Mamá Evangelina colgaba la ropa recién lavada en
el balcón. Vos estabas en el medio de la cama grande, acostada sobre una de
nuestras almohadas. Afuera el frío. La persiana se guardaba en su nido, las
cortinas se apretaban a los lados, la ventana era todo cielo de San Cristóbal.
La seguidilla de plantas sobre el alféizar hacía de cordillera flaca; imagino
que las macetas quedaban fuera de tu mirada. Estabas tranquila hasta que se
asomó una nube de llanto, en tu cara se dibujó una clara expresión de pucherito
a la carta. Arriba, gordita, con papá. Quedamos bien cerca de la ventana.
Primero intenté que encontraras a mamá Evangelina, pero el llanto te traía a
los saltos. Mamá desistió con su teatro de morisquetas. Empecé a decirte todo
aquello que se me ocurría, que es como el estribillo de la canción que me va a
llevar toda la vida, te hablé en voz baja, casi al oído: pibita de San
Cristóbal y Boedo, bonita nena cuanto te quiero, Julia, la nena momosha: que es mezcla de mimosa y hermosa.
Sumé besos cortos. Sentí que tu cuerpo se iba acomodando dentro de mi abrazo, encontré
tu respiración buscando la calma. Mirabas a la ventana azul, porque de azul se
construía el paisaje, puro cielo de San Cristóbal, puro cielo de barrio, el
tuyo, el nuestro: así era cuando te quedaste dormida.
martes, 10 de julio de 2012
miércoles, 20 de junio de 2012
Una historia para Julia (IX)
Ayer fue mi primer día del padre. Tenía cierta
expectativa con el día, cómo será, qué me pasará cuando me digan: Che, feliz
día, porque hace cuarenta y tantos días con yapa que vino Julia, y entonces,
sí, señor, feliz día, sos papá: Soy tu papá. Los amigos, la familia, las
personas conocidas, todos estuvieron de feliz día para mí, y todo gracias a
vos. La pregunta estuvo cantada cada vez: ¿Y, papá, qué se siente?, y tanto
preguntar en ellos, y tanto encontrar en mí qué decir, cómo contar, es que
terminé preguntándome: Che, barbeta, papi de Julia, qué onda, qué sintonía, qué
revuelto Gramajo anda de feliz día en tu interior. Fue así, hija, que caí en la
cuenta de que en realidad vengo de día del padre sostenido. Si por este día felicidad
se entiende y se desea, vengo de fiesta desde el 28 de abril, porque la
constelación del padre, una de las pocas que no crece en el cielo estrellado sino
en el barrio de los hombres, se camina a través de la búsqueda de las esquinas
más felices, y eso siempre me gustó, buscar los cruces en la vida. Encontrar
esquinas, también elegirlas, algunas efímeras y otras eternas. Entre estas
últimas, hoy, ahora, me quedo en la esquina de tu mirada, en la de tu cuerpo dentro
de mi abrazo. Descubro buzones rojos que guardan palabras en tránsito, escribo cartas
de ayer y de hoy, dejo señales en todas las esquinas en las que busco dar con tu
alma: en cada caricia, en cada beso chiquito, en mi dedo atrapado por tu
manito, y desde hace un puñado de días, hago esquina en tu sonrisa, en la luz
de tu cara de pibita haciendo señales en nuestro universo de San Cristóbal, siempre
tan cerca de Boedo. Vengo de feliz día desde que naciste, y así quiero seguir,
así queremos seguir con mamá Evangelina, seguir en nosotros con las mismas
ganas de encuentro. Claro que hay veces que nos cachetea un llanto que todavía
no entendimos y pinta tormenta, pero luego todo se aplaca cuando mamá hace
magia, cuida que te cuida con su imaginación que no para hasta que otra vez
llega la calma, sea chupete respirando a buen ritmo, sea piquito de amasar
sonrisas en reposo. Ahí es cuando logro desatar el moño de payaso asustado que
se empecina en ajustarme la garganta. Feliz día del padre, sí, desde que te vi.
