Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu
primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena
de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y
se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia
y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba
toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo.
Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos
de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A
todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos,
hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo
nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están
alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la
cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas
que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y
trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los
adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus
manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la
galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde
todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te
reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre,
con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito,
sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no
importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo
guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres
acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el
escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el
Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y
papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría
de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera
regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una
memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu
sonrisa de cada día.
miércoles, 12 de junio de 2013
viernes, 17 de mayo de 2013
Descolgar un cuadro
En el 2003 firmé
la nota La diferencia entre Ingeborg y el
soldado obediente, en ella anoté: A
veces me digo que todo es una cuestión de memoria, de reconocerse frente al
espejo y frente a los demás. Claro que para ello hay que poder mirarse al
espejo, me digo mientras me alegro de que un tipo como Galtieri no respire un
minuto más sobre esta tierra. Que Galtieri no haya terminado en un calabozo es
otra historia a analizar, pero al menos ya no respira la misma ciudad que
respiran sus víctimas y los familiares de sus víctimas. No murió un viejito,
tampoco un soldado; no murió un escritor, tampoco un trabajador; no, no, murió
un bicho que ahora precisa de discursos para amanecer patriota. Pienso en
Malvinas, pude haber sido uno más, diez veces al polígono de tiro y a la
guerra, guerra en el sur, guerra en el sur; para mi general, el saludo de mi memoria.
Acabo de
enterarme de la muerte de otro asesino, del miserable de Videla, y ya van a aparecer
palabras tratando de abrirle, de alguna manera, las puertas del paraíso,
convengamos que no le faltaron misas ni bendiciones, y van a aparecer también
aquellos que afirman, con convencimiento y los respeto, que la muerte no se
desea ni se festeja. Los respeto, pero les cuento que tengo mis ceremonias para
la obtención de la felicidad, y entre ellas figura una que trata del deseo y
festejo de la muerte de los mal nacidos que contaminan esta vida. Fui feliz
cuando murió Martínez de Hoz con detención domiciliaria, y soy feliz hoy con la
muerte de este soldado de la patria, de la suya, jamás de la mía. ¿Por qué?, lo
anoté por Galtieri, ni un minuto más
sobre esta tierra.
Aprovecho para marcar una diferencia entre las muertes
de estos seres despreciables, y es que Videla murió donde le correspondía, en
la cárcel, y esto gracias a la decisión de un gobierno democrático con memoria.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXIX)
¿Sabés cuándo entré a ser conciente de que tenía
una hijita grande, grande, es decir, que ya había dejado de ser un bebé
indefenso y sólo contemplativo del mundo? Te cuento, creo que el nuevo estado
mental de papá se armó a partir de dos momentos. Una mañana, estábamos justo en
la curva donde se unen la cocina y el comedor. Estabas sentada sobre el cuadrilátero
de colores. Empezaste a moverte, hasta ahora no gateás, tu especialidad es el avance
con arrastre de cola. Así llegaste hasta el corralito, y una vez a tiro, tus
manos fueron hasta la pata más cercana: fuerza, empeño y decisión te llevaron a
pararte. Ahí estabas, casi un año, paradita a un lado del corralito, poniéndole
al cerco el cartel de armadura obsoleta. Te miraba, vos te reías. Saqué un par
de fotos. En otra mañana, mamá Evangelina y yo estábamos desayunando.
Escuchamos a la distancia que repetías, desde la cama grande, tu característico
“tatata”. Te fui a ver. Brillabas, no lo podía creer, habías sido tan chiquita,
y en ese momento eras tan chiquita y tan grande en la cama de mamá y papá. Quedé
tonto, se me caían las lágrimas, y vos no parabas de reírte, de moverte, de
hacer morisquetas. Jugamos un rato a escondernos detrás de nuestras manos, te
encanta. Saqué unas fotos. A partir de estas dos historias papá se dio cuenta
de que el universo había cambiado, de que se había ensanchado feliz, con aire nuevo.
