Domingo. Preparaba el
desayuno cuando escuché un choque violento contra uno de los vidrios bajos de
la puerta-ventana. Dos pájaros agonizaban sobre el piso. Muertos. La violencia
del impacto me descolocó, cuando vi los pájaros en el piso me ganó la pena.
Sangre. Junté los cuerpos casi sin respirar. El agua lavó los trazos del rojo.
Cerré la puerta-ventana, y miré hacia ella desde afuera, en ese momento de sol
y felicidad de día que parecía tan claro. Vi que sobre el vidrio se reflejaba,
como si de sueño maravilloso se tratara, la continuación del jardín que tenía a
mi espalda. El jacarandá joven y el espinillo estaban detrás y delante del
observador. Dos pájaros engañados por un artificio de construcción. Perder la
vida por rebote contra la realidad a la que los llevó el engaño. Volaban
distraídos, pienso, sin tanto compromiso con el arte de la atención que
aconseja todo vuelo en esta tierra confusa.
lunes, 22 de mayo de 2017
domingo, 27 de noviembre de 2016
Luminoso Boedo. La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad de Mario Bellocchio
Se hace nueva eternidad el puñado de años que
me tiene a distancia de mi Boedo, de mi Buenos Aires: las coordenadas emotivas que
señalan el centro de mi universo y memoria. En esta nueva eternidad, porque la
vida no es más que una sumatoria de estas damas de límites certeros, llegué
hasta otra galaxia, también recostada sobre un río, la ciudad/río de Gualeguay.
No sé cuánto tiempo hacía que no visitaba mi barrio, la patria primera, que no
vestía en presente mi esencia de homo
boedensis para luego poder ser homo
porteñensis, categorías absolutas acuñadas en la fragua urbana del amigo
poeta Rubén Derlis.
Y entonces hoy, ahora, estoy de regreso desde
mi más allá de chacra gualeya, vuelvo siendo medio fantasma para saludar
afectos; vuelvo al café, a las calles que me nacieron por segunda vez.
Volví a nacer en Boedo. Se lo escuché decir al
poeta Ricardo Maldonado de Nogoyá, Entre Ríos: el hombre nace dos veces, cuando
la mujer, la madre, y cuando las circunstancias de la vida fundan su identidad.
Digo además que vuelvo al barrio donde mi viejo se hizo hombre, y entonces
vuelvo a la memoria toda. Y digo también que no puede haber mejor regreso que
este, porque hoy, mi amigo Mario Bellocchio, presenta su Luminoso Boedo La aventura de Antonio Zamora y su editorial Claridad.
La publicación de este trabajo es un escalón
que el quehacer de Mario, como trabajador de la cultura, merecía desde hacía
tiempo. Es algo así como una pincelada decisiva dentro de su compromiso con su
identidad como hombre, y como habitante lúcido de su lugar de pertenencia, su
aldea. No voy a entrar en detalles de la obra. Sí, voy a decir, que esta
cosecha necesitó de tiempo de cocción, una de esas eternidades que a veces nos
tocan en suerte, tiempo que va desde el momento en que despunta el impulso, la
idea, hasta el tiempo necesario para llegar al día en que se consignó la
primera línea. Y después el tiempo del tránsito, el laburo en amigable soledad.
Mario es de esas personas que sabe del trabajo, y que sabe disfrutar de su mientras tanto. Es un trabajador a
conciencia que habita el mundo usando varas altas. Nunca se lo pregunté, pero
lo imagino uno de esos hombres que se miran, cada mañana, en el espejo del baño
para buscar y encontrarse con el tipo que no defrauda a su comunidad de almas.
Se asegura de que todas ocupen su puesto, y arranca hacia el compromiso con el
día.
Así trabaja desde hace una eternidad, otra más,
en su periódico Desde Boedo: que es
un lugar, un espacio/tiempo, una memoria llena de afectos, un amigo de papel
que nunca se abandona; anoto esto y pienso en los amigos Carlos Caffarena y
Diego Ruiz, que desde la memoria, siguen de buena compañía en el Desde Boedo, esta patria interna que
también es barrio y obra nacida por Mario Bellocchio.
Digo que este mi regreso es perfecto porque mi
amigo funda broli de chamuyo histórico, funda historias escritas con palabra
sincera. Y además es libro que cuenta de los días de otro habitante de Boedo,
el señor Zamora: un hacedor. Pienso en detalles: un hacedor contado por otro
hacedor. Cada uno en su eternidad, y los dos en un mismo barrio.
