Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 11 de octubre de 2021

Barcos en Avenida Independencia


Composición fotográfica de Mario Bellocchio

Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Regresos. Rescates. Regresa la ciudad como plano general de historias, momentos, sucedidos.

Siempre atento al regreso a otro tiempo. Al aroma del pasado. Elegida ya la herramienta que hace posible mi máquina del tiempo: la escritura.

Regresar a ciudades queridas dentro de una misma Buenos Aires. Todas salvajes, complicadas, siempre dolorosas. Y siempre en ellas el sueño, la poética remembranza de la felicidad. Las historias levitan en el tiempo. Algunas me conocen, saben, y entonces vuelven, casi en continuado, desde la sala de los días alegres.

Escribo fantasmagorías, representaciones de aquello que, sucedido ayer, retorna recuerdos a través de una presencia, sea ésta persona, departamento alquilado, noche de presentación de un poeta, esquina de café, una casa vieja de techos altos con barrilete de San Lorenzo en cielo festivo de navidad.

Todo sucedido ha tenido entidad dentro de la ciudad. Toda fantasmagoría hace posible el regreso sobre el plano general -una toma de abrazo generoso- que establece con claridad que el sucedido fue posible, ante todo, por el marco de viento encrucijado que sabe traer el tango, el blues: una memoria de universo todo en el grande escenario de Buenos Aires. Memorias ciudadanas. Historias, películas nacidas desde una urbanía primordial, fundante, especie de enredadera mágica que aroma como día de infancia las sintonías del cemento que nos contiene, y nos dota de identidad y título.

Habitantes de la ciudad/puerto. Nuestros fantasmas de origen en el cruce de caminos, así desde el inicio de la película. En Buenos Aires los que esperaban hacer la vida, y en la misma ciudad los que llegaban con igual objetivo. Llegar y partir. Pasó ayer. Ocurre hoy. Y en medio los días que dura cada función de cine. Se trata de rodar la película propia, escribir nuestra novela. Se trata a su vez del quehacer aplicado a una pequeña obra. Los afluentes de la totalidad del río como ensueño que diga: aquí estuve, esto o aquello es lo que fui. Una pequeña obra que, desde lo esencial, nos guarde, aunque más no sea, en uno solo de los momentos del mientras tanto. Guardado en un poema, en un cuento, en un boceto a mano alzada, en una foto, en este corto de cine que recreo como prueba de que, alguna vez, además de querer escribir una novela, un cuento, un poema, soñé con hacer un corto dentro del mundo íntimo de mi cine anotado.

Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Siempre estoy volviendo a una película corta, pequeña, de compañía, una rama en el árbol, una historia de lenta fugacidad. Una seguidilla de fotos. Llevo lo visto memoria adentro. Un sucedido en medio del viento, una noche, sobre avenida Independencia. Quince minutos después de una medianoche de Boedo. Navega este corto en el río de mi vida. Sucedió, sucede, hace quince años. Fluye su regreso de escritura. Una película que pide, para contarse, el tiempo que tarda un hombre en caminar dos cuadras a paso tranquilo y atento. Ocupo ahora mismo mi silla en la vereda, en el cine que bosqueja, visita, filma y vuelve a escribir la secuencia.

Abre la pantalla. Recuerdo el desplazamiento. Un corrimiento dentro de la realidad de la avenida. Y una pincelada de posible fantasía. Una secuencia rápida con diferentes encuadres sobre las veredas. Nadie. Vacías. No hay extras. Soy el equipo de rodaje. El testigo. El único.

Avanza una camioneta blanca por el centro de la avenida. Lleva luces intermitentes. Es guía. Su avance enaltece la lentitud. Giro a giro suma centímetros. Presencia destacada que avisa la aparición de la historia. Engalanada de luz. Podría ser fantasma de caballo de circo. Pero no. Anoto en el guión su esencia de práctico de puerto. Habilidad de remolcador llegado desde las sombras. De hombre sabio que dice por dónde el encuentro con la felicidad. Es guía en la noche del cemento.

Detrás de la camioneta. Detrás de la niebla madre de todas las nieblas, un filo metal comienza una seguidilla de cortes. Tajos sobre sábana blanca. Ahora dice el misterio. Vive la creación. El blanco no condiciona. Y libera el contorno de un viejo barco. Chimenea herida, pintura rajada, óxido, carcoma. Violentada su tumba provisoria en cercanía del Riachuelo, el barco viaja hacia su total desaparición. Hay cementerios de barcos. En ríos, océanos. También en tierra. Hay crematorios en que se dispone de las piezas del rompecabezas que hasta en la muerte sostiene una forma barco. Hay misteriosos hacedores de criaturas de metal. Trabajadores que, entre luces y herramientas, convocan una vida otra. Convocarán los fantásticos escultores desde los recortes de la chatarra del después.

El barco navega, regresa, se mueve. Va montado sobre la amplia plataforma de un camión gigante. En la parte más alta del barco hay un hombre. Solo. Entre sus manos una “T” de madera. El hombre atento a los cables que puedan cruzarse sobre el cortejo. El barco que recuerdo es representación y sintonía del paso del tiempo. Transcurrir que trae silencios y presencias. Hay fantasmas junto a las barandas. Vuelven. Navegan Buenos Aires. En la altura del barco, el hombre, el único que aún respira, hace señales con la cruz de madera, la exhibe y reza, “por las dudas” dice su línea de guión mientras abisma la mirada. Los trabajadores de mar y río van ocupados, contemplan felices la orilla cercana.

Detrás un segundo barco. Sale de la niebla la trompa del camión de transporte. Una comunidad de fantasmas guarda silencio. Continúa el regreso. Un hombre en la altura. Solo. Una “T” de madera. A la espera de señales en el cielo. Cruzaron los barcos 24 de noviembre. El primero supera Sánchez de Loria. Restan Virrey Liniers y Maza. En Boedo, imagino, aguarda una nueva puerta, un nuevo puerto de niebla madre. Acompaña, acuna, a los viajeros del más allá. Alienta a los habitantes de la ciudad donde termina el acentuado aroma a día de infancia, donde todo sueño es posible. Un auto pasa veloz pegado al cordón. Imprime su velocidad frente al testigo. Deja una estela de golpes rítmicos que rápido traga el silencio. Otros autos en la avenida. Todos ruedan por los laterales de la avenida mágica. “Ojalá muchos supieran de los regresos necesarios, de los viajes misteriosos cuando es medianoche en la ciudad”, línea de la voz en of del narrador, el testigo, el que filmó, y que hoy ha vuelto a filmar aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Barcos sin nombre. Trabajadores sin nombre. Y aun así el regreso.

Barcos fuera de lugar. En tránsito hacia el más allá profundo por senderos de nuestra orilla. Es que siempre sabe el trabajador de mar y río. Una noche, mi tío Juan, entre filosofales y maravillosos tragos de Jack Daniel’s, me dijo: Toda mi vida fui un barco fuera de lugar. Así dijo en un cuarto piso sobre la encrucijada de San Juan y Muñiz. En Boedo. Los días lo habían llevado hacia otras geografías. Lejos, salvo algunos recreos, de su aldea natal: Buenos Aires. Ahora, mientras escribo, pienso en que todos podemos ser un barco fuera de lugar. Y tantas las razones. La vida es cambio, oleaje para el avance y el retroceso. A veces parece que los días fluyen y entonces la felicidad en el río es posible. En otras el barco aguarda condenado sobre una duna en el desierto. Es tanta la incógnita que hasta cuando todo fluye, la película parece irreal. Barco fuera de lugar frente a una isla paradisíaca. La vida como incertidumbre y fragilidad constante. Barco fuera de lugar después de un óleo apocalíptico de Turner. La vida como movimiento entre debilidad y fuerza. Sueño efímero y aventura maravillosa. La película mientras dura la función de cine. Así nuestro barco, a consciencia, sabe que deberá partir hacia la otra orilla. Una cuestión de tiempo. En un solo lugar no cuenta la incertidumbre. La certeza salvaje de los días está, me digo, en el corto que guardo en la memoria. Dos barcos escorados por el tiempo. Dos barcos que dicen de la vida de ayer, en sueños con historias de feliz laboro, en sueños de pago justo. Dos barcos que siempre dicen la vida mientras avanzan hacia los confines de la naturaleza. En una noche más donde la memoria anota aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Sucedió y sucede en Boedo, sobre Avenida Independencia, en Buenos Aires.



