Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

lunes, 13 de mayo de 2013

Buenos Aires a distancia


A Mariano Larra, personaje de mi novela Morir por Perón, le tocó en suerte recibir como herencia una de las señales que yo considero, desde hace años, de buen augurio para sostener la travesía cotidiana en Buenos Aires. Cada vez que pasaba a bordo del 160 por el puente sobre las vías del ferrocarril Sarmiento, ubicado en Salguero, entre Bartolomé Mitre y Díaz Vélez, miraba buscando el tránsito de un tren. Valía si lo veía venir, mucho mejor si mi permanencia sobre el puente coincidía con la formación debajo del mismo, y también valía ver cómo se alejaba. Tres tiempos posibles para que mi observación fuera validada como destino. Como sea, la señal, el buen augurio, se daba por la coincidencia en la encrucijada, y en la sustancia de la susodicha coincidencia geográfico/temporal: si yo podía ver pasar el tren, significaba que estaba ubicado en una posición desde la cual podía contemplar o imaginar tantas historias como personas viajaban en los vagones, y eso, señores, es una suerte: porque si hay historias para contar, hay vida y hay sueños. Es mejor cuando las historias deambulan por la faz de nuestros mundos. Esa era mi suerte, y esa misma suerte le obsequié a un torturado Larra para sus días de ficción.
Viajé a Gualeguay, Entre Ríos, unas tres veces antes de una travesía decisiva dentro de mi vida. En cada viaje a la ciudad de donde es oriunda mi mujer, reparé en el placer que me deparaba el cruce del complejo Zárate Brazo Largo. Desde los dos puentes, el Bartolomé Mitre sobre el Paraná de las Palmas, y el Justo José de Urquiza sobre el Paraná Guazú, miraba las márgenes del río, las casitas en torno, el laborar de los barcos, la lejanía. Imposible para un porteño con espíritu vivo ignorar el paisaje. Cada vez esperaba el paso sobre los puentes. Una vez descubrí en la lejanía, sobre tierra, un barco fuera de lugar. Una nao vieja, importante, que había sido de pasajeros, pintada de blanco, casi un fantasma sobre la tierra, ubicado muy cerca del verde de la arboleda que tenía de fondo. ¿Cómo habrá llegado hasta ahí? Tendrá su historia, como historia guardo en estos cincuenta y un años de vida que cumplo hoy, 22 de abril. Durante la travesía titulada decisiva (ya que iba a ver una casa para mudar nuestra familia a Gualeguay), pude ver, por un segundo, la estela que abandonaba la popa de una embarcación. La coincidencia en la encrucijada geográfico/temporal se daba con mi presencia sobre el segundo de los puentes del Complejo, y un barco que pasaba exactamente por debajo. Un buen augurio, me dije, al tiempo que recordaba el puente sobre Salguero y a Mariano Larra. Y fue así, la casa nos gustó, y ahora escribo, es decir, pretendo escribir sobre mi Buenos Aires a distancia, desde Gualeguay, desde mi escritorio de trabajo que tan bien me acompañó en mi ciudad.
Buenos Aires es galaxia, y como tal está habitada desde distintos mundos. Puedo afirmar que la estrella centro de esa galaxia, ubicada en la esquina de Boedo y San Ignacio, es el café Margot. A esta altura no me voy a poner a explicar la importancia de un café en una ciudad como esta, pero sí voy a anotar que los cafés, los centros de galaxia, se erigen, crecen, respiran, y hacen historia cuando son habitados por determinada zoología rica en componentes espirituales. Por ejemplo, el Margot es lo que es, por la presencia de personajes como el poeta Rubén Derlis, el periodista Mario Bellocchio, el historiador Diego Ruiz, el pensador Otto Carlos Millar, el músico Juan Tata Cedrón. Ellos, junto a un variopinto puñado de almas sensibles, y junto a los buenos fantasmas del Profe Ricardo De Biasse, el Gordo González y Carlos Caffarena, hicieron y hacen mi Margot: lugar de charla, de lectura y escritura, de memoria. Y de este café, a juzgar por un kilometraje certificado, de alguna manera me alejé. Hoy no escribo desde el Margot, desde mi barrio de Boedo, desde mi San Cristóbal (y ahí el café Cao como mi nave insignia). Hoy escribo desde Gualeguay para decir que me fui de mi ciudad. Y es cierto, miro por la ventana y ya no veo los techos de casas bajas que veía desde mi segundo piso. Veo un patio, varios metros de terreno con pasto ralo, y algunos árboles. Ya no llego hasta la verdulería que atiende Hugo y Ariel, dos hacedores de mi barrio, porque San Cristóbal fue amigo por varios motivos, y entre ellos está la