Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 17 de febrero de 2008

ARTHUR CONAN DOYLE Y SHERLOCK HOLMES

(Fragmentos del prólogo de la edición de Editorial Díada)


“[...] Decidí quemar definitivamente las naves y confiar sin reservas en mis poderes de escritor.”

“Si he sido capaz de sostener este personaje durante un buen período de tiempo, y si el público encuentra el último relato tan bueno como el primero, como parece ser así, ello se debe enteramente a que yo nunca, o casi nunca, he escrito precipitadamente.”


[...] Es la época del nacimiento de su criatura más famosa: “[...] El magistral detective de Poe, M. Dupin, había sido desde mi niñez uno de mis héroes. Pero ¿podía yo aportar algo nuevo de mi propia cosecha? Pensé en mi viejo profesor Joe Bell, en su cara de águila, en su singular comportamiento, en su enigmático método para descubrir pormenores. Si lo convertía en un detective, seguro que reduciría el fascinante pero desorganizado asunto de la investigación a algo muy parecido a ciencia exacta. Pues bien, yo intentaría que aquello se produjera. Si era posible en la vida real, ¿por qué no podía yo hacerlo igual de verosímil en la ficción? [...] Primero fue Sherringford Holmes; luego, Sherlock Holmes. No podía contar sus propias hazañas, por lo que debía haber un hombre corriente que le sirviera de acompañante, un hombre de acción suficientemente instruido y capaz a la vez de participar en sus hazañas y de narrarlas después. Para semejante personaje, nada amigo de la ostentación, necesitaba un nombre gris y tranquilo. Watson venía al pelo. Así, ya tenía mis dos protagonistas. No me quedaba sino escribir mi Estudio en escarlata”.

[...] Una lucha interna comenzaba a darse en Doyle; su personaje, Sherlock Holmes, le deparaba placer y una fama creciente, pero la dualidad manifiesta frente a su personaje lo llevó a escribir: “[...] Todas las cosas acaban encajando en su sitio, pero creo que si yo no me hubiera interesado nunca por Holmes, que ha tendido a oscurecer mi obra más enjundiosa, ocuparía actualmente en la literatura un puesto mucho más alto”.

[...] No tardaría mucho en asumir el rol definitivo del escritor: “[...] Repasando toda mi vida anterior, vi lo necio que había sido al emplear mis ganancias literarias en mantener un gabinete oftalmológico en Wimpole Street, y, con una salvaje sensación de alegría, decidí quemar definitivamente las naves y confiar sin reservas en mis poderes de escritor. [...] Por fin sería mi propio dueño. Ya no tendría que ponerme ninguna bata ni tendría necesidad de agradar a nadie. Sería libre para vivir como y donde me gustara. Fue uno de los grandes momentos de exaltación de mi vida. Corría el mes de agosto de 1891”.

[...] La presión y el interés del público por saber todos los detalles posibles en torno al escritor y el personaje, fue una constante en la vida de Doyle. Holmes era el tema obligado, su creador cuenta: “[...] Con frecuencia me han preguntado si poseo las facultades de Holmes, o si soy simplemente el Watson que parezco. Por supuesto, soy consciente de que una cosa es lidiar con un problema real y otra completamente distinta resolverlo según las reglas de juego establecidas por nosotros mismos. Sobre esto no me hago ilusiones. Pero, al mismo tiempo, no se puede fabricar un personaje a partir de la propia consciencia y hacerlo realmente verosímil si no se tienen algunos elementos de ese personaje, confesión peligrosa para quien, como yo, ha dibujado a tantos granujas”.

[...] Finalizó la guerra; Conan Doyle ofrendó al imperio a su hijo mayor, Kingsley; perdió a su hermano menor, Innes, y a tantos más que aparecen en su relato del conflicto. El espiritismo había pasado a formar parte importante de su vida; el convencimiento y la práctica activa de los mecanismos que, según Doyle, abren las puertas de comunicación, lo llevó a escribir estas líneas sobre la vida en el más allá de aquellos que murieron en la Primera Guerra Mundial. Sobre ellos afirma: “[...] Gracias a Dios, desde entonces he descubierto que las puertas no están cerradas, sino sólo entornadas, para quien muestra la debida seriedad en su búsqueda. De todos los que acabo de mencionar, no hay uno solo de cuya existencia póstuma no haya podido obtener una prueba clara”. Casi cuarenta años dedicó Arthur Conan Doyle al contacto psíquico con el más allá. El escritor afirma, asegura, anota, una larga lista de fenómenos físicos y auditivos que presenció durante sus investigaciones. Aquí una pequeña muestra: “[...] Yo he estrechado manos materializadas. He mantenido largas conversaciones con la voz de los espíritus. He olido el peculiar olor a ozono del ectoplasma. He escuchado profecías que se han cumplido enseguida. He visto a “muertos” reflejarse en una placa fotográfica, que no había tocado ninguna mano más que la mía”. Destaca en sus afirmaciones sobre la vida después de la muerte, todo lo referido a su hijo. Sobre la muerte de su hijo, el médico, el científico, y luego, tras un largo recorrido, el espiritista convencido, anota entre sus memorias: “[...] ¿No estoy mucho más cerca de mi hijo que si estuviera vivo y ejerciendo en el Servicio Médico del Ejército, que probablemente lo habría destinado a los confines de la tierra? Casi nunca pasa un mes, y a veces ni una semana, sin que me comunique con él. ¿No es evidente que tales hechos cambian todo el aspecto de la vida y tornan la neblina gris de la disolución en un amanecer rosado?”

[...] En relación a su cuerpo el detective se regía de un curioso sistema de valores: “Sherlock Holmes era un hombre que rara vez hacía ejercicio físico por el puro placer de hacerlo. Pocos hombres eran capaces de un esfuerzo muscular mayor, y resultaba, sin duda alguna, uno de los más hábiles boxeadores de su peso que yo he conocido; pero el ejercicio corporal sin una finalidad concreta considerábalo como un derroche de energía, y era raro que él se ajetrease si no existía alguna finalidad de su profesión a la que acudir. Cuando esto ocurría, era hombre incansable e infatigable. Resultaba digno de notar que Sherlock Holmes se conservase muscularmente a punto en tales condiciones, pero su régimen de comidas era de ordinario de lo más sobrio, y sus costumbres llegaban en su sencillez hasta el borde de la austeridad. Salvo que, de cuando en cuando, recurría a la cocaína, Holmes no tenía vicios, y si echaba mano de esa droga era como protesta contra la monotonía de la vida, cuando escaseaban los asuntos y cuando los periódicos no ofrecían interés”.

[...] Es sumamente notable la concepción que Sherlock Holmes tiene de la belleza y tranquilidad de la campiña inglesa. Viajaban en un tren rumbo hacia el lugar de un crimen, cuando Watson hizo referencia al paisaje hermoso que se veía por las ventanillas: “Ya sabe usted, Watson –dijo–, que una de las maldiciones de una mente como la mía es que tengo que mirarlo todo desde el punto de vista de mi especialidad. Usted mira esas casas dispersas y se siente impresionado por su belleza. Yo las miro, y el único pensamiento que me viene a la cabeza es lo aisladas que están, y la impunidad con que puede cometerse un crimen en ellas. [...] Siempre me han producido un cierto horror. Tengo la convicción, Watson, basada en mi experiencia, de que las callejuelas más sórdidas y miserables de Londres no cuentan con un historial delictivo tan terrible como el de la sonriente y hermosa campiña inglesa. [...] Si esta dama, que ha solicitado nuestra ayuda, se hubiera ido a vivir a Winchester, no temería por ella. Son las cinco millas de campo las que crean el peligro”.

