Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 10 de julio de 2012

Una historia para Julia (X)

Mamá Evangelina colgaba la ropa recién lavada en el balcón. Vos estabas en el medio de la cama grande, acostada sobre una de nuestras almohadas. Afuera el frío. La persiana se guardaba en su nido, las cortinas se apretaban a los lados, la ventana era todo cielo de San Cristóbal. La seguidilla de plantas sobre el alféizar hacía de cordillera flaca; imagino que las macetas quedaban fuera de tu mirada. Estabas tranquila hasta que se asomó una nube de llanto, en tu cara se dibujó una clara expresión de pucherito a la carta. Arriba, gordita, con papá. Quedamos bien cerca de la ventana. Primero intenté que encontraras a mamá Evangelina, pero el llanto te traía a los saltos. Mamá desistió con su teatro de morisquetas. Empecé a decirte todo aquello que se me ocurría, que es como el estribillo de la canción que me va a llevar toda la vida, te hablé en voz baja, casi al oído: pibita de San Cristóbal y Boedo, bonita nena cuanto te quiero, Julia, la nena momosha: que es mezcla de mimosa y hermosa. Sumé besos cortos. Sentí que tu cuerpo se iba acomodando dentro de mi abrazo, encontré tu respiración buscando la calma. Mirabas a la ventana azul, porque de azul se construía el paisaje, puro cielo de San Cristóbal, puro cielo de barrio, el tuyo, el nuestro: así era cuando te quedaste dormida.

miércoles, 20 de junio de 2012

Una historia para Julia (IX)

Ayer fue mi primer día del padre. Tenía cierta expectativa con el día, cómo será, qué me pasará cuando me digan: Che, feliz día, porque hace cuarenta y tantos días con yapa que vino Julia, y entonces, sí, señor, feliz día, sos papá: Soy tu papá. Los amigos, la familia, las personas conocidas, todos estuvieron de feliz día para mí, y todo gracias a vos. La pregunta estuvo cantada cada vez: ¿Y, papá, qué se siente?, y tanto preguntar en ellos, y tanto encontrar en mí qué decir, cómo contar, es que terminé preguntándome: Che, barbeta, papi de Julia, qué onda, qué sintonía, qué revuelto Gramajo anda de feliz día en tu interior. Fue así, hija, que caí en la cuenta de que en realidad vengo de día del padre sostenido. Si por este día felicidad se entiende y se desea, vengo de fiesta desde el 28 de abril, porque la constelación del padre, una de las pocas que no crece en el cielo estrellado sino en el barrio de los hombres, se camina a través de la búsqueda de las esquinas más felices, y eso siempre me gustó, buscar los cruces en la vida. Encontrar esquinas, también elegirlas, algunas efímeras y otras eternas. Entre estas últimas, hoy, ahora, me quedo en la esquina de tu mirada, en la de tu cuerpo dentro de mi abrazo. Descubro buzones rojos que guardan palabras en tránsito, escribo cartas de ayer y de hoy, dejo señales en todas las esquinas en las que busco dar con tu alma: en cada caricia, en cada beso chiquito, en mi dedo atrapado por tu manito, y desde hace un puñado de días, hago esquina en tu sonrisa, en la luz de tu cara de pibita haciendo señales en nuestro universo de San Cristóbal, siempre tan cerca de Boedo. Vengo de feliz día desde que naciste, y así quiero seguir, así queremos seguir con mamá Evangelina, seguir en nosotros con las mismas ganas de encuentro. Claro que hay veces que nos cachetea un llanto que todavía no entendimos y pinta tormenta, pero luego todo se aplaca cuando mamá hace magia, cuida que te cuida con su imaginación que no para hasta que otra vez llega la calma, sea chupete respirando a buen ritmo, sea piquito de amasar sonrisas en reposo. Ahí es cuando logro desatar el moño de payaso asustado que se empecina en ajustarme la garganta. Feliz día del padre, sí, desde que te vi.

