Leí al poeta Víctor Cuello de González Catán,
quiere que a su muerte cubran su cuerpo con: “pedazos de amapola / perfume de
piedra / lluvia color vino / pasto / trozos de libro”. Leí ayer y entonces salí
de casa con el primer aire de la madrugada. Tiré de mi coche fúnebre: sobre la
bicicleta fui mi propio caballo. Caminé unos metros hasta la mitad de la calle.
Me detuve. Miré el cemento tratando de identificar el límite de la luz. Pensé
en morir cuando me rodeara la niebla. La niebla es una trampera silenciosa:
creemos que todavía no llega cuando en realidad ya estamos dentro de ella.
Puede que la niebla tenga algo o mucho de la sintonía de la muerte. Pensé: este
es un buen momento para morir. De pie en la niebla, cabeza gacha, recreando las
historias que fueron cara, las que nacieron cruz. Morir sin miedo, en la
tranquilidad de un destino de hombre tibio. De morir en una madrugada, y si
hubiera cambiado mi dirección postal: del beso del fuego al hogar húmedo en la
tierra, me pregunto: ¿con qué señales cubriría mi cuerpo? Y entonces mi memoria
se va de boca, desbarrancan mis tesoros, se amontonan por lograr un lugar en
esta escritura y luego entre las velas de mi nao. La disputa amanece, adivino que
el trabajo será arduo, quizá demasiadas memorias/amores de personas, objetos, e
imaginaciones bárbaras, juegos para mi boca cerrada. Es posible, creo, que
cuando un hombre está listo para irse en la niebla enseguida señala el puñado
de recuerdos con que se arropará en la tumba. Cuando llega la niebla, la memoria
es escueta, no desespera. No somos más que un puñado de recuerdos.
domingo, 6 de abril de 2014
jueves, 13 de marzo de 2014
Una historia para Julia 66
Mamá Evangelina y papá acaban de dejarte en el
jardín de infantes Tru-la-la. Es tu sexto día. Me dije: hoy le cuento a Julia
que va muy contenta a jugar y bailar con nenes y nenas, que nunca tuvo un
amague de llanto, que queda tan bonita con una remera blanca y un pantaloncito
negro, zapatillas y medias blancas, gomita blanca que te agarra un poco de
pelo: un plumerito al viento. Se te ve feliz cuando entrás, y feliz al salir.
Tratamos de llevarte y retirarte mamá y papá juntos. Sabés, te veo caminar por
la vereda rumbo al jardín, y otra vez lo que ya te anoté no sé cuántas veces:
no lo puedo creer. Ayer, mientras esperábamos para entrar, una nena, que estaba
a upa de la mamá, empezó a llorar. Vos llevabas el Chancho Cholito en las
manos. Desde abajo, brazo estirado hacia la altura, le ofrecías el muñeco. Tenés
22 meses y unos días: hoy 12 de marzo te escribo, te cuento una más de tus
historias.
Una historia para Julia 65
Estaban de visita la abuela Adela y el tío
Alejandro. Jugabas en el patio. Ibas y venías, hablabas, pateabas una pelota,
jugabas con un muñeco. Estábamos todos bajo la galería. Quisiste ver las antenas
de cerca, qué papá más exagerado, y entonces te hice upa. Pero el protagonismo
de las antenas fue dejado de lado por la presencia de una avioneta que volaba
en círculos a buena altura. La viste y entonces nos movimos entre los árboles
para que pudieras seguirla con la mirada. Se fue. Cuando al rato volvió a
aparecer, vos estabas parada en el patio: ¡oooohhhh!, dijo tu asombro, y
señalabas con el dedo al cielo. En un segundo bajaste la vista, y buscaste a tu
muñeca Kitty para que ella también viera la avioneta. Pasaba igual que con las
antenas. Pero cuando alzaste a Kitty te diste cuenta de que tu amiga no miraba
al cielo, te miraba a vos. Se miraron. Y rápidamente la hiciste girar y quedó de
cara al cielo. Sí, Julia, en esta vida, muchas veces, vas a tener que resolver
igual de rápido.
Una historia para Julia 64
A la mañana te despertás, llamás desde tu
habitación: mamápapá o papámamá, así: todo junto y a velocidad. Uno de los dos
acude a tu pedido y te acerca a la cama grande, pero contra todo lo supuesto,
el sitio no tiene para vos especial interés. Así que enseguida viene el cambio
de pañales y la colocación de la armadura para la mañana. Querés la mamadera,
vas hasta la mesa de la cocina. La señalás. Tomás la leche recostada en el
sillón mientras ves Paka Paka en la tv. Con mamá Evangelina desayunamos en la
cocina. Terminás la mamadera y la llevás hasta la mesada. Te ofrezco una
galletita. Esta combinación de movimientos se repite y se repite. Podría
decirte que todos la sabemos de memoria, aunque no por eso es menos linda de
transitar. Claro, que le diste una vuelta de tuerca al asunto cuando hace unos
días te pregunté: ¿una galletita?, indicaste que sí con la cabeza, y cuando
terminabas de agarrarla, dijiste: Y una papá. Fue la primera vez que ataste
tres flores en un ramo.
