Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 27 de julio de 2007

Cuadernos del Fogón III



Publicado por Editorial Zendrera Zariquiey
(Francia/España) (2007)
El buen fuego (finalista)

El hombre que entró solo a la parrilla se sienta a una de las mesas.
La mesa está contra la ventana que da sobre la avenida. La mesa, luego, la parrilla a la que entró el hombre, está ubicada en la ciudad Buenos Aires; es cierto que bien podría tratarse de cualquier otra ciudad, pero Buenos Aires es la única que conozco.
Se acercó el mozo, y el hombre pidió la carta. El mozo trajo una hoja de papel, una fotocopia de mala calidad, y se alejó, luego de dejar dos surcos húmedos sobre la formica de la superficie de la mesa. El trapo dibujó dos surcos y ninguno tenía o tuvo que ver con el arte hasta que se evaporaron como por arte de magia.
El hombre leyó la hoja de papel.
Afuera, la vereda, la calle, quemaban de personas y autos. Siempre igual en estos nudos terminales que a veces tienen que ver con el ir y venir de micros, o con el ir y venir de trenes, o con el ir y venir de ambos medios de transporte. De la misma manera como cualquiera podría ser la ciudad, cualquiera podría ser el nudo terminal de micros y trenes donde el hombre ha entrado a una parrilla, los alrededores de Plaza Miserere, Plaza Constitución, o el hormiguero monstruoso ubicado en Retiro. No importa entonces dónde ocurre lo que ocurre. Sucede, va a suceder en un momento de esta noche, y con esa información alcanza.
El hombre tiene hambre, pero no se concentra en la comida ofrecida en el margen izquierdo de la hoja, se interesa por la columna de la derecha. Comer luego de analizar los precios, es una acción casi infaltable en parrillas y en pizzerías cercanas a estas estaciones terminales. Hombres y mujeres pobres son los que ocupan sus mesas. El hombre, es cierto, no tiene mucho dinero, pero algo tiene. Las monedas suficientes para no verse obligado a revolver la basura, para tener que esperar a la salida de esta misma parrilla para comer de las sobras. Al menos esta noche, el hombre no va a buscar en la comida que se sirve dentro de la basura. Hoy no, mañana no lo sabe, en Buenos Aires nunca se sabe hasta cuándo se puede ocupar una mesa o una baldosa de la vereda.
El hombre no va a buscar en la basura, pero sí va a buscar en su tristeza; búsqueda necesaria en su vida para así poder llegar a la tristeza primordial, a su soledad contra el vidrio de la ventana de la parrilla, hoy, como en cada noche.
Un hombre, casi siempre, guarda recuerdos. Pocos logran desconectar la memoria, y el hombre sentado a una mesa de la parrilla, no puede, nunca pudo. Hoy recuerda el día en que dijo a su mujer que se iba, que no sabía qué le pasaba, pero que algo le decía andate, andate de acá, pibe, esto no es para vos.
De su relación con su mujer recuerda cenas, un asadito a las brasas, ensalada mixta, un buen vino tinto, o sea el vino que el bolsillo permitía, y que nunca había sido el mejor ni el peor. Parrillas con mozos de vestimenta impecable, mesas con manteles y servilletas de tela, la charla, y el sexo al volver al departamento. Ella recostada sobre la mesa; ella, los dos, sobre una silla del comedor; ella acostada sobre la mesa mientras él la bebía; ella arrodillada cuando era ella la que bebía, como aquella primera vez en el auto, ella arrodillada en el piso del auto, así la primera vez. Después el whisky, luego las sábanas y el final de la noche.
El hombre pidió un choripán, un chorizo simple encerrado entre dos pedazos de pan. Un choripán puede ser rico si es elegido; comer solo puede ser edificante, placentero, cuando la soledad es elegida.
El choripán era lo más barato, y un sifón de soda era el segundo elemento barato de la noche. Todavía más barata era la cama conseguida para dormir, y la ducha diaria, que un amigo ofrendaba sin costo alguno en cada uno de los días.
El mozo ya sabía, ni una moneda de propina, sólo un “gracias” que se despedazaría en letras sueltas, entre los rincones, el aire y el aroma de la parrilla. No, no es lo mismo, elegir, que estar obligado.
Otras parrillas, en el pasado, cuando era una persona distinta. Recuerdos de ella, la mujer amada hasta que ya no pudo seguir en sintonía con el amor. La vida se da cuando la sintonía se establece y se mantiene, cuando los buenos momentos, cuando la fugacidad de los buenos momentos. Cuando era otro, y al parecer tenía una vida, el hombre leía, o jugaba a que leía de un viejo libro de cocina, jugaba quizá buscando la receta ideal. Recetas buscadas y encontradas bajo la luz de su velador antes de dormir. Ella dormía y él buscaba platos en el Practicón Tratado completo de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras, escrito en 1893 y aparecido misteriosamente entre sus días comensales. Recuerdos de cenas, de comidas, recuerdos de otra vida, de lo que parecía era, había sido, otra vida.