presencia de mis verduleros, que trabajan sobre la misma vereda en la que todavía dice presente la casa de María La Vasca, milonga famosa de cuando Carlos Calvo se llamaba Europa. Evangelina, mi mujer, antes de que decidiéramos el cambio de paisaje, me preguntó muy seria: ¿Y tus amigos?, ¿el café?, ¿la escritura? Claro que preguntaba por Buenos Aires toda. Ella pensaba que yo nunca podría dejar la ciudad. Pero se equivocaba. Alguien dijo una vez / que yo me fui de mi barrio, / ¿Cuando?, ¿pero cuando? / Si siempre estoy llegando, anotó Troilo. A ella le contesté que a Buenos Aires me la llevaba puesta, que la llevo a salvo, sangre adentro. Le dije que a Buenos Aires la escribo desde cualquier lugar del mundo y del alma.
Pero claro, la distancia es la distancia, y entonces ya no me puedo llegar el sábado por el Margot, que me quedaba a diez cuadras de casa, ya no me puedo sentar a escribir en el Cao. Sucederá de vez en cuando, en los días de visita. Porque a Buenos Aires no se la deja, si no se la habita, se la visita, y en esas visitas será tiempo para ver a mis padres y mi hermano en Martín Coronado, para ver a los amigos de siempre. Habrá tiempo para el encuentro con el amigo poeta, y principal seguidor de las historias para Julia, Rafael Vásquez. Habrá tiempo para saber de los descubrimientos que Mónica López Ocón haga en su Azul natal. Me quedó un café pendiente con Alberto Di Nardo, Eduardo Noriega, Amanda Samia, Alicia Cao. Siempre hay pendientes en Buenos Aires, porque además de tanta poética, la damisela hoy tiene su costado oscuro: la velocidad que parte las calles y promueve los desencuentros: promueve la terrible estupidez de dejar una charla para mañana. Una mención especial merecen mis buenos fantasmas, ellos también se quedaron en la ciudad y a la vez se vinieron conmigo. Pienso en el escritor Gabriel Montergous, uno de mis maestros, en el cronopio Liliana Bustos, en el Gallego Pérez Bravo, en el poeta Hugo Ditaranto, otro de mis maestros (nace esta presencia sin importar nuestro alejamiento de los últimos años; cuando supe de su muerte, el 10 de abril, el día se quebró y ahí quedé, tironeado por el pasado y con un sabor amargo en el alma; después quedé buscando en la memoria alguna de sus líneas, alguna de sus buenas anécdotas, y las encontré).
Avisé a mis amigos más cercanos de mi alejamiento de Buenos Aires, a través de una de las historias que le escribo a Julia, mi hija, la número XXXV: En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese origen nos vamos con la memoria.
El poeta Derlis me dejó un mensaje emocionado en el teléfono: La verdad que me conmovió tu aviso de partida, además, qué joder, te vas a la patria de Juan L., me parece bien la decisión que tomás, a mí me cuesta salir de Buenos Aires, no sé, tendría que hacerlo, pero creo que no podría respirar, cada uno está loco como quiere estar o puede, me parece bien tu opción.
Sabré al final de cuentas cómo es escribir de mi Buenos Aires desde mi Gualeguay, veré cómo pinta el cemento desde la orilla del río. Sabré en definitiva cómo es en realidad escribir desde un lugar que no sea Buenos Aires. Sabré cómo es vivir esta otra vida que de seguro agregará palabras a mi tinta. A una punta de kilómetros de Buenos Aires y sin embargo ahí estoy, sigo estando, quizás un estado del alma, del espíritu, de mi sombra, la memoria. Inauguro mis palabras desde la casa nueva, cómodo, así me siento, mi identidad a gusto en esta Gualeguay soleada. Estoy con ustedes y es una manera de no estar del todo por acá, y miro el patio y los árboles que me aseguran que ando por acá y no tanto por allá. Después de todo, quizás uno no sea más que la suerte de ser un barco fuera de lugar toda la vida, y esto sin consideraciones trágicas, hablo de la feliz travesía de un barco fuera de lugar, porque la suerte está en que no halla un solo río, un solo mar, un solo centro de galaxia, una sola galaxia, un solo café, una sola ciudad. Vi el barco fuera de lugar desde el puente: un habitante del agua llamado a la tierra. A no olvidar: hay distintas maneras de acercarse a la felicidad. De Buenos Aires a Gualeguay, y de Gualeguay para mi barrio de Boedo, San Cristóbal, y sí, también para mi Martín Coronado donde tuvo lugar la botadura/fundación de este escriba dado a las filosofadas baratas.
Poeta, parece que por acá se respira bonito.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Una historia para Julia (XXXVII)


