Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.















A orillas del Gualeguay

A orillas del Gualeguay
Foto: Julio Montana

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

Bitácora de lluvia


Publicado por Mac Lector Narrativa (1998)

Contratapa

Novela en la que circula un personaje de novela (el “vendedor de historias” de Tabucchi), en la que individuos de carne y hueso adquieren por mérito de la palabra consistencia inefable de personajes, en la que se dice la búsqueda de un nombre de mujer extraviado en el boscaje de los textos italianos del siglo XIX y en que un poeta de los grandes nos brinda el rostro que la fotografía ha captado tres días antes de su muerte, Bitácora de lluvia es, también, un relato con escenario preciso: Buenos Aires. (Están los cafés del bar, la librería y la lluvia; los portones ferroviarios miran pasar los colectivos).
Edgardo Lois se sirve de una prosa remansadamente musical para ceñir por un instante seres, libros, ámbitos. Sus cesuras, esos puntos suspensivos que jalonan los diálogos, son invitaciones a que el lector diga su palabra, a que entre en la ficción, a que se constituya en personaje de Bitácora de lluvia, novela bella y melancólica.

Gabriel Montergous

(capítulo)

Palabras previas

Mi nombre es Ariel, y encontré un manuscrito en un hombre muerto.
El hombre muerto era mi amigo, se llamaba Julio.
Quizá la historia que contiene el manuscrito hubiera merecido ser encontrada en Zaragoza por un Conde polaco, o en una casa en el límite, al borde de un barranco. También podría haber sido encontrada en un rincón de la pieza de Adán Buenosayres, pero no, fue encontrada entre las ropas de un hombre muerto. Pensé en esos lugares, pensé en literatura, debido a los temas que aparecen en el escrito. Julio fue amigo de los libros, y separados, sin saberlo, los dos caminamos casi por los mismos paisajes.
Pero así es la vida, y así fue el destino que me llevó a encontrarlo muerto. Estaba sentado en el patio del fondo de su casa. No estaba sobre una silla, alguna vez me había dicho que le gustaba sentarse en el piso porque así recordaba el patio de su casa paterna. El patio de las primeras lecturas, buscadas en una sombra, debajo de un árbol, ante la mirada de Batuque, el perro. Sabía que después de leer le dolería todo, ya no era un pibe, pero el esfuerzo valía la pena.
Cuando llegué a su casa hacía como media hora que había dejado de llover. Tenía llave, entré a esperarlo sin sospechar que ya nunca vendría. Estaba muerto en el patio, entre sus ropas estaba el manuscrito. A un lado de su mano derecha, un libro de Antonio Tabucchi, Réquiem, que guardaba, en una de las solapas, uno de los señaladores que le había hecho Sandra, una amiga, un cuarto de eternidad antes de este día.
Julio estaba empapado, y lo extraño, además de encontrarlo muerto y no saber la razón, fue ver su piel. La cara, las manos, marcadas con pequeños hundimientos. En su momento pensé en algo que instantáneamente me llevó a decirme “estás loco”. Pensé que en la cara y las manos de Julio estaban marcados los impactos de las gotas de lluvia. Como si las gotas hubieran querido entrar en él. Me dije “estás loco”, pero después leí el manuscrito.