Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 24 de mayo de 2016

Amanecer

Hace tiempo que vivo de recuerdos.
Llegó la entrenoche, como anotó alguna vez la poeta. Entonces ocupé el lugar en mi sombra. Aunque debo admitir que algo de sombra llevé entre mis almas desde el nacimiento. Me hice hombre siendo sombra: un cuarto menguante de la luna negra que hizo ronda sobre el techo de mi planeta.
Recuerdo la casa del amigo Gabriel en las sierras. Todavía lo veo caminar entre los árboles. Caminaba pensando en el próximo paso en la novela que escribía, la que quedaría inconclusa. La Parca se llevó a Gabriel de manera inesperada, casi en un susto, en un susurro en medio de la noche. También recuerdo la sonrisa de una mujer que usó boina blanca, la mirada de la compañera como motor de mis almas. Qué es el mundo sin cariño, sin amor. Tuve la suerte de conocer esos caminos. Me tocó como destino tener memoria de mis alegrías, de la felicidad: tan necesaria como efímera.
Recuerdo que un día dejé la gran ciudad. Dejé las calles de Buenos Aires para fundarme -juro que lo intenté- en las calles de la ciudad de Gualeguay -a tres horas de mi cuna de barrio, amigos y cafés-, en la provincia de Entre Ríos, a veinte cuadras del Gualeguay. Cambié el río, vine buscando uno más tranquilo y cercano.
Recuerdo la casa fundada en las afueras de la ciudad, en la zona de chacras. Mucho verde, muchos pájaros, y hasta el cielo de los árboles llegaba el canto misterioso de las ranas. Sobre el techo de chapas escuchaba la llegaba de la lluvia de pájaros. Sucedía a veces, en las mañanas. Un manto de aves oscuras se posaba sobre el techo. Saltitos, filos apenas punzantes. Los picos hurtando bichitos, basuritas: llegaba entonces la lluvia sonora sobre las chapas tibias. Cuando recién asomaba el sol.
Recuerdo el hogar en la sala amplia, la chimenea, y la llegada del último otoño. El fuego en los troncos. Mirando el fuego comprendí su entidad como ser vivo. Además es artista. En el fuego, creo, sospecho, viven, recuperan la vida muchos de nuestros muertos. El fuego dibuja sobre la madera roja. Sobre un tronco vi la cara de Gabriel, en otra descubrí a mi tío Juan, el hacedor de las lámparas de luz difusa que iluminaban mi casa en la zona de chacras, la casa del silencio en la noche, la que mejor acompañó el trago de whisky en los finales del día.
Una noche de ese otoño seguí el impulso. Fundé botella nueva, quebré la rosca, y descorché la memoria en tragos cortos, reflexivos.
No era nuevo en el ejercicio de la memoria. Fui escritor, jugué a hacer periodismo. Conté historias, escribí algunos libros. Guardé las palabras de otros, de escritores y de gente de barrio. Todo es materia, sustancia de la memoria. Cada relato puede tener su propio nido.
Aquella noche de otoño recosté un par de lágrimas en una idea, y mis ojos sobre el fuego. Escuché su voz, porque el fuego también dice, cuenta. Pasaron horas.
Toda oscuridad sueña con una caricia de luz. Una primera astilla del amanecer que correspondía a mi noche, pasó vidrio y cortina, y la luz empezó a ser murmullo entre mis almas. Era tiempo de amanecer.
Siempre seguí los impulsos. Con las mujeres, con la escritura; cuando mis manos recorrían el estante de una biblioteca. La caricia manda, cara o cruz, después se verá.
El impulso fue correrme del fuego y llegar hasta el ventanal que da al fondo de la casa.
Aparecía la luz filtrada entre las ramas y la altura de los árboles. El sol iniciaba su tránsito de alta en el cielo. Una vez más, bandera de la vida. En mi jardín daban su presente el espinillo, a la derecha del terreno, y el joven jacarandá, en el centro.
Fue entre estos árboles que descubrí el carro pobre hecho de niebla. La luz lo tallaba en la bruma, aparecieron las ruedas, el simulacro de ellas, y las barandas. Un carro de campo. No había caballos. Una vez formada la presencia -resuelta en unas pocas pinceladas, como pintaba mi padre- aparecieron los fantasmas. Rodeaban el carro. Diez fantasmas. Reconocí a Cachete, un artista plástico amigo de mi padre. Nacido en Gualeguay y muerto en Buenos Aires. Gualeguay es una ciudad que vive en el límite, mucho vivo que aún no se entera de su condición, y tanto muerto devenido en buen fantasma que sigue de ronda en los amaneceres. Los fantasmas, hasta que salen de juego y encuentro, habitan las copas altas de los árboles del Parque Quintana, a la orilla del río.
Recuerdo el carro pobre tomando altura. Recuerdo sus pasajeros: habitués de esta aldea.
Recuerdo el llamado de Cachete, fue con su mano de pintar.
Recibí la luz de lleno. Miré el fuego.
Recuerdo a mi hija jugando alrededor del jacarandá que crece en el centro del terreno, en el jardín del fondo. Tenía tres años. Aquella vez tomé la foto que guardo en la memoria.

