Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 6 de mayo de 2021

En el cielo de Quito y Yapeyú

Marta Marchi junto al barrilete (Foto de Bruno Marchi, papá).


Una acción simple. Guardamos un papel con valor emotivo: una carta, una anotación mínima, el primer dibujito hecho por la hija, en un cajón de madera que todavía pertenece a un mueble. Momento simple en el que desconocemos que el susodicho cajón acaba de nacer como memoria, y que como tal procederá. Puede afirmarse con vera argumentación que el cajón está en condiciones de abandonar el mueble para compartir algunas de las imágenes que guarda, y que para ello, en cierto modo, puede, necesita, tomar vuelo, como hace -así juega- la memoria cuando siente la caricia urgente de una intención, sea a consciencia, o bien debida a una misteriosa, impensada, presencia nacida de un cruce azaroso de palabras en el cotidiano simple, por ejemplo, en un día más en el aislamiento repetido causado por una pandemia cualquiera.

Hablaba por teléfono con Adela, mi vieja, cuando la palabra abrió besana, y entonces se abrieron caminos nuevos. Dijo ella que a Marta Marchi le había gustado el video. El artefacto artístico cultural señalado se debía al arte, como locutor, de Claudio Fabián Hernández Ramos, un amigo que leía las primeras líneas de una crónica que escribí hace un tiempo, y en la que aparecía el nombre de algunas calles del barrio de Boedo. El video llegó a mi hermano Alejandro, y desde su celular afincado en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires, viajó al de Marta Jaime, mi tía, mi madrina, hermana menor de Adela, que vive en tierras del temible Imperio del Norte, y desde allá lejos arribó al celular de Marta Marchi en provincia de Buenos Aires. Ella vio y escuchó cómo Claudio leía, y recordó, y luego comentó a mi vieja su emoción frente a los nombres de calles por las que caminó en la infancia y juventud.

Cuando Adela refirió el comentario agregó un dato propio: la casa de los padres de Marta Marchi estaba en Quintino Bocayuva. Instantáneamente pensé: ¿en Boedo?; pensé: yo estuve en esa casa; pensé: siempre vuelvo a lo visto e imaginado en esa casa; pensé: nunca supe su ubicación. Adela contó que el barrio era lindo, que la puerta de la casa estaba siempre abierta a la vereda, en una esquina, y que entraban muchos gatos. Dije que la recordaba. Ella confirmó: Vos eras chico. Arriesgué una cifra: 10 años. Y menos también, dijo Adela. Pensé: entonces estuve a finales de los 60.

¿Quién es Marta Marchi?, una amiga y compañera de estudios de Marta, mi tía. Allá lejos se hicieron amigas, y como se ha visto siguen conectadas en la distancia.

Las palabras alumbraron un camino impensado. El azaroso descorche de la memoria había renovado la besana, y me llevaba a abismarme sobre una imagen eterna.

Pregunté a Adela: Quintino y qué. Me dije: voy hasta la esquina, debo volver al lugar. No me acuerdo, fue la respuesta. ¿Podrás averiguar? La tía Marta aseguró Quintino y Yapeyú. Aclaré que eran paralelas.

Así llegué hasta Marta Marchi. Hasta ella y su historia de había una vez.

Necesario es a esta altura anotar que, allá por el 69, cuando pibito fui y estuve de visita en la casa de Marta, se fijó entre mis almas un detalle sobre el que fue inevitable preguntar. Recuerdo la luz del mediodía en el ambiente grande que daba a la esquina: el comedor. Mi interés de chico fue atrapado por el mundo que flotaba cerca de un techo. A altura considerable, eran tiempos de casas con techos lejanos, casi como cielos, colgaban los esqueletos de algunas máquinas voladoras, barriletes nunca vistos ni imaginados. Los sigo viendo. Hace más de 50 años que los veo suspensos en la memoria. Por eso los sigo modificando, interviniendo. Llegué, urgido ante tanta invitación al vuelo, a agrandar las alas a uno para que fuera más avión que barrilete. Conté mi recuerdo a Marta y ella agregó palabras.

Marta Marchi de regreso a la casa de la abuela paterna: Fany. Casa de infancia que tuvo dos claves en letras y números: Quito 3902 y Yapeyú 405: una esquina con todo el cielo. En la casa los papis de Marta: don Bruno Marchi y doña Isabel Valenti. Bruno siempre orbitado por sus hermanos: tío Aurelio y tío Héctor.

Quito y Yapeyú hoy.


Habló Marta de cajón volador, de cajones voladores, sí, de esos barriletes que yo había visto despojados de papel, cercanos al cielo de después de esta historia. Hubo un primer barrilete, y un primer vuelo de bautismo desde el techo de la esquina, y además se utilizaron los techos de una casa contigua, que también era propiedad de la abuela Fany. Ocurrió en la navidad de 1943. Frente a los ojos de niña de una Marta maravillada. Ella cuenta que en su casa siempre sucedían maravillas y fantasías. Una ensoñación alegre le gana la voz. Asegura la memoriosa que en algún cajón, entre más papeles, papelitos y fotos queridas, debe estar la foto que también dice de la navidad del 43, cuando fue verdad el primer barrilete, cuando fue verdad -una marca en el cuaderno del tiempo- el primer vuelo.

