Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 13 de julio de 2007

Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado)


Publicado por Papeles de Boedo (2002)

Contratapa

El fuego y los relatos nacieron simultáneamente. ¿Cómo forjar una historia sobre los orígenes del mundo sino con la cara iluminada por el resplandor de la fogata primera que ahuyentó a las fieras y, en la fría noche, les dio calor a los hombres?
Seguramente por eso, en este tango novelado de Edgardo Lois –que redoblando la apuesta del mito no narra sólo el origen de un mundo, sino del mito mismo– uno de los personajes clave lleva en su nombre el eco del fuego primordial disfrazado de modestia tanguera. Primus. Hugo Primus, se llama. Y en su apellido confluyen la nobleza solemne del latín (primus: el primero, el fundador) y la humilde llamita del calentador a querosén, del mítico Primus cuyo fuego forjó historias de tango y, en la pieza del conventillo, ahuyentó al fantasma del frío y la pobreza.
También el narrador de historias tiene un nombre emparentado con el fuego. Se llama Luis Lacre y su apellido evoca el antiguo sello que garantizaba con su mancha de sangre que los mensajes que llegaran sólo fueran leídos por su auténtico destinatario.
Juan Bara, el tercero de los personajes que completa la coreografía de este tango, no lleva en su nombre la marca del fuego primordial. Pero su exilio en una esquina de la ciudad es no sólo una herencia familiar –su propio abuelo se había exiliado en la piecita del fondo– sino también la herencia del nomadismo del hombre primitivo, que no conociendo aún la generosidad de la tierra, se dedicaba a caminar persiguiendo las estrellas.
Nos encontramos pues, ante una cosmogonía engendrada por tres demiurgos chiquitos y esmirriados, por tres personajes porteños que protagonizan una divina trinidad lunfarda.
Para cumplir con su ígnea tarea de forjadores, sin embargo, Lacre y Primus no requieren de encendidos parlamentos públicos. Su ámbito natural es la sociedad secreta. Esta sociedad secreta recuerda la que formaron ciertos oscuros personajes de Roberto Arlt. Y también evoca el particular Club de los suicidas, de Robert Louis Stevenson. ¿Qué otra forma más cabal puede existir para sabotear un orden instituido que la conspiración?

Mónica López Ocón

(capítulo)

Cuatro
Juan Bara pasa la mayor parte del día solo, esperando. Es en el esperar de cada día que se vienen los recuerdos. Pero a veces, de tantas ganas de escuchar una historia y ante la ausencia de portador, echa mano a sus recuerdos. Como una persona más, cambia y recambia partes, cambia desenlaces mientras en algún lugar de la memoria guarda una aproximación a lo que fue el original. Juan Bara es asaltado por el recuerdo y es él mismo, quien a veces, llama al recuerdo. Como una persona más, Bara, sabe de señales. El frío, solo o con lluvia, lo arrastra por años hasta llegar a Campo de Mayo. El frío, solo o con lluvia, presente en la esquina mientras busca una posición entre el abrigo con el que cuenta, lo lleva a Campo de Mayo.
Juan Bara recuerda porque alguna vez lo hicieron soldado. Un puñado de sensaciones se mezclan o se hacen imágenes a partir del conjuro escuchado a puro grito o parlante. Juan Bara escuchó una vez más, Subordinación y valor, y una vez más se encontró moviendo los labios, acallando su grito, Para defender a la patria. Pero, ¿qué es la patria, Juan?, se preguntó una noche de frío. Para defender a la patria hace falta una patria, ¿qué es una patria, Juan?
Juan Bara dijo que quizás una patria es el lugar donde un grupo de personas se hace dueño de los destinos de los demás. Una patria puede ser insultar, pegar con un palo. Una patria también podría ser el lugar elegido por un soldado conscripto, la puerta del polvorín de la patria, para suicidarse porque ya no aguanta que lo insulten, que le peguen con un palo. Una patria puede ser la hora de la borrachera de tanto milico muriendo en la siesta de todos los días. Una patria puede ser el lugar donde recibir a las putas de la ruta, los hacedores de patrias acabando en despatriadas de la noche.
Juan Bara recuerda Campo de Mayo porque lo invitaron gentilmente a defender a la patria. Estaba la bandera, la escarapela, el himno por los parlantes y la subordinación y valor como parte de la armadura celeste y blanca que todo lo abraza y esconde.
Juan Bara recuerda Campo de Mayo cada vez que se acomoda sobre las baldosas de la esquina. Recuerda cuando dormía al sereno en algún descampado de Mayo porque esa noche, él y algunos ciudadanos más, estaban cuidando a la patria.
Haciendo otros movimientos, otras acciones, Juan Bara termina en otros lugares. Por ejemplo, cuando se mira las manos y descubre su respirar íntimo, su propio olor, no recuerda Campo de Mayo.
Pero cuando se acuesta en la esquina, cuando hace frío, cuando sólo está debajo de un poco de árbol y cielo, Juan Bara recuerda aquella vez que lo llamaron soldado.
Alguna vez se dijo, Para defender a la patria, una patria bien podría ser el lugar que permite a un hombre seguir siendo hombre, no animal, hombre que forma una familia, hombre que cuida una familia, una patria se hace con techo y comida. Así se dijo Juan Bara, aullando recuerdos en una esquina de San Telmo.