Pan y Arte de Liliana Moreno

Foto de M. Bellocchio
Conocí a Liliana Moreno en noviembre 2018. Entrevistaba a la hacedora del universo Pan y Arte. Una romántica, una soñadora aguerrida, que daba la pelea en medio de la primera pandemia, la neoliberal. En la charla: el teatro, la sala, su propio quehacer como actriz, sus comienzos en Mendoza, Buenos Aires como meta, y Boedo como refugio querido. Pero hoy la noticia es el cierre de Pan y Arte. La pandemia del virus, la segunda, completó la representación triste de estos tiempos complicados.

¿Cuáles las palabras de Liliana Moreno?: Hubo circunstancias que nos cambiaron a todos. Venía embalada con el proyecto artístico, en mejorar lo que estábamos haciendo. Fue conflictiva la llegada de la pandemia, 19 de marzo. Teatro y restaurante dejaron de funcionar. Quedamos sin un peso y con deudas. Había que pagar los sueldos, el gas, impuestos, la luz que todavía debo. Veníamos mal. Sostener una pyme es casi imposible. Funcionan las multinacionales. Desde Mendoza vino mi hija Paloma a ayudarme porque me veía mal, y aún sin pronóstico de pandemia. Y luego todo lo vivido en el aislamiento. Estaba el personal. El tema era que no teníamos dinero en efectivo ni cómo generarlo. Estuvimos un mes comiendo las cosas que habían quedado en las heladeras. Y Germinal, mi hijo, me dice que así no podíamos seguir. Algo había que hacer. Pensó en habilitar la venta de verduras orgánicas. Consiguió una persona que nos dio la verdura sin tener que pagarla. Si vendíamos se pagaba. Empezamos tipo almacén, y eso nos ayudó a sobrevivir y a poder pagar algo a la gente. Nada que ver con lo que era. Era una empresa en quiebra. El teatro imposible; aún lo es. Quizá se podría sostener la sala con clases, con los subsidios. La ayuda está bien, pero no alcanza. Nosotros hicimos una función, la última, de un grupo que vino de Mendoza. Quedaron tres mil pesos, hay que pagar técnicos, boletero. Imposible. Hoy pienso que no puedo seguir con el teatro a costa de mi propio cuerpo, tengo que ser realista. Mis hijos me han ayudado a que baje, y a no exigirme más de lo que puedo. Quizá vender, se verá.

Llegar a la decisión: Primero fue recuperarme de un accidente que tuve en marzo de este año. Fue una bisagra. Con terapia, analizando cómo tenía que seguir. Eso ayudó a decidir que tenía que ponerle fin a un proyecto que llevaba más de 20 años. Y me ha costado muchísimo decir que “ya está”. Mis hijos me han ayudado. Lo que viene, no sé.

Los primeros movimientos: Se alquiló el local, el resto, la vivienda y las salas, todavía no se decidió qué hacer. Mi hija tiene algunas ideas.

Agrega Paloma: Nos gustaría que alguien continúe con el teatro, o tal vez como escuela, productora, ya que el lugar así está dispuesto. La sala chica la pintamos de blanco, y con un set de luces, la pensamos más para formato audiovisual. En el primer piso hay varias habitaciones; un lugar que siempre recibió amigos, artistas. Podría funcionar como residencia. O sea estamos viendo qué sucede con los lugares. A veces están predestinados. Del local ya nos fuimos, pero en la parte de atrás estamos haciendo una nueva sala, está quedando un lugar muy lindo, y tenemos idea de un café con música, teatro, performance. Es contrafrente, no tiene el sonido de la calle. Una propuesta retirada de la avenida.

Otro Boedo: La peatonal, que ha favorecido al área gastronómica, también ha cambiado la identidad del barrio. Hacer teatro a la calle es complicado. Mucho ruido. Ya no es posible coordinar con la Red de Cultura, es decir, hasta tal hora tal movida porque están los teatros. El barrio está muy comercial. Boedo pos pandemia es otro Boedo. Entiendo la situación, pero me siento extraña. No me siento parte de este hoy de Boedo. Extraño el Boedo que conocí. Sería hacer fuerza en algo que la inercia lleva para otro lado. Y bueno, se está yendo hacia un centro comercial, alquilaron el local para kiosco. Nosotros siempre hemos mantenido un contacto más íntimo con el cliente, con el espectador. Por eso mis hijos piensan en el reducto del fondo, donde poder encontrar intimidad o sutilezas de otro tiempo.

Memoria y pensamiento: Recuperar la identidad con los artistas del barrio, porque Boedo hoy es centro de atracción porque trabajamos nosotros. Pan y Arte fue el primero en sacar mesas a la calle, a tomar la vereda; se armó la mesa de publicaciones, nació el periódico, los libros, empezaron a aparecer muchos teatros. Pero hoy están los que tienen el poder. Creo que hace falta una buena retirada para pensar los tiempos que vienen. Confrontar hoy es muy difícil. La rebeldía tiene que ser por el lado de la poesía.

Inevitable pensar -y traerla a escena- en la Resistencia Poética propuesta durante la pandemia por el amigo poeta José Muchnik. Liliana se suma a la bandera de José: Es bueno y necesario saber de qué va este mundo. Algo que ignoran demasiados ciudadanos. Hoy queda la resistencia poética, me parece que es eso, es por el camino del arte. Y quiero quedarme ahí. Otro tipo de emprendimiento, que no sea artístico, no me entusiasma para nada. Ya no es tiempo para mí, no me interesa, quiero tener tiempo para seguir soñando, quiero otro tipo de conflictos, los del alma. Es una decisión y estoy contenta. Quizás el terreno es más onírico, espiritual, intangible, pero muy valioso.

Miradas en pandemia: La pandemia nos hizo ver que hay muchas cosas que no son necesarias, renunciar al consumo es también una batalla. Aquel que quiere seguir viviendo como antes, no entendió nada. Es un proceso, hay que ver que decante, y si no nos cambia, no nos transforma para darnos cuenta de qué es lo importante, no sé… importa esto: el encuentro, las personas. Es difícil tener el pan de todos los días, lo sé. Y qué va a pasar con toda la gente que ha quedado marginada del sistema. Veremos cómo nos reconstruimos. Siempre encontramos las maneras, así trabaja la imaginación del pueblo.

Esas ganas de seguir sobre el escenario: Tenía que ser objetiva, no puedo sostener un sueño de antaño con la realidad de hoy. Hoy quiero hacer teatro y no sostener espacios. Quiero actuar, estar con gente de teatro, no gestionar proyectos, sino siendo convocada, como me está pasando ahora. Estar en lo creativo, lo artístico. El hoy te hace sentir solo. Es muy difícil lo colectivo. Todo atentó. Desde el barbijo al no encuentro. Habrá que esperar que bajen las aguas, y recuperarme. No tengo claro lo que viene.