En Desde
Boedo aparecieron las primeras pistas del trabajo de Mario sobre Zamora, es
que tanto tiene de fundante en nuestras vidas de colaboradores la presencia del
periódico. A esta altura de la ensalada pienso al susodicho de papel, tinta y
palabra como alter ego de mi amigo. Ellos: los abrazados en la memoria del
barrio. En sus páginas se fundaron algunos de mis libros; la historia de mi
escritura, mis horas como trabajador de la cultura, mis patrias internas, agradecen
la oportunidad ofrecida por esta eternidad alumbrada en almas memoriosas.
Crecí como escritor y periodista, y fui mejor persona
habitando el Desde Boedo, desde aquel
convite de Derlis y Mario en un sombrío 2001. En todos estos años, ahí estuvo
el Dire: apoyando, alentando, dando la mano sin que se la pidan; siendo humano,
siendo cada vez ese hombre sensible, apasionado, tan cercano a la lágrima y,
también, por qué no, a la calentura frente a los que solo se mueven porque los
lleva el viento. Mario es uno de esos tipos de verdad que tuve la suerte de
conocer en esta: mi eternidad hecha de eternidades.
Mario Bellocchio es un vasto y querido lugar de
mi memoria, un maravilloso puñado de buenos recuerdos; y lo bien que hace
contar con su presencia. Y este hombre además escribe, y lo hace bien, por más
que él siga llamando a su escritura “garrapateo”, porque es un tipo respetuoso ante
el trabajo del otro, y esa es otra de sus bondades: puede disfrutar de la
escritura del otro, de su crecimiento, y puede decírselo sin problemas. Porque a
Mario le importa el hermano que se esfuerza, le importa su destino como hombre.
Me unen con el Dire muchas puntas, una de ellas es que nos importa mirar y
acompañar al otro, que es sinónimo de patria.
![]() |
| Junto a mis amigos: Rubén Derlis y Mario Bellocchio |
Casi a mano alzada, utilizando mis
herramientas: la mirada, la palabra y la memoria, anoté esta serie de
coordenadas emotivas. Traté de esquivar toques edulcorados, espero haber tenido
éxito, y si se escapó alguno, sepan disculpar, vengo de regreso desde mi más
allá de chacra gualeya, medio afantasmado, y justo vengo a caer en una noche de
suprema felicidad. Y a la felicidad no hay que descuidarla, hay que estar
atento a los recreos que prueban su existencia. Hace unos días, mi amigo, y vecino
de calle de tierra con mucho verde, Luis Curvale, me dijo: La felicidad se come a pedacitos, como las rodajas finas de salame.
Lo anoté al lado de una línea propia: A
tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero. Entonces brindo por esta,
nuestra felicidad de ahora mismo, y por la felicidad de mi amigo.
Hasta aquí mi palabrería.
Hasta la memoria siempre, que es una victoria.
sábado, 17 de septiembre de 2016
Una memoria para Diego Ruiz
Ante la muerte de un buen tipo como Diego Ruiz, ante la muerte de un
amigo, de uno de los compañeros de espíritu dentro del gran espíritu llamado Periódico Desde Boedo -esa presencia que,
desde la tormenta del 2001, llegó a nuestro barrio de la mano de su nacedor: Mario Bellocchio-, decido
escribir. Ante la muerte de un buen tipo, la máxima distinción a obtener en
esta vida, digo que decido seguir el impulso de escribir, o de escribirlo, o de
escribirle, o de escribirme porque definitivamente estoy triste; anoto que soy
impulso en este momento, y que desde la mañana hago los movimientos necesarios
para la vida en este presente de chacra gualeya, pero es como si no estuviera
en los lugares en que aparentemente estoy, sino en aquellos lugares otros que
surgen de la memoria, aquellos en que alguna vez estuve, y entonces, afirmo, en
los que siempre estoy y estaré. Pequeñas películas desde donde sé que Diego
mira mientras lo veo.
Quizá la palabra memoria haya sido acuñada para que un día Diego Ruiz la
hiciera florecer desde las calles de nuestra Buenos Aires. Era Diego un
trabajador apasionado de la memoria, de las pequeñas historias: un convencido
de su importancia fundacional en muchas de las otras historias, las grandes,
esas que en definitiva se construyen con las mismas palabras que siempre tratan
de acomodar los hombres. Porque casi todo ha nacido en la pulsión de los
barrios, en la mirada hacedora de los vecinos que dieron forma y sustancia a la
aldea chica, el barrio, la patria primera, y a las aldeas que después entran
unas dentro de otras: provincia, país, región, mundo.
