Allá lejos y hace tiempo leí la novela de
Manauta. Y esa lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: ahí
su aroma durante 30 años. Hoy, el muchacho que fui, mira desde lejos, como si
mirara desde Gualeguaychú, y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra
orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a
su tiempo, fundamos nuestras almas simples. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy
entre las páginas de esta novela. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan
iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la
memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero digo que existe una
cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que
significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Hay hambre en Las
tierras blancas: imágenes, palabras que duran toda una vida. Por Manauta supo
el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas
vivencias.
domingo, 15 de diciembre de 2013
domingo, 10 de noviembre de 2013
Nudos de hierro de Gabriel Montergous, mi amigo y maestro (Libro recordado, Tiempo Argentino 10/11/2013)
Los libros se quedan a vivir nuestras vidas
por diversas razones. Por los personajes, no olvido a Francisco, a Bárbara, a Ennio
Costello; y conmigo se quedó la casa de provincia que no paraba de achicarse
por obra de los despreciables Caranchi. No me abandona la opresión vivida al ser
testigo de cómo los patios y los lugares desaparecían: esa casa respiraba en la
condena, porque su autor la había amanecido como ser vivo. Guardo en la
biblioteca mi ejemplar firmado por Montergous. Lo coloqué algunas veces sobre
la mesa del Tuñín de Rivadavia y Medrano, donde con Gabriel nos dedicábamos a
la charla sobre la escritura. Fuimos amigos. Fue mi maestro, no de comas, sino
de ética y oficio. Seguimos en contacto a pesar de su muerte. En los primeros
días siguió sentado a la mesa del café, después viajó a las sierras, pero no
dejó de ser compañía, y de leer mis escritos. Dentro de cada libro, hay un
hombre: el autor, dijo Saramago. Es cierto: hay un hombre y su magia en la
historia de este libro.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Una historia para Julia (LI)
La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme
el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después
acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos
perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta,
te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de
tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se
te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te
levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus
amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta,
emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este
juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos
nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al
fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos
resuena el grito previo a la risa… a las
dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se
transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres
que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas
gracias, por tanta maravillosa felicidad.
Una historia para Julia (L)
En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una
pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de
Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que
contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la
que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le
toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas
que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la
expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que
te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a
la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás
haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una
sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay
que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés
que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las
tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Pintar con la sombra (Tiempo Argentino 29/09/2013)
La sombra habita, desde que era pibe, un lugar
en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la
facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede
nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy
un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi
voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima
sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento
del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella
conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su
presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido
al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi
cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se
guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui
un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar
recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el
alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para
fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno
trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida
es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital
del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo
incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Una historia para Julia (XLVIII)
En un recreo hasta ahora no anotado de este
invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de
primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el
Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver
con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en
la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros
en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la
orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de
arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río.
Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas
muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música
apacible que se movía sobre el agua del paisaje.
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