Quizá en Mendoza natal buscando aquello que perdió en Boedo: Soy mendocina de pura cepa, y hay algo que la pandemia me trajo, el estar centrado en uno, y ese silencio interior, ese poder repensarse quién es uno, dónde está el deseo, o sea, empecé a tener deseos de volver a mi tierra, volver a la paz del pueblo. Fue muy solitaria la pandemia, pero en un punto muy interesante: el espacio de silencio para cocinarme, no andar a las corridas, me gusta esa sensación de estar conmigo. Allá hay amigos y teatro. Estoy invitada a actuar con ellos. Mendoza puede ser un lugar al que retorne.

Desprenderse de Pan y Arte: Fue un duelo, me costó, no lo decidí y ya, un proceso interno hasta que pude soltar, mucha melancolía, tristeza, y aceptar que se terminó. Me permito vivir el epílogo de mi vida como se me cante.

Así el pan y el arte con que Liliana Moreno habla de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Foto de Mario Bellocchio


jueves, 9 de septiembre de 2021

Esquina Margot

 

Margot de Rolando Lois

Boedo y San Ignacio. Encrucijada. Avenida rápida y pasaje adoquinado. Pasaje que, con cierta pereza de estío, resguarda el puñado de almas. En ellas la necesaria esencia de proa para alcanzar el destino en el río de lo humano.

Espíritu. Tierra, aire, agua, fuego. Fantasía. Emotivos frutos en el árbol de la clara consciencia que, despierta y ensoñante, da nombre a las cosas que hacen a esta vida.

Boedo y San Ignacio. Esquina madre. Ahí mismo, encrucijado, uno de los centros sobre el que gira mi galaxia: la ciudad de Buenos Aires. Ahí mismo, entonces, encrucijado de recuerdos, el café Margot en el barrio de Boedo. En su identidad de abrazo aguarda una multitud de historias que ya no son, y que, sin embargo, siguen siendo. Margot como encrucijada plena de palabras. Nacida es esta palabrera urbanía en un cruce de poética imperfecta. Feliz, desesperadamente humana su sustancia. Nacido viento el tango. Nacido viento el blues. Encrucijada que tienta al tiempo. Una historia cada vez, los sucedidos dentro de la órbita en la que gira el habitué en tanta ceremonia de encuentro. La esquina se hace, por momentos, rincón de plaza de barrio. Entonces gira la calesita de la memoria. Regreso. Rescate. De vuelta. La sortija se balancea en el viento. En cada giro el impulso de escribir la encrucijada, la esquina, Margot de Buenos Aires. Siempre el giro. Sucedió, sucede. Un canto rodado plano que bien va de rebote en rebote sobre la superficie del río de los días. Cuando al fin se hunda, en renglones circulares, de cara al cielo, podrán leerse las historias. Sucede esta tinta, dice de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Sucede en Boedo y San Ignacio, Margot, uno de los centros de giro de mi galaxia.

Barrio de Boedo. En Margot los óleos pintados por mi padre. Colgados de la pared sobre la ría de mesas. Los cuadros ya no están. La exposición tuvo su tiempo, su tarde de inauguración, los amigos, y los testigos casuales sorprendidos por el acto de alumbramiento. ¿Cuáles las palabras de presentación, quién el presentador? Cada pregunta abre senderos. ¿Importa, acaso, la ubicación temporal? No en esta memoria que solo pretende bocetar sucedidos felices de ayer. Sucedió una tardecita de otoño. Momentos aquellos que ya no son, y que, sin embargo, siguen siendo. Alma adentro de Margot respira la memoria, lo invisible permanente abraza nuestro espíritu.

En la trastienda de Margot fue absoluta realidad, en el maravilloso mientras tanto de un día pasado, la alegría en la mirada de mi hija siendo apenas bebé. Sus ojos sobre las pocas mesas del ambiente. Anoto sus ojos. Anoto el lugar mágico donde trabajé por años en la escritura. Un lugar de quehacer casi cotidiano. Una magia la escritura a mano. Murmullo de punta fina sobre papel, sobre hoja de cuaderno apoyado en mesa de madera ajada por el tiempo. Escribir con tinta roja en el Margot. Otra magia de encrucijada fue, es, a través de una ventana, encontrar memorias mirando los adoquines de San Ignacio. Cada vez que veo una calle adoquinada busco el pastito que crece entre las uniones de la multitud. La búsqueda del pastito mínimo que late por entre los intersticios de la vida. El amigo poeta Rubén Derlis escribió un poema que guarda esta imagen. Generoso aquel que obsequia bondades para mejor andar cada día.

Y entonces mi hija regaló su mirada. Y mi padre regaló la suya.

Puede soñar el poeta que habita memorias en Margot. De hacerlo puede, él mismo, anotarse poema al tiempo que se descubre puente. Agradecer además al destino que bien sabe de tender puentes. Escribir orillas, acercarlas durante el paso propio, en la huella su andar en el eterno aire de mientras tanto. Ser en el puente, en el poema en que el padre escribe una tinta que acerca al abuelo y la nieta. Que el abuelo hace un tiempo que es un buen fantasma, y la nieta ya es piba que escribe y dibuja en los primeros años de la escuela primaria. Fantasmagoría como poema sobre aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Ocurrió en Margot. Y ocurre, vuelve, regresa, se rescatan los sucedidos, en este ensayo de casi poema que intenta bocetos interiores en el café, en la encrucijada de Boedo y San Ignacio.

Fundar un puente, un poema que convoque a los buenos andantes de las aventuras de ayer. Andantes que oficien de guías memoriosos en esta esquina de ciudad. Que convoque además a los buenos fantasmas. Bienvenidos así todos aquellos que transitaron los pasillos entre las mesas de Margot. Convocadas las señales, los rastros que lleva el viento parido desde la luz de una luciérnaga maga. Alumbrar los momentos idos desde el más allá de la memoria en la cuna primera: el barrio de Boedo.

Y en la vereda de esta línea se hace presente la sonrisa de Bombón. Muchacho simple de lavoro silente. Usa pocas palabras. Repite: Bombón, quizá porque es como le dicen en su casa, o tal vez la repite porque aprendió que significa saludo cariñoso. En la vereda de sábado, mesas y sillas al sol. Reunión de escritores en Margot. Bombón adelanta su mano de pedir monedas. Las recibe. Pero ahora mismo mueve el brazo. Indica final. Terminado. No acepta más. No hay manera de que acepte una sola más. Ocurre hoy en la vereda, y sabido es que su “basta” también ocurre en el Margot profundo. Bombón saluda con su mano. Sonríe. Camina hasta su carrito de plástico verde donde junta diarios viejos y latas vacías de gaseosa. El carrito estacionado sobre Boedo. Camina la avenida. Se aleja. Bombón trabaja todo el día. Bombón en aquella mañana de sábado, presencia que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Veo los primeros números del periódico Desde Boedo sobre “La mesa de soñar” en Margot. Rubén Derlis me presenta en este preciso momento de la escritura al hacedor del periódico: Mario Bellocchio. Regreso. Rescate. De vuelta a contemplar aquel inicio de amistad. Corrían tiempos de encrucijada cuando el encuentro. Corren tiempos de encrucijada cuando este ensayo de poema circule entre lectores. Rubén y Mario invitaban a la escritura. Ser colaborador de Desde Boedo. Aquella oportunidad y distinción de ayer, sigue siendo.