México, Un refugio en Buenos Aires


Publicado por Ambrosía (2001)

Contratapa

México es el intento de guardar momentos. Una seguidilla de miradas, algún pensamiento, las ganas de fabricar un paréntesis en la carrera diaria. Buenos Aires hoy, tiene eso, la carrera, la falta de tiempo y sentarse en el café, México o como se llame, sentarse en el lugar que uno elige porque ahí respira a gusto, es una especie de declaración de principios, de triunfo para el que no hay más premio que el mantener vivo el festejo de la vida. Buenos Aires hoy, tiene la carrera, pero también tiene cafés en los que todavía se puede ver la calle a través de las ventanas, desde donde todavía se puede descubrir que hay más personas viviendo con nosotros en la ciudad. Cada uno con su historia, con sus historias. Sentarse a tomar un café puede ser, a veces, una acción solitaria, introspectiva, melancólica y sin embargo desde ahí, desde el otro lado del cristal es de donde nace esta ocurrencia. Quizá sea el lugar desde el cual descubrir la existencia de los demás. Todo o casi todo puede ocurrir sobre una mesa de café en Buenos Aires. Territorio fantástico, refugio para lo que fue y para lo que podría ser. Queda “el mientras tanto” y en él está Buenos Aires, los cafés y los demás. Queda “el mientras tanto” aguardando hacerse historia.

(textos)

Un hombre viejo.
Todos los días, cerca de las diecinueve horas, se sienta en la primera mesa a la izquierda de la puerta. Mira fijo a través del vidrio mientras escucha una radio chiquita que sostiene en su mano derecha.
Toma café o soda en sifón chiquito que es como se debe tomar soda en un bar. A veces agrega una rodaja de limón.
La radio está atada con lo que parece ser un cordón de una zapatilla. Tiene todo el aspecto de estar rajada, algún golpe la llevó hasta el cordón blanco de zapatilla.
El hombre mira al exterior. Giró la silla de manera tal que le da la espalda al resto de las mesas.
Todos a mano, creo que a nadie le importa qué hace el hombre viejo.
Yo sólo miro y hago lo único que se me ocurre hacer: escribir sobre una mesa del México.
***
Miré hacia una de las mesas. Un viejo lee el diario junto a la ventana que da sobre Avenida La Plata.
Ahí, en esa mesa, estuve sentado con Liliana antes de que se fuera.
Ella se fue.
Ella está en España y yo todavía en el México.
Vuelvo sobre esa tarde mirando la mesa.
Era de tarde también cuando caí en la cuenta de que caminaba por la vereda de enfrente de la casa de Liliana.
Puertas y cortinas, todo cerrado porque el sol le pega duro por la tarde.
La casa de Liliana queda cerca del México, apenas unas cuadras.
Creo que es imposible olvidar el calor de una casa, tan imposible como olvidar una mesa de café.
Una mina para destacar aquella que se las arregla para estar en dos lugares, al menos dos, a la vez.
***
La mesa que tiembla está casi en el centro del México. A centímetros de la columna de metal señalizada con antióxido y a centímetros de una de las macetas que adornan el México.
La mesa tiembla.
Conozco el temblor del piso.
Tenía catorce años y estaba en San Juan.
Después de la muerte de Néstor y después, un mes, del terremoto de Caucete. Fue por los setenta y pico que ya tiraban para los ochenta y nada.
Ocurrió una mañana, la cama se sacudía. De un lado a otro.
Me senté en la cama para ponerme los zapatos.
Acción de loco y de porteño, me explicaron después.
Intenté caminar hasta la puerta.
La puerta estaba a un par de metros.
No llegué porque el piso temblaba.
Algo rugía y el piso temblaba.
Algo rugía y las paredes y el piso respiraban a saltos.
Todo terminó y no llegué a la puerta.
El piso del México tiembla debajo de esta mesa.
Temblando también es manera de llegar al pasado.
No siempre tiembla el piso del México. Tiembla sólo en un lugar y acabo de enterarme.
Cerca del México no hay cordillera ni piedra que se desgrana. Pero la tierra tiembla, acá, debajo de esta mesa.
Tiembla de distintas maneras. Cuando dobla el 56 que viene por Avenida La Plata, cuando un camión se manda por México, cuando el 96 a Constitución lleva apuro y cuando el 181 a Almagro muestra su frente repleta de lugares, apenas tiembla. Cuando algo grande se recuesta o se manda por México el temblor es caricia.
En cambio, cuando el semáforo está en verde sobre Avenida La Plata, el temblor es como el de San Juan. La mesa del México tiembla cuando sobre esta mano de plata se lanzan en verde el 15, el 65, el 85 y el 112.
En el México hay algo extraño. Creo que cuando más tiembla es cuando pasa un 65 que se ahorró la parada en la esquina del México.
Quizá tiembla más porque se perdió de mirar, de intrigar, de pedir un café desde la nave.
Quizás alguien se perdió una sonrisa de mujer y eso enoja, convoca la puteada.

