Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Una historia para Julia (XXVIII)

Muchas veces, Julia, ocurre que uno, en este caso papá escribiendo, no piensa demasiado en lo que está haciendo. Funciono por impulso, y fue así como empecé a escribirte desde que estabas en la panza de mamá Evangelina. Y está bueno no pensar en todo. Siempre debe quedar la puerta un poquito abierta, porque por la abertura se puede dudar, respirar, y es tan necesario; porque por ese espacio puede escaparse parte de nuestra verdad, esa que creemos absoluta; y porque por ahí mismo pueden entrar las sorpresas. Hay sorpresas que se visten de maravilla en esta vida. Tengo un amigo nuevo, un poeta, se llama Rafael Vásquez, leí sus libros, lo entrevisté para el diario, y hoy está entre mi gente querida. Rafael es un hombre mayor, de ochenta y tantos años como el abuelo Rolando. Es lector de estas historias que te escribo y habla de ellas con felicidad. Pensar que empecé escribiendo para vos, para nosotros. Hace unos días tomé un café con él y en sus manos traía una carpeta azul. En ella guarda todas tus historias y una foto que le envié de la abuela Adela, mamá Evangelina, vos y yo. La foto es en la plaza de Boedo y la tomó otro amigo de papá: Mario Bellocchio, ya te voy a hablar de él. Todo estaba dispuesto con mucho cariño dentro de la carpeta. Prometí enviarle las tres últimas historias para que las tuviera todas. Y lo hice. Una sorpresa fue la carpeta, y otra sorpresa fueron las palabras que Rafael te escribió a vos, sí, a vos, unos días después:
Querida Julia:
        Sé que no tengo derecho de copiarme de las cartas (así las llamo yo) que te escribe tu papá. Pero si él me perdona...
        Ocurre que yo soy un amigo bastante nuevo de él. Pero lo que más le admiro es su capacidad de escribirte, de sentirte, de vivir tanto en función de vos, de tus mínimos gestos, de lo que vos le das.
        Tu papá es un excelente periodista, un buen escritor y, aunque él lo niegue, también un poeta. Por lo menos siempre, cuando te escribe a vos.
        Algún día podrás decírselo.      
        Ahora, nada más que un beso chiquito de mi parte.
Estas sorpresas, estas suertes en la vida, ocurren cuando la puerta está un poquito abierta. Fue así como conocí un amigo nuevo, un buen tipo: el máximo galardón a obtener en esta vida. Rafael Vásquez, un buen tipo que es poeta notable de la vida y de su Buenos Aires.

Una historia para Julia (XXVII)

Veredas, esquinas, autos, personas, gente, ruidos, cemento, locura de esta gran ciudad, locura de velocidades, porque la gente corre mucho para nada. Sabés, Julia, en esta vida hay muy pocas razones por las cuales correr. Se puede vivir errado en esta ciudad grandota que casi siempre anda de coqueteo con la desmesura, pero que aún así, tan llena de nombres, sigue guardando el barrio y la buena gente, las mesas de café como las que habitás vos en el Cao o en el Margot, y están las plazas y los paseos por las veredas, esas que tienen distinto dibujo y que entonces te tocan distintas músicas a través de las ruedas del cochecito. Cada vez que te llevo en nave pienso en las diferentes vibraciones que recibís durante el viaje. Cuando el cochecito lo lleva mamá Evangelina, me gusta ir al lado tuyo y acercar la mano para que me agarres un dedo. Así viajamos de la mano. Yo veía a hombres de mi edad ir de la mano con hijos de tres o cuatro años. Pensaba que eso debería ser muy lindo. Hoy sé que es maravilloso. Todavía no caminás, pero ya voy por Buenos Aires de tu mano. Y te digo más, ¿sabés qué me encanta hacer?, llevarte en brazos en casa, en el barrio, en la ciudad, en esta Buenos Aires que tanto me gusta y tanto detesto. Siento mi abrazo profundo, voy atento a tus movimientos, disfruto tu abrazo, tu manito sobre un hombro. Me siento distinto, no mejor, nunca me gustó creerme mejor que nadie, sino distinto, siento que camino por una felicidad nueva, una felicidad que no se parece a ninguna otra. Nunca quieras ser la mejor, apuntale, hija, a la felicidad con tu gente y con todo lo que te guste hacer. La felicidad no se gana, no se compra, no la regalan, simplemente se encuentra o no. Una de mis felicidades, tan linda, tan simple, y tan encontrada, sucede mientras te llevo en brazos y espío tu mirada sobre la aldea.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Una historia para Julia (XXVI)