Escribir desde el murmullo

Lo descubrí en el ir y venir del rodillo sobre las paredes del salón, durante el tiempo en que jugué a ser un pintor. Un rodillo es un artefacto de mango plástico que sostiene un dispositivo de metal que a su vez recibe el cilindro que, vestido como osito de peluche, se empapa con pintura, y en este caso pintura látex con un agregado mínimo de agua para facilitar la acción cubritiva sobre el tipo de superficie que ponía el pecho al beige clarito.
El recorrido del rodillo cargado con pintura me llevó una y otra vez a una misma imagen y sonido: una calle cualquiera de Buenos Aires cuando la lluvia fina es manto sobre el paisaje, mientras ella misma calla, cuando ella es muda o silenciosa en el contacto con dicho paisaje. Tan distinta la lluvia fina, o su ínfima expresión: la garúa, de la lluvia violenta con sus sonoridades efectistas.
Cuando la lluvia fina es sobre la ciudad nace en las calles un murmullo mínimo, suave. Las ruedas de los autos en su plenitud de giro mágico, misterioso, sobre el asfalto húmedo, son el origen de dicho murmullo.
El rodillo rueda y recorre la pared que, seca en la primera pasada, va tomando humedad y entonces el rodillo o la rueda húmeda pasa, se desliza, sobre la calle vertical de la pared. Es el látex con su toque de agua el que llega hasta el brazo que lleva y trae el rodillo. Llega como si fuera lluvia fina, no violenta, como si llegara la garúa y su murmullo sobre mi cuerpo, la ciudad primera.
Nada más placentero que escribir en un café, cerca de una ventana abierta a una Buenos Aires de lluvia fina, calles y autos.
En los cafés escribo tan solo y a la vez tan acompañado que a veces me da miedo la fuerza del extravío que me aleja y me acerca: ¿volveré al café?, ¿saldré de la página?, ¿final para esta tinta roja?
El murmullo de la gente arrulla mi escritura en su momento interior, antes de salir a jugar, pero el arrullo o el extravío nacido del aroma de ese sonido se multiplica cuando el murmullo es el otro, el murmullo mínimo, suave, de la lluvia, la calle y los autos, que pasa a través de mí, de la ventana, de mi ventana.
Cuando el rodillo iba y venía reparé en que para que un paño de la pared quedara cubierto, pintado, hacía falta que yo pasara el artefacto, mi brazo, mi mano de escribir varias veces por el lugar. Con la repetición, con la vuelta al territorio delineado momentos antes, se lograba, se iba logrando, la textura, la carnadura requerida para hacer de la pared pintada, una pared o un personaje pintado, creíble. Mientras tanto la lluvia fina sobre mi brazo, como si estuviera en un café, en mi Buenos Aires y todo, absolutamente todo, quisiera pasar por mi ventana para hacerme feliz durante la labor, en capítulos, sobre las distintas maneras de escribir.

Enero 2008

miércoles, 15 de agosto de 2007

Morir por Perón (Hombre que lee)


Publicado por Editorial Díada (novedad de septiembre en librerías)
La novela llevó cinco años de lectura y escritura. En ella intenté reflejar mi condición de lector de la historia política reciente de la Argentina. La historia comienza cerca de los años 40 en Boedo y termina luego del Mundial del 78. Si bien tenía una idea básica sobre lo ocurrido en el país en esos años, no contaba con una seguidilla certera de hechos y mucho menos una cronología ajustada de los mismos. A medida que avanzaba con la parte de ficción, que se reparte en la vida de dos personajes, Felipe y El Griego, a lo largo de esos treinta y ocho años de historia, y en la vida de Inés Pagani, Mariano Larra y Roberto Teufelo en una Buenos Aires del 2000, comencé la lectura de muchos libros que trataban, desde distintas ópticas, el lapso histórico de mi interés. Fue a través de esas lecturas que comencé a trabajar en una especie de largo resumen, pleno de citas de documentos, partes de discursos, publicaciones, libros, que fueron dando forma a esa cronología que me faltaba. El resultado fue que terminé apasionado por saber algo más y por poder, ahora sí, tener una pista más clara sobre lo sucedido. Tomé la decisión de no intentar ficcionar esos hechos, sino contarlos como lo haría una persona que leyó y que en consecuencia guarda datos en su memoria. Así encontré la forma, el lugar, para lo histórico en el libro, sólo trabajé la ficción de pequeñas situaciones que tenían que ver con el posible cotidiano de Felipe y El Griego. Seleccioné hechos, era imposible registrar todo, y esto agregado a mi obvia subjetividad; además sería pretensioso pensar que hoy se puede llegar a una totalidad cuando la historia ha sido vivida, pero no ha sido contada, escrita. La verdad, sí, quizás en alguno de los días por venir. Puse el acento en la relación entre Perón y la cúpula de la organización Montoneros, aunque hay además un recorrido por la insurgencia peronista, y un repaso de lo que significó el triunfo de la Revolución Cubana, entre otros muchos temas que hacían a esos años.
Por el lado de la Buenos Aires del 2000, todos los personajes giran alrededor de una librería de viejo, digo que Morir por Perón es una novela sobre libros y sobre la suerte de las bibliotecas que han perdido a su guía espiritual.
Digo también que es una novela que sólo retrata a un demonio, porque decididamente no acepto la teoría de los dos demonios con la que el sistema pretendió lavarse la cara.
No pretendo haber descubierto ninguna verdad, soy un hombre que lee y cuenta algo de lo que lee, algo de lo que imagina; soy una persona más que sabe de la felicidad mientras cuenta historias.
Contratapa
¿Existe una gran Historia que narra los sucesos “exteriores” al individuo y otra pequeña e independiente constituida por los pequeños relatos de lo cotidiano? Morir por Perón, de Edgardo Lois, es una demostración literaria de que esta división que suele aceptarse sin discusiones no existe, porque el destino no es un atajo individual y caprichoso de la vida de cada persona, sino una encarnación particular de la Historia. Por eso, la novela de Lois evita con lucidez darles a los sucesos históricos un tratamiento novelístico y elige, en cambio, respetar el carácter de enumeración explicativa que les corresponde. ¿Por qué quitarles las características propias del relato del pasado cuando éste es la condición de posibilidad de cualquier otro relato, ya sea real o inventado? Los sucesos de la Argentina de que dan cuenta Felipe y El Griego no son independientes de la relación de violencia y sometimiento que se entabla entre Inés Pagani y Roberto Teufelo. La soledad insular de Mariano Larra que lo lleva a atisbar el “afuera” desde la ventana del baño, su doloroso exilio dentro de su propio país no son una conjura del azar, sino una de las múltiples formas de cristalización de la realidad social de la Argentina que produjo una multitud de exiliados que nunca cruzaron la frontera.
Una novela que acierta al restituirle al relato histórico sus características específicas y al mostrar con maestría literaria lo que la Historia puede hacer con el individuo.