Aquel primer barrilete tuvo forma rectangular. Un metro de ancho. Y dos metros de largo. El armazón estaba trabajado con varillas finas de madera. Sobre el lomo del artefacto celeste surgían, desde el centro del cuerpo, dos alas de unos cincuenta centímetros, y que se afinaban hacia los extremos. En el centro de la nave estaban dispuestas las ventanas por donde pasaba y se embolsaba el viento. A diferencia de los barriletes comunes, no llevaba cola de trapo. Y sí coincidía con otros ejemplares de su especie en la vestimenta: llevaba papel de barrilete sobre el armazón. Y aquí es donde se abre una puerta notable en este cielo y barrio de ayer. Podría decir que aquella fue una navidad en colores. Porque los colores tentaron a los hermanos Marchi, y entonces quisieron acentuarlos.

Marta aclaró un detalle de importancia: El barrilete tenía los colores de San Lorenzo. Y hubo un piolín resistente para remontar el poderoso artilugio, y -aquí el acento Marchi- hubo además un cable como accesorio de vuelo. En el cable lamparitas rojas y azules llegaban y decoraban la máquina voladora. Entre 50 y 60 metros de piolín y cable. Una vez izado en el cuerpo del aire de la noche, uno de los hacedores -vaya uno a saber cuál- se encargó de enchufar y desenchufar –a buen ritmo- el cable para iluminar la presencia cuerva en el cielo del barrio.

El mágico navío estelar alborotó a algunos vecinos. Siempre da su presente el extraño que ante todo se asusta y no festeja, que no sabe o no puede, y entonces llama a la policía. La fuerza llegó a investigar los sucesos en la casa de los Marchi. La orden fue detener el arbolito azulgrana en el cielo.

Cuenta Marta: Mi papá era un genio, con los hermanos hacían barriletes de muchos tamaños y globos de papel grandes, ¡ay, esas calles de Quito y Yapeyú! Soy la única sobreviviente de esa casa. Me acuerdo de cómo prendían y apagaban las luces del barrilete, era espectacular, esas cosas que maravillan. Y yo era tan chiquita. Recuerdo también los globos grandes elevándose desde la terraza de la casa. Se remontaban los cajones en navidad, y en otros días, íbamos a los costados de la General Paz, con más lugar debido al tamaño.

El cajón rectangular con los colores y luces cuervas se dibujó en el mueble del aire, y nació barrilete para mejor decir esta historia de barrio feliz. El cajón de la mesita de madera donde el escritor trabaja guarda sucedidos, como así lo hace la memoria. Ambos artefactos, artilugios, magias y máquinas para atesorar ciertos hechos, pueden hacerse al vuelo consciente o azaroso. Remontó el cajón. Remontó la memoria. Remontó la memoria de Marta hasta la navidad del 43. Remontó mi memoria hasta aquella casa allá por el 69. El día que vi los armazones de la gesta y sueño colgando del techo. Remontar desde este presente con pandemia, en estos tiempos complicados. Desde este nuestro mundo de hoy volver a ciertos momentos. El arte de representar lo que ya no es, pero que sin embargo está, y sigue siendo mientras la memoria boceta imágenes de fantasmagorías de esta ciudad de Buenos Aires. Sucedió, sucede cerca del límite donde Almagro se hace Boedo, y Boedo se hace Almagro, una tierra de abrazos porque es de dos, podría poemar Rubén Derlis, tantos barrios, y tantas personas, sucedidos, y todos los tiempos que hicieron, que hacen el tiempo.



jueves, 8 de abril de 2021

Fantasmagorías de Buenos Aires

Xul Solar
Escribo sobre fantasmagorías de mi ciudad. Y entonces cada uno con la suya. Escribo sobre el arte de representar aquello que ya no es, y que, sin embargo, con mayor o menor turbación para nuestro puñado de almas, sigue existiendo, continúa de nacimiento, de creación, una criatura que asoma y toma forma desde el sueño memorioso, por lo general feliz, de la infancia y la juventud. Una fantasmagoría de mi Buenos Aires, un refugio que ya no pertenece a la realidad de estos días. Pero regresa, puede hacerlo, desde el más allá de nuestra eternidad limitada.

El tiempo avanza inexorable en su andar recreativo de guadaña. Cada hombre se funda en la construcción de su ciudad. Pero los guiños del sol y la luna van opacando ese hogar. Esa manera de estar que tiene la vida: al tiempo que avanza, y ella que cede, descuenta. La ciudad se irá refundando como otra. Una pura otredad a la vista que apenas, y con suerte, deja unos pocos mojones del ayer marcados en un mapa del tesoro que no importa a neopiratas. Ciudades perdidas para muchos ausentes de cuerpo presente. Pero la que ayer fuera centro de universo no completa el tango triste cuando el ciudadano activa el artilugio mágico de la memoria, su mecanismo de refugio, de regreso creativo.

