Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 27 de julio de 2012

Una historia para Julia (XII)


Te digo la verdad: desde que entraste a casa te espío por un motivo especial. Así fue que un día te descubrí o, por qué no, imaginé que lo hacía, o mejor, quise imaginar, la manera en que empezabas a interesarte por tu lugar, tu casa, nuestro departamento de San Cristóbal. Aquella vez, tendrías unos veinte días, mirabas hacia la biblioteca que está en el dormitorio: en ella tus ojos: ventanas abiertas sobre la presencia en madera oscura. Hoy estás a días de cumplir tres meses y tu mirada escrutadora desarmó mis ansiosas imaginaciones. No hay duda. Mirás intrigada sobre las bibliotecas de la casa: estantes con libros de colores y tamaños diversos, y también encontrás colores en los cuadros que cuelgan en los ambientes. Verte así me lleva hasta un puñado de palabras, un pensamiento, que conté muchas veces: mi agradecimiento a mis padres porque en la casa de Martín Coronado existiera a mi nacimiento una biblioteca, porque entendí a lo largo de los años que ella era una de las mejores herencias.
Hoy vuelvo a encontrarme en tu encuentro. Me gustó crecer rodeado de historias, de libros, de personas que sabían del sabor que tenía la lectura. Ojalá que vos tengas ganas de conocer las historias de la gente. Las vas a encontrar en la vida, en la calle, y en los libros, como los que cubren las paredes de tu hogar de pibita. Siempre me gustó volver a mi lugar, siempre quise mis departamentos alquilados porque los hice míos, porque en ellos supe de historias, de libros, de música y pintura. En ellos: los colores de la memoria.

miércoles, 18 de julio de 2012

Una historia para Julia (XI)

Óleo de Eolo Pons
Me encuentro en tus ojos, los del misterio, y me digo que quiero contarte de cuando las personas caminan por los días y de cuando hay que irse para escondernos muy cerca de la ausencia. Quiero contarte, Julia, pero no sé si pueda. Nacemos a la vida, llegamos, abrimos los ojos, como vos, recién, hace un rato, llegar desde el abrazo de mamá Evangelina, o llegar desde la mar misterio, desde ese puerto ubicado a más de dos meses de tu sonrisa de hace un rato. Llegar es como volver de una siesta, de un sueñito. Hay siestas diferentes, unas cercanas, y otras un tanto alejadas. Siempre se vuelve a la siesta primera, de la que poco adivinan los hombres. Sabés, creo que yo venía conociendo mucho de esa siesta. Papá tiene amigos queridos en la siesta de la ausencia. Ellos duermen en otro barrio. Un tanto lejos están Néstor, Gabriel, Salvador, Liliana. Ellos se fueron después de vivir sus días, no están después de haber contado historias, después de haberlas disfrutado. Se fueron, pero igual los veo, los encuentro en la memoria, que es un lugar donde se guardan los recuerdos, un barrio donde se mezcla el tiempo, y es este tiempo y memoria el que puede atesorar la cara de mamá y papá, el cielo, la lluvia, la música, las caricias, los amigos, todo junto y sin orden para que vos, yo, cualquiera, pueda jugar con los momentos; y mejor si son alegres, y mucho mejor si hay más alegres que tristes. Creo, Julia, que papá venía como desparejo, con mucha historia y pensamientos alrededor de la siesta, esquina de Buenos Aires llamada muerte, es más, sé tantas historias alrededor de ella que casi podría pasar por sabihondo de café, y me doy cuenta que, a pesar de haber disfrutado de los días, de haber sido feliz porque viví lindas historias, es tu llegada, hija, la que por fin me empareja, la que me hace pensar en que ahora sí sé de la vida y de la muerte. Y quiero decirte que estoy convencido de que para caminar lindo por los días hay que saber de llegadas y de partidas: sólo así podemos ejercer la memoria.

Amistad y pincel: una memoria de vida


Rolando Lois y Néstor Berllés en el Museo Pompeo Boggio (Chivilcoy, 1993)

Néstor Berllés y Rolando Lois exponen en SAAP (Viamonte 458) del 17 al 31 de julio.