Mónica López Ocón

***
Felipe nació unos diecisiete años antes de que la primera bomba cayera sobre la plaza.
Fue pibe cuando el ejército alemán de Hitler devoraba hombres y tierras por toda Europa. Es posible que se haya intrigado cuando, todavía muy chico y con todo el mundo muy metido en la guerra, vio pasar por una Independencia, con plazoleta en el medio, el colectivo que ya no llevaba ruedas de goma sino que corría sobre los rieles del tranvía. No sé si Felipe sabía de gomas, de guerra, de la falta de caucho para abastecer a las tropas aliadas. No creo, pero Felipe podría haberse sorprendido por el sonido o porque tantas personas no podían dejar de mirar hacia la novedad que atronaba las calles de Boedo.
El trueno del colectivo hecho tranvía por esas cuestiones misteriosas del destino y la guerra, casi con seguridad espantó a hipotéticos competidores de billarda. Se podría anotar, sin riesgo de atentar contra la memoria de la vida de Felipe y del barrio, que existió el día en que Felipe apenas escapó del golpe del bochín, hecho con el extremo de un palo de escoba, de la billarda, y que el peligro cercano detonó la queja airada de las vecinas del lugar. Peligros también ofrecían los campeonatos de balero, un bochazo bien puesto podía lograr hasta una doble operación de tabique nasal; pero más adelante el riesgo poco importó a Felipe y se destacó entre los arriesgados cultores del balero. Nunca fue afortunado con las bolitas, y lo fue mucho menos luego de que apareciera, para asombro del barrio, un pibe tucumano, bien morocho y de pelo bien negro y duro. Hasta ahí nada sabía Felipe de ciertas cuestiones políticas que contribuían a que él siempre perdiera sus bolitas y se las llevara el tucumano.
[...] Con el correr de los años sabrá de los grandes desfiles militares, de esos días en que la patria cumplía años. Porque Felipe, cuando todavía era pibe, no se preguntaba qué era la patria, pero sí se lo preguntará, y varias veces, en su futuro de habitante de esta patria argentina. Siempre escuchaba hablar de Domingo, el panadero. Fue su papá quien una vez le contó que Domingo, antes de ser panadero, trabajaba armando los grandes palcos para cuando la patria cumplía años y los soldados marchaban engalanados por la Avenida Alvear.
Felipe también supo de pibe que a veces se producen revoluciones, y que cuando había revolución, mejor quedarse en casa. Escuchó nombres. Primero Castillo, luego, general Rawson, general Ramírez, general Farrell. Fue entonces que, entre tanto escuchar la palabra general pronunciada con mayúscula, entró a tallar un nombre, Perón, pero éste como coronel, o mejor, fueron dos nombres los tallados en pocos años: Perón y Evita. Así Felipe se encontró viviendo en la Argentina del peronismo, del justicialismo de la justicia social en donde los privilegiados eran los niños, y en donde el que nada tenía, consiguió contención y reparo.
Recordará haber escuchado que en la calle, allá por el 43, la gente tenía miedo. El miedo, la idea del miedo quedará rondando por entre su memoria de pibe. Miedo allá por el 43, pero ahora Felipe disfrutaba de su condición de privilegiado. Siempre recordará la cara que tenía su mamá cuando paró el auto frente a la casa. Había escrito una carta a la Fundación Eva Perón, en ella pedía una pelota de cuero con tiento. El señor que bajó del auto preguntó por el pibe, entregó la pelota y una carta puntillosamente firmada por Perón. Felipe no tenía forma de saber que a Mónica, una nena de otro barrio, los juguetes se los hacía el padre, juguetes de madera, porque no se podía comprar de los otros. Fue el papá de Mónica el que dijo que el trabajador debe poder comprar todo aquello que necesita, si lo compra con el dinero que gana no tiene necesidad de que nadie se lo regale. El papá de Mónica no tenía trabajo, él no tenía la libreta peronista.
Felipe no tenía forma de saber que al mismo tiempo que él recibía su pelota de cuero con tiento, otro auto se llevaba al pintor que vivía en uno de los conventillos de la cuadra. Habían venido a buscar al pintor gracias a la palabra comprometida de un vecino del mismísimo pintor, luego, un vecino de los padres de Felipe y en definitiva, un vecino de Felipe, quien desde ese día jugará, hasta que se rompa, con la pelota obsequiada por quien cuida de los privilegiados. Felipe, entonces no sabrá que fueron a buscar al pintor porque rompió, en la calle, sobre Independencia, la foto de Perón y Evita; no sabrá que un vecino lo denunció.
///
Los exámenes se tomaban en un edificio, en uno de los departamentos del primer piso con vista a la calle, ubicado sobre la calle Paraná. Felipe estaba conforme con el curso. Siempre tuvo la sensación de que era algo serio. Alex Raymond era el dibujante de Rip Kirby y de Flash Gordon, era mucho mérito, y él, Felipe, era uno de los que habían tomado el curso de historieta por correspondencia de Alex Raymond. Quizá haya sido el curso de historieta el causante de que Felipe prestara tanta atención a las pintadas callejeras que se sucedían en Buenos Aires. Una curiosidad con su centro de interés en la factura y la ocurrencia. Fue El Griego quien primero le informó del origen de la sigla, que proponía una clara expresión de deseo, ¡Perón vuelve! La letra P contenida por los brazos abiertos de la V corta era deudora de la fórmula ¡Cristo vence!, representada por una cruz entre los brazos abiertos de la V corta. En la mirada atenta de Felipe, en su mirada de historieta que recién comenzaba, apareció la certeza de que los trazos de las pintadas de la historia no se detendrían en la amistosa apropiación peronista del símbolo cristiano. La certeza apareció cuando una mañana encontró en una pared del barrio la P de Perón, pero dentro de una V corta metamorfoseada; a la letra en cuestión le habían crecido patas que caían desde sus manos en alto hasta el renglón imaginario de la pared, así la V de vuelve ya no era tal, sino M recién llegada que informaba un estático muera, sí, ya no vuelva, ahora muera. Cuestiones de la vida y sus invitaciones, se podría fantasear que dijo un Felipe un tanto chistoso.
La metamorfosis no quedó ahí; la pintada sufriría una modificación más. Los partidarios de Perón procedían a tachar la P deshonrada, y a agregar una R de Rojas a la derecha de la otrora V corta devenida en intimidante M. Felipe esperaba una nueva vuelta de tuerca sobre las paredes, pero nada sucedió. Tiempo después se recriminaría haber estado tan despreocupado como para sólo estar pendiente de los trazos de las pintadas, y no haberse detenido en sus significados.
[...] Felipe, ante todo, pertenecía al barrio, primero era de Boedo y de su grupo de amigos del barrio, y luego, como segunda pertenencia, estaba el colegio, en eterno segundo puesto. Era casi un imposible que alguien de la barra del colegio entrara o tan solo visitara a la sociedad constituida a base de exclusividad boedense; y en cambio, sí era posible que alguien del barrio, alguien destacado o en vías de destacarse entre los pensamientos del presentador, de aquel que lleva al amigo a otro lugar porque el pibe es de oro, de primera, de confianza, obtuviera un pase abierto para extranjeros bienintencionados. Para ser de la barra, para gozar de la pertenencia, había que entender que aquello que le pasara a uno de sus integrantes le pasaba a todos. Luego, El Griego era de la barra de Boedo por derecho adquirido a través de vivienda y callejeadas con hermanos, y era él el único que cruzaba el puente que llevaba hasta el segundo grupo de Felipe.
Yo vi los aviones desde el tanque de agua de mi casa y quería que lo mataran, porque mi papá quería que lo mataran y mi mamá también, pero después, al otro día, había mucha gente muerta, pobre gente, y entonces no me aguanté y lloré atrás de la parecita del tanque de agua, para que no vieran los viejos, así le dijo a Felipe en el momento justo. Después, con los años, se dará cuenta de que fue su alegría ignorante de purrete ante tanta muerte, la causante de que él, El Griego, se parara, casi al instante, en la otra vereda, la opuesta a la de mamá y papá. El Griego, adhirió al peronismo por curiosidad, por ser testigo de tanto grito entre la gente de la calle, de tanta resistencia, pero ante todo, por haberse sentido tan mal después de haber festejado el zumbido de los Glosters cuando estaba subido al tanque del agua de su casa.
Felipe y El Griego no serán los únicos pibes del barrio que comenzarían a preguntarse por qué pasaba lo que pasaba. La proscripción del peronismo, la prohibición de nombrar a Perón, o la mismísima lluvia de bombas y metralla sobre la Plaza de Mayo, bien valía unas preguntas; a muchos no les cerraba que los supuestamente buenos pudieran ser tan malos.