El padre del hombre que está en la parrilla cercana a una estación terminal, recordaba de manera parecida, a través de la comida. Si le preguntaban dónde estaba cuando murió Perón, él ubicaba el día, el lugar, las acciones, fijando la memoria en qué había comido ese día; lo mismo ocurría cuando alguien preguntaba por la muerte de Evita. La comida y la muerte también pueden construir una memoria.
A través de la ventana descubrió una cantidad de personas, de rostros, aparecían movidos por la acción del movimiento. Caminantes de la noche, muchos buscando la oportunidad de la única comida del día. El hombre se sentía solo en medio de la parrilla, pero no era el único, había otros hombres solos en soledad sentados a otras mesas; nada más había una mujer. Soledades solas, incomunicadas, dentro de la parrilla concurrida de soledades y de historias que sólo pueden ser contadas, modificadas, en la memoria; desde la memoria y el tiempo de tanta mentira selectiva y silenciosa.
Buenos Aires es la única ciudad que conozco, es verdad, y es verdad lo que el hombre, alguna vez, leyó del Practicón: El rey de los combustibles para asar es la leña. Pero la leña floja que produzca llama viva y que se transforme rápidamente en brasa ardiente. El humo o mejor dicho, el humeo que sale de las llamaradas de la leña, comunica un gusto dulcísimo a las carnes asadas. El aire libre que circula en torno de la carne la seca un poco exteriormente y hace que los jugos se concentren en el interior, produciendo por fuera una corteza o costra dorada.
La instrucción quedó fija en su memoria, como la imagen de ella arrodillada en el piso del auto, acostada boca abajo sobre la cama, o como los besos cortos que él le daba en las orejas para que ella suspirara.
Llegó el choripán, escaso, el plato se deslizó unos centímetros sobre la formica; al sifón, como siempre, le faltaba presión, gas, ganas.
Del Practicón volvió a leer, alguna vez, y entonces la memoria que se empecina en traer hilachas, recortes, caricias, búsquedas, Hay en París una industria, la rotisserie (asaduría), que se explota en locales de puerta abierta a la calle, en que una monumental chimenea cargada de leña, sirve para asar toda clase de carnes y de aves de todos tamaños a la vista del transeúnte y del comprador, que adquiere la mercancía por piezas enteras o fracciones, presentando todo de un modo muy apetitoso y con una pulcritud lujosa.
Los asados de las rotisseries parisienses son excelentes y pueden llamarse asados de verdad.
También en Madrid la célebre casa de Botín, en la plazuela de Herradores, tiene fama secular, y sus corderos asados en su pebre, las aves y los cochinillos salen de los asadores de Botín perfectamente hechos
.
Bien de argentino el metejón de la carne asada, así piensa el hombre mientras asesinaba su choripán, mientras se le daba por recorrer las caras de los demás solos de la parrilla cercana a la estación terminal de tantas vidas. Recorría las caras, de perfil, de frente, gracias a los espejos que había en las paredes. Afuera, Buenos Aires, su noche, sus sobrevivientes, los que pueden tener una noche en la parrilla, los que nada más tienen la noche en la calle, y los todavía afortunados que, en los patios del fondo que alquila el señor, todavía tienen un lugar para volver, regresar, y cerrar los ojos.
De ella no supo nada más, sí sabía que muchas veces se hacía sus recorridos por el recuerdo. El libro dice haberlo perdido en una mudanza, y entonces, de él, también, solo el recuerdo, y se sabe, en soledad. El trabajo diario, el sueldo, ya no está, y tampoco hay rastro de los días. El tiempo pasa en los alrededores de la estación terminal, en sus calles, donde el destino sirve sus peores platos.
En esta noche, en este pedazo de noche, el hombre piensa, elegir es tan distinto a estar condenado; se le ocurre pensar en las instrucciones para un buen fuego, para que siendo carne hacerse, consumirse, al buen fuego, sea en Francia, España, o la Argentina. Piensa en la receta, en la posibilidad de encontrar otra receta, una que termine con la soledad.
Un segundo dura la alegría de la esperanza, al segundo siguiente sus dientes se hunden en el choripán, como condena, como imposibilidad de volver a arañar otra vida, nada especial, es cierto, pero una vida con menos fantasmas. Una vida sin ventanas a la noche de Buenos Aires, a mesas para una sola persona, a miradas indiscretas estrelladas contra los espejos.
La imagen suprema de la soledad la entrega un hombre comiendo solo, de noche, cerca de una estación terminal de micros, de trenes, o de vidas.
El choripán llegó a su fin, el sifón entregó el último suspiro, el hombre pagó; dijo al mozo, sabiendo que jamás serían amigos, Gracias, hasta mañana.
La imagen suprema de la soledad, así la llamo, en Buenos Aires, la única ciudad que conozco.