Julia, seguí enganchado con tu sonrisa, y con tus ojos. Todos lo dicen: que los ojos son del papá… que esos ojos así… que esos ojazos… y que esa mirada… Y ocurrió que un día te vi sonreír, y podés creer, no me perdí en tu labio finito como renglón y la escritura del poema, sino que en el momento mismo de la sonrisa, y en el momento mismo en que esa sonrisa que no terminaba y que además traía el saludo cercano de la risa, te miré exclusivamente a los ojos. ¿Qué vi?, dos líneas finitas, dos guiones marcados por tus pestañas largas, porque qué pestañas que tenés: son las del papá, eso también se dice, dos rayitas que me llevaron en vuelo rasante, urgente, hacia mi pasado de pibito de escuela primaria, allá en Martín Coronado. Así nomás, hijita, papá se hizo chiquito para encontrarse allá lejos en el tiempo. Fue en ese instante cuando te dije: ¿Qué hacés, chinita?, porque tenés cara de chinita, mirá esos ojos chinitos. Y te cuento un secreto, cuando papá iba a la escuela primaria, sus compañeros le decían “chinito”, y esa cargada nunca le gustó, hasta hoy, cuando te vi tan feliz y tan chinita.

Una historia para Julia (XXV)


Mamá Evangelina y yo nos miramos sorprendidos. Lo dice ella, lo digo yo: Qué grande que estás. Hoy cumplís siete meses, pero esta sorpresa de la que te hablo viene desde hace un tiempito. Pesás lindo, como nueve kilos, medís lindo, como sesenta y cinco centímetros. Pero la aventura está en tus ojos, en tu mirada. Es en tus ojos donde se registra el primer movimiento de la sonrisa. Nos avisás, guarda que se viene. Y sí, viene, llega, acaricia. En tus ojos vemos el reconocimiento cada vez que te despertás: ah, ustedes otra vez, y como quien hace regalos al pasar, sea en la penumbra del dormitorio, sea de día o de noche, vos dale que vas de sonrisa al frente. Cuando se suelta el juego de la sonrisa, desaparece tu labio superior y se hace finito para fundar un renglón: quisiera ser poeta para escribirte el amor en una línea. Son tus ojos los que descubro atentos a mis movimientos, a mi quehacer cuando estoy sentado al escritorio. Siento que algo me llama y te busco, te veo, a mi derecha, en la hamaca con tu mirada de queriendo mucho a papá, y entonces, sí, tu sonrisa, tus manos al aire, y a veces algún gritito. Qué grande que estás, Julia, lo dice mamá, lo digo yo. Qué feliz que te vemos, y entonces es el principio de nuestro sueño.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Una historia para Julia (XXIV)

Mamá Evangelina estaba cansadísima, más dormida que despierta. Eran las dos de la mañana y vos no aflojabas con tu discurso juguetón. Desde que descubriste el gusto por escucharte, la emprendés con cuentos llenos de misterio y emoción, una ofrenda para todo aquel que quiera escuchar tu música, la de significados ocultos. Tu juego derivó en principio de queja y entonces te rescaté del fondo de la cuna. En el dormitorio solo había encendido el foquito que vive escondido debajo de tu cama. Te hice alta en el cielo en esa parte de la noche, y salimos. Las luces que venían de afuera acompañaban el silencio. Desde que alguien agregó una luz entre los techos bajos que se ven desde nuestras ventanas, una magia de rebote de luz amiga nos regala un dibujo indefinido en el techo del comedor. Éramos: en el silencio y la mirada. Decidí quedarme quieto, nada de caminar hasta la cocina. Mirabas el techo, y volvías tus ojos a la puerta que da al balcón. Sobre las cortinas, el rastro de las plantas de mamá: movimiento suave, motor de brisa en primavera. El impulso fue hablarte a la oreja, contarte del día y de la noche. Te dije que en la noche las personas duermen, descansan, y que todo parece apagarse, pero que no es tan así, ocurre que se respira más lento para que ese aire que recibimos llegue hasta el alma, y te dije que ese aire, no importa si en el barrio hace frío o calor, llega siempre con un fresquito de acariciar. Por eso es importante descansar bien. Te dije que el día llega cuando otra vez se enciende toda la luz, el cielo, los árboles, las plantas, las voces, los colores. El día llega, Julia, cuando vuelve a encenderse nuestra sonrisa y la pista de la felicidad. Te estaba por contar más del día, justo cuando un momento después de apoyar tu cabeza sobre mi pecho, cerraste los ojos y un aire, chiquito y remolón, fue a hacer nuevo nido en tu alma.

martes, 23 de octubre de 2012

Una historia para Julia (XXIII)