Casi un año, Julia, un tiempo de ensueño.martes, 14 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXVIII)
En medio del proceso de mudanza ocurrió algo
azaroso. Pienso que a esa altura de los acontecimientos, ya tendrías real
percepción de que el mundo de colores y formas que habías contemplado durante
casi todo tu primer año, había dejado de estar a la vista. Papá lo guardaba en
cajas de cartón y bolsas. Hilo y cinta de embalar, tornillos y maderas, todo
había dejado de ser, y era extraño para nosotros, que en teoría comprendíamos
más que vos. Sin dudas el desarmado del rompecabezas te habrá afectado. Faltaban
pocos días para la partida, y me entero de que mi amigo poeta Rubén Derlis,
presentaba su último libro, el sábado previo a la mudanza, en el café La Poesía de San Telmo. Mamá y
vos viajaban a Gualeguay el viernes, el sábado la presentación y el lunes la
mudanza. Preparé el mínimo indispensable de ropa hasta el lunes, el resto a la
bolsa. Para el sábado dejé el saco en una percha. Y andaba con el saco de acá
para allá, lo colgaba y enseguida lo tenía que correr debido a mi rol de papá embalador
del mundo. Fue cuando me di cuenta de que había quedado libre el clavo de donde
colgaba el cuadro del abuelo Rolando: El color que cayó del cielo. Claro que
después de colgar el saco reparé en que quedaba exactamente sobre tu corralito.
Fue inmediato, estabas seria, mirabas a la altura con desconfianza y me mirabas.
Pensé que ibas a llorar, lo descolgué y te lo acerqué dando las explicaciones
del caso. Vos lo tocaste y todo volvió a la normalidad: el saco de papá, pero hasta
que volví a sostener la percha en la pared. Tu desconfianza volvió a decir
presente. Dejaste de jugar, te molestaba esa impostura de hombre o de papá. Entonces
lo entendí y lo descolgué definitivamente. Te dije: Julia, vas bien, que nunca
te gusten los disfraces, que nunca aceptes que alguien te mire, confiado, desde
arriba. Después pensé en que la mentira y la moneda muchas veces se sostienen
de un clavo. Quiero que sepas que no figuran entre las bellas artes.
lunes, 13 de mayo de 2013
Buenos Aires a distancia
A Mariano Larra,
personaje de mi novela Morir por Perón,
le tocó en suerte recibir como herencia una de las señales que yo considero,
desde hace años, de buen augurio para sostener la travesía cotidiana en Buenos
Aires. Cada vez que pasaba a bordo del 160 por el puente sobre las vías del
ferrocarril Sarmiento, ubicado en Salguero, entre Bartolomé Mitre y Díaz Vélez,
miraba buscando el tránsito de un tren. Valía si lo veía venir, mucho mejor si
mi permanencia sobre el puente coincidía con la formación debajo del mismo, y también
valía ver cómo se alejaba. Tres tiempos posibles para que mi observación fuera
validada como destino. Como sea, la señal, el buen augurio, se daba por la
coincidencia en la encrucijada, y en la sustancia de la susodicha coincidencia geográfico/temporal:
si yo podía ver pasar el tren, significaba que estaba ubicado en una posición
desde la cual podía contemplar o imaginar tantas historias como personas viajaban
en los vagones, y eso, señores, es una suerte: porque si hay historias para contar,
hay vida y hay sueños. Es mejor cuando las historias deambulan por la faz de
nuestros mundos. Esa era mi suerte, y esa misma suerte le obsequié a un
torturado Larra para sus días de ficción.
Viajé a
Gualeguay, Entre Ríos, unas tres veces antes de una travesía decisiva dentro de
mi vida. En cada viaje a la ciudad de donde es oriunda mi mujer, reparé en el
placer que me deparaba el cruce del complejo Zárate Brazo Largo. Desde los dos
puentes, el Bartolomé Mitre sobre el Paraná de las Palmas, y el Justo José de
Urquiza sobre el Paraná Guazú, miraba las márgenes del río, las casitas en
torno, el laborar de los barcos, la lejanía. Imposible para un porteño con
espíritu vivo ignorar el paisaje. Cada vez esperaba el paso sobre los puentes.
Una vez descubrí en la lejanía, sobre tierra, un barco fuera de lugar. Una nao vieja,
importante, que había sido de pasajeros, pintada de blanco, casi un fantasma
sobre la tierra, ubicado muy cerca del verde de la arboleda que tenía de fondo.