Hace unos cuarenta años, los malabarismos propios del juego de la vida hicieron coincidir en un mismo tiempo y espacio, los caminos de dos artistas plásticos. Las salas de exposición fueron los primeros lugares de encuentro. Después vino el café y la charla. La coincidencia se hizo fuerte en la filosofía artística que los identificaba: la pintura figurativa, a veces geometrizada, que a través del tiempo y el trabajo decantará en un último gesto: el paso de la figuración a lo abstracto. La unión también se dio en las ideas políticas, siempre a la izquierda del dial. Después llegó el tiempo de compartir exposiciones colectivas en la Sociedad Argentina de Artistas Plásticos, en la Asociación Estímulo de Bellas Artes, en el Museo Pompeo Boggio de Chivilcoy. De hecho, hasta el momento, su última exposición fue en octubre del año pasado en el Boggio. Compartieron también la comisión directiva de la SAAP en 1986. Durante la última dictadura, época dura para la SAAP, los dos ofrecieron de forma gratuita sus otros oficios para mantener el edificio de la institución: uno carpintero, el otro pintor. De manera mutua frecuentaron sus talleres y establecieron un sustancioso cambio de figuritas sobre el maravilloso quehacer del señor pincel. Para sus encuentros elegían el hoy desaparecido bar Florida, en Viamonte entre Florida y San Martín, donde ahora se levanta el Centro Cultural Borges. Al bar concurrían otros pintores amigos: Cachete González, Héctor Tessarolo, Julio Giustozzi, Antonio Garrido, el negro Pascual Suárez, que se llegaba desde General Rodríguez, Eolo Pons, Hugo Griffoi. Las reuniones se hacían los viernes, y sucedió que de forma inevitable los fueron mudando de café: hubo otro refugio sobre Viamonte. Porque es sabido el problema eterno de los artistas cuando de boliche se trata: mucho color y firulete con filosofada a la carta, tertulias muy lindas de ver y referir, pero a la larga les dan el olivo: ocupan mucho espacio y consumen poco.
Después de una vida de amistad y arte, los dos artistas plásticos: Néstor Berllés y Rolando Lois, al fin sus nombres, vuelven a presentar, a partir de la confluencia apasionada de su trabajo y los días, una muestra de su arte.
Desconozco si algún artista habrá podido pintar sobre una tela la apariencia de la memoria, pero sí estoy seguro de que Berllés y Lois le han hurtado una sonrisa  a la dama con la construcción de una amistad basada en el respeto de los sentimientos y las ideas. De esta manera se trabaja el arte mayor: la vida misma. Néstor Berllés murió en 1996, su arte sigue siendo su arte, Ana María sigue siendo su compañera, y mi viejo, Rolando, sigue siendo su amigo, su compañero.
Hoy, como ayer, vuelven a exponer en Buenos Aires.

Chau, Carlos

Un momento después de amanecida la finitud de una persona querida, elijo buscar en la memoria y vivir, restaurar, un aire de otro tiempo en el presente. Trato de hacer esquina en medio de la pena que nace con la primera ausencia. No llegué a ser amigo de Carlos Caffarena, pero podríamos haberlo sido. Si lo pienso, muchos fueron los nexos que nos podrían haber acercado todavía más en la mesa del café Margot. Todo puede acontecer en una mesa de café, esta verdad bien podría haber sido una de las coincidencias, estoy seguro de que él lo sabía; luego podría señalar otras ancladuras: Boedo, Buenos Aires, buen lector, charla sustanciosa, respetuoso del otro (también en la discrepancia), su especial conocimiento de la pintura argentina, pero más allá de estas señales y de otras tantas que podría agregar, Carlos era, fue, es y será siempre en las historias y en mi memoria: un buen tipo, y es esta la mayor distinción a alcanzar en el juego de los días. La distinción parece chiquita, uno de esos títulos que no cotizan en los tiempos de la velocidad, pero a ella no se llega por casualidad. Ser un buen tipo es un arte, y como todo arte, este también lleva una vida. Siento que de esta manera debo despedir a Carlos: nombrando su sustancia primera. Compartimos barrio, mesa de café margotiano y filosofadas varias. Hacía unos años que nos veíamos a los saltos, siempre el saludo pero estábamos más lejos que ayer, cuando mis primeros años de contacto con el viaje iniciático que me significó saber de la historia de Boedo y su gente. De aquellos días recuerdo las dos o tres veces en que hicimos de galeristas de arte junto a la pared mayor del Margot. Carlos indicaba, era el que sabía, y yo ejecutaba parado sobre una mesa del café. La agrupación barrial Baires Popular iniciaba sus muestras de pintura en las paredes del Margot y Carlos era el alma madre de la movida. Hoy elijo aquellas mañanas como puntales de mi memoria. Mañanas de Boedo, una pintura del barrio: Chau, Carlos, un placer, siempre estuvimos avisados, sabíamos que una y otra vez tendríamos que ejercer la memoria.

martes, 10 de julio de 2012

Una historia para Julia (X)

