Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVII)


El “mostro” de polenta hizo una aparición salvaje, explícita. Cuando mamá Evangelina logró que aceptaras abrir la boca para empezar a comer, nuestra atención se la llevaba la novedosa ceremonia de la comida. Rápidamente te hiciste amiga de la polenta, los fideos, la morcilla. Parte del consejo de los que saben, era que tu contacto con el morfi debía ser directo, y para ello valía todo, desde ya la boca y sus aledaños, la ropa, las manos, o sea dedos libres sobre el barro fundacional. A resultas de tamaño consejo, las manitos te brillaban, la boca igual, la mayoría de las veces ibas directo a la bañera a hacer un “al agua, pato”, y tu ropa partía en vuelo directo al lavarropa. Hasta ahí todo bien, pero apareció el “mostro” y marcó una diferencia. Fue un mediodía de polenta, tu cara presentaba un maquillaje de arena amarilla muy trabajado, a lo Lon Chaney, en el que claramente se representaba una figura que metía miedo, al menos al contacto dado la apariencia pringosa del ser escapado de la olla anclada en la cocina. Te vi, me dio risa, y entonces dije: el monstruo de polenta, y enseguida me di cuenta de que sobraba la “n”, la aparición exigía una anomalía de la lengua, por eso corregí y dije: el mostro de polenta. Fue en ese momento, que vos, sonriente, enseñando tus dos dientes de arriba y el solito de abajo, emitiste un sonido corto y amenazante, algo así como el “ajjjgrrr” que aparecen en los globos de algunas historietas. Me reí, retrocedí un paso tapándome la cara debido a la aparición del mostro: oh, no, el mostro. Te reías, volviste a emitir el sonido, y entonces mamá Evangelina también tuvo miedo del mostro. El juego se repitió esa y otras veces, y vos respondías. El paso del tiempo lo convirtió en un clásico. Los que saben de su existencia, te preguntan por el mostro y vos le das entidad sonora. El otro día, tu prima Juana, de dos años y pico, mientras estaban en tu corralito, te preguntó por el mostro, y le devolviste el gruñido. Recuerdo que estábamos en la puerta de casa, porque ahora tenemos parecita y vereda. Por la vereda de enfrente caminaban unos chicos. Al oído te dije que había que avisarles que acá vivía el mostro de polenta: escuchaste mostro y soltaste el “ajjjgrrr” de convocar el juego. A veces, cuando te estás durmiendo en mis brazos, con tu cabeza apoyada en mi hombro, proponés un juego. Emitís un sonido o alguna de esas palabras misteriosas que no podemos descifrar, un ta, un titipi, solo un sonido, y esperás para escuchar el que yo te devuelvo, también corto y parecido a los tuyos. En medio de este juego te gusta deslizar un gruñido de mostro al que yo respondo divertido.

Siempre me gustó la polenta, y ahora mucho más.

Una historia para Julia (XXXVI)

En los días en que empezaron a dar su presente las cajas de cartón que nos servirían para la mudanza, mamá Evangelina armó una para guardar el grupito de amigos que ya formaban tus muñecos. Al final del día, la mona Jacinta, el perrito blanco, el oso “teneme el oso”, el chancho Cholito, y algunos de sus asesores a la hora de tu entretenimiento, terminaban haciendo la plancha dentro de la caja de champú Chandon. El dormitorio portátil cumplía su función de maravillas hasta el movimiento mágico realizado por la abuela Olga, que en una de las escapadas que se hacía desde Gualeguay hasta nuestra Buenos Aires, le sumó otra significancia. Olguita tomó la caja con los muñecos y la posó dentro del corralito donde vos jugabas. El descubrimiento fue instantáneo. Manito sujeta al borde de la caja dormitorio, cartón Chandon en plano inclinado, y la otra manito cachando del cogote al primer muñeco que estaba a tiro. Todos a jugar al patio, en fila, uno atrás del otro. Y enseguida empezaban a caer al dormitorio otra vez, y no era la hora de la siesta, y tampoco era de noche. Tu felicidad en esta vida va a tener muchas direcciones postales, vos misma vas a llevar el relato de tu lista. Cuando esto suceda, tené presente que ella, la susodicha felicidad, una vez vivió en una caja de Chandon, la de muñecos afuera, la de muñecos adentro, la arañada, la que fue tambor, la que recibía tu cabeza y tu mirada de investigadora. Te vi jugar con ella, en ella y en sus alrededores, por más de una hora. Silvia, tu pediatra, nos dijo: Ella se muda con los muñecos en la caja. Así lo hicimos. La magia hecha por la abuela colocó a la caja en una perspectiva lista para la vida. Que tu caja sólo libere muñecos y esperanzas. Que la eternidad, que consiste en tomarse el tiempo para hacer la vida, sea el paisaje por donde caminen vos, tus amigos, tu mirada.