jueves, 7 de junio de 2012

Una historia para Julia (VIII)

Era de mañana cuando escuchaste por primera vez la lluvia. Nada importa que hasta ahí, es más, nada importa que todavía no sepas de la lluvia. Estabas de ojos muy abiertos en el cochecito que te prestó Augusto. Escuchabas la novedad. Mamá Evangelina preparaba el mate, papá te espiaba mientras empezaban a caer las primeras gotas: una y una, de dos en dos, ellas unidas en su quehacer, en su húmeda ética del regreso, porque gotas son las que se van y las que vuelven en el diario trajinar, gotas como si de personitas se tratara. Las ventanas de la cocina se asoman, cada día, sobre un lago de chapas, árboles y tanques de agua. Techos bajos de un centro de manzana en el barrio de San Cristóbal. Música primera la de la lluvia y el metal, amigos que todavía se abrazan en algunos lugares de Buenos Aires. Siempre me gustó ser, estar, en la lluvia. Será por eso que te imagino en ella. Primeras gotas de una lluvia de siesta acariciando tus mejillas, acompañando la infinidad de besos recibidos e imaginados, porque son tantas las veces en que quisiera comerte a besitos chiquitos, lentos como la mejor de las lluvias: comerte en besos de garúa. La lluvia será compañera una vez que la lleves en la mirada. Ella te sueña, te quiere: Julia, mi amiga, se la escuchará murmurar por los barrios. Ojalá que siempre te guste más la lluvia que el cielo, porque en cada gota, marca, beso, sobre una chapa, un patio, la calle, tu refugio de ciudad, vas a poder saber de las personas, la tierra y los días. Julia, hija, que la lluvia acaricie tus patrias internas.

jueves, 24 de mayo de 2012

Una historia para Julia (VII)

Los sueños hacen su juego durante tu sueño. Te ausentás con aviso de ojitos cerrados. Sin embargo, no se acalla tu decir, y no se detiene tu misterioso código de señales: tus manos también hablan. ¿Sueños de la mar enigma? ¿Sueños de tus primeras miradas sobre este pedazo de San Cristóbal? ¿Sueños de mamá, papá, los amigos, los familiares? Todo se hace posible en tu relato de palabras cortas, nuevas, chiquitas: palabritas abiertas entre el aroma de los pezones y el chasquido del piquito de labios finos que a veces permite el asomo, y el asombro, de lengua tan tenue, como concebida en noches de acuarelas y silencios. Sueños en pinceladas y entonces te imagino navegando en barquitos de papel por el agua primordial, acompañada de marinos con cara de monito de colores y ojos de mamá Evangelina, y todos barbudos como papá. La canción del Tata dale que dale de día y de noche para que tus manitos atrapen el aire, para que del aire hurten los sonidos que acarician, y para que detengas los que no. Porque nace tu seña rápida, segura: Sí, vos, che, pá, que no con el ruido de la bolsa plástica que guarda galletitas. Tu manito salió rauda hacia el ángulo de tu cielo y detuvo la queja intrusa. Ayer a la noche volví a pensarte. Te vi dormida en la cama grande. Mamá dormía, desmayada, un tanto lejos de vos. Contemplé tu sueño de recuerdos recitado con pases de escultora que sabe de amasar abstracciones en el aire. Escuché el idioma que cantan los recién llegados. No sé cómo logré seguir con mi vigilia de espía: ¿cómo andar de adivino entre tus sueños al tiempo que intentaba atrapar un puñado feliz de mis lágrimas?, ¿cómo pretender el resguardo de tus sonrisas con mis manos?

miércoles, 16 de mayo de 2012

Una historia para Julia (VI)