¿Cómo habrá llegado hasta ahí? Tendrá su historia, como historia guardo en
estos cincuenta y un años de vida que cumplo hoy, 22 de abril. Durante la
travesía titulada decisiva (ya que iba a ver una casa para mudar nuestra familia
a Gualeguay), pude ver, por un segundo, la estela que abandonaba la popa de una
embarcación. La coincidencia en la encrucijada geográfico/temporal se daba con
mi presencia sobre el segundo de los puentes del Complejo, y un barco que pasaba
exactamente por debajo. Un buen augurio, me dije, al tiempo que recordaba el
puente sobre Salguero y a Mariano Larra. Y fue así, la casa nos gustó, y ahora
escribo, es decir, pretendo escribir sobre mi Buenos Aires a distancia, desde Gualeguay, desde mi escritorio de
trabajo que tan bien me acompañó en mi ciudad.
Buenos Aires es
galaxia, y como tal está habitada desde distintos mundos. Puedo afirmar que la
estrella centro de esa galaxia, ubicada en la esquina de Boedo y San Ignacio,
es el café Margot. A esta altura no me voy a poner a explicar la importancia de
un café en una ciudad como esta, pero sí voy a anotar que los cafés, los
centros de galaxia, se erigen, crecen, respiran, y hacen historia cuando son
habitados por determinada zoología rica en componentes espirituales. Por
ejemplo, el Margot es lo que es, por la presencia de personajes como el poeta
Rubén Derlis, el periodista Mario Bellocchio, el historiador Diego Ruiz, el
pensador Otto Carlos Millar, el músico Juan Tata Cedrón. Ellos, junto a un
variopinto puñado de almas sensibles, y junto a los buenos fantasmas del Profe
Ricardo De Biasse, el Gordo González y Carlos Caffarena, hicieron y hacen mi
Margot: lugar de charla, de lectura y escritura, de memoria. Y de este café, a
juzgar por un kilometraje certificado, de alguna manera me alejé. Hoy no
escribo desde el Margot, desde mi barrio de Boedo, desde mi San Cristóbal (y
ahí el café Cao como mi nave insignia). Hoy escribo desde Gualeguay para decir
que me fui de mi ciudad. Y es cierto, miro por la ventana y ya no veo los
techos de casas bajas que veía desde mi segundo piso. Veo un patio, varios
metros de terreno con pasto ralo, y algunos árboles. Ya no llego hasta la
verdulería que atiende Hugo y Ariel, dos hacedores de mi barrio, porque San
Cristóbal fue amigo por varios motivos, y entre ellos está la presencia de mis
verduleros, que trabajan sobre la misma vereda en la que todavía dice presente
la casa de María La Vasca ,
milonga famosa de cuando Carlos Calvo se llamaba Europa. Evangelina, mi mujer,
antes de que decidiéramos el cambio de paisaje, me preguntó muy seria: ¿Y tus
amigos?, ¿el café?, ¿la escritura? Claro que preguntaba por Buenos Aires toda. Ella
pensaba que yo nunca podría dejar la ciudad. Pero se equivocaba. Alguien dijo una vez / que yo me fui de mi
barrio, / ¿Cuando?, ¿pero cuando? / Si siempre estoy llegando, anotó
Troilo. A ella le contesté que a Buenos Aires me la llevaba puesta, que la
llevo a salvo, sangre adentro. Le dije que a Buenos Aires la escribo desde
cualquier lugar del mundo y del alma.
Pero claro, la
distancia es la distancia, y entonces ya no me puedo llegar el sábado por el Margot,
que me quedaba a diez cuadras de casa, ya no me puedo sentar a escribir en el
Cao. Sucederá de vez en cuando, en los días de visita. Porque a Buenos Aires no
se la deja, si no se la habita, se la visita, y en esas visitas será tiempo
para ver a mis padres y mi hermano en Martín Coronado, para ver a los amigos de
siempre. Habrá tiempo para el encuentro con el amigo poeta, y principal
seguidor de las historias para Julia, Rafael Vásquez. Habrá tiempo para saber
de los descubrimientos que Mónica López Ocón haga en su Azul natal. Me quedó un
café pendiente con Alberto Di Nardo, Eduardo Noriega, Amanda Samia, Alicia Cao.