Una historia para Julia 63
En marzo de este año, ahora, en estos días,
Julia querida, comenzamos a construir nuestra casa. Mamá Evangelina y papá
trabajaron siempre, antes y después de conocerse. En ese pasado no tan lejano,
trabajar siempre no significaba tener una casa, comida, educación y salud. Mamá
y papá son trabajadores que sin el apoyo del estado no podríamos estar levantando
una casa. El estado debe apoyar la posibilidad del crédito: la gente empieza a devolver
el dinero prestado desde el momento en que habita la casa. Esto es fundamental,
pocos trabajadores pueden pagar el alquiler del lugar donde viven y la cuota del
crédito por la construcción de la vivienda donde van a vivir mañana. Para que exista
la posibilidad de este tipo de crédito, tiene que haber en el gobierno del
estado: personas que piensen en el otro. No siempre se piensa en los demás
desde la altura del poder. Tenemos hoy la suerte de vivir un tiempo distinto, ¿imperfecto?,
sí, pero con señales donde aparece el registro de lo humano y lo solidario.
Quiero contarte que el artífice de la obtención del crédito, de preparar los
papeles, de tener todo en la cabeza y de ser insistente, es mamá Evangelina. Yo
la acompañé, estuve a su lado, sí, pero es ella quien lo hizo posible. Estoy
orgulloso de ella, y soy doblemente feliz: por contarte de mamá, y por contarte
de esta realidad. Soy feliz porque mañana sé que vas a tener tu casa, pero no
por una cuestión puramente económica, se sabe que esto es importante, pero ante
todo, mi felicidad es porque vas a poder hacer tuyo un lugar. No vas a tener
que andar de mudanza en mudanza por el alquiler de distintas casas. Vas a poder
hacer “tuya” la sintonía de un lugar: tu casa de infancia, esa que te vas a
llevar en el alma cuando emprendas tu propio viaje.
Una historia para Julia 62
Sobre el techo de la casa en la que vivimos,
se levanta una gran torre de metal que sostiene, a gran altura, un vestigio de
otra época: dos viejas antenas de televisión. Empezaste a registrar la
presencia de a poco, y con más decisión cuando viste que algunos pipi detenían
el vuelo sobre el armatoste. Con pipi o sin pipi, comenzaste a pedirme que te
hiciera upa para estar más cerca de las antenas que llegan casi hasta el cielo.
Disfrutás el juego, la mirada te vende. Y yo feliz, nunca me sentí más útil. Te
alcé muchas veces, cuando hay sol busco el reparo del alero de la galería para
que puedas mirar con la misma comodidad que cuando lo hacés desde el llano.
Menuda sorpresa, Julia querida, me llevé cuando te descubrí parada cerca de la
hamaca, casi pisando el jardín, y con la muñeca Kitty, que tanto querés y que te
regaló la abuela Adela, alzada apenas sobre tu cabeza. No podía creerlo. La
antena y papá eran una sola pieza. Ahí estabas, compartiendo tu juego con la
muñeca. Compartir, hija, es una palabra sintonía de vida: hay que tenerla
siempre en la punta de la lengua de cada idea.
Una historia para Julia 61
La tormenta se acerca. El cielo va tomando la
apariencia de cielo escapado de un cuadro del abuelo Rolando. El viento te
despeina. La misma suerte para los naranjos, las rosas, todo el verde amigo que
nos ilumina el jardín. Los pájaros, los pipi, vuelan urgentes buscando refugio.
Yo te digo que se van a la casa. Las nubes se nos vienen encima. Es una tarde
que va camino a una noche prematura. El viento fuerte es un juego. Saltás con
cada ráfaga. Señalás el cielo. Te hago upa, y no me puedo contener, dejo de
mirar al frente para mirar tu perfil de mascarón de proa que en la altura le
entra con más ganas al juego. El viento es más fuerte. Se te escapa un grito de
pura alegría. Después fugan en bandada. Relámpagos sobre nuestro techo. Caen
las primeras gotas sobre las baldosas, y una marca tu mano derecha. Mirás
tratando de descubrir el rastro del beso que te dejó este fantasma de
naturaleza enamorada. El viento y tu pelo. Tu perfil. Tu mirada intrigada.
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