El día de la madre, por la tarde, vos y mamá Evangelina se iban a la casa de los abuelos en Gualeguay. La verdad, no tenía ganas de que se fueran, es tan bueno tenerlas cerca; pero a la vez, sé que mamá precisa, porque lo disfruta mucho, volver al pago, y ver a su gente: papás, hermanos, sobrinos (tus primas: Martina, Julieta, Catalina, Juana). La tarde pintaba gris, y de tanto pintar se recibió de lluvia. Salimos de casa con unas pocas gotas en la cabeza, y ya en la estación de Retiro, el cielo fue un paredón sombrío. Mamá sacó el pasaje y nos sentamos a esperar la media hora que faltaba para la partida. En la Estación Terminal no te alcanzaron los ojos: querías ver todo, la contemplación de ese mundo nuevo te llevaba lejos, momentos en que aproveché para recuperarte con un beso. Te tuve sentada sobre mis piernas y te dije cosas al oído: que cuidaras a mamá, que te portaras bien, que te acordaras de mí. Subimos al micro, viajaban en la parte alta y casi al fondo de la nave. Dejé la valija de mamá, las besé, y bajé. Caminé por la dársena que guardaba el micro buscando la ventanilla. Vi la mano de mamá, y casi enseguida vi tu cara. Mamá te levantaba, yo te movía una de mis manos en el aire, como a vos te gusta, y miraste: Julia me miraba desde allá arriba. El paredón del cielo estalló en pedazos. La lluvia me mojaba mientras ustedes saludaban. Mamá apoyó tu mano en la ventana. Había mucho viento. No me quedó más remedio que secarme el agua de la cara. Pero no era lluvia, eran lágrimas. Tenía un nudo en la garganta, era una sensación nunca antes vivida. Te ibas, Julia, te ibas junto a Evangelina, y entonces se iban mis amores. No importaba el carácter de un viaje que no iba a durar más de dos días, no, importaba la reacción instintiva frente al alejamiento. Las quería conmigo. Llovía con ganas, y con granizo dentro de mi alma. Se movió el micro, apuntó a la calle, y le dio derecho hasta Gualeguay. Entré a la estación pensando que una vez había visto una escena parecida a la que terminaba de vivir. Pero había sido en una película. Sabés, creo que ya te lo dije en otro texto, es muy sano experimentar sensaciones por primera vez. Así me dije después, cuando me quedaba claro que además, y por suerte, nunca había sido un duro como Humphrey Bogart. Por eso, mientras buscaba mi bondi, fui feliz con mis lágrimas. Claro que quizá Rick no lloró porque sabía que en Casablanca la niebla ocultaba un avión de madera.

Una historia para Julia (XXII)

Café Margot, acrílico de Rolando Lois

Mantuve la tranquilidad. Estaba feliz, emocionado, no sé cómo las lágrimas contuvieron el último paso. Por primera vez te sentabas a una mesa del café Margot. Ya habías estado en el Cao, que es lugar amigo y que mucho me importa habitar. Pero el Margot es, de acuerdo desde dónde se mire, mi origen. El Margot, o sea, Boedo. Y ahí estabas vos, Julia, mi hija, en la trastienda del café que ahora lleva el nombre de Carlos Caffarena, un buen tipo que hace poco se fue de maestro para el barrio de la memoria. Fue en el Margot donde conocí dos amigos fundamentales en mi vida de escritor, te diría que de la mano de ellos pude fundar mi propia Buenos Aires: el poeta Rubén Derlis con sus libros, y Mario Bellocchio con su periódico Desde Boedo. Era sábado al mediodía, almorzábamos, y vos pediste tu parte. Mamá Evangelina estaba de espaldas a la puerta de dos hojas que da al pasaje San Ignacio. Te acomodó sobre tu costado izquierdo y entonces vi la foto a contraluz: en la penumbra: tu carita, tu mano asegurando la teta, el pezón al aire, el minuto previo. Tomé una primera foto, sin flash, cuando ya estabas en lo tuyo. Pero percibiste mi movimiento. Ah, tu curiosidad, Julita, y sucedió que tomé la siguiente foto justo cuando dejabas la teta para intentar ver quién era el que te espiaba. Tu cara revela sorpresa ante la intromisión. Me guardo esa mirada. Más arriba, la sonrisa de mamá. Atrás, la luz que rebotaba en los adoquines del pasaje. En el Margot, en Boedo, pensé en gente querida que habitó y que habita mi origen: el Profe Ricardo, el Gordo González, el Gallego Guillermo, el mozo Osvaldo, el abuelo Rolando, el Tata Cedrón, el poeta José Muchnik, el fotógrafo Eduardo Noriega, el historiador Diego Ruiz, el pensador Otto Carlos Miller, el memorioso Alberto Di Nardo. Todos en mi mesa de origen, espacio y tiempo que tus ojos vieron por primera vez.