viernes, 13 de julio de 2007

Miradas escritas al acrílico


Publicado por Literaria ediciones (2006)

Contratapa

Suele confundirse profundo con complicado cuando en realidad es exactamente lo contrario;
lo simple y lo profundo se intersecan en el punto exacto del arte.
La ciudad y sus personajes tiernos y monstruosos desposeídos y patéticos, el barrio, el tango, la memoria, la realidad al alcance de todos constituyen los temas recurrentes de Edgardo Lois.
En realidad las temáticas de la literatura en general son siempre las mismas y hasta quizá digan lo mismo.
El problema consiste en cómo se dice.
En Bitácora de la lluvia, Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado), y La Caramba en 24 hojas Anotaciones en la Villa de Merlo, Edgardo Lois nos guió por su mitología personal, la que cada poeta interpreta según el alcance y posición de la mirada.
Miradas escritas al acrílico son treinta y seis “pinturas” de la ciudad de todos los días, y también, de la otra ciudad, la interna, la que portamos en nuestro interior y a la que Lois le pone el tono adecuado que va de lo oscuro a lo brillante.
Su título no es caprichoso y tiene la intención de una promesa que se cumple. El mismo autor lo anticipa en su prólogo: De la misma forma en que mi viejo se ausenta por momentos del óleo, en recreos de escritura de mis historias largas, nacieron mis Miradas escritas al acrílico.
Otto Carlos Miller

(texto previo)

Entre la pintura y los límites de la escritura

Mi viejo, hasta no hace mucho, casi siempre pintó al óleo.
Pienso que por una cuestión de ánimo, de ganas, de tiempos, se tomó una serie de pequeñas vacaciones y se fue, se va, porque el sistema sigue en práctica, al acrílico. Se va por momentos, una mediahorita, una hora, dos horas. El tiempo de ausencia en torno al óleo no cuenta mucho, es sólo anecdótico, ya que al regreso, sabe que el óleo simplemente está ahí. Creo que es una de nuestras ventajas familiares, hasta ahora a mi viejo no lo espera galería alguna y a mí, ninguna editorial. Entonces mi viejo se iba, se va, al acrílico porque no tenía o no tiene ganas de dialogar con los tiempos del óleo, principalmente con el tiempo de secado del óleo. El acrílico seca rápido. Así mi viejo, en cada escapada, fija un paisaje, una idea, planta colores. Después siempre hay tiempo para el limado fino, la corrección, el parche, pero siempre trabajando sobre la base trazada en el vuelo primero, un toco y me voy, un tiro certero con el balero para quien sabe de baleros.
De la misma forma en que mi viejo se ausenta por momentos del óleo, en recreos de escritura de mis historias largas, nacieron estas Miradas escritas al acrílico. Me senté a escribir con lo que tenía en la mano, frente a la computadora o en una mesa de café, tratando de escribir una sospecha, un impulso, en poco tiempo y con el poco espacio que ofrecía la cancha propuesta para el juego. Yo ponía la escritura, ellos, Mario Bellocchio y Rubén Derlis, los límites nacidos en la cantidad de palabras. Así el origen y la razón para que muchos de los trabajos presentes en este libro tuvieran un lugar, primero en Vida y arte en Boedo y después en Desde Boedo, el nombre definitivo del periódico del barrio. A Mario y a Rubén debo el ofrecimiento del espacio, el aliento inicial y la compañía crítica y amiga de estos escritos acrílicos.
Así se juntaron en Buenos Aires la pintura de mi viejo y los límites, una simple cuestión de espacio periodístico, de mi escritura. Así nacieron estos escritos formulados en un rato, de un solo café o de un solo blues festejante de las ganas y los temas. Nacidos entre novelas o entre la escritura de una novela, durante casi cuatro años. Recreos acrílicos porque secaban rápido, recreos en los que entraba y salía, recreos de donde nunca salí sin manchas, pero con el regreso posible a la mano.
Mi hijo siempre escribió al óleo, podría empezar a explicar mi viejo, Pero eso sí, yo le chamuyé de mi escuela acrílica... y bueno, cada tanto se va de recreo, y escribe como en patio de escuela, como dando vueltas alrededor del mástil donde flamean las historias largas... tan mojadas por el recuerdo, podría cerrar mi viejo.
El autor