Diego sabía, hacía uso de esa virtud que tienen algunos habitantes del
pensamiento: unía calles, tiempos, tendía puentes entre historias, establecía
relaciones, diría que a veces las descubría mientras transitaba la charla en una
mesa de café. Claro que su lucidez crecía cuando la mesa era del Margot, el caldero
fundacional, el centro orbital desde donde, sin saberlo, hacíamos algo de
historia siendo homo boedensis a
bordo de la nao Desde Boedo; su
poético puente nos deja, luego de más de 15 años, dentro de la vida cultural
del barrio, y por extensión, de nuestra Buenos Aires. Y si fue necesaria la
palabra y el empuje, el compromiso de Mario Bellocchio y el poeta Rubén Derlis
para salir a la ría adoquinada del barrio en papel y letra de molde, fue
también, y en gran medida, el trabajo sustancioso y apasionado de Diego Ruiz, este
cronista callejero de la historia ciudadana que acaba de mudarse al otro barrio;
su toque especial ganó cantidad de lectores. La presencia de su trabajo en cada
número del periódico acentuaba la sintonía del compromiso intelectual, elemento
esencial para la publicación; su escritura clara no era una más cumpliendo con la
parada, era decisiva.
Se me ocurrió, en un día cualquiera, llamarlo: “La memoria que humilla”,
sentencia con pretensión de humorada. Le causó alguna gracia, y se corrió del elogio.
Diego nada más contaba aquello que sabía, todo era muy simple, natural, pero claro,
el que debía procesar al personaje era el espectador; yo lo escuchaba con
admiración y asombro: cómo podía conocer tantos temas, tantas historias; Diego
era un hombre que estaba más allá, distinto, tan feliz en su sabiduría, porque
Diego, desde sus puentes siempre comunicados, titilantes, plenos de lamparitas
de colores, tenía a la mano, fechas, nombres completos, títulos de libros,
calles, y cuanto detalle pudiera necesitar para cerrar el relato de manera
satisfactoria. Imposible ser parecido a Diego, solo me quedaba la contemplación
y el respeto. Y otra vez: qué suerte la nuestra que este buen tipo y su mundo
memorioso escribiera en Desde Boedo.
![]() |
| Diego Ruiz y Mario Bellocchio, de chamuyo fino. |
Hay imágenes que decididamente ya entraron en la mitología del barrio de
Boedo. Y una de ellas es ver en la esquina de Boedo y San Ignacio, en la vereda
del Margot, la mesa de publicaciones de Baires Popular. Al comando de esta otra
nao, dos vigías, dos amigos. Cada sábado por la mañana y hasta la primera hora
de la tarde: Mario Bellocchio y Diego Ruiz abrían su boliche. Mesa con libros,
con el periódico para los vecinos, fotos, y ante todo, se abría el boliche para
la charla con el otro. Curiosos, habitués, boleados, personajes y locos,
cualquiera sabía que encontraba refugio en las almas de estos dos buenos tipos.
Esta imagen ya está instalada, y sí, claro que de ahora en más, saldrá al ruedo
Mario, con flor de buraco en el cuore, pero es necesario decir que, además de
la segura insistencia del Dire y demás ayudantes, los vecinos del barrio,
cuando miren detrás de la mesa, siempre los verá a ellos dos. Es que estos
hombres han hecho historia desde una esquina de la ciudad. Cuando se me antoja
vuelvo en el recuerdo hasta la que también es mi esquina y, se los aseguro, ahí
están ellos desentrañando misterios.
La última vez que nos vimos con Diego y Gabriela fue en casa de Mario y
Virginia, se sumó al asado el poeta -otro bravo colaborador del periódico- José
Muchnik y Ester. Nosotros habíamos dejado Gualeguay por unos días; ahí, en el
recuerdo, y en las fotos, están ellos, mis amigos, junto a mi Julia y mi
Evangelina. Este escriba recuerda esa noche como perfecta.
Y voy a detenerme en una imagen de Diego, esta vez una foto que salió al
ruedo de las redes sociales. La foto tomada por Gabriela ubica a Diego en un
paisaje acorde con la categoría fantástica en la que se movía el cronista
callejero. Desde hace un par de meses que no puedo correrme de esta foto. El
lugar pertenece a Tandil. Árboles y cielo de fondo. A metros de una calle o una
ruta angosta, se levanta un banco de plaza inmenso. De madera, color rojo, como
para una plaza donde fuera a jugar Gulliver. Cerca del borde izquierdo del
banco está sentado Diego. Mira hacia el frente, un tanto hacia su izquierda.
