Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

La Caramba en 24 hojas, Anotaciones en la Villa de Merlo, San Luis


Publicado por Ediciones El Mono Armado (2005)

Contratapa

Itinerarios de sentires. Recorridos literarios, la contemplación fragmentada. Encuentros, separaciones, muertes, reencuentros. Un cuaderno de 24 hojas es el sitio de la reconstrucción del hallazgo. Una copa viuda es el rayo de un sol que cae oblicuamente sobre la mesa de intertextos y escritura en vibraciones de sangre. La respiración de la mente comienza con el descubrimiento del primer cadáver emplumado. En lugares encimados –San Luis y Buenos Aires– Edgardo Lois encuentra la aventura de la degustación de la vida, la escritura, la pintura, y lo hace a partir de la muerte. Cada nombre repetido es parte de la ascensión obligada, nos conduce a los cerros, es decir a los amigos, Gabriel Montergous, Luis, y a los del otro camino: Saramago, Goytisolo, Orgambide, Piazzolla, Agüero, Friedlander…, por allí también hay la mujer, las queridas, las lejanas, delineadas en gestos de pocas palabras y presencia casi felina. Y siempre el padre, en la génesis y los “profes”. Todo en un espacio-tiempo de resonancias, descripciones detenidas, avances simultáneos de imágenes y refugios desde (y hacia) La Caramba, la casa de Villa de Merlo que ampara instantes supremos. Y el cuaderno, un universo. Edgardo Lois cuenta, interroga, provoca, nos lleva bajo los aromos y dice la lluvia hasta mojarnos.
María Neder

(capítulo)