(acrílico)

Hipérbaton en la panadería

El pibe tenía trece, quizá catorce años, y tenía, además del puñado de años, un problema, era tartamudo.
Había nacido en 1936, era hincha de San Lorenzo, y como afirmaría cuando ya había dejado de ser aquel pibe tartamudo, San Lorenzo... cuadro grande como los cuadros de Van Gogh y así de inmortal.
Ser tartamudo significaba sacar siempre la sortija a la hora de la crueldad que en calesita practicaba la mayoría de los pibes del barrio. Inevitable, se habrá dicho infinidad de veces en su vida el hombre hincha de San Lorenzo.
El hombre que alguna vez fue un pibe tartamudo recuerda la imagen de su padre. Se identifica con el recuerdo del viejo. El hombre afirma tener más de cien años cuando sé que sólo tiene sesenta y ocho, y entonces le creo; afirma estar sumando sus años a los vividos por su padre, una manera de seguir en la imagen, en la huella; Es así, explica, que esta manera de ser lleva más de cien años de entre vidas, y entonces le creo.
Juntar la letra m con la letra e al principio de una palabra es difícil y mucho peor cuando dicha palabra está ubicada al principio de una frase, el momento es un horror para un pibe que tartamudea; una prueba jodida de enfrentar cada vez que la mañana golpea la puerta del día, recuerda el hombre.
No había día sin mañana; la mañana se repetía, era perseverante, insensible, lógica y dañina para el pibe tartamudo. Su personaje tenía letra a primera hora, justo cuando debía cumplir con un mandado.
Era, sin dudas, bueno tener la moneda para poder comprar la comida, en este caso el pan, y era precisamente el hecho de tener el principio de la tragedia.
Tuve tres panaderías en mi Martín Coronado de pibe, la de la vuelta, que nunca tuvo nombre; La Pompeya, y la Santa María.
La panadería sin nombre, estaba a la vuelta de mi casa, justo frente al club 12 de octubre. En el club aprendí, en cancha de papi fútbol, a la que siempre vuelvo con Gucho, Miguel Cepillo, Juan, Reni y Néstor, él siempre parando la pelota con el pecho y entrando al área, digo siempre porque así lo sigue haciendo y hace tanto que se murió, a descubrir los detalles de la pelota a través de la mirada, desde la ábrete sésamo de la mañana hasta que el cuero se anochecía. No sé cuántos dueños tuvo la panadería; alguna vez jugué con algún amigo que era hijo de panadero; también recorrí los alrededores del horno, de las mesas donde se multiplicaba el pan debido al trabajo del trabajador que es la mejor manera de multiplicar. En la de la vuelta vi cómo era una panadería mostrador adentro, cortina plástica de cintitas de colores adentro. En esa panadería atendió Marcelo, un muchacho que muchas veces intentó darme en forma directa una factura de regalo, un obsequio cuando yo todavía era el nene que acompañaba a mamá, y cuenta la leyenda que no la aceptaba, la factura era factura después que pasaba por las manos de mi mamá. Desconfiado el pendejo, una buena enseñanza para los tiempos que se venían, ja. Alguien mató a Marcelo, así me enteré con los años, cuando él ya ni siquiera era panadero, cuando ya no me hubiera regalado una factura. En esa misma panadería gané un gran huevo de pascua, muy grande y con dos patitos en azúcar de color al frente, dos patitos como mi 22 de abril, por eso se eligió el número para el sorteo, y por eso gané. Fue la única vez que gané algo, un objeto, un valor monetario, luego lo material empezó como a desdibujarse, a escapar de mi vida, desde entonces me atraería el intento de ganar la bendición hereje, y ahí sí tuve la suerte de ganar la maravillosa bendición de algunas mujeres y ahora la voy de charla tras la maravillosa bendición de la palabra escrita. Desde el balcón de la panadería sin nombre, donde estaba la vivienda del panadero, se veía la cancha del 12, y desde ahí, muchas veces, mientras jugaba a la pelota con mis amigos con nombre y con los que ya no lo tienen, soñé que me miraba la hija de uno de los tantos panaderos que indefectiblemente buscaron un poco de bonanza en una panadería que nunca dio para mucho, ni para el nombre.
La Pompeya era otra opción en Martín Coronado a la hora del pan, del otro lado de las vías del Ferrocarril Urquiza, había más panaderías, pero si la de la vuelta no conformaba por alguna razón, se imponían las cuatro cuadras que me llevaban a La Pompeya. La atendía una familia, los padres, los hijos, las mujeres de los hijos; había que hacer cola para comprar el pan del sábado, del domingo; el pan era rico, crocante, con un color y un aroma que nunca más volví a saborear, el pan de la infancia se quedó en la infancia, igual que los tomates, deformes y rojos, que también se quedaron en la infancia, tiempos aquellos sin tomates globalizados, tiempos sin la blanca palidez en la caripela del pan insípido del mismo globo institucionalizado. Los dueños de La Pompeya regalaban al final del día aquello que no se vendía, como siempre dijo mi vieja, cuántos se habrán ido a dormir con una factura de La Pompeya como única cena posible.