viernes, 22 de marzo de 2013

Una historia para Julia (XXXV)

En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese origen nos vamos con la memoria.

martes, 19 de marzo de 2013

Una historia para Julia (XXXIV)


Desde fines de enero que no me sentaba a escribirte. Pasaban los días y yo me repetía: voy a escribir sobre el cambio. Porque hasta hace un tiempito, cada vez que algo te llamaba la atención y estaba a tu alcance, tu manito avanzaba decidida al contacto. Cinco deditos cinco en pos de objetos de toda clase, cinco deditos cinco para desplegar tu curiosidad. Silvia, tu pediatra, ya nos había avisado, el avance de la manito en sintonía de orquesta va a ir desapareciendo para dejar lugar a los arabescos de un solo de dedo índice. Y así fue. Ahora avanza el bollito de violines dormidos, y en ristre el dedito de hurgar, de rascar o de acariciar botones de juguetes que tienen música, dedito de desgranar galletitas. Buscás capturar anteojos, investigar orejas y narices, hacer centro en la boca de la mona Jacinta o en los ojos del oso “teneme el oso”. Tu dedo índice funciona como el brazo de una sonda espacial que acaba de llegar a un planeta nuevo, y es así, es todo tan nuevo que no hay día que no estés fundando barrios y miradas. Mamá Evangelina y yo, en estos momentos en San Cristóbal, en Boedo, en Buenos Aires, somos los testigos agradecidos.

martes, 22 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXIII)

Creo que el secreto para andar atento y feliz en esta vida, es saber que los días te van a traer cantidad de sorpresas, algunas a favor y otras en contra. O sea, Julia, que vas a tener que pasar momentos que te van a gustar, y mucho, y otros que no. El asunto es tratar de tomar los hechos con la mayor tranquilidad posible. A esta altura del relato pensarás en qué es lo que te quiere contar el barbeta de papá. Quiero que sepas cómo fue, cómo pasaste, tu primera enfermedad. Y esto nada tiene que ver con andar revolviendo lo feo o incómodo, tiene que ver con la memoria y ciertas imágenes. Pasaste dos días un tanto molesta, muy llorona y demandante, y eso era raro en tu manera de ser. Después aparecieron unas pocas líneas de fiebre que a poco se transformaron en un montón. ¿Qué ocurre con los bebés cuando se sienten mal?, buscan refugio, y para refugio, no hay nada más seguro, más amado, que el calor, la presencia de mamá. A esta altura de la filosofada y el relato, aparece el nombre de la heroína de esta historia: mamá Evangelina. Es cierto, papá acompañó. Con mamá, en lo posible, nos repartimos tareas, nos ayudamos, y creo que formamos un buen equipo, pero quiero que sepas que fue ella la presencia definitiva para que hoy estés mejor, y yo pueda estar contándote lo ocurrido. Llegaste a tener mucha fiebre, rozando los 40 grados, te quejabas mucho, molestias, dolor, llegaban los vómitos y tu susto, y entonces querías mamá, y una y otra vez mamá estuvo con vos, para vos. La tormenta duró una semana, durante ese tiempo dormimos, los tres, a los saltos. El primer nombre malo que apareció fue faringitis viral, y la susodicha se la jugó ocultando el problema más jodido, una infección urinaria. Ya te dije un par de veces que en la vida siempre ocurren cosas por primera vez, bueno, esta es, fue, nuestra primera vez a la hora de saber que hay un hijo enfermo. Y mientras iba dentro de mi primera vez, nervioso, con miedo, asustado como nunca antes, fui testigo de cómo mamá le puso el alma, el cuerpo, para cuidarte. Que estuvo un par de veces cerca del “no puedo más”, sí, claro, pero ese detalle es el que destaca todavía más su “estar” para con vos: porque volvía a levantarse. Una y otra vez mamá Evangelina iba al abrazo que pedías. Verla así me emocionaba, pensaba en mi amor por ella, en el orgullo que sentía al ver lo que veía, y pensaba en el amor de madre que ella te brinda. Pensaba en tu suerte al tener esta mamá, porque no cualquiera puede, no creo que todas las mujeres puedan dar vida al título que entrega la magia de la naturaleza: una mamá se hace en la construcción del encuentro con el hijo. Tenés una mamá que te acompaña, nunca te olvides, ni en los momentos a favor ni en los que van a jugar en contra. Algo más, me encantaría que hoy pudieras frecuentar esa tranquilidad de la que te hablo. Ya sé, a casi nueve meses, no está entre tus posibilidades. Hoy entenderías estas palabras finales cuando todavía faltan varios días de antibiótico, ay, nena, no sabés qué difícil es que aceptes algo que no sea la leche de mamá. Tu intención de emular al gran boxeador Nicolino Locche, o sea, vos, mi Nicotina, es perfecta: todos sabemos que le embocaron algunas piñas, en este caso, suerte para todos, remedio a bodega, pero cómo cuesta.