viernes, 27 de julio de 2007

Cuadernos del Fogón III



Publicado por Editorial Zendrera Zariquiey
(Francia/España) (2007)
El buen fuego (finalista)

El hombre que entró solo a la parrilla se sienta a una de las mesas.
La mesa está contra la ventana que da sobre la avenida. La mesa, luego, la parrilla a la que entró el hombre, está ubicada en la ciudad Buenos Aires; es cierto que bien podría tratarse de cualquier otra ciudad, pero Buenos Aires es la única que conozco.
Se acercó el mozo, y el hombre pidió la carta. El mozo trajo una hoja de papel, una fotocopia de mala calidad, y se alejó, luego de dejar dos surcos húmedos sobre la formica de la superficie de la mesa. El trapo dibujó dos surcos y ninguno tenía o tuvo que ver con el arte hasta que se evaporaron como por arte de magia.
El hombre leyó la hoja de papel.
Afuera, la vereda, la calle, quemaban de personas y autos. Siempre igual en estos nudos terminales que a veces tienen que ver con el ir y venir de micros, o con el ir y venir de trenes, o con el ir y venir de ambos medios de transporte. De la misma manera como cualquiera podría ser la ciudad, cualquiera podría ser el nudo terminal de micros y trenes donde el hombre ha entrado a una parrilla, los alrededores de Plaza Miserere, Plaza Constitución, o el hormiguero monstruoso ubicado en Retiro. No importa entonces dónde ocurre lo que ocurre. Sucede, va a suceder en un momento de esta noche, y con esa información alcanza.
El hombre tiene hambre, pero no se concentra en la comida ofrecida en el margen izquierdo de la hoja, se interesa por la columna de la derecha. Comer luego de analizar los precios, es una acción casi infaltable en parrillas y en pizzerías cercanas a estas estaciones terminales. Hombres y mujeres pobres son los que ocupan sus mesas. El hombre, es cierto, no tiene mucho dinero, pero algo tiene. Las monedas suficientes para no verse obligado a revolver la basura, para tener que esperar a la salida de esta misma parrilla para comer de las sobras. Al menos esta noche, el hombre no va a buscar en la comida que se sirve dentro de la basura. Hoy no, mañana no lo sabe, en Buenos Aires nunca se sabe hasta cuándo se puede ocupar una mesa o una baldosa de la vereda.
El hombre no va a buscar en la basura, pero sí va a buscar en su tristeza; búsqueda necesaria en su vida para así poder llegar a la tristeza primordial, a su soledad contra el vidrio de la ventana de la parrilla, hoy, como en cada noche.
Un hombre, casi siempre, guarda recuerdos. Pocos logran desconectar la memoria, y el hombre sentado a una mesa de la parrilla, no puede, nunca pudo. Hoy recuerda el día en que dijo a su mujer que se iba, que no sabía qué le pasaba, pero que algo le decía andate, andate de acá, pibe, esto no es para vos.
De su relación con su mujer recuerda cenas, un asadito a las brasas, ensalada mixta, un buen vino tinto, o sea el vino que el bolsillo permitía, y que nunca había sido el mejor ni el peor. Parrillas con mozos de vestimenta impecable, mesas con manteles y servilletas de tela, la charla, y el sexo al volver al departamento. Ella recostada sobre la mesa; ella, los dos, sobre una silla del comedor; ella acostada sobre la mesa mientras él la bebía; ella arrodillada cuando era ella la que bebía, como aquella primera vez en el auto, ella arrodillada en el piso del auto, así la primera vez. Después el whisky, luego las sábanas y el final de la noche.
El hombre pidió un choripán, un chorizo simple encerrado entre dos pedazos de pan. Un choripán puede ser rico si es elegido; comer solo puede ser edificante, placentero, cuando la soledad es elegida.
El choripán era lo más barato, y un sifón de soda era el segundo elemento barato de la noche. Todavía más barata era la cama conseguida para dormir, y la ducha diaria, que un amigo ofrendaba sin costo alguno en cada uno de los días.
El mozo ya sabía, ni una moneda de propina, sólo un “gracias” que se despedazaría en letras sueltas, entre los rincones, el aire y el aroma de la parrilla. No, no es lo mismo, elegir, que estar obligado.
Otras parrillas, en el pasado, cuando era una persona distinta. Recuerdos de ella, la mujer amada hasta que ya no pudo seguir en sintonía con el amor. La vida se da cuando la sintonía se establece y se mantiene, cuando los buenos momentos, cuando la fugacidad de los buenos momentos. Cuando era otro, y al parecer tenía una vida, el hombre leía, o jugaba a que leía de un viejo libro de cocina, jugaba quizá buscando la receta ideal. Recetas buscadas y encontradas bajo la luz de su velador antes de dormir. Ella dormía y él buscaba platos en el Practicón Tratado completo de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras, escrito en 1893 y aparecido misteriosamente entre sus días comensales. Recuerdos de cenas, de comidas, recuerdos de otra vida, de lo que parecía era, había sido, otra vida.
El padre del hombre que está en la parrilla cercana a una estación terminal, recordaba de manera parecida, a través de la comida. Si le preguntaban dónde estaba cuando murió Perón, él ubicaba el día, el lugar, las acciones, fijando la memoria en qué había comido ese día; lo mismo ocurría cuando alguien preguntaba por la muerte de Evita. La comida y la muerte también pueden construir una memoria.
A través de la ventana descubrió una cantidad de personas, de rostros, aparecían movidos por la acción del movimiento. Caminantes de la noche, muchos buscando la oportunidad de la única comida del día. El hombre se sentía solo en medio de la parrilla, pero no era el único, había otros hombres solos en soledad sentados a otras mesas; nada más había una mujer. Soledades solas, incomunicadas, dentro de la parrilla concurrida de soledades y de historias que sólo pueden ser contadas, modificadas, en la memoria; desde la memoria y el tiempo de tanta mentira selectiva y silenciosa.
Buenos Aires es la única ciudad que conozco, es verdad, y es verdad lo que el hombre, alguna vez, leyó del Practicón: El rey de los combustibles para asar es la leña. Pero la leña floja que produzca llama viva y que se transforme rápidamente en brasa ardiente. El humo o mejor dicho, el humeo que sale de las llamaradas de la leña, comunica un gusto dulcísimo a las carnes asadas. El aire libre que circula en torno de la carne la seca un poco exteriormente y hace que los jugos se concentren en el interior, produciendo por fuera una corteza o costra dorada.
La instrucción quedó fija en su memoria, como la imagen de ella arrodillada en el piso del auto, acostada boca abajo sobre la cama, o como los besos cortos que él le daba en las orejas para que ella suspirara.
Llegó el choripán, escaso, el plato se deslizó unos centímetros sobre la formica; al sifón, como siempre, le faltaba presión, gas, ganas.
Del Practicón volvió a leer, alguna vez, y entonces la memoria que se empecina en traer hilachas, recortes, caricias, búsquedas, Hay en París una industria, la rotisserie (asaduría), que se explota en locales de puerta abierta a la calle, en que una monumental chimenea cargada de leña, sirve para asar toda clase de carnes y de aves de todos tamaños a la vista del transeúnte y del comprador, que adquiere la mercancía por piezas enteras o fracciones, presentando todo de un modo muy apetitoso y con una pulcritud lujosa.
Los asados de las rotisseries parisienses son excelentes y pueden llamarse asados de verdad.
También en Madrid la célebre casa de Botín, en la plazuela de Herradores, tiene fama secular, y sus corderos asados en su pebre, las aves y los cochinillos salen de los asadores de Botín perfectamente hechos
.
Bien de argentino el metejón de la carne asada, así piensa el hombre mientras asesinaba su choripán, mientras se le daba por recorrer las caras de los demás solos de la parrilla cercana a la estación terminal de tantas vidas. Recorría las caras, de perfil, de frente, gracias a los espejos que había en las paredes. Afuera, Buenos Aires, su noche, sus sobrevivientes, los que pueden tener una noche en la parrilla, los que nada más tienen la noche en la calle, y los todavía afortunados que, en los patios del fondo que alquila el señor, todavía tienen un lugar para volver, regresar, y cerrar los ojos.
De ella no supo nada más, sí sabía que muchas veces se hacía sus recorridos por el recuerdo. El libro dice haberlo perdido en una mudanza, y entonces, de él, también, solo el recuerdo, y se sabe, en soledad. El trabajo diario, el sueldo, ya no está, y tampoco hay rastro de los días. El tiempo pasa en los alrededores de la estación terminal, en sus calles, donde el destino sirve sus peores platos.
En esta noche, en este pedazo de noche, el hombre piensa, elegir es tan distinto a estar condenado; se le ocurre pensar en las instrucciones para un buen fuego, para que siendo carne hacerse, consumirse, al buen fuego, sea en Francia, España, o la Argentina. Piensa en la receta, en la posibilidad de encontrar otra receta, una que termine con la soledad.
Un segundo dura la alegría de la esperanza, al segundo siguiente sus dientes se hunden en el choripán, como condena, como imposibilidad de volver a arañar otra vida, nada especial, es cierto, pero una vida con menos fantasmas. Una vida sin ventanas a la noche de Buenos Aires, a mesas para una sola persona, a miradas indiscretas estrelladas contra los espejos.
La imagen suprema de la soledad la entrega un hombre comiendo solo, de noche, cerca de una estación terminal de micros, de trenes, o de vidas.
El choripán llegó a su fin, el sifón entregó el último suspiro, el hombre pagó; dijo al mozo, sabiendo que jamás serían amigos, Gracias, hasta mañana.
La imagen suprema de la soledad, así la llamo, en Buenos Aires, la única ciudad que conozco.