Anecdótica historia de la muerte


Publicado por Ambrosía (2001)

(texto previo)

Anecdótica historia de la muerte es un libro raro, uno de esos libros que no se puede encasillar, y por lo tanto problemático para la tranquilidad de los encasilladores. En él hay historias contadas de muy diversa manera. Mi ignorancia sobre la ciencia que estudia las formas establecidas de la narración, se debe a mi escasa inclinación a respetar, precisamente, lo establecido. El impulso, las ganas de contar, me llevó a escribir como escribo, o sea, a contar como puedo.
En Anecdótica... importa la historia, las historias que se acercaron a la muerte. Historias reales e historias mentidas que se hicieron un lugar en Buenos Aires. Historias que se cruzaron en mi camino.
Una vez más me encuentro escribiendo sobre la muerte y una vez más el mismo planteo; escribo en la muerte, con la muerte, como compañía de los días, y es desde ese conocimiento, nuestra charla, de donde parten todas las razones para disfrutar de esta vida.
Me voy a tener que ir, por eso doy mi presente, hoy, ahora; dejar el día para mañana puede resultar peligroso.

El autor

(capítulo)

Siempre el mismo deseo
para Hugo Ditaranto

En ese instante no tuvo conciencia real de lo que estaba ocurriendo. Sintió ganas de acostarse. De repente fue su única urgencia. Acostarse como quien se cae, como quien se va cayendo sobre el piso de fría cerámica.
Era de mañana cuando sintió ganas de acostarse. Hacía poco que se había levantado. Como era su costumbre se acercó a la ventana, a una de las ventanas que miran al parque. Se acercó a la que estaba en la habitación donde escribía. Pensó que ese lugar, desde donde él ahora miraba hacia el parque, era uno de esos lugares especiales. Lugares que se sienten dentro de uno. Dijo para sus adentros que mucho es lo que había escrito en ese ambiente. Dijo que era un lugar para escribir, que era un lugar para hablar de libros, de escritores. Dijo que no serviría para nada más, y al instante tocó el vidrio a través del aliento. Era su manera de desear. Intento de deseo frente a la ventana que daba al parque. Deseo tranquilo, sin estrellas fugaces, ni fetiches, desear que estas paredes cobijaran a otro escritor. Otro escritor además de él, deseaba que otro siguiera escribiendo historias después de su muerte. Entre estas paredes, se dijo, sólo un escritor.
El frío fue una realidad, es una realidad cada vez que siente ganas de acostarse sobre el piso de fría cerámica. Sintió el frío esa primera vez, de mañana, luego de haber estado deseando frente a la ventana que daba al parque.
Fue a partir de ese primer frío que su mundo comenzó a cambiar. Todo cambió de tal manera que las tareas de todos los días desaparecieron. Ya nada era necesario. Ya no golpeaban a la puerta las urgencias. Al parecer todo había tenido una especie de último día, una especie de día distinto. Hasta dejó de escribir, aunque esto no fue tan terminante. No se lo podría afirmar como verdad absoluta, porque si bien dejó de escribir sobre el papel, empezó a contar ideas, posibles argumentos, líneas, frases liberadas al aire de la habitación con vista al parque. En ese lugar, donde estaba acostumbrado a escribir hasta ese día en que sintió el frío de la cerámica.