Foto: Eduardo Noriega
A las once de la noche del viernes 27 de abril hizo agua el mar donde vivías y como río inició el desborde piernas abajo de mamá Evangelina. Ella se aferró a un almohadón mientras permanecía parada, flotando, al lado de la cama. Reía, dijo: No sé qué hacer. Tu abuela Olga se asomó al dormitorio: ella también reía. A la medianoche mamá, Irma, la partera, y yo, estábamos ocupando las mejores ubicaciones en la sala de parto. De manera lenta comenzaron los aprontes. Que gotitas mágicas en el suero, que preguntas sobre cómo iba a ser: es decir, volvimos a hacer las preguntas de siempre. Que caricias en el pelo, que nos mirábamos mucho con Evangelina. Es increíble cómo sucede la vida, Julia, porque ella transcurre, parece que sube o que baja: ella la que alumbra. La vida empujada por el viento o siendo el mismísimo viento, y entonces todo, absolutamente todo termina llegando, sucediendo, y uno ahí: de pura vida y pura sorpresa. Pensé en que todo llega cuando me vi en el vestuario de la clínica: con ropa de enfermero, con un gorro blanco en la cabeza. Tanto pensar en ese momento y el momento ya era, ahí estaba, presente mi imagen en el espejo. Mamá se portó de maravillas, hizo caso a la partera, hizo chistes, se reía de papá, estaba feliz. Hubo diez minutos en que mamá sintió dolores, un rato de susto, pero todo estaba controlado, seis personas sabían qué hacer mientras te esperábamos. Tres veces pujó mamá, tres veces te llamó, y vos que empezaste a habitar la luz del primer instante, la luz de los días en este barrio. Vi cómo te deslizabas camino hacia nuestra vereda, vi cómo hacías esquina sobre el pecho de mamá Evangelina. Te limpiaron, venías de la mar misterio, ya te dije. Las agujas del reloj marcaban las dos cincuenta y dos de la mañana del 28 de abril. Llegó la luz, te vi y encontré los ojos de mamá.

jueves, 10 de mayo de 2012

Una historia para Julia (V)


Gran convocatoria de familiares y amigos encronopiados de alegría se dieron cita en la clínica Bazterrica. Habías nacido unas pocas horas antes y las manos festejantes, en un puñadito de momentos, trabajaron felicidades varias. Era sábado de mediodía cuando los papás de Azul llamaron por teléfono: Que saludos y besos, dijo Antonia, Que te felicito, dijo el Tata. Dijo también el Tata: Decime qué le dedico esta noche. Él es músico y esa noche tocaba en un boliche de San Telmo. Pedí La cerveza del pescador Schiltigheim, un poema de Raúl González Tuñón que tanto me emociona: el Tata lo hizo música y maravilla. Entonces, esta noche, en San Telmo, la toco para Julia. Fijate, pibita, cómo ciertos hechos de la vida, de la parte mágica de la vida, se juntan para dar flor. Venís desde el beso de la poesía y la música, y desde el primer día en este refugio de San Cristóbal, escuchamos uno de los últimos discos del Tata: Corazón de piel afuera. Sorpresa volver a escuchar la “Canción del niño y el caracol”: Sol / por aquí / baja, / caracol / caracol de mi corazón. / Vuelve / sube, / manito / por el aire, / dedito / suave / a mi frente, / caracol / caracol de mi corazón. Porque son sorpresa desde el primer momento tus manitos. Ellas dibujan fantásticas coreografías en tu aire cercano: chiquitas, perfectas, tranquilas mientras las lleva la música. No me canso, Julia querida, de mirar tus manitos, de esperar su roce, su hacer: ellas las que hablan, las que cantan y bailan. La música las acompaña, a veces la del mismísimo misterio de lo humano; a veces, la música del quehacer arduo de los hombres. La canción pequeña la escribió el poeta Miguel Ángel Bustos, desaparecido durante la noche del espanto, y la música la acuñó tu amigo el Tata Cedrón.
Julia, vos, la que viene desde el beso.

martes, 1 de mayo de 2012

Un historia para Julia (IV)

Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos. Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio. Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde” entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.