viernes, 13 de julio de 2007

Miradas escritas al acrílico


Publicado por Literaria ediciones (2006)

Contratapa

Suele confundirse profundo con complicado cuando en realidad es exactamente lo contrario;
lo simple y lo profundo se intersecan en el punto exacto del arte.
La ciudad y sus personajes tiernos y monstruosos desposeídos y patéticos, el barrio, el tango, la memoria, la realidad al alcance de todos constituyen los temas recurrentes de Edgardo Lois.
En realidad las temáticas de la literatura en general son siempre las mismas y hasta quizá digan lo mismo.
El problema consiste en cómo se dice.
En Bitácora de la lluvia, Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado), y La Caramba en 24 hojas Anotaciones en la Villa de Merlo, Edgardo Lois nos guió por su mitología personal, la que cada poeta interpreta según el alcance y posición de la mirada.
Miradas escritas al acrílico son treinta y seis “pinturas” de la ciudad de todos los días, y también, de la otra ciudad, la interna, la que portamos en nuestro interior y a la que Lois le pone el tono adecuado que va de lo oscuro a lo brillante.
Su título no es caprichoso y tiene la intención de una promesa que se cumple. El mismo autor lo anticipa en su prólogo: De la misma forma en que mi viejo se ausenta por momentos del óleo, en recreos de escritura de mis historias largas, nacieron mis Miradas escritas al acrílico.
Otto Carlos Miller

(texto previo)

Entre la pintura y los límites de la escritura

Mi viejo, hasta no hace mucho, casi siempre pintó al óleo.
Pienso que por una cuestión de ánimo, de ganas, de tiempos, se tomó una serie de pequeñas vacaciones y se fue, se va, porque el sistema sigue en práctica, al acrílico. Se va por momentos, una mediahorita, una hora, dos horas. El tiempo de ausencia en torno al óleo no cuenta mucho, es sólo anecdótico, ya que al regreso, sabe que el óleo simplemente está ahí. Creo que es una de nuestras ventajas familiares, hasta ahora a mi viejo no lo espera galería alguna y a mí, ninguna editorial. Entonces mi viejo se iba, se va, al acrílico porque no tenía o no tiene ganas de dialogar con los tiempos del óleo, principalmente con el tiempo de secado del óleo. El acrílico seca rápido. Así mi viejo, en cada escapada, fija un paisaje, una idea, planta colores. Después siempre hay tiempo para el limado fino, la corrección, el parche, pero siempre trabajando sobre la base trazada en el vuelo primero, un toco y me voy, un tiro certero con el balero para quien sabe de baleros.
De la misma forma en que mi viejo se ausenta por momentos del óleo, en recreos de escritura de mis historias largas, nacieron estas Miradas escritas al acrílico. Me senté a escribir con lo que tenía en la mano, frente a la computadora o en una mesa de café, tratando de escribir una sospecha, un impulso, en poco tiempo y con el poco espacio que ofrecía la cancha propuesta para el juego. Yo ponía la escritura, ellos, Mario Bellocchio y Rubén Derlis, los límites nacidos en la cantidad de palabras. Así el origen y la razón para que muchos de los trabajos presentes en este libro tuvieran un lugar, primero en Vida y arte en Boedo y después en Desde Boedo, el nombre definitivo del periódico del barrio. A Mario y a Rubén debo el ofrecimiento del espacio, el aliento inicial y la compañía crítica y amiga de estos escritos acrílicos.
Así se juntaron en Buenos Aires la pintura de mi viejo y los límites, una simple cuestión de espacio periodístico, de mi escritura. Así nacieron estos escritos formulados en un rato, de un solo café o de un solo blues festejante de las ganas y los temas. Nacidos entre novelas o entre la escritura de una novela, durante casi cuatro años. Recreos acrílicos porque secaban rápido, recreos en los que entraba y salía, recreos de donde nunca salí sin manchas, pero con el regreso posible a la mano.
Mi hijo siempre escribió al óleo, podría empezar a explicar mi viejo, Pero eso sí, yo le chamuyé de mi escuela acrílica... y bueno, cada tanto se va de recreo, y escribe como en patio de escuela, como dando vueltas alrededor del mástil donde flamean las historias largas... tan mojadas por el recuerdo, podría cerrar mi viejo.
El autor