Vivo de recuerdos. Fui sombra. Mi hija jugaba en torno al jacarandá. Soy un puñado de cenizas cerca de su raíz.

domingo, 31 de enero de 2016

Contravida de Augusto Roa Bastos (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino (31/01/2015), texto sin firma: el diario no paga los sueldos)

Sucede cuando me dispongo a leer en la cama. Enciendo con comodidad el velador. Elevo plegaria con fuerza al dios de los bichos que vuelan: que todos tus seguidores estén en misa. No molestar en la noche. Al fin tomo el libro, lo abro y procedo hacia el abismo. Después de la lectura de Contravida, siempre pienso en su autor. Roa Bastos, el hombre, el gran escritor, y ayer, allá lejos y hace tiempo, el pibe pobre que en Paraguay había descubierto que quería escribir. Pulsiones irrefrenables: lectura y escritura. Podía intentarlo mientras dormía su padre. Y no valía con luz de vela. El escritor cuenta que para poder escribir en la noche, atrapaba bichitos de luz en el terraplén y los juntaba en un frasco de vidrio. El pibe construía su lámpara. Leía hasta que la luz de los portadores del secreto, moría. La muerte de las luciérnagas no le causaba culpa. Sucede: abro mi libro y recuerdo aquella lámpara natural en el campo. Pienso en la vida y en la muerte, como debe ser cada vez que abrimos un libro, o escribimos, o encendemos un velador.

domingo, 3 de enero de 2016

El caballo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 03 de enero de 2016: sin firma: el diario no paga sueldo ni aguinaldo)

Me contó el amigo Deolindo Romero que promediando el 1600 Hernandarias cruzó con un contingente de españoles el río Paraná. Esos fueron los primeros hombres blancos que atravesaron la provincia de Entre Ríos. Afirma Romero que hacerlo a caballo facilitó la empresa. El caballo no es oriundo de América. El porte del animal (murmuro: empequeñecía a la bestia que lo montaba, por eso aparecieron cascos y demás metales en la bijoutería asesina) se sumó a perros y armas de fuego. Asustaban al nativo, sembraban el pánico. Sabe Deolindo que quedaron muchos caballos por el departamento de Federal, lugar que en sus principios llevó el nombre de Paso de las Yeguas.
Romero guarda historias donde el caballo dice presente entre los hombres. Su padre fue carrero, llevaba los muebles que construía la carpintería Sperandío de Gualeguay. Deolindo cuenta que nació por segunda vez cuando el caballo tiró y en un salto del carro, el pibe que fue se golpeó la cabeza. Tenía dos años. Afirma que cuando abrió los ojos vio a sus padres, al cielo y a la barriada de otro modo. Recuerda Deolindo que en su barrio pobre, temprano por la mañana, lo despertaban, además de los golpes de hacha naciendo leña, el estrépito de los caballos que tiraban de los carros lecheros. También sabe que el preso más famoso que tuvo Gualeguay, Giuseppe Garibaldi, huyó con caballos hacia la libertad. Allá en 1837 los caballos cerraron el hocico, pero el baqueano, no: lo delató al comisario Millán, que torturó al futuro padre de Italia colgado de un brazo de la cumbrera de la comisaría/rancho.

