Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

Un intento de desalojo en los años 40


Publicado por Ediciones BP (2004)

(fragmento)

Evitar un desalojo en la Buenos Aires de 1910 fue la cuestión que dio origen a un pequeño libro editado en el año 1913.
Fue la mano de Feliberto Selibot, el autor de El inquilino tramposo de cara amarilla. Manual del propietario, la que me llevó a mi primera línea de condición fundacional: evitar un desalojo en la Buenos Aires de los años cuarenta bien puede ser la excusa perfecta, el motor primario, para un relato.
Sólo queda intentarlo, me dije.

Puede un hombre caminar varias veces por el mismo lugar, por el mismo paisaje. Puede un hombre caminar hoy y caminar mañana. ¿El lugar?, casi el mismo. Numerosas pueden ser las veces en que un hombre ha caminado por el mismo lugar cotidiano y puede sólo reparar en él cuando se le ha preguntado. Es así como, el varias veces caminante y al parecer exceptuado de la conciencia real del hecho, formará, recorrida sobre recorrida, las huellas sucesivas que probarán para el adentro y el afuera de la memoria, que ese hombre es de ahí, de ese lugar.
Si el tiempo transcurre, si ha transcurrido como es el caso, el hombre contará en su memoria con la clara sustancia del saber. De memoria y de memorias se trata y se tratará cuando le pregunte al hombre ¿acá fue lo de las bolitas, pá?

Alguna vez, mi viejo, cuando corrían sus años de pibe, había enterrado en el patio de tierra de la casa alquilada, una lata con bolitas. No era exactamente una lata, era una salivadera o escupidera de esas que se ponían en los negocios en esos años. En vez de arena para escupir en bares, lecherías, almacenes, panaderías, había bolitas hasta el borde. Los cuidados para esconder lo poco que se tenía hicieron el resto. La salivadera escupida de bolitas fue depositada en destacada ceremonia que imagino, pero sobre la cual no pregunto, en un lugar especial, secreto. Un lugar quizá sólo para iniciados, sólo para posibles cómplices, para hermanos nacidos en impíos pactos de sangre a kilómetros de una tía Poli que sabía de tangos y que a su vez convertía en un Tom victorioso a cualquier sabandija porteño que corriera por una Avenida Independencia todavía angosta.
Tan secreto fue el lugar que el pibe dijo no a las marcas o pistas que mañana pudieran ser delatoras, no a los mapas que inexplicablemente siempre terminan en manos de los villanos. Nada, sólo la memoria del pibe. Sin testigos. Era buena la memoria del pibe y de hecho, el recordar de mi viejo apuntala mi decir. Buena memoria para muchas cosas, pero no tan buena a la hora de volver sobre las bolitas. Habían pasado siete u ocho años y el lugar de escondite del tesoro había estado próximo al gallinero.
Nunca las encontré, dijo mi viejo mientras estábamos parados enfrente de lo que fue su vereda, sobre Independencia, allá por el cuarenta y pico.

Feliberto Selibot, en su libro de 1913, prepara al propietario a recibir consejos “Procedimientos varios para hacer desalojar voluntariamente una casa ocupada por inquilino tramposo y que aplicados uno tras otro darán buen resultado si después de procedido al primero el inquilino permanece quieto. Se debe maniobrar en silencio y siempre será preferible llevar á cabo estas mañas porque difícil se hace un desalojo cuando desgraciadamente calza Ud. con un inquilino tramposo, que el juzgado no lo desaloja aunque le conceden la orden de lanzamiento. El oficial de justicia no procederá mientras el inquilino diga que está acostado por padecer una enfermedad ó, en su defecto, presentando certificado médico”.