Fue en ese lugar, en esa habitación, donde escuché las palabras del escritor. Era una tarde, casi noche de viernes, histórico viernes donde me sentí vivo, donde descubrí el dolor con que se puede festejar la vida. Esta vida, la vida que se desprendía del escritor con el que hablaba. Escuchaba, y en sus palabras adivinaba la forma concreta y a la vez esquiva de la literatura. Fue mi deseo tener una oportunidad semejante, algún día poder sentirme escritor.
El escritor hablaba. El escritor habló del loco, porque en realidad uno es dos, dijo. Mientras uno hace las cosas normales, cotidianas, a las que nos somete la vida, el loco vuela en otra órbita, no para. El loco piensa, se mete en el pasado, filosofa en todo momento; es él quien la mayoría de las veces descubre las mierdas que acechan en esta tierra. Después de un tiempo, el loco se calma, la tormenta se calma, las aguas buscan el equilibrio, y entonces no queda más que sentarse a escribir. El escritor dijo que él pensaba en un enanito. Un enanito, igualito a él –así es su loco– era quien le dictaba, le tiraba ideas, desde uno de los estantes de la biblioteca. También dijo tener una historia muy especial con la casa:
– A veces me digo, ¿no será Conrado?, porque sabés, pobrecito, murió en el baño, a veces entro y lo veo ahí tirado, durmiendo, y entro despacito para no pisarlo.

Escuché y anoté las palabras del escritor Hugo Ditaranto en una noche de viernes. Yo sabía, desde hacía un tiempo, que ahí había vivido el escritor Conrado Nalé Roxlo. También supe o adiviné que a Conrado le gustaba mirar hacia el parque, y pedir un único deseo, siempre el mismo deseo.

Vuelo interno (sobre un espejo y la muerte)


Publicado por Libronauta (2001)

Contratapa

Dos impulsos de neta filiación romántica motorizan a Vuelo interno. Codo a codo, el amor y la muerte nos interpelan desde sus páginas. Si lo hace la muerte a través del cadáver y la osamenta, lo hace también el amor moviéndose libre en las regiones del sexo. No ha de permanecer indiferente el lector ante esta combinación de fuerzas.
Vuelo interno, de Edgardo Lois, es, a la vez, una incitación y un desafío. Vale la pena aceptarlos.

Gabriel Montergous

(capítulo)