No tengo mucho que decir de la Santa María, estaba a una cuadra de la estación, quedaba un tanto más lejos; había que ir hasta la estación, ir por el caminito del costado de la vía; pero era lejos, y qué lejos que sería que no recuerdo la cara de ninguno de los que atendía; una panadería de paso, por eso, creo, me queda de paso por el recuerdo, como pan crudo, como factura sin crema pastelera.
En Martín Coronado estas tres panaderías conservan sus respectivos lugares. La de la vuelta, sin nombre, hoy sólo un reparto de pan, al pan lo traen de otro lado, del siempre misterioso otro lado de la vía; nadie me mira desde el balcón cada vez que se me da por volver a la cancha de papi del 12. La Pompeya sigue siendo La Pompeya, el mismo nombre, pero otro pan. La Santa María sigue cerca de la estación, y sigue vendiendo pan crudo para la memoria. Eso sí, nunca me trataron mal en ninguna de estas panaderías, no recuerdo un mal momento. No tengo dudas, ahí nomás, de pibe, así me enseñaron mis viejos, le hubiese prestado cualquiera de mis panaderías al pibe de San Lorenzo, para que no la pasara mal. Pero dicen que la vida es así, dicen, se dice, que a veces la vida tiene sus vueltas, Es algo raro el destino, / lo que hoy es cara, mañana es cruz, así le escuché en blues a la Mississippi, dicen también que no hay mal que por bien no venga, no llegue, no golpée la puerta, y entonces se arme otra historia, Y siempre viene de la vida algo mejor, así volví a escucharle en blues a la Mississippi.
La madre del pibe hincha de San Lorenzo, el pibe al que le hubiese prestado mis panaderías por más que soy de Independiente, lo mandaba todas las mañanas a la panadería. Andá y comprá medio kilo de pan, recuerda el hombre que dice tener más de cien años y al cual le creo; Andá y comprá medio kilo de pan y ahí el drama anunciado, el drama para el pibe tartamudo que tenía que empezar a hablar con una palabra que empezaba con una m y una e, la única manera de decir medio. En la panadería esperaba ansiosa una categoría de turra, con título de empleada, que lo medía, lo veía acercarse. La fila que avanzaba, y el tarta que iba hacia ella. El pibe entraba a la panadería como al Castillo de Carfax, iba a darle un beso a Carmilla, iba a un entierro prematuro, iba por las cuevas de las ratas, y entonces la panadería era cementerio, porque la turra lo apuraba, cada vez, cada mañana, Y dale pibe, qué querés, dale que hay gente. Medio kilo, recuerda el hombre. Tenía que pedir medio kilo torturante de pan, porque medio kilo era lo que se precisaba en casa, y entonces ella sabía cómo promover la lectura de una historia de terror.
Pero un día el pibe se despertó distinto, una mañana con otro aroma, estúpidamente feliz que es la mejor manera de sentirse feliz, la felicidad por aquello que no se sabe, que no se conoce, que no se sospecha; feliz y con fuerza, el pibe le entró con fuerza al día, y vamos con ésa, porque ésa era la señal, la pista del día, y entonces dame la bolsa que me voy a comprar el pan. Hizo la cola, el hombre que recuerda dice que esto sucedió en uno de esos días en que un pibe, un adolescente, se planta, pisa distinto, y ahí se mandó de una vez para adentro de la ballena, del cementerio, de la nube púrpura, encaró a la turra y dijo de esta manera, escuchen, Pan... medio kilo, y entonces fue la palabra, las palabras con un nuevo orden. La turra todavía llora el nacimiento de la poesía.
Eugenio Mandrini, invitado al Ciclo de poetas del 60, es el hombre de más de cien años, es el hincha de San Lorenzo, es quien recuerda, en una tarde casi noche, entre las paredes del café El Federal, en Carlos Calvo y Perú. Eugenio, el memorioso, relata cómo fue que llegó a la poesía, de qué manera notó que algo distinto se podía hacer jugando con el orden de las palabras. No lo sabía, pero en la panadería del barrio él había plantado su primer hipérbaton, dice la Academia, figura de construcción, consistente en invertir el orden que en el discurso deben tener las palabras con arreglo a la sintaxis llamada regular. Como se diría en el barrio, Te la di vuelta, giluna.
Eugenio Mandrini dijo que después de descubrir el antídoto, fue a los libros y vio que el juego no se daba en la prosa, y sí en la poesía. Citó como ejemplo a Bécquer, Del salón en el ángulo oscuro / de su dueña tal vez olvidada, / silenciosa y cubierta de polvo, / veíase el arpa.
El ejemplo, la anécdota, el guiño poético, llegaba desde la escuela de la calle de Arlt. Mandrini, en esa tarde casi noche, pareció emerger de unos baños de multitud y callejeo, con palabras en aguafuerte dio cátedra humana, simple, así fue como habló de su experiencia de vida en los alrededores de la poesía o del pan.
(Octubre 2004)

