Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

domingo, 16 de septiembre de 2012

Una historia para Julia (XIX)

El jueves 13 de septiembre pintó de llanto cerquita del mediodía. Tres pinchazos y unas gotitas, vacunas para vos, Julia. Mamá Evangelina te abrazaba en la camilla, yo movía mis manos para distraerte. Fue un llanto de veinte segundos, te portaste bárbaro, enseguida andabas ofrendando sonrisas. A mamá se le ocurrió ir a comer al Bar de Cao. Fuimos, desde que naciste, y vamos para los cinco meses, que teníamos ganas de retomar el encuentro en el Cao. ¿Qué es el Cao?, un lugar querido, unos de mis lugares en Buenos Aires, porque mientras una persona va haciendo la vida, elije lugares, o todavía mejor, hay lugares que se le acomodan en el alma, en la memoria, y uno de los míos es este café, como también lo es el Margot, o como es La Caramba en Merlo, San Luis. Fuimos hasta el Cao, y te cuento, ahí mamá y papá hablaron por primera vez, ahí empezamos a conocernos; y en el Cao estuvimos de charla y comiendo ricos sánguches muchas veces, en el principio de nuestra historia y mientras esperábamos tu nacimiento. En el Cao escribí mis últimos libros; hará siete años, tal vez un poco más, que es mi lugar preferido de escritura. Llegamos al café y ahí estaba mi mesa libre, la de siempre, ahora nuestra mesa, donde hablé con mamá Evangelina aquella primera vez, la mesa donde siempre que está libre, me siento a escribir mis historias en el mientras tanto del tiempo. Sobre esa mesa doble puedo decir que escribí mis mejores páginas, contra la ventana que da hacia los adoquines de Matheu. Sobre la mesa acomodamos el huevito, y desde su balanceo miraste por primera vez en la memoria del Cao. También paseamos: te llevé en brazos, fuimos hasta la entrada en la ochava, hasta la barra, donde hasta no hace mucho trabajaba el Gallego, un amigo del café que se fue a dibujar en el otro barrio. Fuimos hasta el primer mástil que está al principio de la barra, el Cao parece barco de tres mástiles, y te mostré cómo colgaban salames y chorizos colorados, también los sabores dan su presente en el cielo cercano de esta memoria escrita.

martes, 11 de septiembre de 2012

Una historia para Julia (XVIII)

Una de las maravillas amanecidas con tu presencia, Julia querida, se manifiesta en el momento de asomarnos a tu cuna. Tanto mamá Evangelina como yo, esperamos el instante, las imágenes. Una mención especial merece tu show de pases mágicos a la hora del despertar, una danza de manos frente a tu cara o bien sobre ella; por lo general despertás en rojo, carita refregada por las últimas respiraciones del sueño, arabescos en el aire tan cercanos a la más hermosa de las fiacas. Percibimos movimiento o nace el simulacro de llanto, una de tus maneras de decir: estoy, volví, hola. Y hacia vos emprendemos el viaje corto en nuestro departamento. No hay una vez que no nos recibas con una sonrisa, vos de cara iluminada, y nosotros al tono. Nunca pensé que podía ser tan hermoso encontrarte en la cuna. Sabés, tu presencia me hizo revisitar mi pasado, volver a imaginarme bebé, a imaginar que, como ahora nos pasa a nosotros, hubo días en que mi mamá Adela, mi papá Rolando, se asomaban a mi cuna y los recibía con una sonrisa, la misma que ellos me regalaban, y cada vez que pienso en mis papás, ahora, siendo tu papá, sé que mucho les debo agradecer. No es que esto ya no lo supiera, pero cuando te veo, Julia, tan chiquita, tan de necesitarnos, ahí, digo, diez veces, gracias a mis padres. Tu presencia invita a un acto total de amor y solidaridad, y quiero anotarlo para que lo leas muchas veces, para que nunca te olvides de estas dos palabras básicas en esta vida: amor y solidaridad. Muchas palabras pueden desdibujarse, se pueden cambiar por otras, pero estas no. Yo no recuerdo la imagen de mi cuna, y vos quizá no recuerdes la tuya, pero tanto vos, mamá Evangelina y yo, sabremos que los momentos y las miradas, cuando nos encontramos en la felicidad del borde de tus sábanas, existieron, y fueron sonrisa acompañada de ciertas palabras.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Fantasma amigo: Guillermo Pérez Bravo

Guillermo (el Gallego) en el bar de Cao. Foto: Mario Bellocchio.