Estamos sentados a una mesa. Nadie puede siquiera sospechar lo que está a punto de ocurrir en Margot. El Tata Cedrón brilla de alegría. Me dice: Escuchá, escuchá. Es un pibe con juguete nuevo. Pura emoción. Una hoja en su mano. Lee, tararea, sueña su canto. Una letra: Palabras sin importancia de Homero Manzi. Letra que nunca tuvo música. En manos del Tata la dejó Acho, hijo de Homero. Ofrenda para la música del Tata. Ofrenda ocurrida durante una caminata por Colombres, México, Boedo. Transcurre la media mañana sobre la mesa. Soy testigo. Tiempos de compartir el barrio con el Tata. Amigos de café, comida en casa, tinto y sobremesa. Aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

El poeta lunfa, el Profe Ricardo De Biase, acaba de sentarse a “La mesa de soñar”. Transcurre la charla y las miradas por el ventanal que da a Boedo. Una mujer -que hoy nubla su nombre- es la tercera presencia en la mesa. El Profe acaba de quejarse de su alimentación precaria. Vive solo. Un bohemio. Viene desde otra Buenos Aires. Ella pregunta si come pollo. Para decir más claro, el Profe retira la pipa de su boca, y pronuncia doctoral: No, pollo comen los suicidas. Luego hace silencio, como si estuviera procesando la próxima línea de un poema, y concluye: Los pollos, cuando tienen hambre,  se comen entre ellos, no hacen nada, no caminan, no cogen, un asco. Sigo escribiendo sobre aquella escena que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Pasan los años, y la escritura continúa. Además de las bondades de un poema de fantasmagoría, me digo, es también cierto que en el velorio del Profe supe que no era él a quien veía en el ataúd. Se cerró la tapa a unos metros de San Juan y Boedo. Pero en eterno mientras tanto el Profe sigue de pipa y sabihonda filosofía en Margot.

Distintos Margot transitan el río del poema que habla de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. La vida pasa veloz como avenida. Sobre la susodicha velocidad se descubren hombres jugando el rol de los susodichos pollos. En esta encrucijada, siempre presente la oportunidad, el llamado de los adoquines del pasaje. El pasaje como pausa y toma de consciencia. Como elogio de la lentitud. Un regreso a la memoria. Volver. Regreso a Margot. Rescate mutuo desde tantos aislamientos.



jueves, 12 de agosto de 2021

Departamentos de Buenos Aires

Hugo Ditaranto, poeta

Un departamento que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Esta memoria que inicia asegura, ante todo, un orden emocional. Ciertos fueron los sucesivos departamentos -uno propio, los demás alquilados- que protegieron parte de los días, entre 1993 y 2013, de la humana aventura del poeta Hugo Ditaranto.

Vuelve el refugio de fundación. Ubicado en Florencio Balcarce y Rivadavia. 5to. piso. Urgencias económicas evaporaron la propiedad. Luego fue un itinerario de alquileres. El departamento de Terrero que ya no es, y que, sin embargo… El departamento de Doblas y Rosario… El departamento de Rojas, frente a Primera Junta… El departamento de Formosa, casi Avenida La Plata, que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo. Fui testigo.

Conocí al poeta durante mi trabajo de librero. En Caballito. Galería París, al fondo. Año 93. Nos conectó una magia. Escuché su apellido. Su padre había sido amigo de mi padre. Ambos artistas plásticos. Nació nuestra amistad en un cruce de caminos. Ditaranto del año 30. Me llevaba 32 pirulos. Hablar de libros fue el puente para el encuentro. Fue la oportunidad de conocer a un escritor de carne y hueso. Y un escritor a quien enseñar mis intentos de escritura. Me impresionó su manera de andar por el mundo. Poeta, bohemio, divertido y triste, de puteada en mano el maestro, irreverente y sensible, apasionada su alma, desesperadamente humano y, como todos, falible por naturaleza.

Muchas veces lo visité en el departamento de Balcarce. El ventanal de la biblioteca daba al Parque Rivadavia. Allí había vivido el escritor Conrado Nalé Roxlo. Ditaranto era un incansable contador de historias. Sucedió una noche de viernes, en la biblioteca. Escuché hablar del loco: En realidad uno es dos. Mientras uno hace las cosas normales, cotidianas, a las que nos somete la vida, el loco vuela en otra órbita, no para. El loco piensa, se mete en el pasado, filosofa en todo momento. Es él quien la mayoría de las veces descubre las mierdas que acechan en esta tierra. Después de un tiempo, el loco se calma, la tormenta se calma, las aguas buscan el equilibrio, y entonces no queda más que sentarse a escribir. Él pensaba en un enanito. Un enanito, igualito a él, era quien le dictaba, le tiraba ideas, desde uno de los estantes de la biblioteca. Además tenía una historia especial con el lugar: A veces me digo, ¿no será Conrado?, porque sabés... pobrecito, murió en el baño... a veces entro y lo veo ahí tirado, durmiendo... y entro despacito para no pisarlo. Inmensa tristeza habrá significado haber tenido que abandonar aquel refugio, que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo en esta fantasmagoría de poeta escritor, el mago de aquel departamento.

Una fuga pasional de escritura marcó su inicio. Los pibes de la cuadra jugaban a la pelota bajo la lluvia. La felicidad estaba en la calle. Y la calle en el barrio de Liniers. El canto de sirenas invitaba a jugar. Pero mamá dijo: “Usted se queda adentro”. Medida injusta, así tomó la escena el pibe que mañana sería poeta. Recostado sobre el piso de pinotea, al pie de un dibujo, anotó esta línea que regresa: Día gris hoy te aborrezco…

Me gusta volver a caminar por mis departamentos alquilados. Avanzo memoria en mano, como si renovara la mirada sobre las historias. De esta misma manera vuelvo a transitar ambientes de los departamentos alquilados por el amigo poeta. De todos estos lugares salen al encuentro, en cada visita y rescate, pequeñas imágenes, fotos, palabras y presencias. Tantos días compartidos, tanta charla.

Pero en el momento del regreso a aquellas secuencias de departamento de poeta, destaca una en especial. Un sucedido en el refugio de calle Formosa, cerca del café México. Otoño. Una tarde de 2005. Entré al departamento del 4to. piso. En un sillón esperaba Dolores. Una viajera del tiempo.

Digo hoy que caminaba el comedor aquel, los alrededores de la mesa, el buen fantasma del poeta Roberto Santoro, desaparecido por la última dictadura cívico-militar desde 1977. Los asesinos lo secuestraron de la escuela técnica de Jujuy e Independencia. Era preceptor. Poeta y editor. Hombre militante. Publicaba poetas en carpetas simples de librería, broche y un puñado de hojas sueltas en su interior. Sus sellos: Ediciones Gente de Buenos Aires y Editorial Papeles de Buenos Aires.

En la declaración jurada de su carpeta No negociable, el poeta escribió: Si mi poesía no ayuda a cambiar la sociedad / no sirve para nada. El poeta incluyó El gran bonete: a mi país se le han perdido muchos habitantes / y dice que algún cuerpo de ejército los tiene / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la policía / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / la cámara del terror / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / los organismos parapoliciales / yo señor? / sí señor / no señor / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene? / pues entonces quién los tiene?

Dolores fue, es, seguirá siendo, la compañera del poeta que no paró de preguntar.

Estamos de regreso. De “rescate”. Recuerda el amigo poeta Rubén Derlis que mucho le gustaba a Santoro esta palabra.