La Caramba en 24 hojas, Anotaciones en la Villa de Merlo, San Luis


Publicado por Ediciones El Mono Armado (2005)

Contratapa

Itinerarios de sentires. Recorridos literarios, la contemplación fragmentada. Encuentros, separaciones, muertes, reencuentros. Un cuaderno de 24 hojas es el sitio de la reconstrucción del hallazgo. Una copa viuda es el rayo de un sol que cae oblicuamente sobre la mesa de intertextos y escritura en vibraciones de sangre. La respiración de la mente comienza con el descubrimiento del primer cadáver emplumado. En lugares encimados –San Luis y Buenos Aires– Edgardo Lois encuentra la aventura de la degustación de la vida, la escritura, la pintura, y lo hace a partir de la muerte. Cada nombre repetido es parte de la ascensión obligada, nos conduce a los cerros, es decir a los amigos, Gabriel Montergous, Luis, y a los del otro camino: Saramago, Goytisolo, Orgambide, Piazzolla, Agüero, Friedlander…, por allí también hay la mujer, las queridas, las lejanas, delineadas en gestos de pocas palabras y presencia casi felina. Y siempre el padre, en la génesis y los “profes”. Todo en un espacio-tiempo de resonancias, descripciones detenidas, avances simultáneos de imágenes y refugios desde (y hacia) La Caramba, la casa de Villa de Merlo que ampara instantes supremos. Y el cuaderno, un universo. Edgardo Lois cuenta, interroga, provoca, nos lleva bajo los aromos y dice la lluvia hasta mojarnos.
María Neder

(capítulo)

