Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

Miradas escritas al acrílico


Publicado por Literaria ediciones (2006)

Contratapa

Suele confundirse profundo con complicado cuando en realidad es exactamente lo contrario;
lo simple y lo profundo se intersecan en el punto exacto del arte.
La ciudad y sus personajes tiernos y monstruosos desposeídos y patéticos, el barrio, el tango, la memoria, la realidad al alcance de todos constituyen los temas recurrentes de Edgardo Lois.
En realidad las temáticas de la literatura en general son siempre las mismas y hasta quizá digan lo mismo.
El problema consiste en cómo se dice.
En Bitácora de la lluvia, Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado), y La Caramba en 24 hojas Anotaciones en la Villa de Merlo, Edgardo Lois nos guió por su mitología personal, la que cada poeta interpreta según el alcance y posición de la mirada.
Miradas escritas al acrílico son treinta y seis “pinturas” de la ciudad de todos los días, y también, de la otra ciudad, la interna, la que portamos en nuestro interior y a la que Lois le pone el tono adecuado que va de lo oscuro a lo brillante.
Su título no es caprichoso y tiene la intención de una promesa que se cumple. El mismo autor lo anticipa en su prólogo: De la misma forma en que mi viejo se ausenta por momentos del óleo, en recreos de escritura de mis historias largas, nacieron mis Miradas escritas al acrílico.
Otto Carlos Miller

(texto previo)

Entre la pintura y los límites de la escritura

Mi viejo, hasta no hace mucho, casi siempre pintó al óleo.
Pienso que por una cuestión de ánimo, de ganas, de tiempos, se tomó una serie de pequeñas vacaciones y se fue, se va, porque el sistema sigue en práctica, al acrílico. Se va por momentos, una mediahorita, una hora, dos horas. El tiempo de ausencia en torno al óleo no cuenta mucho, es sólo anecdótico, ya que al regreso, sabe que el óleo simplemente está ahí. Creo que es una de nuestras ventajas familiares, hasta ahora a mi viejo no lo espera galería alguna y a mí, ninguna editorial. Entonces mi viejo se iba, se va, al acrílico porque no tenía o no tiene ganas de dialogar con los tiempos del óleo, principalmente con el tiempo de secado del óleo. El acrílico seca rápido. Así mi viejo, en cada escapada, fija un paisaje, una idea, planta colores. Después siempre hay tiempo para el limado fino, la corrección, el parche, pero siempre trabajando sobre la base trazada en el vuelo primero, un toco y me voy, un tiro certero con el balero para quien sabe de baleros.
De la misma forma en que mi viejo se ausenta por momentos del óleo, en recreos de escritura de mis historias largas, nacieron estas Miradas escritas al acrílico. Me senté a escribir con lo que tenía en la mano, frente a la computadora o en una mesa de café, tratando de escribir una sospecha, un impulso, en poco tiempo y con el poco espacio que ofrecía la cancha propuesta para el juego. Yo ponía la escritura, ellos, Mario Bellocchio y Rubén Derlis, los límites nacidos en la cantidad de palabras. Así el origen y la razón para que muchos de los trabajos presentes en este libro tuvieran un lugar, primero en Vida y arte en Boedo y después en Desde Boedo, el nombre definitivo del periódico del barrio. A Mario y a Rubén debo el ofrecimiento del espacio, el aliento inicial y la compañía crítica y amiga de estos escritos acrílicos.
Así se juntaron en Buenos Aires la pintura de mi viejo y los límites, una simple cuestión de espacio periodístico, de mi escritura. Así nacieron estos escritos formulados en un rato, de un solo café o de un solo blues festejante de las ganas y los temas. Nacidos entre novelas o entre la escritura de una novela, durante casi cuatro años. Recreos acrílicos porque secaban rápido, recreos en los que entraba y salía, recreos de donde nunca salí sin manchas, pero con el regreso posible a la mano.
Mi hijo siempre escribió al óleo, podría empezar a explicar mi viejo, Pero eso sí, yo le chamuyé de mi escuela acrílica... y bueno, cada tanto se va de recreo, y escribe como en patio de escuela, como dando vueltas alrededor del mástil donde flamean las historias largas... tan mojadas por el recuerdo, podría cerrar mi viejo.
El autor

(acrílico)

