Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

México, Un refugio en Buenos Aires


Publicado por Ambrosía (2001)

Contratapa

México es el intento de guardar momentos. Una seguidilla de miradas, algún pensamiento, las ganas de fabricar un paréntesis en la carrera diaria. Buenos Aires hoy, tiene eso, la carrera, la falta de tiempo y sentarse en el café, México o como se llame, sentarse en el lugar que uno elige porque ahí respira a gusto, es una especie de declaración de principios, de triunfo para el que no hay más premio que el mantener vivo el festejo de la vida. Buenos Aires hoy, tiene la carrera, pero también tiene cafés en los que todavía se puede ver la calle a través de las ventanas, desde donde todavía se puede descubrir que hay más personas viviendo con nosotros en la ciudad. Cada uno con su historia, con sus historias. Sentarse a tomar un café puede ser, a veces, una acción solitaria, introspectiva, melancólica y sin embargo desde ahí, desde el otro lado del cristal es de donde nace esta ocurrencia. Quizá sea el lugar desde el cual descubrir la existencia de los demás. Todo o casi todo puede ocurrir sobre una mesa de café en Buenos Aires. Territorio fantástico, refugio para lo que fue y para lo que podría ser. Queda “el mientras tanto” y en él está Buenos Aires, los cafés y los demás. Queda “el mientras tanto” aguardando hacerse historia.

(textos)

Un hombre viejo.
Todos los días, cerca de las diecinueve horas, se sienta en la primera mesa a la izquierda de la puerta. Mira fijo a través del vidrio mientras escucha una radio chiquita que sostiene en su mano derecha.
Toma café o soda en sifón chiquito que es como se debe tomar soda en un bar. A veces agrega una rodaja de limón.
La radio está atada con lo que parece ser un cordón de una zapatilla. Tiene todo el aspecto de estar rajada, algún golpe la llevó hasta el cordón blanco de zapatilla.
El hombre mira al exterior. Giró la silla de manera tal que le da la espalda al resto de las mesas.
Todos a mano, creo que a nadie le importa qué hace el hombre viejo.
Yo sólo miro y hago lo único que se me ocurre hacer: escribir sobre una mesa del México.
***
Miré hacia una de las mesas. Un viejo lee el diario junto a la ventana que da sobre Avenida La Plata.
Ahí, en esa mesa, estuve sentado con Liliana antes de que se fuera.
Ella se fue.
Ella está en España y yo todavía en el México.
Vuelvo sobre esa tarde mirando la mesa.
Era de tarde también cuando caí en la cuenta de que caminaba por la vereda de enfrente de la casa de Liliana.
Puertas y cortinas, todo cerrado porque el sol le pega duro por la tarde.
La casa de Liliana queda cerca del México, apenas unas cuadras.
Creo que es imposible olvidar el calor de una casa, tan imposible como olvidar una mesa de café.
Una mina para destacar aquella que se las arregla para estar en dos lugares, al menos dos, a la vez.
***
La mesa que tiembla está casi en el centro del México. A centímetros de la columna de metal señalizada con antióxido y a centímetros de una de las macetas que adornan el México.
La mesa tiembla.
Conozco el temblor del piso.
Tenía catorce años y estaba en San Juan.
Después de la muerte de Néstor y después, un mes, del terremoto de Caucete. Fue por los setenta y pico que ya tiraban para los ochenta y nada.
Ocurrió una mañana, la cama se sacudía. De un lado a otro.
Me senté en la cama para ponerme los zapatos.
Acción de loco y de porteño, me explicaron después.
Intenté caminar hasta la puerta.
La puerta estaba a un par de metros.
No llegué porque el piso temblaba.
Algo rugía y el piso temblaba.
Algo rugía y las paredes y el piso respiraban a saltos.
Todo terminó y no llegué a la puerta.
El piso del México tiembla debajo de esta mesa.
Temblando también es manera de llegar al pasado.
No siempre tiembla el piso del México. Tiembla sólo en un lugar y acabo de enterarme.
Cerca del México no hay cordillera ni piedra que se desgrana. Pero la tierra tiembla, acá, debajo de esta mesa.
Tiembla de distintas maneras. Cuando dobla el 56 que viene por Avenida La Plata, cuando un camión se manda por México, cuando el 96 a Constitución lleva apuro y cuando el 181 a Almagro muestra su frente repleta de lugares, apenas tiembla. Cuando algo grande se recuesta o se manda por México el temblor es caricia.
En cambio, cuando el semáforo está en verde sobre Avenida La Plata, el temblor es como el de San Juan. La mesa del México tiembla cuando sobre esta mano de plata se lanzan en verde el 15, el 65, el 85 y el 112.
En el México hay algo extraño. Creo que cuando más tiembla es cuando pasa un 65 que se ahorró la parada en la esquina del México.
Quizá tiembla más porque se perdió de mirar, de intrigar, de pedir un café desde la nave.
Quizás alguien se perdió una sonrisa de mujer y eso enoja, convoca la puteada.