Dolores está sentada. Había llegado a puerto hacía unos minutos. Ditaranto nos presenta. En el aire flota el recuerdo de un puñado de poemas. El buen fantasma de Santoro hace ronda en el departamento. Andar de desaparecido, rompiendo su humano oleaje contra el muelle de la historia en esta tierra. Memoria, Verdad y Justicia. Nunca Más.

Dolores extrae de una bolsita plástica una carpeta naranja. Enseña la tapa a Ditaranto: Una razón suficiente, número 38, la última, la que Santoro no llegó a armar y distribuir. Dolores habla de la casa de la madre de Santoro, donde vivieron al principio. Luego se mudaron a la vuelta. La biblioteca y muchos papeles del poeta quedaron en la casa materna. La carpeta 38 que estoy viendo, a la que vuelvo, proviene del techo de un placard. Hasta ese cielo llegaron las manos de Dolores después de tantos años. Las mismas manos que guardaron algunos ejemplares en la bolsita plástica que permanece, de pie, al lado del sillón donde Dolores se hace lágrima. En el departamento Ditaranto sale disparado hacia la memoria.

En el departamento de calle Formosa
El poeta vuelve, regresa, rescata desde una eternidad de casi 30 años, el último encuentro, en el café Ramos de Montevideo y Corrientes, con el poeta que recibía los poemas. Decime turro, cuándo me vas a editar los poemas. Dijo Santoro: Dejámelos.

Contiene la carpeta una declaración jurada: La poesía / duerme en el corazón de todos los hombres / no la despierten / un inesperado día amanecerá cantando..., y diez poemas. Uno es Destino: Con tu viejo esqueleto ya madera / llegó un titiritero hasta mi aldea. / Nos dijeron las mentiras que los sueños traen. / Nos inventó unos pájaros de fuego. / Contó una historia alegre que era triste. Habló de la manzana y del plumero. / El destino del hombre llegó como la lluvia. / Mondraguín, el muñeco más solo / se me pegó al recuerdo, y fue casi mi alma. / Un aire azul definió los misterios. Y poblé mi soledad de fantasía. / Y entonces Mondraguín me dijo sus secretos: / - Con su viejo esqueleto ya madera / llegó un titiritero hasta mi aldea, / y yo me fui con él.

El poeta Ditaranto dice una vez más en el departamento de calle Formosa: No lo vi más... Escucha Dolores, escuchan los poetas. Ambos regresan desde la tinta. Ditaranto pierde la voz. Es un momento. Inaugura la ceremonia del silencio. En renovado mientras tanto se eterna una reparación histórica. Soy testigo en el departamento de calle Formosa que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

Pasan los años y sigo de regreso a los departamentos alquilados por el amigo poeta. Sigo declarando como agradecido testigo en aquella tarde. Desde esta nueva fantasmagoría vuelve el Tano Ditaranto y algunos de sus libros: Agropenario (Premio Fondo Nacional de las Artes), 1964; A pesar de todo (Premio Hoy en la Cultura), 1965; Cal y sombra, 1966; Álbum de familia, 1970; La mandrágora alucinada, 2000.

Hugo Ditaranto se fue, con un puñado de poemas en la carpeta de la vida, junto a Mondraguín, en 2013.

La felicidad habita en el ejercicio del poema que dice la fantasmagoría. Desde íntima urbanía el regreso de aquello que ya no es, y que, sin embargo, sigue siendo.

jueves, 8 de julio de 2021

Independencia, entre Castro Barros y Colombres

 

Rolando Lois (acrílicos)

Aquello que ya no es, y que sigue siendo. Regreso. Rescate. Historias que algunos hombres guardan en la memoria. Se extiende el recuerdo de lectura en lectura, de boca en boca. Entre miradas. A salvo quedan pequeñas señales. Otra vez, fragmentos de aquello que ya no es, y que sigue siendo. La fantasmagoría como arte para que ciertos sucedidos retornen sabores. Toda una galaxia: Buenos Aires calesita gira atenta al regreso.

Transitaba la ciudad del dolor. El país, el mundo. Andar de otro día en pandemia. Mis pasos iban dirigidos hacia la esquina de Quito y Yapeyú. El impulso en la mañana. Necesitaba ir a pararme en la puerta de la casa donde el pibe que fui había visto el esqueleto del barrilete de los Marchi. Así apareció la primera fantasmagoría de la jornada.

En la caminata del regreso me detuvo el semáforo en Independencia y Quintino Bocayuva. Algo hizo contacto en la memoria. Se bocetó un mapa del tesoro. Caminé por la Avenida hasta la cuadra marcada por el recuerdo, entre Castro Barros y Colombres. Crucé a la vereda de numeración par, y me detuve sobre el cordón, cercano a la mitad de cuadra.

Desde la vista en la media mañana, de a poco, emprendí mi camino hacia el rastro aparecido. La construcción de mi fantasmagoría, la segunda del día, me llevó a la figura de mi padre: Rolando Augusto (1930-2019). Primero apareció su ausencia reciente, luego fue tomando forma su presencia y memoria.

Pude volver a una mañana en Boedo, barrio donde mi padre –así afirmaba- se había hecho hombre. En Boedo fue pibito, muchacho de bar, y hombre joven. Aquella mañana a la que regreso se inició con nuestro encuentro en el Margot. Él viajaba desde Martín Coronado, siempre una aventura y disfrute volver a un café en el corazón de su barrio. En ese tiempo yo alquilaba un departamento sobre Muñiz, entre San Juan y Carlos Calvo. Después de hablar en torno a la mesa margotiana, comenzó una caminata tranquila. Mi padre tenía la costumbre de nombrar (de ver) los lugares que ya no estaban, como si aún permanecieran a la mano; nombraba como si todo estuviera ocurriendo en su ayer. Una vuelta de calesita y cuore al invisible permanente que escribió el poeta Rubén Derlis.

Rolando por Alejandro Lois


Como tantas veces, andábamos juntos por el barrio, juntos hablando del barrio, el suyo y el mío. La casualidad, en una de las volteretas de mi vida, me había llevado hasta Boedo. Viviendo y escribiendo en Boedo fui consciente de la presencia del barrio en mi memoria, y en mi oficio. Rolando siempre fue de contar pequeñas historias. Me interesaron desde mis días de pibe hasta cuando hombre. Sin ser muy consciente de lo que hacía, empecé a escribir algunos de esos sucedidos. Apenas llegado a Boedo, un algo misterio se dejó ver; sobre los papeles ya se escribía un pasado.

En el otoño de 2001, parado junto a mi padre sobre Independencia, entre Castro Barros y Colombres, sobre el cordón de la vereda par, ambos sabíamos que éramos, por “histórica” pertenencia, ciudadanos de Boedo. Teníamos el sol de frente.

Rescato aquel sol en la mañana. Lo regreso. Estoy en él 20 años después, sabiendo, sintiendo la realidad de la fantasmagoría que, fiel a la mágica urbanía, entra, aparece, como si cada memoria fuera bar de esquina, y dentro la mesa de café del ensoñante, el centro sobre el que giran días y hacedores. Así fue como regresé al otoño de 2001 para escuchar a mi padre. Y también para comprender que él, aquella vez, se vio sumergido -con impulso decidido, porque yo preguntaba, quería saber e intentaba ser parte de sus visiones- en el oleaje que lo llevaba hasta la casa de Independencia 3765. Fui médium. Invité a mi padre. Volvé. Andá. Entonces hoy sé que mi padre vivió una fantasmagoría que decía todo un universo, aparecido a principios de los ‘40 y terminada su expansión hacia fines de los 50.

