La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme
el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después
acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos
perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta,
te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de
tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se
te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te
levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus
amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta,
emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este
juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos
nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al
fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos
resuena el grito previo a la risa… a las
dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se
transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres
que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas
gracias, por tanta maravillosa felicidad.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Una historia para Julia (L)
En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una
pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de
Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que
contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la
que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le
toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas
que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la
expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que
te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a
la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás
haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una
sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay
que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés
que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las
tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Pintar con la sombra (Tiempo Argentino 29/09/2013)
La sombra habita, desde que era pibe, un lugar
en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la
facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede
nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy
un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi
voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima
sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento
del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella
conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su
presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido
al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi
cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se
guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui
un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar
recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el
alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para
fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno
trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida
es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital
del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo
incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Una historia para Julia (XLVIII)
En un recreo hasta ahora no anotado de este
invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de
primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el
Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver
con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en
la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros
en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la
orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de
arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río.
Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas
muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música
apacible que se movía sobre el agua del paisaje.
Una historia para Julia (XLVII)
La primera vez que cruzamos narices, vos
estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del
tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en
un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido
al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y
repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué,
esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me
acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero
hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas
cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando
las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa.
Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la
cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías.
Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora,
para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus
significados ya empezaron a hacer sus magias.
Una historia para Julia (XLVI)
Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos
Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un
hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos
vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había
perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana
de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y
Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo
caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque
en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve
esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde
nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre
Ríos.
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