El “mostro” de polenta hizo una aparición salvaje, explícita. Cuando mamá Evangelina logró que aceptaras abrir la boca para empezar a comer, nuestra atención se la llevaba la novedosa ceremonia de la comida. Rápidamente te hiciste amiga de la polenta, los fideos, la morcilla. Parte del consejo de los que saben, era que tu contacto con el morfi debía ser directo, y para ello valía todo, desde ya la boca y sus aledaños, la ropa, las manos, o sea dedos libres sobre el barro fundacional. A resultas de tamaño consejo, las manitos te brillaban, la boca igual, la mayoría de las veces ibas directo a la bañera a hacer un “al agua, pato”, y tu ropa partía en vuelo directo al lavarropa. Hasta ahí todo bien, pero apareció el “mostro” y marcó una diferencia. Fue un mediodía de polenta, tu cara presentaba un maquillaje de arena amarilla muy trabajado, a lo Lon Chaney, en el que claramente se representaba una figura que metía miedo, al menos al contacto dado la apariencia pringosa del ser escapado de la olla anclada en la cocina. Te vi, me dio risa, y entonces dije: el monstruo de polenta, y enseguida me di cuenta de que sobraba la “n”, la aparición exigía una anomalía de la lengua, por eso corregí y dije: el mostro de polenta. Fue en ese momento, que vos, sonriente, enseñando tus dos dientes de arriba y el solito de abajo, emitiste un sonido corto y amenazante, algo así como el “ajjjgrrr” que aparecen en los globos de algunas historietas. Me reí, retrocedí un paso tapándome la cara debido a la aparición del mostro: oh, no, el mostro. Te reías, volviste a emitir el sonido, y entonces mamá Evangelina también tuvo miedo del mostro. El juego se repitió esa y otras veces, y vos respondías. El paso del tiempo lo convirtió en un clásico. Los que saben de su existencia, te preguntan por el mostro y vos le das entidad sonora. El otro día, tu prima Juana, de dos años y pico, mientras estaban en tu corralito, te preguntó por el mostro, y le devolviste el gruñido. Recuerdo que estábamos en la puerta de casa, porque ahora tenemos parecita y vereda. Por la vereda de enfrente caminaban unos chicos. Al oído te dije que había que avisarles que acá vivía el mostro de polenta: escuchaste mostro y soltaste el “ajjjgrrr” de convocar el juego. A veces, cuando te estás durmiendo en mis brazos, con tu cabeza apoyada en mi hombro, proponés un juego. Emitís un sonido o alguna de esas palabras misteriosas que no podemos descifrar, un ta, un titipi, solo un sonido, y esperás para escuchar el que yo te devuelvo, también corto y parecido a los tuyos. En medio de este juego te gusta deslizar un gruñido de mostro al que yo respondo divertido.

Siempre me gustó la polenta, y ahora mucho más.