Mamá Evangelina colgaba la ropa recién lavada en el balcón. Vos estabas en el medio de la cama grande, acostada sobre una de nuestras almohadas. Afuera el frío. La persiana se guardaba en su nido, las cortinas se apretaban a los lados, la ventana era todo cielo de San Cristóbal. La seguidilla de plantas sobre el alféizar hacía de cordillera flaca; imagino que las macetas quedaban fuera de tu mirada. Estabas tranquila hasta que se asomó una nube de llanto, en tu cara se dibujó una clara expresión de pucherito a la carta. Arriba, gordita, con papá. Quedamos bien cerca de la ventana. Primero intenté que encontraras a mamá Evangelina, pero el llanto te traía a los saltos. Mamá desistió con su teatro de morisquetas. Empecé a decirte todo aquello que se me ocurría, que es como el estribillo de la canción que me va a llevar toda la vida, te hablé en voz baja, casi al oído: pibita de San Cristóbal y Boedo, bonita nena cuanto te quiero, Julia, la nena momosha: que es mezcla de mimosa y hermosa. Sumé besos cortos. Sentí que tu cuerpo se iba acomodando dentro de mi abrazo, encontré tu respiración buscando la calma. Mirabas a la ventana azul, porque de azul se construía el paisaje, puro cielo de San Cristóbal, puro cielo de barrio, el tuyo, el nuestro: así era cuando te quedaste dormida.

miércoles, 20 de junio de 2012

Una historia para Julia (IX)

Ayer fue mi primer día del padre. Tenía cierta expectativa con el día, cómo será, qué me pasará cuando me digan: Che, feliz día, porque hace cuarenta y tantos días con yapa que vino Julia, y entonces, sí, señor, feliz día, sos papá: Soy tu papá. Los amigos, la familia, las personas conocidas, todos estuvieron de feliz día para mí, y todo gracias a vos. La pregunta estuvo cantada cada vez: ¿Y, papá, qué se siente?, y tanto preguntar en ellos, y tanto encontrar en mí qué decir, cómo contar, es que terminé preguntándome: Che, barbeta, papi de Julia, qué onda, qué sintonía, qué revuelto Gramajo anda de feliz día en tu interior. Fue así, hija, que caí en la cuenta de que en realidad vengo de día del padre sostenido. Si por este día felicidad se entiende y se desea, vengo de fiesta desde el 28 de abril, porque la constelación del padre, una de las pocas que no crece en el cielo estrellado sino en el barrio de los hombres, se camina a través de la búsqueda de las esquinas más felices, y eso siempre me gustó, buscar los cruces en la vida. Encontrar esquinas, también elegirlas, algunas efímeras y otras eternas. Entre estas últimas, hoy, ahora, me quedo en la esquina de tu mirada, en la de tu cuerpo dentro de mi abrazo. Descubro buzones rojos que guardan palabras en tránsito, escribo cartas de ayer y de hoy, dejo señales en todas las esquinas en las que busco dar con tu alma: en cada caricia, en cada beso chiquito, en mi dedo atrapado por tu manito, y desde hace un puñado de días, hago esquina en tu sonrisa, en la luz de tu cara de pibita haciendo señales en nuestro universo de San Cristóbal, siempre tan cerca de Boedo. Vengo de feliz día desde que naciste, y así quiero seguir, así queremos seguir con mamá Evangelina, seguir en nosotros con las mismas ganas de encuentro. Claro que hay veces que nos cachetea un llanto que todavía no entendimos y pinta tormenta, pero luego todo se aplaca cuando mamá hace magia, cuida que te cuida con su imaginación que no para hasta que otra vez llega la calma, sea chupete respirando a buen ritmo, sea piquito de amasar sonrisas en reposo. Ahí es cuando logro desatar el moño de payaso asustado que se empecina en ajustarme la garganta. Feliz día del padre, sí, desde que te vi.

jueves, 7 de junio de 2012

Una historia para Julia (VIII)

Era de mañana cuando escuchaste por primera vez la lluvia. Nada importa que hasta ahí, es más, nada importa que todavía no sepas de la lluvia. Estabas de ojos muy abiertos en el cochecito que te prestó Augusto. Escuchabas la novedad. Mamá Evangelina preparaba el mate, papá te espiaba mientras empezaban a caer las primeras gotas: una y una, de dos en dos, ellas unidas en su quehacer, en su húmeda ética del regreso, porque gotas son las que se van y las que vuelven en el diario trajinar, gotas como si de personitas se tratara. Las ventanas de la cocina se asoman, cada día, sobre un lago de chapas, árboles y tanques de agua. Techos bajos de un centro de manzana en el barrio de San Cristóbal. Música primera la de la lluvia y el metal, amigos que todavía se abrazan en algunos lugares de Buenos Aires. Siempre me gustó ser, estar, en la lluvia. Será por eso que te imagino en ella. Primeras gotas de una lluvia de siesta acariciando tus mejillas, acompañando la infinidad de besos recibidos e imaginados, porque son tantas las veces en que quisiera comerte a besitos chiquitos, lentos como la mejor de las lluvias: comerte en besos de garúa. La lluvia será compañera una vez que la lleves en la mirada. Ella te sueña, te quiere: Julia, mi amiga, se la escuchará murmurar por los barrios. Ojalá que siempre te guste más la lluvia que el cielo, porque en cada gota, marca, beso, sobre una chapa, un patio, la calle, tu refugio de ciudad, vas a poder saber de las personas, la tierra y los días. Julia, hija, que la lluvia acaricie tus patrias internas.