Llamo “el memorioso” a Deolindo Romero porque construye su relato diario a partir de la memoria. La barriada, el barrio pobre, fue en sus principios un asentamiento de familias a orillas del río Gualeguay. Deolindo, nacido en 1942, es tercera generación de pueblos originarios. Su barrio pobre existió sobre una tierra que haría famosa otro hijo de Gualeguay: el escritor Juan José Manauta, el Chacho. La novela: “Las tierras blancas”.

domingo, 13 de diciembre de 2015

El cielo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de diciembre 2015)

El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza, de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que intentan guiar a los que aún están vivos.
Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que en una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón con poco cerebro: Karate.
Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años ‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude ver la serie Rumbo a lo Desconocido.

Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No. Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y vuelta a la nada.  Mi viejo tuvo razón: el secreto está en el cielo. 

viernes, 30 de octubre de 2015

En pocas palabras 2

2
En mis noches no existe soledad. Aquellos que acariciaron con pasión la memoria se descuelgan del techo de todas mis habitaciones. No piden, no exigen, cuentan con palabras silenciosas. Vienen a repetir lo dicho ayer, como el amigo muerto que escribía libros, la muchacha de la boina blanca, la persona de tinta que escribí durante años. Preguntan: ¿es que así debe ser? Vuelven a ser carne y paisaje, llegan para contarse cada vez mejor. Me anotan en su novela. Contesto sin usar guiones de diálogo. Aceptan las rotas cadenas de la puntuación, de la obligación de ser como fuimos ayer.

En pocas palabras 1

1
Sobre un río de adoquines, que corre a diez cuadras del río Gualeguay, en la calle San Lorenzo, Catón recibía al cortejo fúnebre. ¿Quién es el finadito?, preguntaba. Olvidaba el nombre al instante e iniciaba el camino hacia el cementerio. Una vez acompañó a un niño muerto. Era un indiecito como yo, de las tierras blancas, le dijo un muchachito de unos doce años. Catón sabía: mucho río, laguna y arroyo, también había mucho ahogado. Catón tenía cara de perro amigo, hablaba poco, vivía en la puerta grande de la iglesia. Tenía madre. Cuando murió no tuvo necesidad de acompañante.

domingo, 11 de octubre de 2015

El desalojo (La foto, diario Tiempo Argentino, 11 de octubre de 2015)

El pibe Rolando fue testigo de la jugarreta desesperada de su padre. Plena década del 40 en el barrio de Boedo. En noche de luna pobre, Julio Martín, el padre, abrió el cajoncito de la mesa y extrajo el tesoro. Todos dormían en la pieza. Abrió el envoltorio de papel de diario. Observó. Dio dos pasos hacia la puerta, pero desde la oscuridad Rolando dijo presente. Intentó que el pibe siguiera en la cama, pero fue imposible. Caminaron los dos por el patio de tierra hasta el galponcito de madera. Sobre ese patio Rolando, un día, enterró un tesoro: una vieja escupidera repleta de bolitas. No hizo mapa y se perdió el dato del lugar en su memoria: pudo volver a las bolitas sólo en sueños. Julio Martín buscó las herramientas necesarias y la escalera. Enfilaron hacia la puerta de calle. Independencia dormía tranquila. El hombre extrajo del bolsillo del pantalón la primera señal: la chapa enlozada con el número 3769, y entonces el local del frente perdió su número original: 3763. Julio Martín miró su obra y procedió a correr la escalera. Del bolsillo salió el número 3771, que al ser izado bajó el 3765. Vuelta a mirar: padre e hijo, en la noche y el silencio, trabajando por la familia. Se movió la escalera y entonces subió el 3773 para ser arriado el 3767, que era el número de la casa del gallego Ortega, el padre de Pichín. Julio Martín sabía desde hacía unos días que se venía el desalojo, una vez más en la vida familiar había que ganar tiempo para la huida. Entonces actuó de manera decidida. Marchó en la noche con destornillador, escalera, y Rolando. El oficial de justicia de pie, eterno, con su mano derecha apoyada sobre la puerta. Pasaron los años de su eternidad y nunca pudo despegarse de esa imagen. En sueños volvía sobre la chapa enlozada donde se leía el número del domicilio: Independencia 3771, y la dirección errada que llevaba el papel de la justicia. Así lo sueña Rolando. Él me contó la gambeta que hizo mi abuelo. Es una historia que voy a contarle a Julia, mi hija.