Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Una historia para Julia (XLIX)

Te pregunto: ¿dónde está tu panza? Al instante tus ojos la buscan y la encuentran. Está, sigue estando en su lugar. Contestás: levantás la mirada que sonríe. Sí, sí, la panza. Después llegan tus manos. Nunca antes de mirar.

Una historia para Julia (XLVIII)

En un recreo hasta ahora no anotado de este invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río. Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música apacible que se movía sobre el agua del paisaje.

Una historia para Julia (XLVII)


La primera vez que cruzamos narices, vos estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué, esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa. Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías. Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora, para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus significados ya empezaron a hacer sus magias.

Una historia para Julia (XLVI)

Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre Ríos.

domingo, 28 de julio de 2013

Cuestiones con la vida de Humberto Costantini (en Tiempo Argentino 28 de julio)

Cuando llegó el momento de abandonar mi ciudad, pensé en Cuestiones… y fui a buscarlo a la biblioteca. Ahí estaba, un libro en Buenos Aires, y ahí debe seguir el fantasma de mi ejemplar, de mi estante y también mi fantasma acercando la mano. Soy de Boedo y de San Cristóbal, a la manera de Costantini creo haberle apretado la cintura a Buenos Aires, y quizá, que otro lo diga, haberle hecho un hijo de sangre y memoria. Cuando llegó el momento de hallarme en mi nueva ciudad: Gualeguay, pensé en Cuestiones…, y ya no hubo que buscar, y no hubo necesidad de fantasmas, sólo pasar páginas, espiar, ausentarse y volver: “te aprieto como nunca, / te me entrego, / mientras como en un sueño / te digo amor, / te digo / ya nunca más exilio, / ya nunca más lejos de vos, / paloma, primavera, regazo, / Buenos Aires”. Cuando llegue el momento de dejar todas las ciudades del mundo, pensaré en Cuestiones…, ojalá lo tenga cerca, para irme desde Buenos Aires, mi ciudad cuna, no sin antes pasar por Gualeguay.

viernes, 26 de julio de 2013

Una historia para Julia (XLV)


Cuando cumplí treinta y tres años recuerdo que el abuelo Rolando me dijo: Parece mentira, si ayer nomás te traje a casa recién nacido. Siempre me acuerdo de esto, y en esta anécdota pienso cuando te veo sentada sobre las baldosas y con un libro abierto entre las manos. Más allá de mi felicidad porque ya tengas trato con el amigo libro, pienso en la velocidad: si ayer nomás eras la recién nacida, cómo ahora sumás quince meses entre libros. El abuelo Rolando tuvo razón. Primero tuviste dos libritos plásticos, después apareció uno de cartón bien duro con una cabeza de títere en su parte superior. Libros juguetes que cumplen, pero la cuestión cambió cuando de mi biblioteca saqué dos libros de una amiga, la escritora Laura Roldán. “Zongos y borondongos” y “La marca del garbanzo” son libros que ella escribió junto a su mamá Laura Devetach, una gran autora de literatura infantil, casada, fijate qué dupla, con el notable Gustavo Roldán, uno de los más destacados escritores argentinos que trabajaron la literatura para chicos. El primero está ilustrado por Gustavo Roldán (h.), el hermano de mi amiga, ¡qué familia!, y de él es el cuadro que está colgado en tu dormitorio: El vibroperro. El segundo libro está ilustrado por Isol, y este señor es el creador de un dibujo que mucho te alegra. En “Orquesta con bichos raros”: el que toca los platillos. ¿Qué es?, no sé, ni él debe saber, pero te divierte cada vez que llegás a la página. Te veo venir con un libro en la mano. Pasito corto, el libro que casi toca el piso. A estos títulos se han agregado cuatro de María Elena Walsh, otra señora destacada: “Dailan Kifki”, “El mundo del Revés”, “Cuentopos de Gulubú” y “Manuelita ¿dónde vas?”. De todos mirás los dibujos. Aprendiste a pasar las páginas. Te hago upa para ubicarte sobre mi pierna derecha, así me lo pedís, y te preparás para mirar el libro. Sucede varias veces al día. Qué grande que estás, pienso, y cuando aparece el bicho dibujado por Isol, sencillamente me hago chiquito en tu alegría.
Como intento ser un padre sincero, voy a contarte que en estos momentos hay un libro más. Está muy linda la historia y te gustan los dibujos. Papá prefiere escritores que cuentan buenas historias y además son buena gente, con fallas, seguro, pero buenos seres humanos, sinceros. Hay escritores que son así, y hay otros que no, por eso no pude evitar dejar para el final el libro que te regaló nuestra amiga Paola de Bogotá: “Fonchito y la Luna” de Mario Vargas Llosa, que es un buen escritor, y nada más.