Abismarse tras una pirca

Creo que la paloma aguardó a que yo llegara hasta este cuaderno de 24 hojas Hit. Luego se dejó morir, se dejó caer sobre el pasto.
Había una paloma muerta a un lado de una de las pircas de la casa. La paloma, como todas las palomas de la ciudad, había muerto a unos centímetros de una pared. Pero no estoy en la ciudad. Vivo unas semanas en las sierras y todo iba bien hasta que la paloma esperó y se dejó morir a centímetros de la pirca. Así comenzó mi encierro, mi nervioso respirar interno.
Un cadáver me cerraba el paso y a la vez abría otro tiempo.
Un cadáver emplumado espiaba a puro ojo tapiado desde el pasto corto y prolijo. Así deja el pasto don Báez.
El cadáver emplumado vigilaba desde el atardecer en que yo abrí el portón de algarrobo y hierro con la letra M en el centro de cada hoja. Caminaba hacia la galería de la casa acomodada en la caída plena del sol. Mientras el sol buscaba su tumba en el Valle del Conlara y quejoso hacía rebotar su grito contra las Sierras de los Comechingones, una paloma muerta me esperaba a un lado del camino de ladrillos.
Algo se derrumbó a la altura de mi garganta, un instante después supe que fue la losa que cerraba la tumba de uno de mis miedos. Después de todo, no parece ser tan difícil el regreso desde la tumba. Alguna vez prometí hacer una lista de mis miedos y todavía no la escribo.
El miedo había sido liberado, uno de ellos, ¿cuál?, el miedo a los cadáveres emplumados.
La paloma muerta que se había dejado morir sobre el pasto luego de que yo llegara a este cuaderno, lo sabía. Por eso su muerte, su señal.
Caminé rápido y sin mirar.
Una sensación de asco supremo me invadía desde mis manos, no, desde mi mano derecha y se mandaba a correr y a golpear puertas en mi memoria.
Caminé rápido y sin mirar porque el asco supremo condenaba mi presente al recuerdo.
Mientras abría las cerraduras de la puerta de la casa, sentía sobre mi hombro la mirada de la paloma que no podía mirar. Cerré la puerta, pero no había caso. Las paredes no me protegían, tampoco la música y el vino de la noche. Supe después que en esta noche tendría vedada la galería y entonces no habría cielo barroco de estrellas ni los tragos lentos de whisky, ni las conversaciones de final de día. Una galería vedada porque ahí nomás, a metros de mi whisky y mi palabra, una paloma vivía su muerte tendenciosa.
Escondida tras la pirca enana iniciaba su venganza desde la muerte. Una paloma muerta, un cadáver emplumado o fantasma emplumado de tiempo y de noches y de gritos de niño.
Inventé una excusa para no salir a la galería, el frío; Viene viento frío de algún lado, dije, sabiendo que nada más provenía del cadáver emplumado.
Me acosté pensando en la paloma muerta. Una y otra vez durante el sueño y escuchando los sonidos de la noche en las sierras, junté un puñado de valor mentiroso y jugué a asomarme al otro lado de la pirca.
A la mañana siguiente supe que de ninguna manera podría levantar el animal muerto. No habría bolsa plástica, pala o caja que contara con la ayuda de mis manos, o de mi mano derecha. Soy diestro para escribir, jabonar, apretar botones o señalar alguno de mis miedos.
La mañana avanzaba y don Báez no aparecía. Siempre venía de mañana y luego volvía a la tarde para hacer los trabajos de cuidado del parque que rodea la casa. Mi respirar nervioso iba en aumento. Apenas me levanté de la cama, y jugando con la posibilidad de que don Báez hubiera venido más temprano y hubiese descubierto el cadáver emplumado, decidí asomarme del otro lado de la pirca. No estaba, no está, y mis ojos se abismaron cada vez más. No era un animal muerto más, tenía plumas y lo encontré, así de horrible con su horripilante emplumadura acechándome desde algunos centímetros más cerca de la pared. El cadáver emplumado se había escondido, se había arrimado a la pirca que traidora resguardaba la causa de mi angustia.
La pirca se comportaba como las plumas de la paloma, que suaves de suavidad obscena ocultan el cuerpo muerto; como las plumas, la pirca me ocultaba el horror. Desde las plumas que cubren un cuerpo muerto, desde la pirca que a su vez cubre un cuerpo muerto, desde uno y otro lugar, el mismo, es que un horror de picos sucios y astillados puede llegar hasta mí. Así, sin verlos, los vi siempre, en cada sueño y pensamiento, un enjambre de picos de pájaros mudos brotando de entre las plumas que ocultan, las pircas que ocultan y las mil posibilidades que también pueden ocultar. Por eso esperaba ansioso la llegada de don Báez, el casero, el jardinero, el que nada podía saber ni sospechar sobre los horrores escondidos en un cadáver emplumado.
Llegó la tarde y entonces pude respirar tranquilo. Por la calle venía don Báez. Eran las cinco de la tarde cuando desvié la charla a la presencia del cadáver emplumado. Don Báez no sospechó nada anormal. Dijo que esas eran cosas de chicos dañinos que andan con hondas matando pájaros. Él agregaba la honda, pero no tenía la prueba de la piedra asesina y sí tenía, ante su vista y a la mano, un cadáver emplumado. Don Báez dijo que se encargaba.
Esperé a que se alejara por la calle para acercarme a la pirca. Salí a la galería y una vez más abismé la mirada. Un poco más hacia el abismo y pensé que nunca, y era la tercera vez que visitaba la casa de las sierras, había visto un pájaro muerto entre tantos pájaros vivos. No sabía a qué lugar iban a morir los pájaros, y sigo sin saberlo. Un poco más hacia el abismo y por mi mano derecha llega el recuerdo, el otro tiempo que, amortajado de asco supremo, cuenta de tantas palomas muertas con ésta, la mano con la que escribo sobre este cuaderno de 24 hojas Hit. Muchas veces me dije que eran palomas enfermas, que igual iban a morir, que el colombófilo de la cuadra me enseñó cuando era chico y hasta diría que me obligó al primer giro sobre el primer cuello de paloma. Pero no me escucho, no me creo, y entonces la venganza acecha. No es la primera vez que un cadáver emplumado me atrapa y no me deja salir.
Termino de asomarme al abismo y sólo hay una pluma pequeña que siento y leo como un condenatorio volveré.

