La sombra habita, desde que era pibe, un lugar
en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la
facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede
nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy
un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi
voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima
sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento
del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella
conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su
presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido
al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi
cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se
guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui
un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar
recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el
alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para
fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno
trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida
es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital
del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo
incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.
miércoles, 2 de octubre de 2013
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Una historia para Julia (XLVIII)
En un recreo hasta ahora no anotado de este
invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de
primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el
Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver
con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en
la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros
en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la
orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de
arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río.
Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas
muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música
apacible que se movía sobre el agua del paisaje.
Una historia para Julia (XLVII)
La primera vez que cruzamos narices, vos
estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del
tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en
un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido
al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y
repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué,
esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me
acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero
hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas
cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando
las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa.
Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la
cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías.
Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora,
para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus
significados ya empezaron a hacer sus magias.
Una historia para Julia (XLVI)
Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos
Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un
hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos
vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había
perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana
de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y
Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo
caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque
en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve
esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde
nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre
Ríos.
domingo, 28 de julio de 2013
Cuestiones con la vida de Humberto Costantini (en Tiempo Argentino 28 de julio)
Cuando llegó el momento de abandonar mi
ciudad, pensé en Cuestiones… y fui a buscarlo a la biblioteca. Ahí estaba, un
libro en Buenos Aires, y ahí debe seguir el fantasma de mi ejemplar, de mi
estante y también mi fantasma acercando la mano. Soy de Boedo y de San
Cristóbal, a la manera de Costantini creo haberle apretado la cintura a Buenos
Aires, y quizá, que otro lo diga, haberle hecho un hijo de sangre y memoria. Cuando
llegó el momento de hallarme en mi nueva ciudad: Gualeguay, pensé en Cuestiones…,
y ya no hubo que buscar, y no hubo necesidad de fantasmas, sólo pasar páginas,
espiar, ausentarse y volver: “te aprieto como nunca, / te me entrego, /
mientras como en un sueño / te digo amor, / te digo / ya nunca más exilio, / ya
nunca más lejos de vos, / paloma, primavera, regazo, / Buenos Aires”. Cuando
llegue el momento de dejar todas las ciudades del mundo, pensaré en Cuestiones…,
ojalá lo tenga cerca, para irme desde Buenos Aires, mi ciudad cuna, no sin antes
pasar por Gualeguay.
viernes, 26 de julio de 2013
Una historia para Julia (XLV)
Cuando cumplí
treinta y tres años recuerdo que el abuelo Rolando me dijo: Parece mentira, si
ayer nomás te traje a casa recién nacido. Siempre me acuerdo de esto, y en esta
anécdota pienso cuando te veo sentada sobre las baldosas y con un libro abierto
entre las manos. Más allá de mi felicidad porque ya tengas trato con el amigo
libro, pienso en la velocidad: si ayer nomás eras la recién nacida, cómo ahora
sumás quince meses entre libros. El abuelo Rolando tuvo razón. Primero tuviste
dos libritos plásticos, después apareció uno de cartón bien duro con una cabeza
de títere en su parte superior. Libros juguetes que cumplen, pero la cuestión
cambió cuando de mi biblioteca saqué dos libros de una amiga, la escritora
Laura Roldán. “Zongos y borondongos” y “La marca del garbanzo” son libros que
ella escribió junto a su mamá Laura Devetach, una gran autora de literatura
infantil, casada, fijate qué dupla, con el notable Gustavo Roldán, uno de los más
destacados escritores argentinos que trabajaron la literatura para chicos. El
primero está ilustrado por Gustavo Roldán (h.), el hermano de mi amiga, ¡qué
familia!, y de él es el cuadro que está colgado en tu dormitorio: El
vibroperro. El segundo libro está ilustrado por Isol, y este señor es el
creador de un dibujo que mucho te alegra. En “Orquesta con bichos raros”: el
que toca los platillos. ¿Qué es?, no sé, ni él debe saber, pero te divierte
cada vez que llegás a la página. Te veo venir con un libro en la mano. Pasito
corto, el libro que casi toca el piso. A estos títulos se han agregado cuatro
de María Elena Walsh, otra señora destacada: “Dailan Kifki”, “El mundo del Revés”,
“Cuentopos de Gulubú” y “Manuelita ¿dónde vas?”. De todos mirás los dibujos.
Aprendiste a pasar las páginas. Te hago upa para ubicarte sobre mi pierna
derecha, así me lo pedís, y te preparás para mirar el libro. Sucede varias
veces al día. Qué grande que estás, pienso, y cuando aparece el bicho dibujado
por Isol, sencillamente me hago chiquito en tu alegría.
Como intento ser un padre sincero, voy a contarte que en
estos momentos hay un libro más. Está muy linda la historia y te gustan los
dibujos. Papá prefiere escritores que cuentan buenas historias y además son
buena gente, con fallas, seguro, pero buenos seres humanos, sinceros. Hay
escritores que son así, y hay otros que no, por eso no pude evitar dejar para
el final el libro que te regaló nuestra amiga Paola de Bogotá: “Fonchito y la Luna ” de Mario Vargas Llosa, que
es un buen escritor, y nada más.
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