Hipérbaton en la panadería

El pibe tenía trece, quizá catorce años, y tenía, además del puñado de años, un problema, era tartamudo.
Había nacido en 1936, era hincha de San Lorenzo, y como afirmaría cuando ya había dejado de ser aquel pibe tartamudo, San Lorenzo... cuadro grande como los cuadros de Van Gogh y así de inmortal.
Ser tartamudo significaba sacar siempre la sortija a la hora de la crueldad que en calesita practicaba la mayoría de los pibes del barrio. Inevitable, se habrá dicho infinidad de veces en su vida el hombre hincha de San Lorenzo.
El hombre que alguna vez fue un pibe tartamudo recuerda la imagen de su padre. Se identifica con el recuerdo del viejo. El hombre afirma tener más de cien años cuando sé que sólo tiene sesenta y ocho, y entonces le creo; afirma estar sumando sus años a los vividos por su padre, una manera de seguir en la imagen, en la huella; Es así, explica, que esta manera de ser lleva más de cien años de entre vidas, y entonces le creo.
Juntar la letra m con la letra e al principio de una palabra es difícil y mucho peor cuando dicha palabra está ubicada al principio de una frase, el momento es un horror para un pibe que tartamudea; una prueba jodida de enfrentar cada vez que la mañana golpea la puerta del día, recuerda el hombre.
No había día sin mañana; la mañana se repetía, era perseverante, insensible, lógica y dañina para el pibe tartamudo. Su personaje tenía letra a primera hora, justo cuando debía cumplir con un mandado.
Era, sin dudas, bueno tener la moneda para poder comprar la comida, en este caso el pan, y era precisamente el hecho de tener el principio de la tragedia.
Tuve tres panaderías en mi Martín Coronado de pibe, la de la vuelta, que nunca tuvo nombre; La Pompeya, y la Santa María.
La panadería sin nombre, estaba a la vuelta de mi casa, justo frente al club 12 de octubre. En el club aprendí, en cancha de papi fútbol, a la que siempre vuelvo con Gucho, Miguel Cepillo, Juan, Reni y Néstor, él siempre parando la pelota con el pecho y entrando al área, digo siempre porque así lo sigue haciendo y hace tanto que se murió, a descubrir los detalles de la pelota a través de la mirada, desde la ábrete sésamo de la mañana hasta que el cuero se anochecía. No sé cuántos dueños tuvo la panadería; alguna vez jugué con algún amigo que era hijo de panadero; también recorrí los alrededores del horno, de las mesas donde se multiplicaba el pan debido al trabajo del trabajador que es la mejor manera de multiplicar. En la de la vuelta vi cómo era una panadería mostrador adentro, cortina plástica de cintitas de colores adentro. En esa panadería atendió Marcelo, un muchacho que muchas veces intentó darme en forma directa una factura de regalo, un obsequio cuando yo todavía era el nene que acompañaba a mamá, y cuenta la leyenda que no la aceptaba, la factura era factura después que pasaba por las manos de mi mamá. Desconfiado el pendejo, una buena enseñanza para los tiempos que se venían, ja. Alguien mató a Marcelo, así me enteré con los años, cuando él ya ni siquiera era panadero, cuando ya no me hubiera regalado una factura. En esa misma panadería gané un gran huevo de pascua, muy grande y con dos patitos en azúcar de color al frente, dos patitos como mi 22 de abril, por eso se eligió el número para el sorteo, y por eso gané. Fue la única vez que gané algo, un objeto, un valor monetario, luego lo material empezó como a desdibujarse, a escapar de mi vida, desde entonces me atraería el intento de ganar la bendición hereje, y ahí sí tuve la suerte de ganar la maravillosa bendición de algunas mujeres y ahora la voy de charla tras la maravillosa bendición de la palabra escrita. Desde el balcón de la panadería sin nombre, donde estaba la vivienda del panadero, se veía la cancha del 12, y desde ahí, muchas veces, mientras jugaba a la pelota con mis amigos con nombre y con los que ya no lo tienen, soñé que me miraba la hija de uno de los tantos panaderos que indefectiblemente buscaron un poco de bonanza en una panadería que nunca dio para mucho, ni para el nombre.
La Pompeya era otra opción en Martín Coronado a la hora del pan, del otro lado de las vías del Ferrocarril Urquiza, había más panaderías, pero si la de la vuelta no conformaba por alguna razón, se imponían las cuatro cuadras que me llevaban a La Pompeya. La atendía una familia, los padres, los hijos, las mujeres de los hijos; había que hacer cola para comprar el pan del sábado, del domingo; el pan era rico, crocante, con un color y un aroma que nunca más volví a saborear, el pan de la infancia se quedó en la infancia, igual que los tomates, deformes y rojos, que también se quedaron en la infancia, tiempos aquellos sin tomates globalizados, tiempos sin la blanca palidez en la caripela del pan insípido del mismo globo institucionalizado. Los dueños de La Pompeya regalaban al final del día aquello que no se vendía, como siempre dijo mi vieja, cuántos se habrán ido a dormir con una factura de La Pompeya como única cena posible.