Toma 9

Suponiendo que estuviera escribiendo una novela de las que no me gusta leer, o suponiendo que estuviera haciendo una película de esas que no me gusta ver, ustedes estarían ante la típica situación en la que todos saben algo más que uno de los personajes. Todos saben más, los de afuera y los de adentro, o sea el lector y el resto de los personajes. Todos saben el secreto esencial que al menos uno debe ignorar para que se lo pueda usar como víctima. No me gusta esta clase de historia, o de sistema para manejarme a través de los días. Sé que a veces no es conveniente, sé que hoy el mundo, o el cristal por el cual se miran las cosas, aconseja no hablar, no decir todo. Pero uno asume los riesgos porque sólo así se puede disfrutar de las victorias.
Sé que lo primero a decir es que este tipo, o sea yo, se coge a Carla, y que en realidad no piensa en ella sino en la muerta. Luego, ella es la víctima de mi proceder enfermo. Pero no es así, están equivocados, así que a nadie se le ocurra decir “pobre Carla”. El lunar es un hecho, pero esto es mi escrito, mi espejo, mi vida, y en él sólo hay misterios para mí.
Uno de los misterios es el sueño de mi vieja, otro misterio es lo que me deparará mirarme en el espejo negro con el que me encontré aquella noche. Carla, en cambio, sabe todo lo que tiene que saber.
Además de aceptar los riesgos, soy un exhibicionista, es muy difícil que guarde lo que escribo sólo para mí. Por ridículo que me parezca, siempre termino caminando hacia alguien. Llevo mi escritura en la mano y generalmente los atrapo en algún café. Mientras hago silencio fijo mi atención en la cara del elegido. Así cada vez. Ellos leen, aceptan y elogian, o discrepan y condenan. Es divertido, creo que muchas veces escribo sólo para ver sus caras. Siempre aparece alguien; ellos son elegidos en un juego de azar cerebral que casi nunca falla. Siempre atrapo alguno de los premios.
Carla fue el premio para este escrito, para este intento de mi historia, o mejor dicho de una parte de ella, ya que quién puede saber todo lo que fue, todo lo que es o todo aquello que puede ser. Nadie puede, es más, nadie debe hablar tamañas boludeces.
Me encontré con Carla en un café, dentro de mi Buenos Aires en blues. Leyó hasta la última palabra que registré del diálogo de nuestro encuentro anterior, leyó hasta “[...] y vos ignorás por qué me engancho con tu lunar...”. Calculé que sería un buen cierre la aparición del diálogo, un cierre efectivo para que Carla supiera. Jugué con el momento al mostrarle el escrito, quería verle la cara, y en su cara el lunar, cuando se enterara de mi fantasía, de mi porqué además de saber que Carla tiene buenas piernas.
Carla se puso roja, se sorprendió y algún sudor apareció seguramente sobre alguna parte de su cuerpo. Así la pienso y así la adivino preguntándose acerca de mi capacidad para contar una historia. No me tenía como alguien que pudiera contar y ahora le estaba contando; es extraño que nunca antes le hubiese tocado en suerte o en desgracia ser elegida para leerme en un café.
Pero más allá del detalle técnico, o térmico, o del rojo al agua, Carla se la bancó bien y me tildó de jugador. Además me dijo que estaba dispuesta a jugar.
Carla dijo que tenía mucho para decirme, que también tenía mucho para putearme, pero dijo que seguramente tendría mucho más para decir, algo más en cada día. Dijo que me lo iba a decir, que me lo iba a contar al oído pero sin estar frente a mí. Según ella, yo había impuesto la distancia y seguiríamos en esa sintonía.
Habían pasado dos días desde el encuentro y lectura, cuando recibí el primer cassette de Carla con un pequeño escrito: “Ya que te gusta escribir, desgrabá lo que te digo y sumalo a tu carpetita juguetona. Si aceptás el juego, jugamos. De ahora en más nos encontramos para hablar o hacer, nuestro tiempo es el que decide, ¿sabías que cada uno tiene su tiempo?, y eso sí, nos guardamos un pedazo de otro tiempo para el silencio. ¿Sabés por qué?, porque a vos te gusta que te lean y a mí me gusta leer.”

Bitácora de lluvia


Publicado por Mac Lector Narrativa (1998)

Contratapa

Novela en la que circula un personaje de novela (el “vendedor de historias” de Tabucchi), en la que individuos de carne y hueso adquieren por mérito de la palabra consistencia inefable de personajes, en la que se dice la búsqueda de un nombre de mujer extraviado en el boscaje de los textos italianos del siglo XIX y en que un poeta de los grandes nos brinda el rostro que la fotografía ha captado tres días antes de su muerte, Bitácora de lluvia es, también, un relato con escenario preciso: Buenos Aires. (Están los cafés del bar, la librería y la lluvia; los portones ferroviarios miran pasar los colectivos).
Edgardo Lois se sirve de una prosa remansadamente musical para ceñir por un instante seres, libros, ámbitos. Sus cesuras, esos puntos suspensivos que jalonan los diálogos, son invitaciones a que el lector diga su palabra, a que entre en la ficción, a que se constituya en personaje de Bitácora de lluvia, novela bella y melancólica.