Otea el paisaje y esto lo hace feliz. Mira hacia un dique, con seguridad se
entretiene contando algunos de los muchos patos que hacen su vida en el lugar.
El tamaño del asiento se corresponde con la estatura humana del cronista
callejero, y es por esto mismo que no se agranda, no se la cree, y entonces
sigue del tamaño de los hombres que laburan en cada día que les toca. Esta es
otra imagen en la eterna travesía de esas pistas que el hombre puede dejar en la
huella. Imágenes como miguitas de pan, así la de la mesa en la esquina, así la
mirada desde el banco de plaza, es sabido que armar semejante caminito
posibilita el regreso desde el otro barrio, y es sabido también que semejante
caminito y puente solo se le da a aquellos que fueron buenos tipos sobre esta
tierra humana, porque ellos serán los convocados por los recuerdos, por los
afectos; son ellos los buenos fantasmas que siempre regresan a casa o a sus
lugares queridos.
José Saramago plantea en su novela El
año de la muerte de Ricardo Reis, la idea de que así como hacen falta 9
meses para nacer, lleva 9 meses morir, y entonces ese puñado de almas que es el
hombre en tránsito, recorre sus lugares amados. Diego en sus lugares, y en las
páginas de los Desde Boedo por venir,
pero él sin límite o frontera temporal. Diego en mi memoria hasta el último de
mis días, cuando recuerde tanta buena gente que tuve oportunidad de conocer.
Atendeme un momentito, me dice Diego, y me cuenta.
Hasta la memoria siempre, amigo.
2016 / 2 y 3 de septiembre / Gualeguay
martes, 24 de mayo de 2016
Amanecer
Hace tiempo que vivo de recuerdos.
Llegó la entrenoche, como anotó
alguna vez la poeta. Entonces ocupé el lugar en mi sombra. Aunque debo admitir
que algo de sombra llevé entre mis almas desde el nacimiento. Me hice hombre
siendo sombra: un cuarto menguante de la luna negra que hizo ronda sobre el
techo de mi planeta.
Recuerdo la casa del amigo Gabriel en las sierras. Todavía lo veo
caminar entre los árboles. Caminaba pensando en el próximo paso en la novela
que escribía, la que quedaría inconclusa. La Parca se llevó a Gabriel de manera
inesperada, casi en un susto, en un susurro en medio de la noche. También
recuerdo la sonrisa de una mujer que usó boina blanca, la mirada de la
compañera como motor de mis almas. Qué es el mundo sin cariño, sin amor. Tuve
la suerte de conocer esos caminos. Me tocó como destino tener memoria de mis
alegrías, de la felicidad: tan necesaria como efímera.
Recuerdo que un día dejé la gran ciudad. Dejé las calles de Buenos Aires
para fundarme -juro que lo intenté- en las calles de la ciudad de Gualeguay -a
tres horas de mi cuna de barrio, amigos y cafés-, en la provincia de Entre
Ríos, a veinte cuadras del Gualeguay. Cambié el río, vine buscando uno más
tranquilo y cercano.
Recuerdo la casa fundada en las afueras de la ciudad, en la zona de
chacras. Mucho verde, muchos pájaros, y hasta el cielo de los árboles llegaba el
canto misterioso de las ranas. Sobre el techo de chapas escuchaba la llegaba de
la lluvia de pájaros. Sucedía a veces, en las mañanas. Un manto de aves oscuras
se posaba sobre el techo. Saltitos, filos apenas punzantes. Los picos hurtando
bichitos, basuritas: llegaba entonces la lluvia sonora sobre las chapas tibias.
Cuando recién asomaba el sol.
Recuerdo el hogar en la sala amplia, la chimenea, y la llegada del
último otoño. El fuego en los troncos. Mirando el fuego comprendí su entidad como
ser vivo. Además es artista. En el fuego, creo, sospecho, viven, recuperan la
vida muchos de nuestros muertos. El fuego dibuja sobre la madera roja. Sobre un
tronco vi la cara de Gabriel, en otra descubrí a mi tío Juan, el hacedor de las
lámparas de luz difusa que iluminaban mi casa en la zona de chacras, la casa del
silencio en la noche, la que mejor acompañó el trago de whisky en los finales del
día.