La casa ya no era física. Pero mi padre regresó mientras hacía pie en el lugar. De a poco se fue descorchando la memoria, comenzó a fluir. Y en ese momento, el escritor que yo quería ser, tuvo temor de que tantos momentos y personas se perdieran, que volvieran a dormirse una vez terminada la excursión y aventura en el tiempo. Brotaban las señales como chorro de agua de bomba. Mi padre dijo en la mañana.

Luego caminamos hasta mi departamento de Muñiz. Después de almorzar, encendí el grabador para felicidad de quien recordaba, de quien procuraba el resguardo, y de los tantos aparecidos devueltos a la vida. Aquel relato hecho por mi padre dio origen a un texto que titulé: La creativa ilegalidad del abuelo, y que circulara como cuadernillo de Informes del Sur de Baires Popular con el título: Un intento de desalojo en los años ’40.

Al regreso de mis viajes en el susodicho día en pandemia, volví a ser viajero en el tiempo, y leí, después de tantos años, la fantasmagoría de mi padre, su viaje hasta un ayer lejano: recuerdos a 60 años; a ellos sumé mis 20 años de regresos en el viento que dice el mundo orbital de una casa chorizo en Boedo.

Siempre la palabra abriendo el juego: ¿Acá perdiste las bolitas?, pregunto una vez más. Nunca las encontré, dijo mi viejo. A principios de los ’40 enterró en el patio de tierra del fondo, cerca del gallinero, una vieja salivadera repleta, hasta el borde, de bolitas. No pudo volver a las bolitas, al tesoro; sin embargo, en la memoria de mi padre, en la mía, en las historias que contaba, en el escrito de 2001, en estas líneas, persiste la realidad de las bolitas. Vuelve la casa toda de Independencia. Al frente el local de la carpintería Serra. El pasillo del costado llega a cinco habitaciones. La primera pertenece a la carpintería. Sigue la habitación donde vive el matrimonio Chávez; después un matrimonio de viejitos; y luego la de una pareja de cordobeses, padres del Lagrimita. Después seguíamos nosotros, pegados a la cocina y el baño, dijo mi viejo. Regresa el Lagrimita y su llanto. También regresa el Antonito, su verdugo. Vuelve el paso sugerente, saca pecho la Licuadora, novia del Antonito. Sin nombre vuelven los viejitos de la tercera habitación, pero vuelven. El viejito murió y la viejita se fue, y entonces llegó el Turco y su joven mujer. Los Chávez se fueron, y llegó un matrimonio joven: Alejandro y Angelita. En el fondo de la casa había dos galpones. Mi abuelo Julio Martín administra el lugar. En esta cuadra de Independencia se suicidó el hermano del Pulga. Lo había dejado la novia. Ya no sé... ¿quién era el Pulga...?, pero cómo jugaba a la pelota... se los limpiaba a todos... jugó en la quinta de Racing, dijo mi viejo. En ese mundo existe la farmacia San Luis, el almacén El buzón. En la esquina con Castro Barros el almacén y bar Don Enrique. En la esquina con Colombres la empresa de mudanzas Amancio Fernández, frente a la tienda que vende paraguas. En Fernández trabaja el padre de tres hermanos que se llevaría la uremia; el último fue Changato, así le decían, jugaba bien al fútbol: Es que me da una pena, dijo mi viejo mientras lloraba en 2001. Hacia finales de los ’50, en uno de los galpones del fondo, se comprometían mis padres. Después mi abuelo Julio Martín aplicaría una acción de creativa ilegalidad para esquivar el desalojo. Pero dicen, con razón, que todo llega. Luego de la casa chorizo de Independencia 3765, la familia Lois inició el largo viaje hacia Martín Coronado.

Regreso, desde este presente en Boedo pandémico, hasta aquella mañana de 2001 junto a mi padre, y en esta fantasmagoría veo la fantasmagoría de mi padre, y entre tantos regresos, en la escritura de ayer y en la de hoy, al fin entiendo una parte de mi herencia: esa poética necesidad de resguardar las historias de ayer. Historias simples, chiquitas, dibujadas a mano alzada desde la urbanía natal, para que sigan de ronda y fuga en el tiempo que toca a los que trabajan y viven la memoria.

Mi padre, Rolando Augusto, mi viejo, vivió en estado de fantasmagoría, tuvo la poética necesidad de contar historias, y de pintarlas al óleo y al acrílico, con crayones, a pincel y espátula; y entonces quedó su esencia en las maneras de mi identidad y escritura, esa misma necesidad de contar, de vivir fantasmagorías, de rescatar. De regresar a los barrios. Otra manera de volver a casa, siempre.

Junto con mi viejo tenemos la costumbre de andar señalando lugares y buenos fantasmas en el aire.

viernes, 11 de junio de 2021

Marcos Silber: Regreso de poeta


La muerte de Marcos Silber, amigo poeta, maestro, se hizo puerto en la ciudad puerto bajo pandemia. Hace días que viajo entre pensamientos. Como todo viajero que retorna, trato de asegurar imágenes, momentos, lugares. Regreso a los libros del poeta. En mis manos cada dedicatoria. En el mientras tanto de la memoria aferro la mano del hombre generoso que inició travesía. Hace días que ando como lluvia lenta, pensativa, una gota acá, otra más allá. Hay tristeza y alegría en la lluvia. El arte de la fantasmagoría permite que aquello que ya no es, siga siendo. Me digo que Marcos Silber fue hombre que escribió poesía, y es lugar luminoso al que vuelvo.

Regreso a una tardecita. Faltan cinco guitas para la primera parte de la noche. Camino por Palermo. Oscurecidas las calles. Una esquina. Doblo a la derecha. Camino hasta el caserón. Soy en aquella vez. Entro a La Peña del Colorado. El regreso prescinde de detalles de preámbulo y mirada. Estoy frente al centro de este universo Colorado. Me encuentro sentado a una mesa. Bebo una copa de vino. El público es numeroso. Sin embargo, en el regreso no identifico caras, nombres. Estoy solo. Veo a dos hombres sobre el escenario. Cada uno sentado a una mesa de bar. A la izquierda de la pintura: el poeta Marcos Silber. A la derecha: el poeta Leopoldo “Teuco” Castilla. En la mesa de Marcos, una copa de vino; en la del Teuco, infaltable, su scotch. Vuelvo a aquella noche de otoño sobre calle Güemes, o tal vez noche de invierno, por oscura; acaso vuelvo a una peña de hace unos quince años. Soy en aquella vez cuando los hombres amigos, poetas, felices hombres amigos poetas, hablaban oficio, escrituras, y sonreían la vida. Porque tan felices éramos en esa noche de poesía, tragos y amigos. Regreso. Rescato. Invito. Acaso fuera por el 2006, tiempos de después de Thrillers (Historias en “16”) de Marcos, y El amanecido del Teuco. El ejemplar del libro del Teuco lo guardo dedicado por ambos poetas. Es que tanto acaricia la felicidad. En el regreso que anoto no es necesario identificar el poema, la afirmación, tampoco definiciones, títulos, los maravillosos malabares de la palabrería. Tan solo miro, veo, contemplo, comprendo la magia. Escucho la risa de ambos hombres, el tono de sus voces, las pausas en el decir, sin apuros; acompañado el decir por el trago feliz y pequeños silencios.

