Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

Anecdótica historia de la muerte


Publicado por Ambrosía (2001)

(texto previo)

Anecdótica historia de la muerte es un libro raro, uno de esos libros que no se puede encasillar, y por lo tanto problemático para la tranquilidad de los encasilladores. En él hay historias contadas de muy diversa manera. Mi ignorancia sobre la ciencia que estudia las formas establecidas de la narración, se debe a mi escasa inclinación a respetar, precisamente, lo establecido. El impulso, las ganas de contar, me llevó a escribir como escribo, o sea, a contar como puedo.
En Anecdótica... importa la historia, las historias que se acercaron a la muerte. Historias reales e historias mentidas que se hicieron un lugar en Buenos Aires. Historias que se cruzaron en mi camino.
Una vez más me encuentro escribiendo sobre la muerte y una vez más el mismo planteo; escribo en la muerte, con la muerte, como compañía de los días, y es desde ese conocimiento, nuestra charla, de donde parten todas las razones para disfrutar de esta vida.
Me voy a tener que ir, por eso doy mi presente, hoy, ahora; dejar el día para mañana puede resultar peligroso.

El autor

(capítulo)

Siempre el mismo deseo
para Hugo Ditaranto

En ese instante no tuvo conciencia real de lo que estaba ocurriendo. Sintió ganas de acostarse. De repente fue su única urgencia. Acostarse como quien se cae, como quien se va cayendo sobre el piso de fría cerámica.
Era de mañana cuando sintió ganas de acostarse. Hacía poco que se había levantado. Como era su costumbre se acercó a la ventana, a una de las ventanas que miran al parque. Se acercó a la que estaba en la habitación donde escribía. Pensó que ese lugar, desde donde él ahora miraba hacia el parque, era uno de esos lugares especiales. Lugares que se sienten dentro de uno. Dijo para sus adentros que mucho es lo que había escrito en ese ambiente. Dijo que era un lugar para escribir, que era un lugar para hablar de libros, de escritores. Dijo que no serviría para nada más, y al instante tocó el vidrio a través del aliento. Era su manera de desear. Intento de deseo frente a la ventana que daba al parque. Deseo tranquilo, sin estrellas fugaces, ni fetiches, desear que estas paredes cobijaran a otro escritor. Otro escritor además de él, deseaba que otro siguiera escribiendo historias después de su muerte. Entre estas paredes, se dijo, sólo un escritor.
El frío fue una realidad, es una realidad cada vez que siente ganas de acostarse sobre el piso de fría cerámica. Sintió el frío esa primera vez, de mañana, luego de haber estado deseando frente a la ventana que daba al parque.
Fue a partir de ese primer frío que su mundo comenzó a cambiar. Todo cambió de tal manera que las tareas de todos los días desaparecieron. Ya nada era necesario. Ya no golpeaban a la puerta las urgencias. Al parecer todo había tenido una especie de último día, una especie de día distinto. Hasta dejó de escribir, aunque esto no fue tan terminante. No se lo podría afirmar como verdad absoluta, porque si bien dejó de escribir sobre el papel, empezó a contar ideas, posibles argumentos, líneas, frases liberadas al aire de la habitación con vista al parque. En ese lugar, donde estaba acostumbrado a escribir hasta ese día en que sintió el frío de la cerámica.

Fue en ese lugar, en esa habitación, donde escuché las palabras del escritor. Era una tarde, casi noche de viernes, histórico viernes donde me sentí vivo, donde descubrí el dolor con que se puede festejar la vida. Esta vida, la vida que se desprendía del escritor con el que hablaba. Escuchaba, y en sus palabras adivinaba la forma concreta y a la vez esquiva de la literatura. Fue mi deseo tener una oportunidad semejante, algún día poder sentirme escritor.
El escritor hablaba. El escritor habló del loco, porque en realidad uno es dos, dijo. Mientras uno hace las cosas normales, cotidianas, a las que nos somete la vida, el loco vuela en otra órbita, no para. El loco piensa, se mete en el pasado, filosofa en todo momento; es él quien la mayoría de las veces descubre las mierdas que acechan en esta tierra. Después de un tiempo, el loco se calma, la tormenta se calma, las aguas buscan el equilibrio, y entonces no queda más que sentarse a escribir. El escritor dijo que él pensaba en un enanito. Un enanito, igualito a él –así es su loco– era quien le dictaba, le tiraba ideas, desde uno de los estantes de la biblioteca. También dijo tener una historia muy especial con la casa:
– A veces me digo, ¿no será Conrado?, porque sabés, pobrecito, murió en el baño, a veces entro y lo veo ahí tirado, durmiendo, y entro despacito para no pisarlo.

Escuché y anoté las palabras del escritor Hugo Ditaranto en una noche de viernes. Yo sabía, desde hacía un tiempo, que ahí había vivido el escritor Conrado Nalé Roxlo. También supe o adiviné que a Conrado le gustaba mirar hacia el parque, y pedir un único deseo, siempre el mismo deseo.