Escribí unas líneas que reflejaban un recuerdo de mi infancia. En pandemia vi, sobre Avenida Garay, un hombre que, en lugar de protegerse del virus con barbijo, usaba una recreación perfecta de la máscara de la Momia de Titanes en el Ring de Martín Karadagian. La momia descubierta, tan cercana en cuadras a lo que fuera el Cine Nilo sobre el mil y pico del ayer de Boedo, lavaba autos dentro de una sombra generosa. Envié el textito al amigo poeta Rubén Derlis. Festejó la semblanza, y anotó: Siempre es un rescate. Rescate, palabra muy querida por Santoro.

Contesté que sí, que rescatar es salvar, traer desde la picadora universal. Sacarle la letra del buche. Un acto de resistencia poética, diría el amigo poeta José Muchnik, conocido como Josecito de la ferretería, una nave que fuera de su padre, aterrizada en el 1561 de Boedo.

Derlis agregó: Y no se equivoca.

Estoy seguro de que en ese momento Derlis se abrazó a la palabra resistencia, poética y de las otras que también lo son, porque la poesía anda siempre en el aire que toman todas las cosas y los seres de este mundo. Y Derlis anotó: Yo, en lo más profundo e íntimo siento que ya no tengo “mi” ciudad, sino que estoy viviendo en una  ciudad de otros. Pero bueno, a llorar a la iglesia. Te digo que este tema da para un seminario.

Rubén Derlis escribió en Guía para vagabarrios (2003): (…) Por las calles de Boedo lo invisible permanente rebasa de emociones el alma, hay que sostener muy fuerte el corazón, amarrarlo a la hombría, para que las palabras vueltas poemas en cada esquina no le desacomoden peligrosamente los latidos, porque este es esencialmente un barrio para sentir. (...) En este barrio, casi no quedan cosas materiales que palpar, talismanes porteños de invocación para acercar la magia: la puerta y el cancel de la casa donde habitó un pintor, el café convocante de los últimos y veros bohemios, la mesa predilecta del poeta junto a una hiniestra inexistente. (...) Quedan escasos lugares visibles de aquellos que cobijaron a los tantos nombrados (...).

El hombre lo sabe, y trata de empatar la historia con la emoción que lo habita. Él también es como una ciudad que vuelve cuando se encuentra con su propia mirada en el espejo del baño.

Xul Solar
Resistencia poética proclama José Muchnik. En su libro Josecito de la ferretería (2015) rescata su ciudad de infancia, su mirada del barrio desde el mostrador de los días. Escribir es resistencia poética, es rescatar la ciudad de ayer para que no desaparezca de la memoria, para que siga siendo base de los gestos elegidos desde cada identidad alumbrada. Orbitando la ferretería escribí hace un tiempo: “Parado frente al 1561 de Boedo pensé en mi amigo poeta José, Josecito de la ferretería. Pensé, frente a la persiana baja del negocio de hoy: Por acá anduvo, a mediados del siglo pasado, Josecito, el pibe que devino poeta, el poeta que hoy vive en Montmartre, el que se tuvo que rajar cuando fuimos derechos y humanos. Aquel pibe, en aquellos días, inició la escritura del mejor de sus poemas: el de la fundación de su memoria de Buenos Aires, una galaxia ferretería tan generosa para guardar afectos, y para después querer anotarlos en tanto libro. // Caminé hasta el 1561 de Boedo porque la escritura de una nota de José renovó la esperanza, y el credo asumido alrededor de quien trabaja de palabrero. // El buen fantasma de la ferretería como memorial. También hubo sol. (…) De regreso al refugio anoté alegría en esta tarde de aislamiento”.

Los lugares de pertenencia, de identidad, que hacen a las ciudades, que nos irá ocultando el transcurrir de nuestro tiempo, crecen, se dan desde la naturaleza humana, las maneras de ser y las historias de las personas que, en tanto mortales, van quedando en la memoria de momentos y ambientes. Desde estas ciudades volvemos con la caricia de la nostalgia, el toque melanco, la saudade.

Al poeta Derlis le contaba que me siento extraño visitante en una ciudad que no me gusta. La arquitectura se mueve, apresta su juego de escondidas. No adhiero a ciertas ansiedades que no hacen más que allanar el desesperado interés por lograr la abundancia de moneda. Llegado desde mi ciudad busco la vieja encrucijada de San Juan y Boedo, busco el boliche mistongo donde era una fiesta entrarle al especial de salame y queso junto a una ventana. En sus baldosas vivían remembranzas de varias Buenos Aires. Y después me gustaba más la ciudad que contenía al amigo poeta Rafael Vásquez en su café La Junta de 1810, sobre Avenida de Mayo, a cuadras de su casa. Me gusta cómo sigo viendo al poeta, tan parecido al Quijote, Hugo Salerno, que ya partió para su ciudad, ahí la mesa donde escribió su Baldío natal. ¿Dónde lo veo?, en la trastienda del café Margot, donde sigo saludando a tantos ausentes que, de vez en cuando, aparecen por mis escrituras del regreso. Tantos buenos fantasmas en Margot. Hola, Profe Ricardo De Biase, poeta. Hola, Silvia Palferro, poeta. Hola, Alfredo De La Fuente, poeta, escritor. La ciudad, la mía, la que ya no es y sigue siendo, quedó más a la vista dentro del silencio del aislamiento primero. Sin la velocidad de la bulla era más fácil encontrar sus señales en pandemia. Una ciudad más solidaria, no tan de emprendedores con calculadora.