Desde que supe de la partida de Marcos, pensé en las lágrimas de dos de sus amigos poetas: el Teuco Castilla y Rubén Derlis. Fue el poeta Cedrón quien jugó, sobre paño virtual, una foto de principios de los 70. Un grupo de jóvenes hacedores en una ciudad en blanco y negro, en un balcón; de izquierda a derecha: Marcos Silber, Beatriz Mazliah, María del Cármen Suárez, José Antonio Cedrón y Rubén Derlis. Así tuve noticia de Marcos sin pipa, sin barba. A su lado la poeta Beatriz Mazliah, que conocí en el Margot de Boedo por el 2001. Juntos en la foto. Juntos partieron este 22 de mayo.

Marcos Silber fue poeta de regresar al hombre, a la historia eterna que invita a los días. Sus poemas pueden ser grandes fantasmagorías. Maravillosas, certeras imaginaciones. Su palabra en el paisaje. Me contó en una entrevista: (…) Infinidad de veces lo dije, también escribo por venganza. Escribo a dos manos, la mía más la de mi viejo analfabeto.

Marcos y una primera fantasmagoría que señala hacia el origen, su poema 1911 (Bajo continuo, 2008): Lo veo. / Desde la borda del poema lo veo. / Catorce años tiene el que va a ser mi padre. / Viene en el ARLANZA. No me ve. / No tiene rostro la tierra que lo espera. / Avanza la nave que muerde aguas de extraños idiomas. / No lee ni escribe el que va a ser mi padre. / Helado trae el dibujo de la letra. / Oigo el naufragio de sus vapores adentro / y su silencio me da de garrotazos por la cabeza. / Grandotas tinieblas le bailan alrededor. / Duele el frío sobre la cubierta. / El muchachito no me ve pero me dicta: / “congoja”, apunte la palabra “congoja”, hijo, / y apunte “susto”, y no deje de apuntar “soledad”. / Una palabra de lana vuela hacia su cuello, / otra de abrigo desciende sobre los hombros. / No lee ni escribe el que va a ser mi padre. / Respira un verde aire de consuelo / cuando me sueña escribiendo / en su sueño de más felicidad. / Y detiene el que será su forzado carro de labor / para dictarme: / apunte, hijo: / la palabra “trabajo” y “techo” y “cama” apunte / y también “sopa de pollo” / con sus flotantes monedas de oro. / Lo veo. No me ve. / Le oigo, “tome mi mano, hijo; / guíela, / escribamos…”.

Una segunda fantasmagoría. En la misma entrevista que le realizara en 2007, Marcos rescata el camino de su madre: En la cocina grande de la casona, mi madre me sirvió los platos más suculentos de la dieta literaria. Muchas veces sin alcanzar mi comprensión, pero donándome un cúmulo de sensaciones auditivas/sonoras de gran intensidad emotiva. Ritmo, color, vuelo. Composición arquitectónica del cuerpo de las palabras. Me enseñó a conmoverme. Me mostró el rostro de la vida y aun de la muerte. Me enriqueció. Luego sería la propensión por el asombro, la vocación por el ensueño, el deslumbramiento por la belleza.

Regresa el poeta a la madre en el poema Sepia (Testigos de tormenta, 1997): Juega la muchachita; aún no es la madre de mí; / como relámpagos de fiesta sus trenzas, y dos ciruelos / de incendio en las mejillas; juega y se ve pequeña / que juega con los copos que juegan con ella. / En la calle de las nieves. / En Kiev. / No se muda no avanza no aparece en la siguiente foto / para evitar entrar en el tiempo y volverse después / madre de mí, y al fin dolerme dolerme como agujas / de fuego en cada ojo cuando cese de ser la madre de mí / y desampare, y quede yo así, dejado, pequeño, solo, / abandonado y solo. / En la calle de las nieves. En Kiev.

Regreso al poema Tumbadora. Vuelvo. De rescate. Trabaja el poeta sobre la mesita del comedor. Lo acompaña la noche en su departamentito de José Hernández. Acompañan los libros de sus amigos, de sus admirados. Paredes tapizadas de libros. Transcurren los últimos momentos de la última pipa del día. Papeles a la mano. Tinta. El murmullo de mientras tanto de la primera escritura, la del boceto, el momento de tirar, de fijar líneas madre para las palabras que nacen después. Así es como regreso. Construyo esta fantasmagoría del nacimiento de un poema. Ésta mi necesidad, luego de haber entendido que escribir la damisela de la muerte es una ceremonia que aleja a la susodicha, la entretiene en menesteres extraños a nuestra escritura; en tinta viva por el día y la noche, así avanza el poeta en la vida. Sospecho un feliz proceso de escritura allá por 2012 (Visita guiada): Me sorprenderá solo, o no, / pero con certeza sin previo aviso. / Ya ronda, trabaja en las inmediaciones, / ya se cargó a varios vecinos / no se deja ver pero comenzaron sus avisos / sus golpes de pico cada vez más cercanos; / ya sacudió el árbol de la amistad / y arrancó varios de los más queridos. / ¿Contra qué alzarse? ¿Contra quién? / No cabe más que levantar palabras como rocas / para una muralla de todos modos estéril. / Pero alzada, mágica, grandiosa, como acantilada / para cerrarle el paso a la tumbadora; / o la obligue al menos a un gran rodeo, / que la retrase un tiempo, un día, / un sueño, un minuto más, / un poema siquiera.

Todo llega. Partió Marcos Silber. Ha tachado el poema de su cuerpería. Marcos Silber, el humano lugar, se construye, vuelve a los días de fundación, vuelve para invitar viajes de regreso. Anoto fantasmagorías, vueltas de calesita por el “Barrio”: “aquello que ya no es / sigue siendo / mientras el hombre dice / recuerda, trae / rescata vagabundos / historias de náufragos del tiempo / aferrados a esquinas, bares, amores de barrio // escritores de crónicas y poemas / tinta viajera / laborar de fantasmas entre pena y alboroto // el recuerdo de la feliz ceremonia del vino // vuelve la mirada de una mujer / el abrazo entre amigos // la ciudad que ya no es / sigue siendo / mientras el hombre / regresa memorias”.

Regreso. Lo fui, soy afortunado, un puñado de hombres escritores acompaña mi escritura: Hugo Ditaranto, Gabriel Montergous, Rubén Derlis, Marcos Silber y Rafael Vásquez. Volver al encuentro estético, al compromiso ético. Siempre de regreso. En el necesario rescate, mi agradecimiento.

jueves, 6 de mayo de 2021

En el cielo de Quito y Yapeyú

Marta Marchi junto al barrilete (Foto de Bruno Marchi, papá).


Una acción simple. Guardamos un papel con valor emotivo: una carta, una anotación mínima, el primer dibujito hecho por la hija, en un cajón de madera que todavía pertenece a un mueble. Momento simple en el que desconocemos que el susodicho cajón acaba de nacer como memoria, y que como tal procederá. Puede afirmarse con vera argumentación que el cajón está en condiciones de abandonar el mueble para compartir algunas de las imágenes que guarda, y que para ello, en cierto modo, puede, necesita, tomar vuelo, como hace -así juega- la memoria cuando siente la caricia urgente de una intención, sea a consciencia, o bien debida a una misteriosa, impensada, presencia nacida de un cruce azaroso de palabras en el cotidiano simple, por ejemplo, en un día más en el aislamiento repetido causado por una pandemia cualquiera.