jueves, 7 de junio de 2012
Una historia para Julia (VIII)
Era de mañana cuando escuchaste por primera
vez la lluvia. Nada importa que hasta ahí, es más, nada importa que todavía no
sepas de la lluvia. Estabas de ojos muy abiertos en el cochecito que te prestó
Augusto. Escuchabas la novedad. Mamá Evangelina preparaba el mate, papá te
espiaba mientras empezaban a caer las primeras gotas: una y una, de dos en dos,
ellas unidas en su quehacer, en su húmeda ética del regreso, porque gotas son
las que se van y las que vuelven en el diario trajinar, gotas como si de
personitas se tratara. Las ventanas de la cocina se asoman, cada día, sobre un
lago de chapas, árboles y tanques de agua. Techos bajos de un centro de manzana
en el barrio de San Cristóbal. Música primera la de la lluvia y el metal, amigos
que todavía se abrazan en algunos lugares de Buenos Aires. Siempre me gustó
ser, estar, en la lluvia. Será por eso que te imagino en ella. Primeras gotas
de una lluvia de siesta acariciando tus mejillas, acompañando la infinidad de
besos recibidos e imaginados, porque son tantas las veces en que quisiera
comerte a besitos chiquitos, lentos como la mejor de las lluvias: comerte en besos
de garúa. La lluvia será compañera una vez que la lleves en la mirada. Ella te
sueña, te quiere: Julia, mi amiga, se la escuchará murmurar por los barrios. Ojalá
que siempre te guste más la lluvia que el cielo, porque en cada gota, marca,
beso, sobre una chapa, un patio, la calle, tu refugio de ciudad, vas a poder saber
de las personas, la tierra y los días. Julia, hija, que la lluvia acaricie tus
patrias internas.
jueves, 24 de mayo de 2012
Una historia para Julia (VII)
Los sueños hacen su juego durante tu sueño. Te
ausentás con aviso de ojitos cerrados. Sin embargo, no se acalla tu decir, y no
se detiene tu misterioso código de señales: tus manos también hablan. ¿Sueños
de la mar enigma? ¿Sueños de tus primeras miradas sobre este pedazo de San
Cristóbal? ¿Sueños de mamá, papá, los amigos, los familiares? Todo se hace
posible en tu relato de palabras cortas, nuevas, chiquitas: palabritas abiertas
entre el aroma de los pezones y el chasquido del piquito de labios finos que a
veces permite el asomo, y el asombro, de lengua tan tenue, como concebida en
noches de acuarelas y silencios. Sueños en pinceladas y entonces te imagino
navegando en barquitos de papel por el agua primordial, acompañada de marinos
con cara de monito de colores y ojos de mamá Evangelina, y todos barbudos como
papá. La canción del Tata dale que dale de día y de noche para que tus manitos
atrapen el aire, para que del aire hurten los sonidos que acarician, y para que
detengas los que no. Porque nace tu seña rápida, segura: Sí, vos, che, pá, que no
con el ruido de la bolsa plástica que guarda galletitas. Tu manito salió rauda
hacia el ángulo de tu cielo y detuvo la queja intrusa. Ayer a la noche volví a
pensarte. Te vi dormida en la cama grande. Mamá dormía, desmayada, un tanto
lejos de vos. Contemplé tu sueño de recuerdos recitado con pases de escultora
que sabe de amasar abstracciones en el aire. Escuché el idioma que cantan los
recién llegados. No sé cómo logré seguir con mi vigilia de espía: ¿cómo andar
de adivino entre tus sueños al tiempo que intentaba atrapar un puñado feliz de
mis lágrimas?, ¿cómo pretender el resguardo de tus sonrisas con mis manos?
miércoles, 16 de mayo de 2012
Una historia para Julia (VI)
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| Foto: Eduardo Noriega |
A las once de la noche del viernes 27 de abril
hizo agua el mar donde vivías y como río inició el desborde piernas abajo de
mamá Evangelina. Ella se aferró a un almohadón mientras permanecía parada,
flotando, al lado de la cama. Reía, dijo: No sé qué hacer. Tu abuela Olga se
asomó al dormitorio: ella también reía. A la medianoche mamá, Irma, la partera,
y yo, estábamos ocupando las mejores ubicaciones en la sala de parto. De manera
lenta comenzaron los aprontes. Que gotitas mágicas en el suero, que preguntas
sobre cómo iba a ser: es decir, volvimos a hacer las preguntas de siempre. Que
caricias en el pelo, que nos mirábamos mucho con Evangelina. Es increíble cómo
sucede la vida, Julia, porque ella transcurre, parece que sube o que baja: ella
la que alumbra. La vida empujada por el viento o siendo el mismísimo viento, y
entonces todo, absolutamente todo termina llegando, sucediendo, y uno ahí: de
pura vida y pura sorpresa. Pensé en que todo llega cuando me vi en el vestuario
de la clínica: con ropa de enfermero, con un gorro blanco en la cabeza. Tanto
pensar en ese momento y el momento ya era, ahí estaba, presente mi imagen en el
espejo. Mamá se portó de maravillas, hizo caso a la partera, hizo chistes, se
reía de papá, estaba feliz. Hubo diez minutos en que mamá sintió dolores, un
rato de susto, pero todo estaba controlado, seis personas sabían qué hacer
mientras te esperábamos. Tres veces pujó mamá, tres veces te llamó, y vos que
empezaste a habitar la luz del primer instante, la luz de los días en este barrio.