Esta ciudad de Buenos Aires no es la mía, y sin embargo sigo siendo en ella, la dama que me lleva mientras somos dueños de la maravillosa calesita de la memoria. La vida es con cada vuelta. Siendo extraños en el presente, ante la percepción de ausencia, comienza a girar el mecanismo del mágico artilugio que reconstruye ciudades dentro de nuestra presencia poética, siempre barquitos de papel en el cauce del río que nos lleva.

Escribió José Muchnik en su Buenos Aires Guía poética (2002), más precisamente en Como una nostalgia abierta avisa al caminante: (…) No sé si le servirá esta ayudita, ya le dije, acá se vive del rebusque, cada uno se fabrica sus nostalgias, con sus pentagramas, sus vacíos y sus silencios. No hay recetas. (…).

En Desde estos años (2017), en el poema Badalona, Derlis y la receta para habitar su fantasmagoría de la ciudad: Cuando a dos manos y entrecerrados ojos / escarbo en mis entrañas, / me toco Buenos Aires / y su magia convoca la poesía. // Allí están tus esquinas de veladas nostalgias, / tus calles donde yacen bajo el absurdo asfalto / adoquines insomnes y fragmentos de vías, / y mi vagar por “los barrios amados”, / cenizas de otros sueños. (…).

No, no hay receta para la fantasmagoría que represente el fantasma que somos en la ciudad otra, y el que seremos cuando el último giro de la calesita. Pero en el mientras tanto importa el recuerdo, y las herramientas del artesano: un poema, una foto, una caricia, un beso, un escenario, una película, una charla; herramientas a la mano sobre una mesa de café, dentro de una pantalla, o mientras se otea el techo del refugio desde la cama.


jueves, 11 de marzo de 2021

Verdín en Buenos Aires


 

Descubrí en el silencio el origen de la esquina verdín. Una foto de Buenos Aires. Fue durante una caminata por el barrio de Boedo. A primera hora de la tarde de uno de esos días en que caminar unas cuadras, buscando sol y vida, quebraba la monotonía del invierno en solitario aislamiento. Caminaba por San Juan. Entre Mármol y Treinta y Tres Orientales bocetó su huella una verdulería. Vi una pila de cajones de madera vacíos. La torre se apoyada sobre una tapa metálica cercana a un árbol. Por entre sus límites desbordaba agua. A borbotones la bruja de la ansiedad desperdiciaba cada tranco de fortuna vital. El hombre, cuenta la leyenda, vive esculpido en el susodicho líquido elemento. La suelta de agua originaba una cascada en el cordón de la vereda, y se mandaba la bullente hacia la esquina con Treinta y Tres. Seguía la mano de circulación aprovechando la inclinación de la avenida. Corría en libertad. Humana libertad en la ciudad bajo pandemia. Corre y vuela el virus en un presente continuo.

La ciudad, mejor, su tiempo de eterna damisela, y el nuestro, variopinta muestra de sabihondos hacedores del grande hormiguero, se quebró. En marzo del 2020 se abrió el paréntesis que la histórica escritura aún no cierra. El mundo de lo humano rodaba como pedacitos de tierra roja hacia el abismo; tan solo piedritas, tan chiquititos somos. Entonces el mundo estaba siendo cacheteado por un malevo de porte, y yo pensaba, dentro del adn de la estupidez, en la molestia que sería tener que usar el tapaboca de manera obligatoria. Desde el inicio -una de las pocas veces en que me tuve fe en esta vida trabada- sentí que por el momento no figuraba en la lista del virus. Tomaba mis recaudos, andaba a cierta consciencia, pero nunca sentí esa mezcla de terror y asco que descubría en la alta mirada de la carátula de muchos ciudadanos. Todos podíamos ser sospechados de infectos, o de malvados que al grito de “redistribución ya” sueñan con expropiar a los ciudadanos sanos; todos podemos, acentuados los marcadores del odio en sociedad, ser portadores del virus. Toco, toco el aire, ni eso cuando estalló la pandemia y su aislamiento, y cayó sobre las pandemias anteriores (no olvidar el neoliberalismo). Estalló la incertidumbre como si fuera virus de mil caras y sintonías, y entonces el interrogante cotidiano sobre el mañana en un mundo, cada vez, tan de cristal, nunca tan finito, se hizo urgencia y miedos, tembladeral de pensamientos, preguntas abismales.

En estos meses de aislamiento -y cuando algunos bien intencionados soñaban con que, en el mientras tanto de la peste, seríamos más solidarios y justos, y que clarita se mostraría la verdad vital del mundo todo: una sociedad nueva a partir de la consideración del otro como hermano-, se repetían en la ciudad las imágenes que probaban que la posibilidad de resbalar al abismo sigue bien afirmada, siempre a la mano de la historia.