Creo que sin “querer queriendo” me ausenté del Cao. Sabía que el Gallego estaba jodido, pero no quería saber hasta dónde podía llegar el puñal. No fui su amigo, apenas compañero de café, de charlas esporádicas, pero esos diálogos nos fueron dando la pista de que andábamos por las mismas veredas artísticas, éticas, humanas. Él dibujaba, y fue un lector atento de mis historias. En el Cao, de tarde, escribí varios libros. El Gallego abandonaba el timón del barco ubicado detrás de la barra (el Cao es barco de tres mástiles, por si no lo notaron), para encender las luces. Veía que escribía en la sombra y me decía: ¿Y encima con tinta roja? Las pequeñas charlas me tentaron y en abril del año pasado lo entrevisté para Desde Boedo. Titulé la nota: Navegar mar afuera, y quedé muy conforme con sus conceptos, su pensamiento, su memoria de vida: Bueno, detrás de la barra, en algún papelito, siempre dibujo algo, un esbozo mínimo, una mujer que me interesó, un viejo leyendo el diario, en Estímulo aprendí a plantar una imagen en poco tiempo. El trabajo me gusta, este es un lugar que está vivo, la gente lo hace así, viene gente de valor. No creo que pueda vivir solo dibujando, en algún lado soy bastante vago, soy de dar mucha vuelta, porque tengo fe en mi facilidad y rapidez, y muchas veces me pierdo en la contemplación. Era el Gallego quien sintonizaba la radio en el Cao: tango, rock, y encontraba momentos especiales de Los Beatles, Led Zeppelin, Deep Purple. El Gallego, después del día de trabajo, se sentaba en la última mesa por Matheu para saborear un fernet y fumar un cigarrillo. Era una de sus ceremonias.
Acabo de entrar al Cao, acabo de enterarme que dos viernes atrás, a mitad de este agosto, el Gallego se fue a dibujar al otro barrio. Era del 49. Luego de muchos días vine con la idea de reencontrarme con la escritura en mi café, y así lo hago, escribo sobre este personaje de Buenos Aires. Por la mañana le escribía a Julia, mi hija, sobre la memoria. El día transcurre y sigo anotando memoria. Buena señal.
Guillermo Pérez Bravo figura en las páginas, y en la dedicatoria de mi novela Fantasmas en el cemento: Guillermo en el Cao como fantasma amigo: el Gallego, otro buen tipo, en mi memoria.

viernes, 31 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XVII)

Ya te había hablado de la memoria, de ese lugar que vamos construyendo con los recuerdos, y ahora otra vez aparece la palabrita, el lugar, porque la memoria es palabra y lugar, es refugio amigo, nuestra casa, es la panza de mamá y el misterio. Hoy es viernes y estoy solo en casa. El miércoles a la tarde mamá Evangelina te llevó a Gualeguay, a la casa de los abuelos Olga y Gustavo. Desde que naciste que mamá te quiere llevar a su barrio, para que veas las calles por donde ella anduvo desde que era bebé hasta que fue una mujer. El miércoles se fueron porque además, por trabajo, mamá tenía que ir dos días a Rosario, que queda a tres horas de viaje desde Gualeguay. Escribo mientras estás en Rosario, a tus cuatro meses. Las tres viajeras, porque las acompaña la abuela. El sábado vuelven a Gualeguay, y el lunes, después del mediodía, viajo para encontrarme con ustedes. Vamos a caminar por la orilla del río, vamos a ir al Náutico, vamos a comer pizza en la Apolito. Vamos a ir a esos lugares tan queridos por mamá Evangelina. Así como ya estuviste en mis barrios, Boedo y San Cristóbal, hoy te toca saber del barrio de mamá. Así es como se construye la memoria, respirando aires diferentes, escuchando nuevos sonidos. La memoria es amiga, Julia, tan amiga como la lluvia, como las palabras. Y además, la memoria sirve en momentos como este, en que me siento al escritorio para escribirte, en soledad, sabiendo que no estás, porque en la cuna no hay señales de que te despertaste, porque tus muñecos amigos mantienen en calma sus posiciones de trapo, porque no estás en mis brazos, porque me faltan tus sonrisas en directo, pero claro, tengo la memoria, y en ella, desde ella, las veo, las tengo, las beso, siempre conmigo, porque estamos en Boedo, San Cristóbal y Gualeguay, porque estamos en nosotros, porque felizmente somos memoria.

lunes, 20 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XVI)