(acrílico)

Hipérbaton en la panadería

El pibe tenía trece, quizá catorce años, y tenía, además del puñado de años, un problema, era tartamudo.
Había nacido en 1936, era hincha de San Lorenzo, y como afirmaría cuando ya había dejado de ser aquel pibe tartamudo, San Lorenzo... cuadro grande como los cuadros de Van Gogh y así de inmortal.
Ser tartamudo significaba sacar siempre la sortija a la hora de la crueldad que en calesita practicaba la mayoría de los pibes del barrio. Inevitable, se habrá dicho infinidad de veces en su vida el hombre hincha de San Lorenzo.
El hombre que alguna vez fue un pibe tartamudo recuerda la imagen de su padre. Se identifica con el recuerdo del viejo. El hombre afirma tener más de cien años cuando sé que sólo tiene sesenta y ocho, y entonces le creo; afirma estar sumando sus años a los vividos por su padre, una manera de seguir en la imagen, en la huella; Es así, explica, que esta manera de ser lleva más de cien años de entre vidas, y entonces le creo.
Juntar la letra m con la letra e al principio de una palabra es difícil y mucho peor cuando dicha palabra está ubicada al principio de una frase, el momento es un horror para un pibe que tartamudea; una prueba jodida de enfrentar cada vez que la mañana golpea la puerta del día, recuerda el hombre.
No había día sin mañana; la mañana se repetía, era perseverante, insensible, lógica y dañina para el pibe tartamudo. Su personaje tenía letra a primera hora, justo cuando debía cumplir con un mandado.
Era, sin dudas, bueno tener la moneda para poder comprar la comida, en este caso el pan, y era precisamente el hecho de tener el principio de la tragedia.
Tuve tres panaderías en mi Martín Coronado de pibe, la de la vuelta, que nunca tuvo nombre; La Pompeya, y la Santa María.
La panadería sin nombre, estaba a la vuelta de mi casa, justo frente al club 12 de octubre. En el club aprendí, en cancha de papi fútbol, a la que siempre vuelvo con Gucho, Miguel Cepillo, Juan, Reni y Néstor, él siempre parando la pelota con el pecho y entrando al área, digo siempre porque así lo sigue haciendo y hace tanto que se murió, a descubrir los detalles de la pelota a través de la mirada, desde la ábrete sésamo de la mañana hasta que el cuero se anochecía. No sé cuántos dueños tuvo la panadería; alguna vez jugué con algún amigo que era hijo de panadero; también recorrí los alrededores del horno, de las mesas donde se multiplicaba el pan debido al trabajo del trabajador que es la mejor manera de multiplicar. En la de la vuelta vi cómo era una panadería mostrador adentro, cortina plástica de cintitas de colores adentro. En esa panadería atendió Marcelo, un muchacho que muchas veces intentó darme en forma directa una factura de regalo, un obsequio cuando yo todavía era el nene que acompañaba a mamá, y cuenta la leyenda que no la aceptaba, la factura era factura después que pasaba por las manos de mi mamá. Desconfiado el pendejo, una buena enseñanza para los tiempos que se venían, ja. Alguien mató a Marcelo, así me enteré con los años, cuando él ya ni siquiera era panadero, cuando ya no me hubiera regalado una factura. En esa misma panadería gané un gran huevo de pascua, muy grande y con dos patitos en azúcar de color al frente, dos patitos como mi 22 de abril, por eso se eligió el número para el sorteo, y por eso gané. Fue la única vez que gané algo, un objeto, un valor monetario, luego lo material empezó como a desdibujarse, a escapar de mi vida, desde entonces me atraería el intento de ganar la bendición hereje, y ahí sí tuve la suerte de ganar la maravillosa bendición de algunas mujeres y ahora la voy de charla tras la maravillosa bendición de la palabra escrita. Desde el balcón de la panadería sin nombre, donde estaba la vivienda del panadero, se veía la cancha del 12, y desde ahí, muchas veces, mientras jugaba a la pelota con mis amigos con nombre y con los que ya no lo tienen, soñé que me miraba la hija de uno de los tantos panaderos que indefectiblemente buscaron un poco de bonanza en una panadería que nunca dio para mucho, ni para el nombre.
La Pompeya era otra opción en Martín Coronado a la hora del pan, del otro lado de las vías del Ferrocarril Urquiza, había más panaderías, pero si la de la vuelta no conformaba por alguna razón, se imponían las cuatro cuadras que me llevaban a La Pompeya. La atendía una familia, los padres, los hijos, las mujeres de los hijos; había que hacer cola para comprar el pan del sábado, del domingo; el pan era rico, crocante, con un color y un aroma que nunca más volví a saborear, el pan de la infancia se quedó en la infancia, igual que los tomates, deformes y rojos, que también se quedaron en la infancia, tiempos aquellos sin tomates globalizados, tiempos sin la blanca palidez en la caripela del pan insípido del mismo globo institucionalizado. Los dueños de La Pompeya regalaban al final del día aquello que no se vendía, como siempre dijo mi vieja, cuántos se habrán ido a dormir con una factura de La Pompeya como única cena posible.
No tengo mucho que decir de la Santa María, estaba a una cuadra de la estación, quedaba un tanto más lejos; había que ir hasta la estación, ir por el caminito del costado de la vía; pero era lejos, y qué lejos que sería que no recuerdo la cara de ninguno de los que atendía; una panadería de paso, por eso, creo, me queda de paso por el recuerdo, como pan crudo, como factura sin crema pastelera.
En Martín Coronado estas tres panaderías conservan sus respectivos lugares. La de la vuelta, sin nombre, hoy sólo un reparto de pan, al pan lo traen de otro lado, del siempre misterioso otro lado de la vía; nadie me mira desde el balcón cada vez que se me da por volver a la cancha de papi del 12. La Pompeya sigue siendo La Pompeya, el mismo nombre, pero otro pan. La Santa María sigue cerca de la estación, y sigue vendiendo pan crudo para la memoria. Eso sí, nunca me trataron mal en ninguna de estas panaderías, no recuerdo un mal momento. No tengo dudas, ahí nomás, de pibe, así me enseñaron mis viejos, le hubiese prestado cualquiera de mis panaderías al pibe de San Lorenzo, para que no la pasara mal. Pero dicen que la vida es así, dicen, se dice, que a veces la vida tiene sus vueltas, Es algo raro el destino, / lo que hoy es cara, mañana es cruz, así le escuché en blues a la Mississippi, dicen también que no hay mal que por bien no venga, no llegue, no golpée la puerta, y entonces se arme otra historia, Y siempre viene de la vida algo mejor, así volví a escucharle en blues a la Mississippi.
La madre del pibe hincha de San Lorenzo, el pibe al que le hubiese prestado mis panaderías por más que soy de Independiente, lo mandaba todas las mañanas a la panadería. Andá y comprá medio kilo de pan, recuerda el hombre que dice tener más de cien años y al cual le creo; Andá y comprá medio kilo de pan y ahí el drama anunciado, el drama para el pibe tartamudo que tenía que empezar a hablar con una palabra que empezaba con una m y una e, la única manera de decir medio. En la panadería esperaba ansiosa una categoría de turra, con título de empleada, que lo medía, lo veía acercarse. La fila que avanzaba, y el tarta que iba hacia ella. El pibe entraba a la panadería como al Castillo de Carfax, iba a darle un beso a Carmilla, iba a un entierro prematuro, iba por las cuevas de las ratas, y entonces la panadería era cementerio, porque la turra lo apuraba, cada vez, cada mañana, Y dale pibe, qué querés, dale que hay gente. Medio kilo, recuerda el hombre. Tenía que pedir medio kilo torturante de pan, porque medio kilo era lo que se precisaba en casa, y entonces ella sabía cómo promover la lectura de una historia de terror.
Pero un día el pibe se despertó distinto, una mañana con otro aroma, estúpidamente feliz que es la mejor manera de sentirse feliz, la felicidad por aquello que no se sabe, que no se conoce, que no se sospecha; feliz y con fuerza, el pibe le entró con fuerza al día, y vamos con ésa, porque ésa era la señal, la pista del día, y entonces dame la bolsa que me voy a comprar el pan. Hizo la cola, el hombre que recuerda dice que esto sucedió en uno de esos días en que un pibe, un adolescente, se planta, pisa distinto, y ahí se mandó de una vez para adentro de la ballena, del cementerio, de la nube púrpura, encaró a la turra y dijo de esta manera, escuchen, Pan... medio kilo, y entonces fue la palabra, las palabras con un nuevo orden. La turra todavía llora el nacimiento de la poesía.
Eugenio Mandrini, invitado al Ciclo de poetas del 60, es el hombre de más de cien años, es el hincha de San Lorenzo, es quien recuerda, en una tarde casi noche, entre las paredes del café El Federal, en Carlos Calvo y Perú. Eugenio, el memorioso, relata cómo fue que llegó a la poesía, de qué manera notó que algo distinto se podía hacer jugando con el orden de las palabras. No lo sabía, pero en la panadería del barrio él había plantado su primer hipérbaton, dice la Academia, figura de construcción, consistente en invertir el orden que en el discurso deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis llamada regular. Como se diría en el barrio, Te la di vuelta, giluna.
Eugenio Mandrini dijo que después de descubrir el antídoto, fue a los libros y vio que el juego no se daba en la prosa, y sí en la poesía. Citó como ejemplo a Bécquer, Del salón en el ángulo oscuro / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa.
El ejemplo, la anécdota, el guiño poético, llegaba desde la escuela de la calle de Arlt. Mandrini, en esa tarde casi noche, pareció emerger de unos baños de multitud y callejeo, con palabras en aguafuerte dio cátedra humana, simple, así fue como habló de su experiencia de vida en los alrededores de la poesía o del pan.
(Octubre 2004)