No tengo mucho que decir de la Santa María, estaba a una cuadra de la estación, quedaba un tanto más lejos; había que ir hasta la estación, ir por el caminito del costado de la vía; pero era lejos, y qué lejos que sería que no recuerdo la cara de ninguno de los que atendía; una panadería de paso, por eso, creo, me queda de paso por el recuerdo, como pan crudo, como factura sin crema pastelera.
En Martín Coronado estas tres panaderías conservan sus respectivos lugares. La de la vuelta, sin nombre, hoy sólo un reparto de pan, al pan lo traen de otro lado, del siempre misterioso otro lado de la vía; nadie me mira desde el balcón cada vez que se me da por volver a la cancha de papi del 12. La Pompeya sigue siendo La Pompeya, el mismo nombre, pero otro pan. La Santa María sigue cerca de la estación, y sigue vendiendo pan crudo para la memoria. Eso sí, nunca me trataron mal en ninguna de estas panaderías, no recuerdo un mal momento. No tengo dudas, ahí nomás, de pibe, así me enseñaron mis viejos, le hubiese prestado cualquiera de mis panaderías al pibe de San Lorenzo, para que no la pasara mal. Pero dicen que la vida es así, dicen, se dice, que a veces la vida tiene sus vueltas, Es algo raro el destino, / lo que hoy es cara, mañana es cruz, así le escuché en blues a la Mississippi, dicen también que no hay mal que por bien no venga, no llegue, no golpée la puerta, y entonces se arme otra historia, Y siempre viene de la vida algo mejor, así volví a escucharle en blues a la Mississippi.
La madre del pibe hincha de San Lorenzo, el pibe al que le hubiese prestado mis panaderías por más que soy de Independiente, lo mandaba todas las mañanas a la panadería. Andá y comprá medio kilo de pan, recuerda el hombre que dice tener más de cien años y al cual le creo; Andá y comprá medio kilo de pan y ahí el drama anunciado, el drama para el pibe tartamudo que tenía que empezar a hablar con una palabra que empezaba con una m y una e, la única manera de decir medio. En la panadería esperaba ansiosa una categoría de turra, con título de empleada, que lo medía, lo veía acercarse. La fila que avanzaba, y el tarta que iba hacia ella. El pibe entraba a la panadería como al Castillo de Carfax, iba a darle un beso a Carmilla, iba a un entierro prematuro, iba por las cuevas de las ratas, y entonces la panadería era cementerio, porque la turra lo apuraba, cada vez, cada mañana, Y dale pibe, qué querés, dale que hay gente. Medio kilo, recuerda el hombre. Tenía que pedir medio kilo torturante de pan, porque medio kilo era lo que se precisaba en casa, y entonces ella sabía cómo promover la lectura de una historia de terror.
Pero un día el pibe se despertó distinto, una mañana con otro aroma, estúpidamente feliz que es la mejor manera de sentirse feliz, la felicidad por aquello que no se sabe, que no se conoce, que no se sospecha; feliz y con fuerza, el pibe le entró con fuerza al día, y vamos con ésa, porque ésa era la señal, la pista del día, y entonces dame la bolsa que me voy a comprar el pan. Hizo la cola, el hombre que recuerda dice que esto sucedió en uno de esos días en que un pibe, un adolescente, se planta, pisa distinto, y ahí se mandó de una vez para adentro de la ballena, del cementerio, de la nube púrpura, encaró a la turra y dijo de esta manera, escuchen, Pan... medio kilo, y entonces fue la palabra, las palabras con un nuevo orden. La turra todavía llora el nacimiento de la poesía.
Eugenio Mandrini, invitado al Ciclo de poetas del 60, es el hombre de más de cien años, es el hincha de San Lorenzo, es quien recuerda, en una tarde casi noche, entre las paredes del café El Federal, en Carlos Calvo y Perú. Eugenio, el memorioso, relata cómo fue que llegó a la poesía, de qué manera notó que algo distinto se podía hacer jugando con el orden de las palabras. No lo sabía, pero en la panadería del barrio él había plantado su primer hipérbaton, dice la Academia, figura de construcción, consistente en invertir el orden que en el discurso deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis llamada regular. Como se diría en el barrio, Te la di vuelta, giluna.
Eugenio Mandrini dijo que después de descubrir el antídoto, fue a los libros y vio que el juego no se daba en la prosa, y sí en la poesía. Citó como ejemplo a Bécquer, Del salón en el ángulo oscuro / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa.
El ejemplo, la anécdota, el guiño poético, llegaba desde la escuela de la calle de Arlt. Mandrini, en esa tarde casi noche, pareció emerger de unos baños de multitud y callejeo, con palabras en aguafuerte dio cátedra humana, simple, así fue como habló de su experiencia de vida en los alrededores de la poesía o del pan.
(Octubre 2004)