Nunca imaginé que podía terminar jugando a la magia. Nunca imaginé que mis manos, Julia querida, pudieran ser capaces de transmitirte tanta alegría. Habías empezado a observar tu mano izquierda con sobrada insistencia y detalle. Sucedió entonces que la casualidad me llevó a mover mis manos en el aire, frente a vos. Para un lado, para el otro, mano libre que saluda, que dice chau, y entonces la magia: tu labio superior que se hizo línea (así cada vez que tus ojos avisan que se viene piquito alegre), una línea de horizonte aparece en tu cara, porque la sonrisa, la felicidad, el asombro te gana, y entonces el susodicho labio se hace trazo leve dentro de la más pura de las sonrisas: si siempre hay luz en tu carita, sale el sol en este tiempo de destino y horizonte de lo más humano. Mirás con atención, asistís a no sé qué revelación placentera, no te perdés movimiento, mis manos adquieren vida propia, personalidad festiva. Las pienso humanas, ellas por separado y jugando juntas: animales de regular porte, cada una siendo un alma, una señal. Con mis manos en el aire sé que puedo anular hasta un llanto de regular intensidad: qué misterio, qué artefactos del sueño, maravillosos juguetes estas manos de contar historias, pero esta vez en el aire, a lo sumo volando a la distancia sobre un papel y una lapicera roja. Mis manos para vos, en casa, en el momento menos pensado, invitando a la alegría de manera tan natural y simple. Manos hermanas cuando las tocás con tu magia.

jueves, 9 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XV)


Luego de haber escrito el texto número catorce, sigo el impulso de anotar una especie de prólogo para estas páginas. Respeto el nuevo impulso. El primero apareció en la escritura simple, en las ganas de entrar en mi oficio para contarte a vos, Julia, mi hija, algunas historias. El segundo movimiento es el que da origen a este texto, porque decido escribir estas líneas cuando siento que las historias consignadas a tu alrededor murmuran una identidad, una música, una misma sintonía. La respiración de dicho paisaje interno fue el que me llevó a hacer foco en las señales que sugieren el nacimiento de un libro.
En medio de este tránsito recibí dos pareceres que, motivados por la lectura de las historias, contribuyeron al descubrimiento. Uno de Mónica de La Caramba: Varias veces pensé que podía ser un libro, y el otro de parte del poeta Rafael Vásquez: Quiero creer que si tu impulso continúa, su destino será llegar a un libro, algo así como “Primeras cartas para leerle a Julia”.
Una historia para Julia toma forma en la intención de recoger momentos, sensaciones, pensamientos, fantasías, para guardarlos en una memoria escrita. Hay en este libro una única intención: contarnos, dejar testimonio, memoria (sí, una vez más esta maravillosa palabra), de nosotros: mamá Evangelina, Julia y Edgardo, y de los momentos en que nos fuimos encontrando.
Puede que parezca un tanto increíble, pero fue bastante después de iniciada la escritura, que reparé a conciencia en tres de los versos escritos por José Agustín Goytisolo en su Palabras para Julia, un poema decisivo para nosotros: Entonces siempre acuérdate / de lo que un día yo escribí / pensando en ti como ahora pienso. Así de simple, escribí, escribo, pensando en vos, pensando en nosotros tres.

martes, 7 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XIV)

Escuchábamos blues mientras recorríamos el departamento. Una mirada por la ventana del dormitorio, una por la puerta que da al balcón, miradas a los cuadros, a las bibliotecas, a la señora de pañuelo rojo, abrigo al tono y cartera negra que siempre se cuelga de la pared, al lado de la puerta, y te hurta sonrisas. Mamá Evangelina había ido a la panadería. Estabas en mis brazos, y escuchábamos a Champion Jack Dupree. Afuera el cielo sobre nuestro pedazo de barrio, los techos de chapa, el árbol grande, los tanques de agua. Viajábamos a dúo por casa hasta que mis ojos encontraron la foto de Liliana sobre el escritorio. Sabés, Julia, mi amiga se fue al otro barrio, el de la casi ausencia, unos días antes de que vos nacieras. Desde su muerte que tengo su foto apoyada contra la botella de whisky. Es su foto de Lisboa, está sentada a la mesa donde se apoya la estatua de Fernando Pessoa, el poeta de Portugal. Después de encontrarme con Liliana en Lisboa, caminaba, te llevaba, íbamos buscando nuevos ángulos de mirada, pero yo ya iba de a tres porque pensaba que ella no llegó a conocerte, que le hubiese gustado tanto, y en esos momentos pensaba en que seguramente le hubiese contado lo de tu manito izquierda, esa que hace días atrapa casi toda tu atención: manito cerrada, dedos que se desperezan, tus ojos, y vuelta tu manito cerrada. Imaginé que le contaba porque también había notado que siempre perdías, en primer lugar, la media de tu pie izquierdo; imaginé que le contaba al tiempo que se me ocurría alguna filosofada barata, a veces me gusta hacerme el gracioso, sobre la suerte de la izquierda y la derecha en las patitas de pibas de tres meses, y que poco después de obtenida una conclusión, tendría que haberla cambiado porque tu pie izquierdo empezó a ganar sobre tu media derecha, acción que probaba a las claras un triunfo netamente revolucionario. Así anduvimos por el cielo raso de una mañana en que escuchábamos blues en casa, felices, memoriosos, humanos.