Gabriel Montergous

(capítulo)

Palabras previas

Mi nombre es Ariel, y encontré un manuscrito en un hombre muerto.
El hombre muerto era mi amigo, se llamaba Julio.
Quizá la historia que contiene el manuscrito hubiera merecido ser encontrada en Zaragoza por un Conde polaco, o en una casa en el límite, al borde de un barranco. También podría haber sido encontrada en un rincón de la pieza de Adán Buenosayres, pero no, fue encontrada entre las ropas de un hombre muerto. Pensé en esos lugares, pensé en literatura, debido a los temas que aparecen en el escrito. Julio fue amigo de los libros, y separados, sin saberlo, los dos caminamos casi por los mismos paisajes.
Pero así es la vida, y así fue el destino que me llevó a encontrarlo muerto. Estaba sentado en el patio del fondo de su casa. No estaba sobre una silla, alguna vez me había dicho que le gustaba sentarse en el piso porque así recordaba el patio de su casa paterna. El patio de las primeras lecturas, buscadas en una sombra, debajo de un árbol, ante la mirada de Batuque, el perro. Sabía que después de leer le dolería todo, ya no era un pibe, pero el esfuerzo valía la pena.
Cuando llegué a su casa hacía como media hora que había dejado de llover. Tenía llave, entré a esperarlo sin sospechar que ya nunca vendría. Estaba muerto en el patio, entre sus ropas estaba el manuscrito. A un lado de su mano derecha, un libro de Antonio Tabucchi, Réquiem, que guardaba, en una de las solapas, uno de los señaladores que le había hecho Sandra, una amiga, un cuarto de eternidad antes de este día.
Julio estaba empapado, y lo extraño, además de encontrarlo muerto y no saber la razón, fue ver su piel. La cara, las manos, marcadas con pequeños hundimientos. En su momento pensé en algo que instantáneamente me llevó a decirme “estás loco”. Pensé que en la cara y las manos de Julio estaban marcados los impactos de las gotas de lluvia. Como si las gotas hubieran querido entrar en él. Me dije “estás loco”, pero después leí el manuscrito.

martes, 10 de julio de 2007

Un día lento en Buenos Aires


Publicado en Texte Nouvelle Revue Littéraire des Amériques (2004), Québec, Canadá.
Ahora bien, en Villa Crespo abundaban los afiladores ambulantes: la música de sus siringas era familiar a los oídos atentos del barrio. Y Megafón, el adolescente, se preguntó una mañana si aquellos afiladores no serían los faunos de la leyenda que, al buscar un refugio en Buenos Aires, habían traído sus flautas de siete canutos en señal de su origen arcádico.
de Megafón, o la guerra
de Leopoldo Marechal

La ciudad es más ciudad por las noches.
Los bosques tienen sus gnomos y duendes. Las selvas sus propios seres que las pueblan por las noches. Pero la ciudad tiene sus seres mitológicos mimetizados en hombres comunes.
de Lluvia de estrellas
de Otto Carlos Miller