La Caramba en 24 hojas, Anotaciones en la Villa de Merlo, San Luis


Publicado por Ediciones El Mono Armado (2005)

Contratapa

Itinerarios de sentires. Recorridos literarios, la contemplación fragmentada. Encuentros, separaciones, muertes, reencuentros. Un cuaderno de 24 hojas es el sitio de la reconstrucción del hallazgo. Una copa viuda es el rayo de un sol que cae oblicuamente sobre la mesa de intertextos y escritura en vibraciones de sangre. La respiración de la mente comienza con el descubrimiento del primer cadáver emplumado. En lugares encimados –San Luis y Buenos Aires– Edgardo Lois encuentra la aventura de la degustación de la vida, la escritura, la pintura, y lo hace a partir de la muerte. Cada nombre repetido es parte de la ascensión obligada, nos conduce a los cerros, es decir a los amigos, Gabriel Montergous, Luis, y a los del otro camino: Saramago, Goytisolo, Orgambide, Piazzolla, Agüero, Friedlander…, por allí también hay la mujer, las queridas, las lejanas, delineadas en gestos de pocas palabras y presencia casi felina. Y siempre el padre, en la génesis y los “profes”. Todo en un espacio-tiempo de resonancias, descripciones detenidas, avances simultáneos de imágenes y refugios desde (y hacia) La Caramba, la casa de Villa de Merlo que ampara instantes supremos. Y el cuaderno, un universo. Edgardo Lois cuenta, interroga, provoca, nos lleva bajo los aromos y dice la lluvia hasta mojarnos.
María Neder

(capítulo)

