La única vez que apoyé un fusil sobre mi hombro,
fue cuando me obligaron a pasar un año defendiendo a la patria. Fui a prácticas
de tiro con mi fusil automático liviano. Primero debía apuntarle al chileno, y
después resultó que no tanto al chileno, y sí a los ingleses. Me explicaron que
el fusil era mi novia, que debía cuidarla y tenerla siempre limpia y dispuesta.
Si iba a una guardia debía estar atento, no al posible ataque exterior, sino a
las condiciones en que recibía el fusil: si había algo roto o un faltante, la
patria le cobraba al soldado. Un fusil igual al mío, automático y liviano, le
sirvió al sargento para aplicarle un culatazo en la cabeza a un gringo colorado
que venía del campo: no había manera de que dejara de llamar escopeta al fusil.
El sargento hizo su labor docente. No lo voy a negar, me entusiasmaba la
posibilidad de usar mi fusil. Si estaba en un puesto de guardia alejado y algo
ocurría debía avisar con un disparo al aire. Una vez cargué y estuve a punto,
pero no, porque me cobraban las municiones. De la única manera que hubiese
hecho una inversión, y esto lo hablé con mi viejo, era si me decidía a disparar
sobre cabos, sargentos o tenientes. Ni el chileno, ni el inglés, no, mi munición
para mi sargento: ellos las bestias, los borrachos, los que pagaban orgullosos
el amor triste de las chicas de la ruta. En la Escuela de Caballería,
Campo de Mayo, año 81, aprendí lo peor: a querer asesinar, a odiar, a robar al
compañero. La ley: no a la vida solidaria. Recuerdo la vez que mi sombra tomó
la sombra de mi fusil y le disparó al miserable: Berón de Astrada.
domingo, 26 de enero de 2014
domingo, 12 de enero de 2014
Heartattack and vine de Tom Waits (Disco recordado, Tiempo Argentino, 12 de enero 2014)
Era mediodía. En casa de un amigo. Hace una
eternidad. Como al descuido invitó con Tom. Hablábamos. Escuchaba a Waits de
fondo, así hasta que empezó Jersey girl. Pedí el nombre del músico. Supe
enseguida que yo quería para mi escritura la fuerza que este señor le imprimía
a su arte. La creación garuaba desde las regiones de la sangre y la pasión. No
lo podía creer. Estaba emocionado. Fue un golpe certero. Era su manera de
contar que había conocido una chica de Nueva Jersey y que estaba enamorado, decía
que no había nada mejor que su chica, y nada mejor que ir a buscarla para
caminar a su lado. Desde ese día que escucho la voz áspera de Tom, que muchas
veces es desgarradora. Quisiera poder raspar y acariciar con mi escritura para
así contar que una vez fui a buscar a una chica de boina blanca y que no había nada,
nada mejor en el mundo.
jueves, 9 de enero de 2014
Finirla (La foto, Tiempo Argentino 05/01/2014)
A todos nos llega. Habrá que finirla,
muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un
sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los
acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta
fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota un
día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que sólo
se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de domingo
bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso. Eterno el diquero
en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos lares sobra el aire y
viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro y afuera. Cuanta más
moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma, también la madera de
mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor que compuso un paisaje
de La Boca en el
interior de su sobretodo. Distinto hizo el fileteador que le mandó fioritura a
la cáscara. Exhibía los navíos, uno para su mujer, en el living de su
departamento en San Telmo. Es distinto irse en colores que en brillo de madera
casi espejo. En mi caso elegí la palabra: tengo la receta de una rápida memoria
escrita en un papelito para que bien encaje en la pilcha de todos los días. Y
eso sí, encajonados los recuerdos, me voy para el fuego. Para hacerme humo y
ceniza. La escritura es mi manera de sumar historias en la historia de la
ciudad. Finirla como hoja y tinta, si es posible en letra de molde. Con la
mirada detenida en el corazón de la llama. Escribiendo colores.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Las tierras blancas de Juan José Manauta (Libro recordado, Tiempo Argentino 15/12/2013)
Allá lejos y hace tiempo leí la novela de
Manauta. Y esa lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: ahí
su aroma durante 30 años. Hoy, el muchacho que fui, mira desde lejos, como si
mirara desde Gualeguaychú, y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra
orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a
su tiempo, fundamos nuestras almas simples. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy
entre las páginas de esta novela. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan
iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la
memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero digo que existe una
cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que
significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Hay hambre en Las
tierras blancas: imágenes, palabras que duran toda una vida. Por Manauta supo
el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas
vivencias.
domingo, 10 de noviembre de 2013
Nudos de hierro de Gabriel Montergous, mi amigo y maestro (Libro recordado, Tiempo Argentino 10/11/2013)
Los libros se quedan a vivir nuestras vidas
por diversas razones. Por los personajes, no olvido a Francisco, a Bárbara, a Ennio
Costello; y conmigo se quedó la casa de provincia que no paraba de achicarse
por obra de los despreciables Caranchi. No me abandona la opresión vivida al ser
testigo de cómo los patios y los lugares desaparecían: esa casa respiraba en la
condena, porque su autor la había amanecido como ser vivo. Guardo en la
biblioteca mi ejemplar firmado por Montergous. Lo coloqué algunas veces sobre
la mesa del Tuñín de Rivadavia y Medrano, donde con Gabriel nos dedicábamos a
la charla sobre la escritura. Fuimos amigos. Fue mi maestro, no de comas, sino
de ética y oficio. Seguimos en contacto a pesar de su muerte. En los primeros
días siguió sentado a la mesa del café, después viajó a las sierras, pero no
dejó de ser compañía, y de leer mis escritos. Dentro de cada libro, hay un
hombre: el autor, dijo Saramago. Es cierto: hay un hombre y su magia en la
historia de este libro.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Una historia para Julia (LI)
La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme
el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después
acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos
perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta,
te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de
tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se
te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te
levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus
amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta,
emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este
juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos
nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al
fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos
resuena el grito previo a la risa… a las
dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se
transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres
que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas
gracias, por tanta maravillosa felicidad.
Una historia para Julia (L)
En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una
pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de
Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que
contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la
que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le
toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas
que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la
expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que
te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a
la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás
haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una
sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay
que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés
que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las
tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.
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