Vi cómo te deslizabas camino hacia nuestra vereda, vi cómo hacías esquina sobre
el pecho de mamá Evangelina. Te limpiaron, venías de la mar misterio, ya te
dije. Las agujas del reloj marcaban las dos cincuenta y dos de la mañana del 28
de abril. Llegó la luz, te vi y encontré los ojos de mamá.
jueves, 10 de mayo de 2012
Una historia para Julia (V)
Gran
convocatoria de familiares y amigos encronopiados
de alegría se dieron cita en la clínica Bazterrica. Habías nacido unas pocas
horas antes y las manos festejantes, en un puñadito de momentos, trabajaron
felicidades varias. Era sábado de mediodía cuando los papás de Azul llamaron
por teléfono: Que saludos y besos, dijo Antonia, Que te felicito, dijo el Tata.
Dijo también el Tata: Decime qué le dedico esta noche. Él es músico y esa noche
tocaba en un boliche de San Telmo. Pedí La
cerveza del pescador Schiltigheim, un poema de Raúl González Tuñón que
tanto me emociona: el Tata lo hizo música y maravilla. Entonces, esta noche, en
San Telmo, la toco para Julia. Fijate, pibita, cómo ciertos hechos de la vida,
de la parte mágica de la vida, se juntan para dar flor. Venís desde el beso de la
poesía y la música, y desde el primer día en este refugio de San Cristóbal,
escuchamos uno de los últimos discos del Tata: Corazón de piel afuera. Sorpresa volver a escuchar la “Canción del
niño y el caracol”: Sol / por aquí /
baja, / caracol / caracol de mi corazón. / Vuelve / sube, / manito / por el
aire, / dedito / suave / a mi frente, / caracol / caracol de mi corazón. Porque
son sorpresa desde el primer momento tus manitos. Ellas dibujan fantásticas
coreografías en tu aire cercano: chiquitas, perfectas, tranquilas mientras las
lleva la música. No me canso, Julia querida, de mirar tus manitos, de esperar
su roce, su hacer: ellas las que hablan, las que cantan y bailan. La música las
acompaña, a veces la del mismísimo misterio de lo humano; a veces, la música
del quehacer arduo de los hombres. La canción pequeña la escribió el poeta
Miguel Ángel Bustos, desaparecido durante la noche del espanto, y la música la
acuñó tu amigo el Tata Cedrón.
Julia, vos, la que viene desde el beso.
Julia, vos, la que viene desde el beso.
martes, 1 de mayo de 2012
Un historia para Julia (IV)
Naciste el 28 de abril de 2012, exactamente a
las 02.52 del sábado. Te esperamos durante casi tres horas, tan contentos como
nerviosos. La verdad era la misma para los tres: todos nos asomábamos a un
mundo nuevo lleno de nuevos mundos más pequeños. Paisajes sucesivos, como si fuéramos
mirando desde la ventanilla de un tren: en la sala de parto las primeras
miradas, los primeros roces con la vida, la unión definitiva de nuestras
presencias. Te quejabas un poco cuando te tuve por primera vez en mis brazos.
Callaste enseguida. Tus ojos oscuros me llamaron la atención, también tus
pestañas largas. Te miré y sentí que vos me mirabas. Un instante de silencio.
Fue en ese silencio que me dije: ¿De dónde venís, Julia? Y cuando pregunté “de dónde”
entendí que no preguntaba por la historia reconocible de tu cuerpo, preguntaba
porque sentí que vos llegabas de un lugar desconocido y maravilloso. ¿De dónde
tu alma, Julia? Lo sé: Del misterio. Tus ojos guardan el secreto.
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