La muerte lenta de Gilberto anunció en forma cierta la lentitud del nuevo día.
Había empezado a morir hacia las seis de la tarde del día anterior. Poca comida, poca agua, pasos inseguros, como anunciando que en cualquier momento podía escorar su cuerpo hacia un lado o hacia el otro, y así finalmente hundirse en el cemento.
Alrededor de Gilberto el mundo, o mejor dicho, los restos del mundo, que era donde, para mayor precisión, él vivía, exhibía la misma mezcla de gritos, pibes corriendo, golpes diversos producidos por aún más diversos objetos de metal, de madera, de plástico, y de todos los materiales conocidos e imaginables que en algún momento pueden transformarse en mercadería lista para la venta. Todo en la vida de ese día estaba en orden, nada hacía prever que éste era el día anterior a la muerte de Gilberto y nada evidenciaba la lentitud del día siguiente.
Una muerte lenta en las primeras horas de una mañana anuncia la lentitud del día en que algo o alguien muere. Los días lentos en Buenos Aires no tienen la extensión normal que generalmente tienen los demás días. Un día lento en la ciudad, en los barrios que orbitan alrededor de los barrios centrales de la ciudad, está armado, momento más, momento menos, como un día más, porque al final de cuentas, en apariencia, es un día más, pero sólo hasta que aparece el detalle, la primera luz, una palabra, o una muerte lenta que lo define, que lo hace distinto.
Gilberto muere en un día lento de invierno que parece poseer la lentitud propia de un día lento de verano, días estos inmensamente más lentos en una ciudad como Buenos Aires tan rica, cuando quiere lastimar, en humedad y grados centígrados.
En días así, los viajes son lentos, las persianas de los comercios suben lentas, los cafés de la ciudad se habitan de manera lenta, el gris del cemento es lento, las sombras también, la vida toda bosteza, y así como bosteza la vida con su boca más lenta, la muerte, que no bosteza, pero que siempre llega, aparece y acaricia lenta. Es aconsejable en días lentos mantenerse lejos de todo tipo de conjeturas filosofales, Gilberto nunca supo de filosofías ni pensamientos, y era lógico que así fuera.
La idea de lentitud se origina en la cuesta arriba que presenta todo día lento que se precie, pero es un hecho que el día siempre se acaba, y también es un hecho que en todo día lento hay un quiebre, y que después de ese quiebre, viene la bajada hacia el final del día. A partir del quiebre viene la cuesta abajo, porque el final de los días no está arriba como se cree, sino abajo, y con la cuesta abajo aparece el ritmo perdido, la otra velocidad.
Si bien Gilberto había comenzado a morir a las seis de la tarde, no fue hasta las once de la noche que su cuerpo llegó hasta el cemento. Fue un momento, un primer golpe directo al mentón, que el jugador asimiló con bastante presteza teniendo en cuenta que el carro de madera ya estaba con algo de carga. El empeño mostrado en pararse no libró a Gilberto de varios golpes e insultos. El zumbido en el aire, la vara fina que se dobla en el aire, risas de pibes en el aire, la noche, toda la noche en el aire.
Hubo una segunda caída como a la una de la madrugada del día siguiente, día que todavía no era lento porque Gilberto acababa de morder el cemento por segunda vez, y por segunda vez se levantó en medio de la noche, la vara, las risas, los insultos.
A veces no es tan difícil ver el futuro; de proponérselo, el hombre lo lograría en relación a ciertas historias. Una cuestión simple si se piensa que con la costumbre de tan solo mirar, mucho camino se allanaría. El hombre podría, un hombre, pero otro, no el que abandona a Gilberto a las dos de la mañana, solo, al garete en enigmáticas mansedumbres, solo, irremediablemente acariciado de muerte al sereno de la noche. Poca comida, poco agua. Gilberto moría desde las seis de la tarde del día anterior, y exactamente a las tres comenzó un día lento de invierno en Buenos Aires, un día lento de invierno que parecía día lento de verano.
Los pibes que vivían en la casa que daba a la calle encontraron a Gilberto en su primera aparición por el terreno del fondo. Gilberto se había acercado hacia el portón de entrada, no estaba en su rincón, había muerto a mitad de camino, entre un árbol seco y el portón de madera.
No es fácil decidir qué es lo que se hace primero cuando hay un caballo muerto en el terreno; no es fácil decidir para el hombre que mira desconsolado el carro de madera; no es fácil decidir cuando se tienen que tomar decisiones en un día lento, en la lejanía de la noche y la tierra, en los barrios que orbitan alrededor de los barrios centrales de Buenos Aires.
Gilberto había quedado con los ojos abiertos, no faltó el pibe que llevó unas hormigas desesperadas para que caminaran sobre las vidrieras apagadas de esta última noche. Las hormigas caminaron lentas, patitas lentas en la lágrima, y las maldades inocentes de la niñez también fueron lentas, pero seguras.
El hombre miraba el caballo entre mate y mate, Caballo de mierda..., justo ahora te morís; el hombre miraba el caballo Gilberto y después miraba las pilas de cartón, la montaña de botellas vacías sobre la tierra, las maderas, el plástico, dos heladeras oxidadas, cubiertas de goma de autos que nunca tuvo, y otra vez volvía con sus ojos sobre Gilberto, sobre los ojos del cadáver, sobre las mismas hormigas desesperadas.
El día transcurrió lento, medio día estuvo el caballo muerto ocupando su lugar en el velorio lento del invierno. Luego llegó el camioncito, los tres hombres, las sogas, la chapa grande para que se deslice el cadáver de un caballo. El hombre no preguntó mucho, o mejor, no preguntó nada. Los tres hombres se llevaron a Gilberto y no cobraron una sola moneda.
El servicio funerario había finalizado, y todo el paisaje estaba igual de lento. El hombre miraba el lugar donde había caído Gilberto, no decía palabra, era posible que en nada pensara dada la lentitud alumbrada en la mañana.
Se acercó la mujer, no dijo nada, ofreció otro mate. Era la tarde, alguien se había guardado el sol en un bolsillo. Hacía frío. El hombre había salido a la calle, y había vuelto. De ida y vuelta, siempre caminó lento.
El hombre cerró y apretó fuerte los ojos, cuando volvió a abrirlos pensó en la basura de la ciudad, en las sobras de la vida de los que viven, de los que comen, las sobras que cada noche Buenos Aires ofrece tan generosa. Hacia el hombre viajaba una nueva noche. Una noche de tormenta, como cuando amenaza lluvia y entonces las hormigas salen disparadas de los hormigueros a conseguir la comida, a veces, esta es la idea que aparece en su cabeza. Antes de la lluvia, las hormigas, antes del nuevo día, muchos de los hombres de esta tierra.
La basura fue el quiebre, el final de la subida y ahora es tiempo de la bajada del día, porque los días no terminan arriba, terminan abajo, bien abajo con el ritmo cambiante de la calle marcando las horas, tiempo que ahora desaparece rápido y entonces es la noche, ha llegado la noche que es como si fuera tormenta, cada noche tormenta antes del nuevo día, así sobre esta Buenos Aires salvaje.
El hombre mira el carro de madera, el hombre exige con una palabra, los pibes entienden que deben bajar. El hombre se coloca al frente del carro vacío, le da la espalda, ocupa el lugar del caballo y tira.
Así el hombre era hombre y era el fantasma inmediato de Gilberto; podría alguien, quizá, desde la sombra en una esquina, y conociendo toda la historia, pensar que el hombre no era todo hombre, que era una mitad de hombre, y que tampoco era todo el fantasma apresurado y necesario de Gilberto, sólo la mitad.
El carro se mueve, el portón se abre, en la noche espera la basura.

