El paso de los días en total silencio. Tres cuadras hasta el mercadito chino. La radio encendida todo el tiempo. Y otra vez, y siempre, el silencio, adentro y afuera, y ella, la soledad. Más de cien días en el refugio. La distancia que me separa de mi hija. La vida de alguna manera registrada en estas páginas. Una memoria. Recuperada la escritura, la lectura. Escuchar la voz de las personas amadas. La salida a caminar por el barrio. El puñado de amigos. Las ganas de contar mi lugar bajo la pandemia. Descubrir de manera mágica la presencia cercana del sol. Saber del sol que me invitó a retomar veredas olvidadas, a querer caminar. Permitido el alto sueño en un pliegue de la siesta. Vuelve la ronda de mis fantasmas amados. Vuelve la memoria que creí perdida, desangrada, colgada en un cerco de alambre de púas. La vida sigue, las historias nacen. No estoy solo. A mi lado, el otro.

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Un paño rojo sobre una rama a media altura del árbol. Enganchado de forma descuidada, como cuando se cuelga, con apuro, ropa en una soga.

Ausencia en el altar del Gauchito Gil. Ni la estampita. Ni el vaso con vino.

Ausencia de San Expedito en el otro altar.

En el piso de tierra que rodea la base del árbol, a los pies de la primera ausencia: una vasija de barro con un poco de agua, y la base de un bidón plástico degollado a unos diez centímetros de altura: guarda una buena cantidad de corchos de botellas de vino.

Nada más en el ceremonial descubierto en mis caminatas.

Aislamiento en el barrio.

Razones ocultas sobre la calle Las Casas.

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Avenida La Plata 1961. Desde la vereda de enfrente miro las ruinas del cine Antártida. Una imagen de ayer, remembranza: el cine Víctor de Villa Bosch, el más cercano a mi Martín Coronado de infancia.

Un alto en la caminata por el barrio. Tarde nublada. Silencio en las calles. Pude escuchar nuevamente el rastro sonoro de mis pasos. Parecía película con secuencia en el cementerio. El hombre camina sobre un sendero de grava.

Desde la esquina detengo la vista en la fachada destruida. El frente pintado en paños blancos y celestes fue bien lavado por la lluvia. Una crónica del paso de los días. Los típicos ventanales de cine que nacen a partir del techo o alero sobre la vereda. Los vidrios rotos. Por los huecos vuela la vida de las palomas hacia sus nidos. El esqueleto de chapa del cartel que alguna vez llevó el nombre Antártida, sigue suspenso sobre el techo.

Reparo en dos grandes maceteros. Cuadrados, hechos con ladrillos, todavía pintados de blanco. Uno a cada lado del esqueleto que sostuvo su palabra, muy cerca o sobre la base de la marquesina. Dentro de cada macetero: la presencia de una palmera de buen tamaño. Presencias naturales escapadas quizá de la película que a diario se proyecta en la encrucijada de Castro y Rondeau. Las palmeras son un detalle lógico en la altura de la proyección de este presente. Películas de sobrevivientes que atraviesan el desierto de la calle, del aislamiento, de la pandemia, de la incertidumbre. En el barrio hay palmeras queriendo hacer cielo sobre la avenida.

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Escribí imágenes, historias, en los días de ayer, y fue posible porque nació el encuentro justo. Esa necesidad de jugar a la magia. Aquello ocurrió: felices los momentos del abrazo con la escritura del día.

Solo es posible la contemplación sobre las maneras de ayer. Y puede no estar lejos ese ayer. Casi de cotidiano la calesita que nace eternidades lleva vueltas completas de memorias.

Es hombre distinto el que anota las fotos del aislamiento que aquel que anotó, por ejemplo, la aparición del carancho. Es más, es un hombre distinto el que anotó las primeras miradas en el paisaje de la pandemia, tan distinto al que hoy anota las últimas.

Hombre que espera habitar el afuera por venir, y nacer otro. En esas veredas la escritura del nuevo tiempo, en el que soy el mismo y otro cada vez que sucede historia y recreo, el aire en blanco que entiendo como la vida en el mientras tanto.

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No había una hoja de árbol sobre la vereda de Inclán, entre Colombres y Boedo. Y allí estaba la vieja, la anciana encorvada que anoté hace unos días. No había pala azul sin mango. Escobillón ralo, sí. Logró destrabar una hoja en un cantero, y la guardó en el bolsillo de su abrigo marrón. Iba vestida como la vez anterior. El mismo afán en su quehacer. Caminé a su lado. Luego de unos metros, detuve los pasos y giré para mirarla. De repente me pregunté: será de verdad. Ahí estaba, cerca de la esquina con Colombres. Nueva pregunta: en qué casa de la cuadra vivirá. En ninguna adiviné la respuesta. ¿Será de verdad la que aparece en las tardes? Volví a mirar, pero ya no estaba en la vereda libre de hojas.

Cielo nublado. Pocas personas en la calle. El arte del silencio invita a agregar fotos en esta memoria.

viernes, 27 de noviembre de 2020

10

 

Llorar como cuando murió mi viejo

comprender que la felicidad se va aguando

que fui joven cuando los goles

y con canas cuando con tres dedos astilló al poderoso

potrero de pelotazo inatajable

entender que todos nos quedamos más solos

llorar desde el mediodía de ayer

cuando comenzó el eterno día de esta lágrima

memoria del aroma que lo vio nacer

imperfecto en libertad

hacer de la vida un intento apasionado

alegría que se cultivó en el aire

como música de sueños

desde abajo

es la manera de contar las historias.