Siempre hay pendientes en Buenos Aires, porque además de tanta poética, la damisela
hoy tiene su costado oscuro: la velocidad que parte las calles y promueve los
desencuentros: promueve la terrible estupidez de dejar una charla para mañana. Una
mención especial merecen mis buenos fantasmas, ellos también se quedaron en la
ciudad y a la vez se vinieron conmigo. Pienso en el escritor Gabriel
Montergous, uno de mis maestros, en el cronopio Liliana Bustos, en el Gallego Pérez
Bravo, en el poeta Hugo Ditaranto, otro de mis maestros (nace esta presencia
sin importar nuestro alejamiento de los últimos años; cuando supe de su muerte,
el 10 de abril, el día se quebró y ahí quedé, tironeado por el pasado y con un
sabor amargo en el alma; después quedé buscando en la memoria alguna de sus
líneas, alguna de sus buenas anécdotas, y las encontré).
Avisé a mis
amigos más cercanos de mi alejamiento de Buenos Aires, a través de una de las
historias que le escribo a Julia, mi hija, la número XXXV: En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires.
¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de
unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a
llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos
hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de
vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires,
una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca
participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que
el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de
los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la
ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos
Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura
en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los
buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad
de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para
llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y
primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu
habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia.
Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese
origen nos vamos con la memoria.
El poeta Derlis
me dejó un mensaje emocionado en el teléfono: La verdad que me conmovió tu aviso de partida, además, qué joder, te
vas a la patria de Juan L., me parece bien la decisión que tomás, a mí me
cuesta salir de Buenos Aires, no sé, tendría que hacerlo, pero creo que no
podría respirar, cada uno está loco como quiere estar o puede, me parece bien
tu opción.
Sabré al final
de cuentas cómo es escribir de mi Buenos Aires desde mi Gualeguay, veré cómo
pinta el cemento desde la orilla del río. Sabré en definitiva cómo es en
realidad escribir desde un lugar que no sea Buenos Aires. Sabré cómo es vivir
esta otra vida que de seguro agregará palabras a mi tinta. A una punta de
kilómetros de Buenos Aires y sin embargo ahí estoy, sigo estando, quizás un
estado del alma, del espíritu, de mi sombra, la memoria. Inauguro mis palabras
desde la casa nueva, cómodo, así me siento, mi identidad a gusto en esta
Gualeguay soleada. Estoy con ustedes y es una manera de no estar del todo por
acá, y miro el patio y los árboles que me aseguran que ando por acá y no tanto
por allá. Después de todo, quizás uno no sea más que la suerte de ser un barco
fuera de lugar toda la vida, y esto sin consideraciones trágicas, hablo de la
feliz travesía de un barco fuera de lugar, porque la suerte está en que no
halla un solo río, un solo mar, un solo centro de galaxia, una sola galaxia, un
solo café, una sola ciudad. Vi el barco fuera de lugar desde el puente: un
habitante del agua llamado a la tierra. A no olvidar: hay distintas maneras de
acercarse a la felicidad. De Buenos Aires a Gualeguay, y de Gualeguay para mi
barrio de Boedo, San Cristóbal, y sí, también para mi Martín Coronado donde
tuvo lugar la botadura/fundación de este escriba dado a las filosofadas
baratas.
Poeta, parece que por acá se respira bonito.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXVII)
El “mostro” de
polenta hizo una aparición salvaje, explícita. Cuando mamá Evangelina logró que
aceptaras abrir la boca para empezar a comer, nuestra atención se la llevaba la
novedosa ceremonia de la comida. Rápidamente te hiciste amiga de la polenta,
los fideos, la morcilla. Parte del consejo de los que saben, era que tu
contacto con el morfi debía ser directo, y para ello valía todo, desde ya la
boca y sus aledaños, la ropa, las manos, o sea dedos libres sobre el barro fundacional.