José Saramago: La sociedad a la vista o la trilogía de la mirada


Publicado en Valis (2002/2003), Grupo Editorial AJEC, Granada, España.

José Saramago toma con su mano el ejemplar de La caverna. Un apurado, alguien fuera de tiempo y de lugar, había alcanzado el libro pidiendo la firma. Saramago, con elegancia y muy buen humor, dijo que todavía estaba en ayunas y se quedó con el libro entre las manos.
Fue ahí, en el recoleto café de la Recoleta, donde fui testigo de una clase de caricia virtuosa.
Saramago aclaró que no estaba en una reunión con libreros nada más que para apoyar las ventas de La caverna. Dijo estar ahí para que entre todos peleáramos para que esto, y tomó el libro, no desaparezca. Estaba por comenzar la clase de caricia virtuosa cuando dijo que aquí dentro, refiriéndose al libro que seguía en su mano, hay una persona. Dentro del libro está el autor. No debemos permitir que los libros se pierdan.
El ejemplar de La caverna se convirtió así en el centro de la tormenta, en el corazón agitado de una recién inaugurada escuela de la caricia. El libro podría haber gemido, podría haber gritado porque al fin había dado con un hombre que sabía de acariciar. Un hombre que sabía de la importancia de avanzar apenas dos centímetros cuando sólo son necesarios esos dos centímetros o un hombre capaz de liberar la caricia para que recorra el lomo que ya no sabe de título ni de autor y mucho menos de logo editorial.
José Saramago acariciaba el libro. Un hombre de manos humanas, amigas, eróticas manos las de José Saramago que transformaban en hombres privilegiados a todos aquellos que pudieran ver lo que este mundo, este momento de mundo, estaba regalando. Nada más hacía falta.
Ver, poder ver desde alguna de las posibilidades.
Aquella mañana en el recoleto café de la Recoleta pude ver.
Después llegó Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna, los intentos de Saramago para patear la barrera, para tratar de aclarar la mirada en este presente.
Parece que nada sabemos, parece que hemos perdido la facultad de ver; de ahí que sepamos tanto como nada sobre la bestia que nos rodea.
Saramago siempre hace referencia a una cuestión básica: “despertar conciencias”. Tomar conciencia, vivir a conciencia despierta, por parte de la mayoría de las personas; abrir los ojos y hacerse las tres preguntas clave que propone el escritor: “por qué razón las cosas son como son, para qué y para quién, quién se aprovecha, quién lucra”.
Las tres novelas citadas, la trilogía de la mirada, apuntan a la toma de conciencia. Las tres son invitaciones a bajar a la tierra, a tomarse un momento para pensar. Saramago es un escritor que invita al ejercicio del pensamiento y hoy, estas invitaciones no abundan.