Una historia para Julia (XXXVI)

En los días en que empezaron a dar su presente las cajas de cartón que nos servirían para la mudanza, mamá Evangelina armó una para guardar el grupito de amigos que ya formaban tus muñecos. Al final del día, la mona Jacinta, el perrito blanco, el oso “teneme el oso”, el chancho Cholito, y algunos de sus asesores a la hora de tu entretenimiento, terminaban haciendo la plancha dentro de la caja de champú Chandon. El dormitorio portátil cumplía su función de maravillas hasta el movimiento mágico realizado por la abuela Olga, que en una de las escapadas que se hacía desde Gualeguay hasta nuestra Buenos Aires, le sumó otra significancia. Olguita tomó la caja con los muñecos y la posó dentro del corralito donde vos jugabas. El descubrimiento fue instantáneo. Manito sujeta al borde de la caja dormitorio, cartón Chandon en plano inclinado, y la otra manito cachando del cogote al primer muñeco que estaba a tiro. Todos a jugar al patio, en fila, uno atrás del otro. Y enseguida empezaban a caer al dormitorio otra vez, y no era la hora de la siesta, y tampoco era de noche. Tu felicidad en esta vida va a tener muchas direcciones postales, vos misma vas a llevar el relato de tu lista. Cuando esto suceda, tené presente que ella, la susodicha felicidad, una vez vivió en una caja de Chandon, la de muñecos afuera, la de muñecos adentro, la arañada, la que fue tambor, la que recibía tu cabeza y tu mirada de investigadora. Te vi jugar con ella, en ella y en sus alrededores, por más de una hora. Silvia, tu pediatra, nos dijo: Ella se muda con los muñecos en la caja. Así lo hicimos. La magia hecha por la abuela colocó a la caja en una perspectiva lista para la vida. Que tu caja sólo libere muñecos y esperanzas. Que la eternidad, que consiste en tomarse el tiempo para hacer la vida, sea el paisaje por donde caminen vos, tus amigos, tu mirada.

viernes, 22 de marzo de 2013

Una historia para Julia (XXXV)

En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese origen nos vamos con la memoria.

martes, 19 de marzo de 2013

Una historia para Julia (XXXIV)


Desde fines de enero que no me sentaba a escribirte. Pasaban los días y yo me repetía: voy a escribir sobre el cambio. Porque hasta hace un tiempito, cada vez que algo te llamaba la atención y estaba a tu alcance, tu manito avanzaba decidida al contacto. Cinco deditos cinco en pos de objetos de toda clase, cinco deditos cinco para desplegar tu curiosidad. Silvia, tu pediatra, ya nos había avisado, el avance de la manito en sintonía de orquesta va a ir desapareciendo para dejar lugar a los arabescos de un solo de dedo índice. Y así fue. Ahora avanza el bollito de violines dormidos, y en ristre el dedito de hurgar, de rascar o de acariciar botones de juguetes que tienen música, dedito de desgranar galletitas. Buscás capturar anteojos, investigar orejas y narices, hacer centro en la boca de la mona Jacinta o en los ojos del oso “teneme el oso”. Tu dedo índice funciona como el brazo de una sonda espacial que acaba de llegar a un planeta nuevo, y es así, es todo tan nuevo que no hay día que no estés fundando barrios y miradas. Mamá Evangelina y yo, en estos momentos en San Cristóbal, en Boedo, en Buenos Aires, somos los testigos agradecidos.

martes, 22 de enero de 2013

Una historia para Julia (XXXIII)

