Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 9 de enero de 2014

Finirla (La foto, Tiempo Argentino 05/01/2014)


A todos nos llega. Habrá que finirla, muchacho, avisaba Julián de Buenos Aires. En el barrio de donde vengo había un sabihondo que también te la explicaba. A los más limpios de alma, a los acechadores de la suerte, a los poetas melanco, y a los turros, a todos en esta fauna de la vida, les llega su Parca, la demócrata. Se lleva al rico que anota un día más de ostentación; chau para el pobre en sus dos categorías: el que sólo se lleva su verdad ácrata, y el humillado que parte con un chamuyo de domingo bajo el brazo. Funeral de lujo escuché que tuvo un astronauta ruso. Eterno el diquero en la órbita, sin aire no hay bichos. En cambio por estos lares sobra el aire y viene cargado, porque el bicherío presto se reúne adentro y afuera. Cuanta más moneda tenés más bichos juntás. La moneda tiene aroma, también la madera de mucho lustre. En el barrio que más quiero hubo un pintor que compuso un paisaje de La Boca en el interior de su sobretodo. Distinto hizo el fileteador que le mandó fioritura a la cáscara. Exhibía los navíos, uno para su mujer, en el living de su departamento en San Telmo. Es distinto irse en colores que en brillo de madera casi espejo. En mi caso elegí la palabra: tengo la receta de una rápida memoria escrita en un papelito para que bien encaje en la pilcha de todos los días. Y eso sí, encajonados los recuerdos, me voy para el fuego. Para hacerme humo y ceniza. La escritura es mi manera de sumar historias en la historia de la ciudad. Finirla como hoja y tinta, si es posible en letra de molde. Con la mirada detenida en el corazón de la llama. Escribiendo colores.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Las tierras blancas de Juan José Manauta (Libro recordado, Tiempo Argentino 15/12/2013)

Allá lejos y hace tiempo leí la novela de Manauta. Y esa lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: ahí su aroma durante 30 años. Hoy, el muchacho que fui, mira desde lejos, como si mirara desde Gualeguaychú, y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a su tiempo, fundamos nuestras almas simples. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy entre las páginas de esta novela. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero digo que existe una cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Hay hambre en Las tierras blancas: imágenes, palabras que duran toda una vida. Por Manauta supo el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas vivencias.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Nudos de hierro de Gabriel Montergous, mi amigo y maestro (Libro recordado, Tiempo Argentino 10/11/2013)

Los libros se quedan a vivir nuestras vidas por diversas razones. Por los personajes, no olvido a Francisco, a Bárbara, a Ennio Costello; y conmigo se quedó la casa de provincia que no paraba de achicarse por obra de los despreciables Caranchi. No me abandona la opresión vivida al ser testigo de cómo los patios y los lugares desaparecían: esa casa respiraba en la condena, porque su autor la había amanecido como ser vivo. Guardo en la biblioteca mi ejemplar firmado por Montergous. Lo coloqué algunas veces sobre la mesa del Tuñín de Rivadavia y Medrano, donde con Gabriel nos dedicábamos a la charla sobre la escritura. Fuimos amigos. Fue mi maestro, no de comas, sino de ética y oficio. Seguimos en contacto a pesar de su muerte. En los primeros días siguió sentado a la mesa del café, después viajó a las sierras, pero no dejó de ser compañía, y de leer mis escritos. Dentro de cada libro, hay un hombre: el autor, dijo Saramago. Es cierto: hay un hombre y su magia en la historia de este libro.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Una historia para Julia (LI)

La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta, te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta, emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos resuena el grito previo a la risa…  a las dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas gracias, por tanta maravillosa felicidad.

Una historia para Julia (L)

En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pintar con la sombra (Tiempo Argentino 29/09/2013)

La sombra habita, desde que era pibe, un lugar en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una historia para Julia (XLIX)

Te pregunto: ¿dónde está tu panza? Al instante tus ojos la buscan y la encuentran. Está, sigue estando en su lugar. Contestás: levantás la mirada que sonríe. Sí, sí, la panza. Después llegan tus manos. Nunca antes de mirar.