Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Una historia para Julia (LI)

La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta, te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta, emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos resuena el grito previo a la risa…  a las dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas gracias, por tanta maravillosa felicidad.

Una historia para Julia (L)

En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Pintar con la sombra (Tiempo Argentino 29/09/2013)

La sombra habita, desde que era pibe, un lugar en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una historia para Julia (XLIX)

Te pregunto: ¿dónde está tu panza? Al instante tus ojos la buscan y la encuentran. Está, sigue estando en su lugar. Contestás: levantás la mirada que sonríe. Sí, sí, la panza. Después llegan tus manos. Nunca antes de mirar.

Una historia para Julia (XLVIII)

En un recreo hasta ahora no anotado de este invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río. Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música apacible que se movía sobre el agua del paisaje.

Una historia para Julia (XLVII)


La primera vez que cruzamos narices, vos estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué, esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa. Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías. Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora, para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus significados ya empezaron a hacer sus magias.

Una historia para Julia (XLVI)

Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre Ríos.