Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

Vuelo interno (sobre un espejo y la muerte)


Publicado por Libronauta (2001)

Contratapa

Dos impulsos de neta filiación romántica motorizan a Vuelo interno. Codo a codo, el amor y la muerte nos interpelan desde sus páginas. Si lo hace la muerte a través del cadáver y la osamenta, lo hace también el amor moviéndose libre en las regiones del sexo. No ha de permanecer indiferente el lector ante esta combinación de fuerzas.
Vuelo interno, de Edgardo Lois, es, a la vez, una incitación y un desafío. Vale la pena aceptarlos.

Gabriel Montergous

(capítulo)

Toma 9

Suponiendo que estuviera escribiendo una novela de las que no me gusta leer, o suponiendo que estuviera haciendo una película de esas que no me gusta ver, ustedes estarían ante la típica situación en la que todos saben algo más que uno de los personajes. Todos saben más, los de afuera y los de adentro, o sea el lector y el resto de los personajes. Todos saben el secreto esencial que al menos uno debe ignorar para que se lo pueda usar como víctima. No me gusta esta clase de historia, o de sistema para manejarme a través de los días. Sé que a veces no es conveniente, sé que hoy el mundo, o el cristal por el cual se miran las cosas, aconseja no hablar, no decir todo. Pero uno asume los riesgos porque sólo así se puede disfrutar de las victorias.
Sé que lo primero a decir es que este tipo, o sea yo, se coge a Carla, y que en realidad no piensa en ella sino en la muerta. Luego, ella es la víctima de mi proceder enfermo. Pero no es así, están equivocados, así que a nadie se le ocurra decir “pobre Carla”. El lunar es un hecho, pero esto es mi escrito, mi espejo, mi vida, y en él sólo hay misterios para mí.
Uno de los misterios es el sueño de mi vieja, otro misterio es lo que me deparará mirarme en el espejo negro con el que me encontré aquella noche. Carla, en cambio, sabe todo lo que tiene que saber.
Además de aceptar los riesgos, soy un exhibicionista, es muy difícil que guarde lo que escribo sólo para mí. Por ridículo que me parezca, siempre termino caminando hacia alguien. Llevo mi escritura en la mano y generalmente los atrapo en algún café. Mientras hago silencio fijo mi atención en la cara del elegido. Así cada vez. Ellos leen, aceptan y elogian, o discrepan y condenan. Es divertido, creo que muchas veces escribo sólo para ver sus caras. Siempre aparece alguien; ellos son elegidos en un juego de azar cerebral que casi nunca falla. Siempre atrapo alguno de los premios.
Carla fue el premio para este escrito, para este intento de mi historia, o mejor dicho de una parte de ella, ya que quién puede saber todo lo que fue, todo lo que es o todo aquello que puede ser. Nadie puede, es más, nadie debe hablar tamañas boludeces.
Me encontré con Carla en un café, dentro de mi Buenos Aires en blues. Leyó hasta la última palabra que registré del diálogo de nuestro encuentro anterior, leyó hasta “[...] y vos ignorás por qué me engancho con tu lunar...”. Calculé que sería un buen cierre la aparición del diálogo, un cierre efectivo para que Carla supiera. Jugué con el momento al mostrarle el escrito, quería verle la cara, y en su cara el lunar, cuando se enterara de mi fantasía, de mi porqué además de saber que Carla tiene buenas piernas.
Carla se puso roja, se sorprendió y algún sudor apareció seguramente sobre alguna parte de su cuerpo. Así la pienso y así la adivino preguntándose acerca de mi capacidad para contar una historia. No me tenía como alguien que pudiera contar y ahora le estaba contando; es extraño que nunca antes le hubiese tocado en suerte o en desgracia ser elegida para leerme en un café.
Pero más allá del detalle técnico, o térmico, o del rojo al agua, Carla se la bancó bien y me tildó de jugador. Además me dijo que estaba dispuesta a jugar.
Carla dijo que tenía mucho para decirme, que también tenía mucho para putearme, pero dijo que seguramente tendría mucho más para decir, algo más en cada día. Dijo que me lo iba a decir, que me lo iba a contar al oído pero sin estar frente a mí. Según ella, yo había impuesto la distancia y seguiríamos en esa sintonía.
Habían pasado dos días desde el encuentro y lectura, cuando recibí el primer cassette de Carla con un pequeño escrito: “Ya que te gusta escribir, desgrabá lo que te digo y sumalo a tu carpetita juguetona. Si aceptás el juego, jugamos. De ahora en más nos encontramos para hablar o hacer, nuestro tiempo es el que decide, ¿sabías que cada uno tiene su tiempo?, y eso sí, nos guardamos un pedazo de otro tiempo para el silencio. ¿Sabés por qué?, porque a vos te gusta que te lean y a mí me gusta leer.”