Abismarse tras una pirca

Creo que la paloma aguardó a que yo llegara hasta este cuaderno de 24 hojas Hit. Luego se dejó morir, se dejó caer sobre el pasto.
Había una paloma muerta a un lado de una de las pircas de la casa. La paloma, como todas las palomas de la ciudad, había muerto a unos centímetros de una pared. Pero no estoy en la ciudad. Vivo unas semanas en las sierras y todo iba bien hasta que la paloma esperó y se dejó morir a centímetros de la pirca. Así comenzó mi encierro, mi nervioso respirar interno.
Un cadáver me cerraba el paso y a la vez abría otro tiempo.
Un cadáver emplumado espiaba a puro ojo tapiado desde el pasto corto y prolijo. Así deja el pasto don Báez.
El cadáver emplumado vigilaba desde el atardecer en que yo abrí el portón de algarrobo y hierro con la letra M en el centro de cada hoja. Caminaba hacia la galería de la casa acomodada en la caída plena del sol. Mientras el sol buscaba su tumba en el Valle del Conlara y quejoso hacía rebotar su grito contra las Sierras de los Comechingones, una paloma muerta me esperaba a un lado del camino de ladrillos.
Algo se derrumbó a la altura de mi garganta, un instante después supe que fue la losa que cerraba la tumba de uno de mis miedos. Después de todo, no parece ser tan difícil el regreso desde la tumba. Alguna vez prometí hacer una lista de mis miedos y todavía no la escribo.
El miedo había sido liberado, uno de ellos, ¿cuál?, el miedo a los cadáveres emplumados.
La paloma muerta que se había dejado morir sobre el pasto luego de que yo llegara a este cuaderno, lo sabía. Por eso su muerte, su señal.
Caminé rápido y sin mirar.
Una sensación de asco supremo me invadía desde mis manos, no, desde mi mano derecha y se mandaba a correr y a golpear puertas en mi memoria.
Caminé rápido y sin mirar porque el asco supremo condenaba mi presente al recuerdo.
Mientras abría las cerraduras de la puerta de la casa, sentía sobre mi hombro la mirada de la paloma que no podía mirar. Cerré la puerta, pero no había caso. Las paredes no me protegían, tampoco la música y el vino de la noche. Supe después que en esta noche tendría vedada la galería y entonces no habría cielo barroco de estrellas ni los tragos lentos de whisky, ni las conversaciones de final de día. Una galería vedada porque ahí nomás, a metros de mi whisky y mi palabra, una paloma vivía su muerte tendenciosa.
Escondida tras la pirca enana iniciaba su venganza desde la muerte. Una paloma muerta, un cadáver emplumado o fantasma emplumado de tiempo y de noches y de gritos de niño.
Inventé una excusa para no salir a la galería, el frío; Viene viento frío de algún lado, dije, sabiendo que nada más provenía del cadáver emplumado.
Me acosté pensando en la paloma muerta. Una y otra vez durante el sueño y escuchando los sonidos de la noche en las sierras, junté un puñado de valor mentiroso y jugué a asomarme al otro lado de la pirca.
A la mañana siguiente supe que de ninguna manera podría levantar el animal muerto. No habría bolsa plástica, pala o caja que contara con la ayuda de mis manos, o de mi mano derecha. Soy diestro para escribir, jabonar, apretar botones o señalar alguno de mis miedos.
La mañana avanzaba y don Báez no aparecía. Siempre venía de mañana y luego volvía a la tarde para hacer los trabajos de cuidado del parque que rodea la casa. Mi respirar nervioso iba en aumento. Apenas me levanté de la cama, y jugando con la posibilidad de que don Báez hubiera venido más temprano y hubiese descubierto el cadáver emplumado, decidí asomarme del otro lado de la pirca. No estaba, no está, y mis ojos se abismaron cada vez más. No era un animal muerto más, tenía plumas y lo encontré, así de horrible con su horripilante emplumadura acechándome desde algunos centímetros más cerca de la pared. El cadáver emplumado se había escondido, se había arrimado a la pirca que traidora resguardaba la causa de mi angustia.
La pirca se comportaba como las plumas de la paloma, que suaves de suavidad obscena ocultan el cuerpo muerto; como las plumas, la pirca me ocultaba el horror. Desde las plumas que cubren un cuerpo muerto, desde la pirca que a su vez cubre un cuerpo muerto, desde uno y otro lugar, el mismo, es que un horror de picos sucios y astillados puede llegar hasta mí. Así, sin verlos, los vi siempre, en cada sueño y pensamiento, un enjambre de picos de pájaros mudos brotando de entre las plumas que ocultan, las pircas que ocultan y las mil posibilidades que también pueden ocultar. Por eso esperaba ansioso la llegada de don Báez, el casero, el jardinero, el que nada podía saber ni sospechar sobre los horrores escondidos en un cadáver emplumado.
Llegó la tarde y entonces pude respirar tranquilo. Por la calle venía don Báez. Eran las cinco de la tarde cuando desvié la charla a la presencia del cadáver emplumado. Don Báez no sospechó nada anormal. Dijo que esas eran cosas de chicos dañinos que andan con hondas matando pájaros. Él agregaba la honda, pero no tenía la prueba de la piedra asesina y sí tenía, ante su vista y a la mano, un cadáver emplumado. Don Báez dijo que se encargaba.
Esperé a que se alejara por la calle para acercarme a la pirca. Salí a la galería y una vez más abismé la mirada. Un poco más hacia el abismo y pensé que nunca, y era la tercera vez que visitaba la casa de las sierras, había visto un pájaro muerto entre tantos pájaros vivos. No sabía a qué lugar iban a morir los pájaros, y sigo sin saberlo. Un poco más hacia el abismo y por mi mano derecha llega el recuerdo, el otro tiempo que, amortajado de asco supremo, cuenta de tantas palomas muertas con ésta, la mano con la que escribo sobre este cuaderno de 24 hojas Hit. Muchas veces me dije que eran palomas enfermas, que igual iban a morir, que el colombófilo de la cuadra me enseñó cuando era chico y hasta diría que me obligó al primer giro sobre el primer cuello de paloma. Pero no me escucho, no me creo, y entonces la venganza acecha. No es la primera vez que un cadáver emplumado me atrapa y no me deja salir.
Termino de asomarme al abismo y sólo hay una pluma pequeña que siento y leo como un condenatorio volveré.