El diario laborar de los cartoneros. El quehacer casi invisibilizado por la bulla y velocidad de los últimos tiempos, quedó explícitamente a la vista en el paisaje de pandemia. El silencio y la quietud en el espinel hicieron visibles a las esforzadas obreras. Cartoneros de trabajo hormiga andaban el barrio trabajando los sobrantes de la civilización; siempre asomados al abismo contenedor de cada día. En las calles del grande hormiguero de injusticia cotidiana, el que no tuvo oportunidad esta vez se reflejaba en el espejo. En la ciudad los carros cartoneros de diversos calados hacían la calle en el silencio de la pandemia, así hasta que las puertas comenzaron a reabrirse, el Mercado no largaba la ecuación ni las pantallas, y entonces retornó la bulla de parir invisibles.

Hoy todo sucede dentro de las fauces de las pandemias. En el silencio se resbala a la vista de quien quiera y pueda ver. Ciudadanos de segunda o tercera categoría sobreviviendo en la calle. Dentro de los desgarrones provocados por la ciudad rica, aún más aislados dentro de los aislamientos de siempre, resisten en las veredas: una esquina, un negocio que ya no levanta la persiana, los tramos de techo alto. Hombres desamparados en cada día. A la vista. Nada piensa o dice el pensador de Rodin. ¿A quién? Gana el silencio. Olvido de bajo autopista. Colchón enrollado. Noche de antes de ayer, de ayer y de mañana. Una mierda de paloma pica la baldosa desde el techo de cemento grueso. Día que certero sigue hasta la nueva mañana. Ajustada la simple repetición del tiempo. Murmullo eterno en la altura veloz, entre hombre y cielo. No dice, no piensa el pensador de Rodin sentado sobre una lata. En voz baja pide reza la aparición de un recuerdo. Olvido de bajo autopista. Desde el techo del mundo cae, además, la mierda de las palomas. Y en el aire un verde de verdín rodea al hombre solo.

En una esquina se puede morir de simple muerte urbana. Una mujer mayor, barbijo bajo en el cuello, abandonados su bolso, el bastón; la boca abierta, toda quieta dentro del taxi varado en una esquina de Boedo. Resbalón y muerte en una esquina, como si un verdín que no se ve tuviera su fantasma verde sobre el cemento. Hasta el vuelo de la ambulancia acompañé a la mujer que sufrió muerte tan urbana, anónima.

Y en esa misma esquina fui testigo, en otra travesía de mercadito chino, del mientras tanto maravilloso de la vida: el tiempo de juego entre un hombre y el perro de una vecina. El hombre utilizaba un árbol para esconderse de la mirada del perro. En cada reaparición, cada piedra libre, el perro era toda la felicidad. Un recuerdo simple, una belleza. Un juego de esperanza. Una manera de esquivar el verdín de Buenos Aires. De adelantar el tranco. Jugar a la escondida detrás del árbol de la vida. Un juego con intermitencias.

Conocí el verdín en Martín Coronado. Zanjas de la infancia. Sobre el verdín de fondo –nacido en el barro o el cemento- el agua sucia, y sobre el agua barquitos de papel en la lluvia. Y el desafío de hacer patinar la rueda trasera de la bicicleta en el verdín de verde memoria. Y no volví a ver verdín alguno en mi vida hasta que un día sobreviví al desliz del paso (uno más) en San Juan y Treinta y Tres, a metros del negocio del amigo Darío. Descubrí así la aureola del verdín, su mancha voraz de elemento fundante de un posible relato simbólico del destino. Supe el origen del verdín, recordé el agua de escribir que bulle desde la vereda de la verdulería.

El verdín es la prueba de vida de los escribas que aseguran el carácter azaroso de los días. Existiendo desde la primera esquina de los tiempos, avisa que siempre se está a tiro de la patinada con destino de olvido, fracaso, o de aviso para la corrección, el retroceso, o la puntería fina y necesaria para adelantar el tranco. Sentir, entender, necesitar, la presencia del verdín para no olvidar que el desliz puede asomar como febo en este mundo tan pleno de malabarismos pifiados en la niebla, y seguridades de cartón pintado. Extensivo el verdín avisaba a la humanidad que la cruza salvaje de intereses podía parir un virus y levantar las paredes de terror de una pandemia. Pero en este mundo de cada vez sin memoria poco se escucha y se ve, y menos aun cuando es un algo misterio que avisa desde la modesta y verde humedad de una esquina en el tiempo.

Para escribir una nota, un circuito de relato, será necesario montar palabras que digan imagen y pensamiento alrededor de un tema. Pensar el verdín, y coser las hilachas. Un rudimento de idea y vivencia. Fotos de la memoria mientras aún sucede la ciudad en pandemia. Y hubo la aparición certera de una magia. Casi terminaba la nota cuando comenté al amigo Darío, vero habitante del lugar, mi escritura sobre el verdín en la esquina. Hizo memoria: la presencia del agua y el verdín tiene casi 20 años. La lista de deslizados, con suerte o sin ella, es larga. ¿El gobierno de la Ciudad militando la toma de consciencia sobre la fragilidad de esta vida? Sobre el cemento, en pintura roja, se lee en cada calle que da forma a la encrucijada: ¡Cuidado con el verdín!