Abismarse tras una pirca

Creo que la paloma aguardó a que yo llegara hasta este cuaderno de 24 hojas Hit. Luego se dejó morir, se dejó caer sobre el pasto.
Había una paloma muerta a un lado de una de las pircas de la casa. La paloma, como todas las palomas de la ciudad, había muerto a unos centímetros de una pared. Pero no estoy en la ciudad. Vivo unas semanas en las sierras y todo iba bien hasta que la paloma esperó y se dejó morir a centímetros de la pirca. Así comenzó mi encierro, mi nervioso respirar interno.
Un cadáver me cerraba el paso y a la vez abría otro tiempo.
Un cadáver emplumado espiaba a puro ojo tapiado desde el pasto corto y prolijo. Así deja el pasto don Báez.
El cadáver emplumado vigilaba desde el atardecer en que yo abrí el portón de algarrobo y hierro con la letra M en el centro de cada hoja. Caminaba hacia la galería de la casa acomodada en la caída plena del sol. Mientras el sol buscaba su tumba en el Valle del Conlara y quejoso hacía rebotar su grito contra las Sierras de los Comechingones, una paloma muerta me esperaba a un lado del camino de ladrillos.
Algo se derrumbó a la altura de mi garganta, un instante después supe que fue la losa que cerraba la tumba de uno de mis miedos. Después de todo, no parece ser tan difícil el regreso desde la tumba. Alguna vez prometí hacer una lista de mis miedos y todavía no la escribo.
El miedo había sido liberado, uno de ellos, ¿cuál?, el miedo a los cadáveres emplumados.
La paloma muerta que se había dejado morir sobre el pasto luego de que yo llegara a este cuaderno, lo sabía. Por eso su muerte, su señal.
Caminé rápido y sin mirar.
Una sensación de asco supremo me invadía desde mis manos, no, desde mi mano derecha y se mandaba a correr y a golpear puertas en mi memoria.
Caminé rápido y sin mirar porque el asco supremo condenaba mi presente al recuerdo.
Mientras abría las cerraduras de la puerta de la casa, sentía sobre mi hombro la mirada de la paloma que no podía mirar. Cerré la puerta, pero no había caso. Las paredes no me protegían, tampoco la música y el vino de la noche. Supe después que en esta noche tendría vedada la galería y entonces no habría cielo barroco de estrellas ni los tragos lentos de whisky, ni las conversaciones de final de día. Una galería vedada porque ahí nomás, a metros de mi whisky y mi palabra, una paloma vivía su muerte tendenciosa.
Escondida tras la pirca enana iniciaba su venganza desde la muerte. Una paloma muerta, un cadáver emplumado o fantasma emplumado de tiempo y de noches y de gritos de niño.
Inventé una excusa para no salir a la galería, el frío; Viene viento frío de algún lado, dije, sabiendo que nada más provenía del cadáver emplumado.
Me acosté pensando en la paloma muerta. Una y otra vez durante el sueño y escuchando los sonidos de la noche en las sierras, junté un puñado de valor mentiroso y jugué a asomarme al otro lado de la pirca.
A la mañana siguiente supe que de ninguna manera podría levantar el animal muerto. No habría bolsa plástica, pala o caja que contara con la ayuda de mis manos, o de mi mano derecha. Soy diestro para escribir, jabonar, apretar botones o señalar alguno de mis miedos.
La mañana avanzaba y don Báez no aparecía. Siempre venía de mañana y luego volvía a la tarde para hacer los trabajos de cuidado del parque que rodea la casa. Mi respirar nervioso iba en aumento. Apenas me levanté de la cama, y jugando con la posibilidad de que don Báez hubiera venido más temprano y hubiese descubierto el cadáver emplumado, decidí asomarme del otro lado de la pirca. No estaba, no está, y mis ojos se abismaron cada vez más. No era un animal muerto más, tenía plumas y lo encontré, así de horrible con su horripilante emplumadura acechándome desde algunos centímetros más cerca de la pared. El cadáver emplumado se había escondido, se había arrimado a la pirca que traidora resguardaba la causa de mi angustia.
La pirca se comportaba como las plumas de la paloma, que suaves de suavidad obscena ocultan el cuerpo muerto; como las plumas, la pirca me ocultaba el horror. Desde las plumas que cubren un cuerpo muerto, desde la pirca que a su vez cubre un cuerpo muerto, desde uno y otro lugar, el mismo, es que un horror de picos sucios y astillados puede llegar hasta mí. Así, sin verlos, los vi siempre, en cada sueño y pensamiento, un enjambre de picos de pájaros mudos brotando de entre las plumas que ocultan, las pircas que ocultan y las mil posibilidades que también pueden ocultar. Por eso esperaba ansioso la llegada de don Báez, el casero, el jardinero, el que nada podía saber ni sospechar sobre los horrores escondidos en un cadáver emplumado.
Llegó la tarde y entonces pude respirar tranquilo. Por la calle venía don Báez. Eran las cinco de la tarde cuando desvié la charla a la presencia del cadáver emplumado. Don Báez no sospechó nada anormal. Dijo que esas eran cosas de chicos dañinos que andan con hondas matando pájaros. Él agregaba la honda, pero no tenía la prueba de la piedra asesina y sí tenía, ante su vista y a la mano, un cadáver emplumado. Don Báez dijo que se encargaba.
Esperé a que se alejara por la calle para acercarme a la pirca. Salí a la galería y una vez más abismé la mirada. Un poco más hacia el abismo y pensé que nunca, y era la tercera vez que visitaba la casa de las sierras, había visto un pájaro muerto entre tantos pájaros vivos. No sabía a qué lugar iban a morir los pájaros, y sigo sin saberlo. Un poco más hacia el abismo y por mi mano derecha llega el recuerdo, el otro tiempo que, amortajado de asco supremo, cuenta de tantas palomas muertas con ésta, la mano con la que escribo sobre este cuaderno de 24 hojas Hit. Muchas veces me dije que eran palomas enfermas, que igual iban a morir, que el colombófilo de la cuadra me enseñó cuando era chico y hasta diría que me obligó al primer giro sobre el primer cuello de paloma. Pero no me escucho, no me creo, y entonces la venganza acecha. No es la primera vez que un cadáver emplumado me atrapa y no me deja salir.
Termino de asomarme al abismo y sólo hay una pluma pequeña que siento y leo como un condenatorio volveré.

Un intento de desalojo en los años 40


Publicado por Ediciones BP (2004)

(fragmento)

Evitar un desalojo en la Buenos Aires de 1910 fue la cuestión que dio origen a un pequeño libro editado en el año 1913.
Fue la mano de Feliberto Selibot, el autor de El inquilino tramposo de cara amarilla. Manual del propietario, la que me llevó a mi primera línea de condición fundacional: evitar un desalojo en la Buenos Aires de los años cuarenta bien puede ser la excusa perfecta, el motor primario, para un relato.
Sólo queda intentarlo, me dije.

Puede un hombre caminar varias veces por el mismo lugar, por el mismo paisaje. Puede un hombre caminar hoy y caminar mañana. ¿El lugar?, casi el mismo. Numerosas pueden ser las veces en que un hombre ha caminado por el mismo lugar cotidiano y puede sólo reparar en él cuando se le ha preguntado. Es así como, el varias veces caminante y al parecer exceptuado de la conciencia real del hecho, formará, recorrida sobre recorrida, las huellas sucesivas que probarán para el adentro y el afuera de la memoria, que ese hombre es de ahí, de ese lugar.
Si el tiempo transcurre, si ha transcurrido como es el caso, el hombre contará en su memoria con la clara sustancia del saber. De memoria y de memorias se trata y se tratará cuando le pregunte al hombre ¿acá fue lo de las bolitas, pá?

Alguna vez, mi viejo, cuando corrían sus años de pibe, había enterrado en el patio de tierra de la casa alquilada, una lata con bolitas. No era exactamente una lata, era una salivadera o escupidera de esas que se ponían en los negocios en esos años. En vez de arena para escupir en bares, lecherías, almacenes, panaderías, había bolitas hasta el borde. Los cuidados para esconder lo poco que se tenía hicieron el resto. La salivadera escupida de bolitas fue depositada en destacada ceremonia que imagino, pero sobre la cual no pregunto, en un lugar especial, secreto. Un lugar quizá sólo para iniciados, sólo para posibles cómplices, para hermanos nacidos en impíos pactos de sangre a kilómetros de una tía Poli que sabía de tangos y que a su vez convertía en un Tom victorioso a cualquier sabandija porteño que corriera por una Avenida Independencia todavía angosta.
Tan secreto fue el lugar que el pibe dijo no a las marcas o pistas que mañana pudieran ser delatoras, no a los mapas que inexplicablemente siempre terminan en manos de los villanos. Nada, sólo la memoria del pibe. Sin testigos. Era buena la memoria del pibe y de hecho, el recordar de mi viejo apuntala mi decir. Buena memoria para muchas cosas, pero no tan buena a la hora de volver sobre las bolitas. Habían pasado siete u ocho años y el lugar de escondite del tesoro había estado próximo al gallinero.
Nunca las encontré, dijo mi viejo mientras estábamos parados enfrente de lo que fue su vereda, sobre Independencia, allá por el cuarenta y pico.

Feliberto Selibot, en su libro de 1913, prepara al propietario a recibir consejos “Procedimientos varios para hacer desalojar voluntariamente una casa ocupada por inquilino tramposo y que aplicados uno tras otro darán buen resultado si después de procedido al primero el inquilino permanece quieto. Se debe maniobrar en silencio y siempre será preferible llevar á cabo estas mañas porque difícil se hace un desalojo cuando desgraciadamente calza Ud. con un inquilino tramposo, que el juzgado no lo desaloja aunque le conceden la orden de lanzamiento. El oficial de justicia no procederá mientras el inquilino diga que está acostado por padecer una enfermedad ó, en su defecto, presentando certificado médico”.