Una noche de ese otoño seguí el impulso. Fundé botella nueva, quebré la
rosca, y descorché la memoria en tragos cortos, reflexivos.
No era nuevo en el ejercicio de la memoria. Fui escritor, jugué a hacer
periodismo. Conté historias, escribí algunos libros. Guardé las palabras de
otros, de escritores y de gente de barrio. Todo es materia, sustancia de la
memoria. Cada relato puede tener su propio nido.
Aquella noche de otoño recosté un par de lágrimas en una idea, y mis
ojos sobre el fuego. Escuché su voz, porque el fuego también dice, cuenta.
Pasaron horas.
Toda oscuridad sueña con una caricia de luz. Una primera astilla del
amanecer que correspondía a mi noche, pasó vidrio y cortina, y la luz empezó a ser
murmullo entre mis almas. Era tiempo de amanecer.
Siempre seguí los impulsos. Con las mujeres, con la escritura; cuando
mis manos recorrían el estante de una biblioteca. La caricia manda, cara o
cruz, después se verá.
El impulso fue correrme del fuego y llegar hasta el ventanal que da al
fondo de la casa.
Aparecía la luz filtrada entre las ramas y la altura de los árboles. El
sol iniciaba su tránsito de alta en el cielo. Una vez más, bandera de la vida.
En mi jardín daban su presente el espinillo, a la derecha del terreno, y el
joven jacarandá, en el centro.
Fue entre estos árboles que descubrí el carro pobre hecho de niebla. La
luz lo tallaba en la bruma, aparecieron las ruedas, el simulacro de ellas, y
las barandas. Un carro de campo. No había caballos. Una vez formada la
presencia -resuelta en unas pocas pinceladas, como pintaba mi padre-
aparecieron los fantasmas. Rodeaban el carro. Diez fantasmas. Reconocí a
Cachete, un artista plástico amigo de mi padre. Nacido en Gualeguay y muerto en
Buenos Aires. Gualeguay es una ciudad que vive en el límite, mucho vivo que aún
no se entera de su condición, y tanto muerto devenido en buen fantasma que
sigue de ronda en los amaneceres. Los fantasmas, hasta que salen de juego y
encuentro, habitan las copas altas de los árboles del Parque Quintana, a la
orilla del río.
Recuerdo el carro pobre tomando altura. Recuerdo sus pasajeros: habitués
de esta aldea.
Recuerdo el llamado de Cachete, fue con su mano de pintar.
Recibí la luz de lleno. Miré el fuego.
Recuerdo a mi hija jugando alrededor del jacarandá que crece en el
centro del terreno, en el jardín del fondo. Tenía tres años. Aquella vez tomé
la foto que guardo en la memoria.
Vivo de recuerdos. Fui sombra. Mi hija jugaba en torno al jacarandá. Soy
un puñado de cenizas cerca de su raíz.
domingo, 31 de enero de 2016
Contravida de Augusto Roa Bastos (Libro recordado, Diario Tiempo Argentino (31/01/2015), texto sin firma: el diario no paga los sueldos)
Sucede cuando me dispongo a leer en la cama. Enciendo con comodidad el
velador. Elevo plegaria con fuerza al dios de los bichos que vuelan: que todos tus
seguidores estén en misa. No molestar en la noche. Al fin tomo el libro, lo
abro y procedo hacia el abismo. Después de la lectura de Contravida, siempre
pienso en su autor. Roa Bastos, el hombre, el gran escritor, y ayer, allá lejos
y hace tiempo, el pibe pobre que en Paraguay había descubierto que quería
escribir. Pulsiones irrefrenables: lectura y escritura. Podía intentarlo
mientras dormía su padre. Y no valía con luz de vela. El escritor cuenta que
para poder escribir en la noche, atrapaba bichitos de luz en el terraplén y los
juntaba en un frasco de vidrio. El pibe construía su lámpara. Leía hasta que la
luz de los portadores del secreto, moría. La muerte de las luciérnagas no le
causaba culpa. Sucede: abro mi libro y recuerdo aquella lámpara natural en el
campo. Pienso en la vida y en la muerte, como debe ser cada vez que abrimos un
libro, o escribimos, o encendemos un velador.
domingo, 3 de enero de 2016
El caballo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 03 de enero de 2016: sin firma: el diario no paga sueldo ni aguinaldo)
Me contó el amigo Deolindo Romero que
promediando el 1600 Hernandarias cruzó con un contingente de españoles el río Paraná.