Y hubo más, cuando se secaba esta nota en la pantalla, el agua, hace unos días, detuvo su marcha. Hoy el verdín se evapora, y se hace fantasma eterno en el cuerpo del aire.

sábado, 13 de febrero de 2021

Anotación vírica X

Francisco Lazo Toledo

 Décima y última selección de Mientras tanto:

 

Una seguidilla de días nublados. Neblinantes. Lenta la garúa más lenta, la acariciante. Gotas perdidas, de vez en cuando, sobre la chapa del techo del dormitorio, el refugio. Buenos Aires melanco. Hablo con Julia. Hablo con amigos: Mario, Marcelo. Recibo mensajes de Horacio. Hablo con mi vieja. Hablo en sueños cuando la siesta. Me está pasando que extraño la vida, y extrañarla me tiene nervioso. Cómo se sale de la pandemia. Cómo se entra nuevamente a la vida. Movimientos conocidos y simples de ayer aparecen inseguros después de emprender el regreso de los dos, mejor tres, aislamientos: el neoliberal, el personal y el del virus. Casi como regresado desde la tumba. Extraño la vida, y extraño me siento frente a la posibilidad de una vida nueva.

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Ayer sábado. En pleno mediodía. Caminaba por Inclán hacia Avenida de La Plata. Tenía hambre. Apuraba el paso para llegar al refugio.

Levanté la mirada y vi la fila de personas. Esperaban a la sombra. Estaba fresco. Hombres y mujeres. Jóvenes y viejos. Cuál el negocio, me pregunté.

Hasta que vi la olla grande sobre una mesa, en la esquina. La fila: media cuadra. Separación por pandemia entre los esperantes. El cucharón no se detenía. Cada uno en la fila con un recipiente y una bolsa.

Comí en silencio. Fue silencio en el refugio.

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Acabo de regresar. Pasadas las 3 de la tarde. Caminata de media hora por el barrio. Domingo 26 de julio. Paisaje lento. Ciudad deshabitada. Solitaria. Pasa un hombre en bicicleta por Pavón, dirección a Boedo. Lleva, como si fuera patente trasera de su pensamiento, un prolijo cartel plastificado. En él se lee: Hisopado = Fraude. Cruza la avenida un carro de cartonero. Repleto, pesado. Dos muchachos ponen el cuerpo. Camino y la tristeza me gana. A pasos lentos me pierdo. Sé que no debería, o sí, pero, de repente, en la calle, me siento terriblemente solo. Asoma el sol. Ganan las nubes. El sol vuelve. Camino. Sigo en camino, a pesar del susto. Acabo de regresar. Recuerdo. Escribo.

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La esquina de Mármol y Pavón. En medio de la fuerza del sol del mediodía. 31 de julio. Dos mujeres mayores se encuentran en la vereda. La más baja se encorva, apenas, como si necesitara refugio. La otra se acerca dos pasos y la toma de un brazo. La mujer escorada llora. La otra la acompaña hasta que logra que se afirme en la parecita del negocio cerrado, que fuera café de esquina, luego verdulería en pandemia, y después solo persianas negras bajas. Dos mujeres abrazadas dentro de la claridad y tibieza del sol. Suspenso el protocolo, el aislamiento. El abrazo solidario frente al dolor. En una esquina de Boedo.

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Que no me alcance la muerte habitando tan lejos de la vida. Que no me abrace en estos días. Que no me alcances, muerte. Que no me sueltes, vida. Que el destino no sea pasar del encierro en vida al encierro de la muerte. Que no me olvide la vida en este aislamiento. Temor a que no me recuerdes, vida, en tanta soledad. En el silencio diario garúa la madre de las incógnitas: Y mañana qué, cuándo… El deseo alumbra esperanzas. Pero si acaso sucediera el comienzo desbocetado de mis días, quisiera la oportunidad de contarme un puñado de historias. Ceremonia y murmullo de blues, palabras de último mientras tanto.

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Regreso a la caminata. Transcurre la mañana de sábado. 8 de agosto. Día nublado, muy húmedo. Día dentro del aislamiento, sin embargo, camino por el barrio de las casitas. Por Estrada hacia Parque Chacabuco. Voy como si un alguien misterio me hubiese invitado: dale, vení, sentí el camino, no estamos solos, te llevo de la mano, apoyo sueños sobre tu hombro. Caminé dentro del silencio y la contemplación, la palabra y la belleza.