Creo que el secreto para andar atento y feliz en esta vida, es saber que los días te van a traer cantidad de sorpresas, algunas a favor y otras en contra. O sea, Julia, que vas a tener que pasar momentos que te van a gustar, y mucho, y otros que no. El asunto es tratar de tomar los hechos con la mayor tranquilidad posible. A esta altura del relato pensarás en qué es lo que te quiere contar el barbeta de papá. Quiero que sepas cómo fue, cómo pasaste, tu primera enfermedad. Y esto nada tiene que ver con andar revolviendo lo feo o incómodo, tiene que ver con la memoria y ciertas imágenes. Pasaste dos días un tanto molesta, muy llorona y demandante, y eso era raro en tu manera de ser. Después aparecieron unas pocas líneas de fiebre que a poco se transformaron en un montón. ¿Qué ocurre con los bebés cuando se sienten mal?, buscan refugio, y para refugio, no hay nada más seguro, más amado, que el calor, la presencia de mamá. A esta altura de la filosofada y el relato, aparece el nombre de la heroína de esta historia: mamá Evangelina. Es cierto, papá acompañó. Con mamá, en lo posible, nos repartimos tareas, nos ayudamos, y creo que formamos un buen equipo, pero quiero que sepas que fue ella la presencia definitiva para que hoy estés mejor, y yo pueda estar contándote lo ocurrido. Llegaste a tener mucha fiebre, rozando los 40 grados, te quejabas mucho, molestias, dolor, llegaban los vómitos y tu susto, y entonces querías mamá, y una y otra vez mamá estuvo con vos, para vos. La tormenta duró una semana, durante ese tiempo dormimos, los tres, a los saltos. El primer nombre malo que apareció fue faringitis viral, y la susodicha se la jugó ocultando el problema más jodido, una infección urinaria. Ya te dije un par de veces que en la vida siempre ocurren cosas por primera vez, bueno, esta es, fue, nuestra primera vez a la hora de saber que hay un hijo enfermo. Y mientras iba dentro de mi primera vez, nervioso, con miedo, asustado como nunca antes, fui testigo de cómo mamá le puso el alma, el cuerpo, para cuidarte. Que estuvo un par de veces cerca del “no puedo más”, sí, claro, pero ese detalle es el que destaca todavía más su “estar” para con vos: porque volvía a levantarse. Una y otra vez mamá Evangelina iba al abrazo que pedías. Verla así me emocionaba, pensaba en mi amor por ella, en el orgullo que sentía al ver lo que veía, y pensaba en el amor de madre que ella te brinda. Pensaba en tu suerte al tener esta mamá, porque no cualquiera puede, no creo que todas las mujeres puedan dar vida al título que entrega la magia de la naturaleza: una mamá se hace en la construcción del encuentro con el hijo. Tenés una mamá que te acompaña, nunca te olvides, ni en los momentos a favor ni en los que van a jugar en contra. Algo más, me encantaría que hoy pudieras frecuentar esa tranquilidad de la que te hablo. Ya sé, a casi nueve meses, no está entre tus posibilidades. Hoy entenderías estas palabras finales cuando todavía faltan varios días de antibiótico, ay, nena, no sabés qué difícil es que aceptes algo que no sea la leche de mamá. Tu intención de emular al gran boxeador Nicolino Locche, o sea, vos, mi Nicotina, es perfecta: todos sabemos que le embocaron algunas piñas, en este caso, suerte para todos, remedio a bodega, pero cómo cuesta.

Una historia para Julia (XXXII)

En nuestro lugar de vacaciones terminaste de hacer un descubrimiento. La presencia te intrigaba, tus investigaciones habían comenzado en casa, pero fue en Gualeguay donde al fin atrapaste la cara escurridiza de tu sombra. Un camino de cemento, una cinta gris sobre el pasto cortito del parque, comunicaba la puerta de calle y nuestro refugio cercano al gran sauce y las piletas. A un lado del camino se levantaban unas plantas de regular altura, unos arbolitos a los que vos, de pasada, le sacabas alguna hojita. Mamá Evangelina te sacó una linda foto practicando cacería en verde. Descubrí que disfrutabas mucho cuando te sostenía en el aire, paralela al piso, y vos mirabas hacia abajo, como si fueras en un avión. Te interesaba ver el pasto, la tierra, el camino de cemento, y fue así que mientras te llevaba de esta manera por ese camino, descubriste, en un regreso desde la calle, que a tu izquierda se deslizaba una mancha oscura sobre el pasto. Nos seguían nuestras sombras a buen paso. A partir del hallazgo y en viajes posteriores, tus ojos fueron en exclusividad para la presencia sombra. Luego ocurrió que una noche se me dio por sentarte en la camita que había en el comedor, y yo me tiré a un lado. Mamá Evangelina preparaba la cena. La luz del ambiente te acompañaba desde el mejor lugar, por lo que tu sombra dijo presente sobre el almohadón grande que estaba sobre la cama y que se apoyaba contra la pared. Te miré justito cuando descubrías la sombra, cuando te descubrías recortada en oscuro. Te quedaste quieta. Después te moviste un poco, siempre sin dejar de mirarte sobre el almohadón. Fue un lento reconocimiento. Duró unos minutos, hasta que vi cómo estirabas tu manito para tocar las manos de la sombra. La punta de tus deditos llegaron al almohadón y vos pegaste un grito de alegría. Enseguida pensé en la novela que escribo hace un par de años, trata de la sombra y de la vida del abuelo Rolando. Con mi dedo índice de la mano derecha rocé tu cara, y pensé en esas señales que aparecen mientras trato de contar mis historias: señales del misterio que provienen de ese costado mágico que tienen los días.