Hablaba por teléfono con Adela, mi vieja, cuando la palabra abrió besana, y entonces se abrieron caminos nuevos. Dijo ella que a Marta Marchi le había gustado el video. El artefacto artístico cultural señalado se debía al arte, como locutor, de Claudio Fabián Hernández Ramos, un amigo que leía las primeras líneas de una crónica que escribí hace un tiempo, y en la que aparecía el nombre de algunas calles del barrio de Boedo. El video llegó a mi hermano Alejandro, y desde su celular afincado en Martín Coronado, provincia de Buenos Aires, viajó al de Marta Jaime, mi tía, mi madrina, hermana menor de Adela, que vive en tierras del temible Imperio del Norte, y desde allá lejos arribó al celular de Marta Marchi en provincia de Buenos Aires. Ella vio y escuchó cómo Claudio leía, y recordó, y luego comentó a mi vieja su emoción frente a los nombres de calles por las que caminó en la infancia y juventud.

Cuando Adela refirió el comentario agregó un dato propio: la casa de los padres de Marta Marchi estaba en Quintino Bocayuva. Instantáneamente pensé: ¿en Boedo?; pensé: yo estuve en esa casa; pensé: siempre vuelvo a lo visto e imaginado en esa casa; pensé: nunca supe su ubicación. Adela contó que el barrio era lindo, que la puerta de la casa estaba siempre abierta a la vereda, en una esquina, y que entraban muchos gatos. Dije que la recordaba. Ella confirmó: Vos eras chico. Arriesgué una cifra: 10 años. Y menos también, dijo Adela. Pensé: entonces estuve a finales de los 60.

¿Quién es Marta Marchi?, una amiga y compañera de estudios de Marta, mi tía. Allá lejos se hicieron amigas, y como se ha visto siguen conectadas en la distancia.

Las palabras alumbraron un camino impensado. El azaroso descorche de la memoria había renovado la besana, y me llevaba a abismarme sobre una imagen eterna.

Pregunté a Adela: Quintino y qué. Me dije: voy hasta la esquina, debo volver al lugar. No me acuerdo, fue la respuesta. ¿Podrás averiguar? La tía Marta aseguró Quintino y Yapeyú. Aclaré que eran paralelas.

Así llegué hasta Marta Marchi. Hasta ella y su historia de había una vez.

Necesario es a esta altura anotar que, allá por el 69, cuando pibito fui y estuve de visita en la casa de Marta, se fijó entre mis almas un detalle sobre el que fue inevitable preguntar. Recuerdo la luz del mediodía en el ambiente grande que daba a la esquina: el comedor. Mi interés de chico fue atrapado por el mundo que flotaba cerca de un techo. A altura considerable, eran tiempos de casas con techos lejanos, casi como cielos, colgaban los esqueletos de algunas máquinas voladoras, barriletes nunca vistos ni imaginados. Los sigo viendo. Hace más de 50 años que los veo suspensos en la memoria. Por eso los sigo modificando, interviniendo. Llegué, urgido ante tanta invitación al vuelo, a agrandar las alas a uno para que fuera más avión que barrilete. Conté mi recuerdo a Marta y ella agregó palabras.

Marta Marchi de regreso a la casa de la abuela paterna: Fany. Casa de infancia que tuvo dos claves en letras y números: Quito 3902 y Yapeyú 405: una esquina con todo el cielo. En la casa los papis de Marta: don Bruno Marchi y doña Isabel Valenti. Bruno siempre orbitado por sus hermanos: tío Aurelio y tío Héctor.

Quito y Yapeyú hoy.


Habló Marta de cajón volador, de cajones voladores, sí, de esos barriletes que yo había visto despojados de papel, cercanos al cielo de después de esta historia. Hubo un primer barrilete, y un primer vuelo de bautismo desde el techo de la esquina, y además se utilizaron los techos de una casa contigua, que también era propiedad de la abuela Fany. Ocurrió en la navidad de 1943. Frente a los ojos de niña de una Marta maravillada. Ella cuenta que en su casa siempre sucedían maravillas y fantasías. Una ensoñación alegre le gana la voz. Asegura la memoriosa que en algún cajón, entre más papeles, papelitos y fotos queridas, debe estar la foto que también dice de la navidad del 43, cuando fue verdad el primer barrilete, cuando fue verdad -una marca en el cuaderno del tiempo- el primer vuelo.

Aquel primer barrilete tuvo forma rectangular. Un metro de ancho. Y dos metros de largo. El armazón estaba trabajado con varillas finas de madera. Sobre el lomo del artefacto celeste surgían, desde el centro del cuerpo, dos alas de unos cincuenta centímetros, y que se afinaban hacia los extremos. En el centro de la nave estaban dispuestas las ventanas por donde pasaba y se embolsaba el viento. A diferencia de los barriletes comunes, no llevaba cola de trapo. Y sí coincidía con otros ejemplares de su especie en la vestimenta: llevaba papel de barrilete sobre el armazón. Y aquí es donde se abre una puerta notable en este cielo y barrio de ayer. Podría decir que aquella fue una navidad en colores. Porque los colores tentaron a los hermanos Marchi, y entonces quisieron acentuarlos.

Marta aclaró un detalle de importancia: El barrilete tenía los colores de San Lorenzo. Y hubo un piolín resistente para remontar el poderoso artilugio, y -aquí el acento Marchi- hubo además un cable como accesorio de vuelo. En el cable lamparitas rojas y azules llegaban y decoraban la máquina voladora. Entre 50 y 60 metros de piolín y cable. Una vez izado en el cuerpo del aire de la noche, uno de los hacedores -vaya uno a saber cuál- se encargó de enchufar y desenchufar –a buen ritmo- el cable para iluminar la presencia cuerva en el cielo del barrio.

El mágico navío estelar alborotó a algunos vecinos. Siempre da su presente el extraño que ante todo se asusta y no festeja, que no sabe o no puede, y entonces llama a la policía. La fuerza llegó a investigar los sucesos en la casa de los Marchi. La orden fue detener el arbolito azulgrana en el cielo.

Cuenta Marta: Mi papá era un genio, con los hermanos hacían barriletes de muchos tamaños y globos de papel grandes, ¡ay, esas calles de Quito y Yapeyú! Soy la única sobreviviente de esa casa. Me acuerdo de cómo prendían y apagaban las luces del barrilete, era espectacular, esas cosas que maravillan. Y yo era tan chiquita. Recuerdo también los globos grandes elevándose desde la terraza de la casa. Se remontaban los cajones en navidad, y en otros días, íbamos a los costados de la General Paz, con más lugar debido al tamaño.

El cajón rectangular con los colores y luces cuervas se dibujó en el mueble del aire, y nació barrilete para mejor decir esta historia de barrio feliz. El cajón de la mesita de madera donde el escritor trabaja guarda sucedidos, como así lo hace la memoria. Ambos artefactos, artilugios, magias y máquinas para atesorar ciertos hechos, pueden hacerse al vuelo consciente o azaroso. Remontó el cajón. Remontó la memoria. Remontó la memoria de Marta hasta la navidad del 43. Remontó mi memoria hasta aquella casa allá por el 69. El día que vi los armazones de la gesta y sueño colgando del techo. Remontar desde este presente con pandemia, en estos tiempos complicados. Desde este nuestro mundo de hoy volver a ciertos momentos. El arte de representar lo que ya no es, pero que sin embargo está, y sigue siendo mientras la memoria boceta imágenes de fantasmagorías de esta ciudad de Buenos Aires. Sucedió, sucede cerca del límite donde Almagro se hace Boedo, y Boedo se hace Almagro, una tierra de abrazos porque es de dos, podría poemar Rubén Derlis, tantos barrios, y tantas personas, sucedidos, y todos los tiempos que hicieron, que hacen el tiempo.