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Resistir el cielo oscuro de la pandemia, la incógnita de cada día, de cada mientras tanto. Una eternidad de esperanzas y miedos. Tanta soledad y silencio. Desde mitad de marzo hasta esta mitad de agosto. La vida en el refugio. Un vaso de licuadora, vidrio grueso que tiembla, sacudidos los ánimos y sus sombras. Bébase en jarro o pase la lengua por el piso. En estos días de agosto todo ha comenzado a cambiar. El paisaje pinta sus criaturas: vivir bajo un riesgo mayor. Hay cansancio y descuido en la calle. Suceden los días. Aumentan los contagios, los muertos. Los números desgraciados del mundo poco importan una vez retomada la velocidad que nace la bulla. Duerme el ciudadano. ¿Y mañana la vida qué, mañana la vida cuándo?

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Mis caminatas mutaron sintonías. Fuimos personas haciendo la vida en aislamiento, en nuestras casas y en la calle. Podía llamar la atención una imagen, un silencio, el encuadre de la foto, tan parecida y distinta a la de ayer. Movimientos, maneras de andar del ciudadano corrido de la bulla. Existiendo a consciencia. Con miedo. Amenazado.

Poco es lo entrevisto en las últimas caminatas. No aparece la mirada de detalle, de recorte. Torna el encuadre, se limita, al plano general del paisaje. Alcanza el plano para abrir la caminata del día, pero poco o nada es lo que se ve dentro del marco. Una pérdida de primeros planos, un silencio sin intersticios.

Hoy vi un colchón oculto tras una baranda plástica amarilla, contra un rincón; bajo la autopista un simulacro de cama. Vi rodar el carro de un cartonero: alta nave, repleta de riquezas, altura de galeón en la avenida. Pero ambas apariciones se perciben desdibujadas dentro de la velocidad del retorno. Los ciudadanos han vuelto desde las fracturas del aislamiento. Después de meses de silencio y soledad, de presencias reales, han regresado los malos fantasmas de ayer.

Patear el hormiguero. Y entonces el trazo grueso de grafito se hace polvo y cae sobre el camino sin huella. Sopla el viento que trae la velocidad de la no consciencia, la pura bulla que limpia desde los altares de la mentira. Retornados sus dioses.

Arde la mirada. Poco puedo ver. Soy uno más en la calle. La bulla, el regreso de esta maldita bulla que escribo.

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Francisco Lazo Toledo
Estoy en medio de mis almas.

Llevo el carancho a un lado de mi cabeza. Sucedió antes del aislamiento. Un carancho me vio mirarlo. Él desde el tender suspenso en el balcón interno. Mi mirada detrás del vidrio de la puerta ventana. Me acompaña desde aquel día, desde que el rapaz descubrió el primero de mis aislamientos. Percutada la decisión por propia mano.

Uso barbijo tapaboca color verde. Debajo de mi único ojo. Solo tres de nosotros portan ojo, uno por presencia. Los demás, nada. Hubo una vez un mundo en el que había poco para ver. Hoy alcanza ese mismo ojo. Para ver el silencio en este refugio.

Tensión, temor, silencio, soledad, sorpresa. Somos un puñado de fantasmas sorprendidos. Bocetos de lo humano, partes que sugieren el todo, trazos de la criatura del doctor amigo de Mary, la de Villa Diodati.

Mi puñado de almas en colores puros, fuertes, luminosos. Almas sorprendidas por la mirada del creador en medio de un festejo sin motivo. Ahora la quietud sugiere. Y en ella el virus, la pandemia, las pandemias, garúa, dale que va, en negro, dentro del viento que despeina la memoria de los fantasmas.

En primer plano, un alma de ojo bien abierto, porta un algo espejo que mira al frente, hacia el observador. No hay palacio ni reyes. Solo el miedo, el silencio: los testigos. Un espejo con apariencia de cielo vacío. Cuelgan las banderitas triangulares de colores, al fondo, sobre las cabezas de los que poco podrán intuir, ver, una vez más, en el fuera de campo. Al fondo ventanas, el cielo bajo, una puerta, paredes. Todo en colores vivos, ansiosos frente al afuera. Piso de baldosas.

Un refugio más, un deseo de vida, un sueño en el barrio de Boedo, en esta Buenos Aires entre pandemias, azotes certeros de lo nuestro, lo humano.

 

Todas las presencias fueron nacidas por el artista plástico Francisco Lazo Toledo.

La obra acompaña desde hace meses la escritura rumiante del aislado, que se dijo, en un momento de resistencia: Si estos textos fueran a vestirse de libro, además del vuelo que tuvieron en el periódico Desde Boedo y en las redes, la imagen de Lazo Toledo será el motivo de tapa.

jueves, 21 de enero de 2021

Variaciones de vizcachita y otros poemas de Ricardo Maldonado


 