A resultas de tamaño consejo, las manitos te brillaban, la boca igual, la
mayoría de las veces ibas directo a la bañera a hacer un “al agua, pato”, y tu
ropa partía en vuelo directo al lavarropa. Hasta ahí todo bien, pero apareció
el “mostro” y marcó una diferencia. Fue un mediodía de polenta, tu cara
presentaba un maquillaje de arena amarilla muy trabajado, a lo Lon Chaney, en
el que claramente se representaba una figura que metía miedo, al menos al
contacto dado la apariencia pringosa del ser escapado de la olla anclada en la
cocina. Te vi, me dio risa, y entonces dije: el monstruo de polenta, y
enseguida me di cuenta de que sobraba la “n”, la aparición exigía una anomalía
de la lengua, por eso corregí y dije: el mostro de polenta. Fue en ese momento,
que vos, sonriente, enseñando tus dos dientes de arriba y el solito de abajo,
emitiste un sonido corto y amenazante, algo así como el “ajjjgrrr” que aparecen
en los globos de algunas historietas. Me reí, retrocedí un paso tapándome la
cara debido a la aparición del mostro: oh, no, el mostro. Te reías, volviste a
emitir el sonido, y entonces mamá Evangelina también tuvo miedo del mostro. El
juego se repitió esa y otras veces, y vos respondías. El paso del tiempo lo
convirtió en un clásico. Los que saben de su existencia, te preguntan por el
mostro y vos le das entidad sonora. El otro día, tu prima Juana, de dos años y
pico, mientras estaban en tu corralito, te preguntó por el mostro, y le
devolviste el gruñido. Recuerdo que estábamos en la puerta de casa, porque ahora
tenemos parecita y vereda. Por la vereda de enfrente caminaban unos chicos. Al
oído te dije que había que avisarles que acá vivía el mostro de polenta:
escuchaste mostro y soltaste el “ajjjgrrr” de convocar el juego. A veces, cuando
te estás durmiendo en mis brazos, con tu cabeza apoyada en mi hombro, proponés
un juego. Emitís un sonido o alguna de esas palabras misteriosas que no podemos
descifrar, un ta, un titipi, solo un sonido, y esperás para escuchar el que yo
te devuelvo, también corto y parecido a los tuyos. En medio de este juego te
gusta deslizar un gruñido de mostro al que yo respondo divertido.
Siempre me gustó la polenta, y ahora mucho más.
Una historia para Julia (XXXVI)
En los días en que empezaron a dar su presente
las cajas de cartón que nos servirían para la mudanza, mamá Evangelina armó una
para guardar el grupito de amigos que ya formaban tus muñecos. Al final del día,
la mona Jacinta, el perrito blanco, el oso “teneme el oso”, el chancho Cholito,
y algunos de sus asesores a la hora de tu entretenimiento, terminaban haciendo
la plancha dentro de la caja de champú Chandon. El dormitorio portátil cumplía
su función de maravillas hasta el movimiento mágico realizado por la abuela
Olga, que en una de las escapadas que se hacía desde Gualeguay hasta nuestra
Buenos Aires, le sumó otra significancia. Olguita tomó la caja con los muñecos
y la posó dentro del corralito donde vos jugabas. El descubrimiento fue instantáneo.
Manito sujeta al borde de la caja dormitorio, cartón Chandon en plano
inclinado, y la otra manito cachando del cogote al primer muñeco que estaba a
tiro. Todos a jugar al patio, en fila, uno atrás del otro. Y enseguida empezaban
a caer al dormitorio otra vez, y no era la hora de la siesta, y tampoco era de
noche. Tu felicidad en esta vida va a tener muchas direcciones postales, vos
misma vas a llevar el relato de tu lista. Cuando esto suceda, tené presente que
ella, la susodicha felicidad, una vez vivió en una caja de Chandon, la de
muñecos afuera, la de muñecos adentro, la arañada, la que fue tambor, la que
recibía tu cabeza y tu mirada de investigadora. Te vi jugar con ella, en ella y
en sus alrededores, por más de una hora. Silvia, tu pediatra, nos dijo: Ella se
muda con los muñecos en la caja. Así lo hicimos. La magia hecha por la abuela
colocó a la caja en una perspectiva lista para la vida. Que tu caja sólo libere
muñecos y esperanzas. Que la eternidad, que consiste en tomarse el tiempo para
hacer la vida, sea el paisaje por donde caminen vos, tus amigos, tu mirada.
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