miércoles, 17 de julio de 2013

Estado desmesurado de conciencia

Acrílico de Rolando Lois
La calle del cementerio era adoquinada. Inicié el camino hacia la salida. Lloraba, hacía tiempo que no lloraba por la muerte de un amigo. No era la primera vez que desandaba el camino desde el Crematorio de La Chacarita. Mi amiga Liliana había elegido las cenizas.
En ese momento me descubrí entrando a un lugar donde, al menos en estado de conciencia, nunca había estado. Fue como estar dentro de una onda expansiva, fue sentirme sustancia e impulso de recién llegado, y a la vez sentir la pertenencia a esa misma fuerza en expansión. A poco de la experiencia encontré estas palabras para nombrar lo ocurrido: un estado desmesurado de conciencia. Experimenté una manera de quedarme sin límites. Fue ahí que sentí, entenderlo desde lo intelectual fue trabajo para después, que era parte de una sabiduría, del misterio de la naturaleza. Fue algo así como entender que no estaba solo. Sé que en muchos momentos de la vida del ser humano, la soledad es el gran peldaño, pero no hablo de ese correlato cotidiano, hablo de sentirme conectado en la profundidad donde arañan las raíces. Me hubiese encantado poder contarle esto a mi amiga Liliana, se hubiese apasionado, ella siempre caminó por mundos distintos.
Sucedió que en pocos días supe de abismarme dos veces, la primera: en el cementerio, la segunda: momentos después de haber salido de la sala de parto donde nació mi hija Julia, una semana después de la muerte de Liliana. Digo que momentos después de haber salido de la sala, porque todo sucedió cuando la doctora me entregó a Julia recién nacida. Apenas se movía, supongo que extrañaría el mar y el silencio, y tenía los ojos bien abiertos. Voy a hablar de otra mirada. Nada importa que alguien me quiera explicar que en el momento en que nace un bebé no puede distinguir formas precisas. Yo hablo, como anoté, de la otra mirada. Ella desde su mundo, y yo desde el mío. Hablo de un encuentro. Y en él, los temblores, las emociones, y las preguntas. Porque dentro de mi hija había fundada una manera de ser, de sentir y de sentirse, en Julia había un alma. Pero había un alma: ¿desde cuándo?, y desconociendo el dato temporal, ¿cómo es que nace un alma?, es más: ¿de dónde vino la suya? En voz muy baja le pregunté: ¿de dónde venís, hija?
Liliana era de andar caminando entre mundos distintos, y tal vez yo también practique esa manera de caminar, quizás a un ritmo más reposado, que es la mejor sintonía para encontrarse con las ideas y las palabras sobre el papel.
En todo mi papelerío manchado con mi intento de dar con la literatura, podría afirmar que siempre le anduve husmeando el rastro a la muerte. No por miedo, sino porque ella fue en mi vida, lo sigue siendo, inspiración y cachetada certera para no dejar las acciones para mañana. Si mañana puedo no estar, si los próximos cinco minutos pueden ser mis últimos cinco minutos, debo vivir hoy, ahora. Pensar lo contrario es ser un creído, un semidios de lo más estúpido y simplista. Debo admitir que esta clase de ejercicios cercanos a la búsqueda de algún tipo de filosofía de vida, lo llevan a uno a afantasmarse cuando, en tren pensamientos, búsquedas y cuestionamientos, uno da, por ejemplo, con la incómoda sensación que brinda entender la absurdidad que rodea la existencia toda.
Entonces me encuentro en una encrucijada. No toco blues, pero es cierto que lo escucho con pasión. Me descubrí en tratos con una pertenencia, un barrio que queda un poco más allá, pero en el “mientras tanto” lo absurdo de una existencia insípida llena casi todos los casilleros.
Los viernes por la noche acudo a la catedral. Se entra por una puertita plena de misterio y enmarcada por una gran persiana que preserva el teatro del mundo. Está ubicada a una cuadra de la plaza y a un lado de la catedral verdadera. Se la conoce como la catedral del asado. En ella se juntan diez o doce amigos a comer. Ellos también van por la carne y el vino tinto, “hacen” misa clandestina. Cuando se acerca el final de la ceremonia, cuando las brasas se alejan en soledad, todos levantan sus vasos al cielo de chapa y brindan por los ausentes: Mingo y el Negro Carnevale. Estoy seguro de que más de uno esconde, muerde la lágrima. Es emocionante ser testigo y ser parte del homenaje.
Ahí no quedan dudas: no hay soledad en la naturaleza, y no quedan dudas de lo absurdo del recurso, pleno de impotencia, ante el hambre voraz del abismo y el gran misterio. Mientras tanto, nosotros, los afantasmados, a conciencia limpia o fragmentada, porque nunca olvidamos que la muerte nos espera, nos aferramos a la memoria.