Va de suyo que el valor queda afuera / y nos damos cuenta que vano es lo humano, / capacidad no tenemos de alterar / esencialmente nada. / Lo natural nos sufre, / con ojos impávidos nos mira; / venimos a estar en una diáspora inconclusa, / fragmentos sobrantes de una armonía, / restos de un barro de construcción / que no basta para un muñeco. // Afuera pasa lo que realmente pasa, / manifestación, corteza, consumación. / Afuera rechinan los elementos, / las cabalgaduras, los refucilos, / la contracara liberada de lo virtual, / de lo que no ha sido tocado / por el dedo absoluto del espejismo, / resistencia y rebelión de lo distinto. // Afuera el inclemente plan sigue su curso, / las incubaciones, / los retiros, / la piedra lavada, / el ciclo de las pieles, / el rojo aluvión, / el despeñadero, / la saliva mártir del animal cercenado / que vuelve a su estrella escondida, / a su madriguera donde incuba su futuro incierto; / afuera todo deja su huella / y cada huella es referida, / cada relincho en el aire abierto / traduce lo que nunca alcanzaremos, subidos / como estamos en el tecno-globo aerostático / que lejano, lejano, nos desconoce, nos pierde. / Ajenos a lenguajes que nos interpelan, / vienen por cuerda sensible / y se van por rastro desierto, esos seres, / caen en la cuenta de que hemos perdido / la condición de vivir al ras. (…).

 

Un poeta. Un cronista de este mundo. El fino entramado de una escritura de imágenes palabras. Crónica de desilusiones, de muerte, de triste aroma de final, y de una brizna de esperanza en la mirada de algunas de las criaturas. Mirar desde la tierra hacia la tierra. En defensa de la vida. Señalados los culpables. Variaciones de vizcachita es una cruda poética sobre un mundo amenazado, un tembladeral maligno, un baile sobre filo mellado y abismo, y a la vez una invitación a la resistencia. Un libro dolor, en sintonía con La perdiz que mató Monsanto, y un libro vida, una vida otra. Atada con buen nudo la garganta ansiosa de la velocidad y el interés desbocado que a todo coloca un precio. Maldonado escribe otro mundo, lo milita hace años, una vida, un compromiso ético, un sueño, un poema, palabra que dice desde la no bulla, desde la lejanía de esas luces frías que invitan a la obsolescencia programada de las almas fundantes. Un poeta. Un cronista. Un hombre que dice mientras aún espera la vida.

lunes, 18 de enero de 2021

La ciencia sin freno de Guillermo Folguera


Una sensación al término de la lectura. Leer fue un acto creativo. Desde tu libro: La ciencia sin freno terminé de escribirme como personaje de novela, de la novela propia que todos escribimos desde la intimidad y la relación con el otro, esa novela que solo nos tiene por personajes en tanto podemos comprender al otro, y en el otro, con el otro, la vida en el paisaje, en el tiempo que nos toca. Tu historia, tu novela, porque de esta manera percibí el libro que aclara conceptos y mecánicas de los personajes en pugna, tiene aire de tragedia, tiene el sabor de la desesperación: atrapados en La casa en el límite de Hodgson, en el castillo del Drácula de Stoker en los Cárpatos o en la Nostromo con el Alien de Giger/Scott, y con el abrazo de El vampiro estelar de Bloch. Pero claro, todo personaje lleva como bien de nacimiento, porque estoy vivo, un trago, mejor en vaso chico, porque el trago es corto e invita a la reflexión, digo, un trago de esperanza que debe estar acompañado de una lucha a conciencia abierta. Tu libro invita al trago corto en estos tiempos veloces, siempre recuerdo la película de Marcelo Schapces: La velocidad funda el olvido. Vos convidás: El discurso de la urgencia se presenta entonces como una forma legítima de aceleración. Acelerados vamos cavando la propia tumba. Tu libro invita al trago, avisa, cuenta, ejemplifica, enseña, ayuda a entender el porqué de ciertas cuestiones (No, mejor no hablar de ciertas cosas), y bebido el primer trago nace la oportunidad de la reflexión del renacido personaje, que ahora sabe, si quiere, si le da entidad al conocimiento, ahora respira dentro del plano general de la novela de la realidad, y por lo tanto tendrá la responsabilidad acentuada: porque ahora ve, el que ve es doblemente responsable (Ensayo sobre la ceguera del grande José Saramago). Tantos los desafíos, y después de leerte, de haber completado casilleros en mi mirada, pienso en el uso del tiempo. La salida está en trabajar, en contar, todas las historias de nuestros mundos y sus voces, y sus miradas. Una multitud de voces llevamos dentro, y en el afuera hay que multiplicar las voces para multiplicar el buen pan, el de todos. Tanto te agradezco tu trabajo, tus conocimientos, tu manera de estar al lado del otro.

Famatanca de María Neder


 Todo comentario que se intente sobre Famatanca de María Neder será limitado, deshilachado, fallido, efímero. Ocurre así cuando una poeta escribe naciendo buen vino, escuchando música dentro de una historia de la humanidad. Una poeta de mirada atenta a los paisajes de lo humano. Famatanca es memoria y sabiduría. Duda, pregunta y ayer. Quisiera volver siempre a tu Famatanca, para encontrarme mientras te sospecho entre imágenes. Quiero seguir aprendiendo a respirar con tu quehacer mágico, tu oficio. Hay en el libro un aroma de eternidad, si hasta dan ganas de llevarlo bajo el brazo hasta el más allá. Alguno del otro lado podría preguntar: ¿Qué fue de vos en la vida?; Fui feliz lector de Famatanca de la Neder.