Esos fueron los primeros hombres blancos que atravesaron la provincia de Entre
Ríos. Afirma Romero que hacerlo a caballo facilitó la empresa. El caballo no es
oriundo de América. El porte del animal (murmuro: empequeñecía a la bestia que
lo montaba, por eso aparecieron cascos y demás metales en la bijoutería asesina)
se sumó a perros y armas de fuego. Asustaban al nativo, sembraban el pánico.
Sabe Deolindo que quedaron muchos caballos por el departamento de Federal,
lugar que en sus principios llevó el nombre de Paso de las Yeguas.
Romero guarda historias donde el caballo dice
presente entre los hombres. Su padre fue carrero, llevaba los muebles que
construía la carpintería Sperandío de Gualeguay. Deolindo cuenta que nació por segunda
vez cuando el caballo tiró y en un salto del carro, el pibe que fue se golpeó
la cabeza. Tenía dos años. Afirma que cuando abrió los ojos vio a sus padres, al
cielo y a la barriada de otro modo. Recuerda Deolindo que en su barrio pobre, temprano
por la mañana, lo despertaban, además de los golpes de hacha naciendo leña, el
estrépito de los caballos que tiraban de los carros lecheros. También sabe que
el preso más famoso que tuvo Gualeguay, Giuseppe Garibaldi, huyó con caballos hacia
la libertad. Allá en 1837 los caballos cerraron el hocico, pero el baqueano, no:
lo delató al comisario Millán, que torturó al futuro padre de Italia colgado de
un brazo de la cumbrera de la comisaría/rancho.
Llamo “el memorioso” a Deolindo Romero porque
construye su relato diario a partir de la memoria. La barriada, el barrio
pobre, fue en sus principios un asentamiento de familias a orillas del río
Gualeguay. Deolindo, nacido en 1942, es tercera generación de pueblos
originarios. Su barrio pobre existió sobre una tierra que haría famosa otro
hijo de Gualeguay: el escritor Juan José Manauta, el Chacho. La novela: “Las
tierras blancas”.
domingo, 13 de diciembre de 2015
El cielo (La foto, Diario Tiempo Argentino: 13 de diciembre 2015)
El secreto está en el cielo, dijo mi padre. Desde mis días de infancia
guardo sus pensamientos referidos al cielo. Aprendí para toda la vida que allá
en la altura hay caminos sinuosos; veredas muchas veces oscuras, aunque también
existen unas pocas que pueden transitarse a cara limpia para, entonces sí, brindar
al hermano y a uno mismo el costado de luz que puede llevarnos hasta la imagen
por tanto tiempo buscada. En el cielo flota el barullo nacido de las criaturas
aladas (las de la magia), de los elementos dibujados a través de la naturaleza,
de las almas de los muertos que se dejan ver desde el continuo murmullo con que
intentan guiar a los que aún están vivos.
Yo era un pibito de Martín Coronado, en el oeste de la provincia de
Buenos Aires. Miraba televisión en mi casa y en casa de amigos. Sucedió que en
una de ellas, un día cerca de las seis de la tarde, vi por primera vez un
dibujo animado que me llamó la atención. Un superhéroe: un murciélago que
peleaba contra personas malas. Era murciélago, no hombre-murciélago. Mameluco
amarillo con una letra B en rojo; botas y guantes en rojo. Cara de murciélago
en azul tenue. Alas negras: “Mis alas son como un escudo de acero”. De la
altura de un hombre. Su nombre: Batfink. Tenía un fiel ayudante: un gigantón
con poco cerebro: Karate.
Batfink era transmitido por Canal 2 de la ciudad de La Plata. Los años
‘60 fueron suerte para unos, y no tanta para otros. Yo estaba entre los que la
antena no les leía la señal del 2. No podía ver Batfink. Años después no pude
ver la serie Rumbo a lo Desconocido.
Recuerdo el televisor encendido, a mi viejo subido a una escalera
apoyada en el tanque de agua. Recuerdo su humanidad estirada para alcanzar la
antena, y su esfuerzo para hacerla girar de a un centímetro. ¿Se ve?, me
gritaba. Yo estaba parado frente a la ventana del comedor, en el patio: No.
Todo era blanco mientras mi viejo movía la antena. Hubo una aparición fugaz, y
vuelta a la nada. Mi viejo tuvo razón:
el secreto está en el cielo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