Una historia para Julia (XXXII)

En nuestro lugar de vacaciones terminaste de hacer un descubrimiento. La presencia te intrigaba, tus investigaciones habían comenzado en casa, pero fue en Gualeguay donde al fin atrapaste la cara escurridiza de tu sombra. Un camino de cemento, una cinta gris sobre el pasto cortito del parque, comunicaba la puerta de calle y nuestro refugio cercano al gran sauce y las piletas. A un lado del camino se levantaban unas plantas de regular altura, unos arbolitos a los que vos, de pasada, le sacabas alguna hojita. Mamá Evangelina te sacó una linda foto practicando cacería en verde. Descubrí que disfrutabas mucho cuando te sostenía en el aire, paralela al piso, y vos mirabas hacia abajo, como si fueras en un avión. Te interesaba ver el pasto, la tierra, el camino de cemento, y fue así que mientras te llevaba de esta manera por ese camino, descubriste, en un regreso desde la calle, que a tu izquierda se deslizaba una mancha oscura sobre el pasto. Nos seguían nuestras sombras a buen paso. A partir del hallazgo y en viajes posteriores, tus ojos fueron en exclusividad para la presencia sombra. Luego ocurrió que una noche se me dio por sentarte en la camita que había en el comedor, y yo me tiré a un lado. Mamá Evangelina preparaba la cena. La luz del ambiente te acompañaba desde el mejor lugar, por lo que tu sombra dijo presente sobre el almohadón grande que estaba sobre la cama y que se apoyaba contra la pared. Te miré justito cuando descubrías la sombra, cuando te descubrías recortada en oscuro. Te quedaste quieta. Después te moviste un poco, siempre sin dejar de mirarte sobre el almohadón. Fue un lento reconocimiento. Duró unos minutos, hasta que vi cómo estirabas tu manito para tocar las manos de la sombra. La punta de tus deditos llegaron al almohadón y vos pegaste un grito de alegría. Enseguida pensé en la novela que escribo hace un par de años, trata de la sombra y de la vida del abuelo Rolando. Con mi dedo índice de la mano derecha rocé tu cara, y pensé en esas señales que aparecen mientras trato de contar mis historias: señales del misterio que provienen de ese costado mágico que tienen los días.

lunes, 14 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXI)

Bajo el sauce
Estábamos de vacaciones en Gualeguay. Alquilamos un departamento chico en un lugar ubicado a unos kilómetros de la ciudad. Tenía parque, dos piletas, cuatro churrasqueros, y varios árboles. Había cuatro departamentos más, y en uno de ellos una nenita de cinco años llamada Inti. Cada vez que la veías, sonreías y estabas atenta, Inti siempre se acercaba a saludarte. El primer día te trajo un obsequio hecho por ella: un palito de unos quince centímetros, un pañuelo de papel enrollado sobre la parte media del palito, y una de esas manitos chiquitas, de plástico, que sujetan el pelo, ajustando el pañuelo sobre la madera. Inti era flaquita, usaba ropa de muchos colores, y tenía las uñas de las manos pintadas de color amarillo. Su familia llegó de Perú en los 90. En uno de estos días de vacaciones por fin encontré el momento para hacerle a mamá Evangelina una pregunta que hacía meses me daba vueltas en el pensamiento: Eva, ¿qué es amamantar? Mamá dijo: Uno le da todo lo que necesita la persona que tiene que cuidar, con un solo acto lo abraza, lo mima, le da amor, lo alimenta, es como el estado ideal de acercamiento con otro individuo. Si uno quisiera a alguien y de tocarlo pudiera brindarle eso que uno brinda cuando da la teta, sería perfecto. Por ejemplo, cuando alguien está mal, alguien que querés, una amiga, un hermano, o tu viejo, es como tener el poder de curar todo. Está bueno, ella llora, hay veces que es de maña, otras de hambre, o porque se angustia, y vos sabés que con la teta solucionás todo. Julia se siente muy segura mientras toma la teta, juega, se ríe, se esconde, me pellizca, porque uno la coloca en un espacio que es de ella. Creo que mamá Evangelina hablaba de la felicidad, la tuya, la de ella, y la mía cuando las veo entre los juegos y las caricias en torno a la leche. Mientras mamá hablaba bajo el sauce y papá grababa sus palabras, se escuchaba el sonido misterioso de las chicharras: la voz de la naturaleza en el aire de Gualeguay.