Un intento de desalojo en los años 40


Publicado por Ediciones BP (2004)

(fragmento)

Evitar un desalojo en la Buenos Aires de 1910 fue la cuestión que dio origen a un pequeño libro editado en el año 1913.
Fue la mano de Feliberto Selibot, el autor de El inquilino tramposo de cara amarilla. Manual del propietario, la que me llevó a mi primera línea de condición fundacional: evitar un desalojo en la Buenos Aires de los años cuarenta bien puede ser la excusa perfecta, el motor primario, para un relato.
Sólo queda intentarlo, me dije.

Puede un hombre caminar varias veces por el mismo lugar, por el mismo paisaje. Puede un hombre caminar hoy y caminar mañana. ¿El lugar?, casi el mismo. Numerosas pueden ser las veces en que un hombre ha caminado por el mismo lugar cotidiano y puede sólo reparar en él cuando se le ha preguntado. Es así como, el varias veces caminante y al parecer exceptuado de la conciencia real del hecho, formará, recorrida sobre recorrida, las huellas sucesivas que probarán para el adentro y el afuera de la memoria, que ese hombre es de ahí, de ese lugar.
Si el tiempo transcurre, si ha transcurrido como es el caso, el hombre contará en su memoria con la clara sustancia del saber. De memoria y de memorias se trata y se tratará cuando le pregunte al hombre ¿acá fue lo de las bolitas, pá?

Alguna vez, mi viejo, cuando corrían sus años de pibe, había enterrado en el patio de tierra de la casa alquilada, una lata con bolitas. No era exactamente una lata, era una salivadera o escupidera de esas que se ponían en los negocios en esos años. En vez de arena para escupir en bares, lecherías, almacenes, panaderías, había bolitas hasta el borde. Los cuidados para esconder lo poco que se tenía hicieron el resto. La salivadera escupida de bolitas fue depositada en destacada ceremonia que imagino, pero sobre la cual no pregunto, en un lugar especial, secreto. Un lugar quizá sólo para iniciados, sólo para posibles cómplices, para hermanos nacidos en impíos pactos de sangre a kilómetros de una tía Poli que sabía de tangos y que a su vez convertía en un Tom victorioso a cualquier sabandija porteño que corriera por una Avenida Independencia todavía angosta.
Tan secreto fue el lugar que el pibe dijo no a las marcas o pistas que mañana pudieran ser delatoras, no a los mapas que inexplicablemente siempre terminan en manos de los villanos. Nada, sólo la memoria del pibe. Sin testigos. Era buena la memoria del pibe y de hecho, el recordar de mi viejo apuntala mi decir. Buena memoria para muchas cosas, pero no tan buena a la hora de volver sobre las bolitas. Habían pasado siete u ocho años y el lugar de escondite del tesoro había estado próximo al gallinero.
Nunca las encontré, dijo mi viejo mientras estábamos parados enfrente de lo que fue su vereda, sobre Independencia, allá por el cuarenta y pico.

Feliberto Selibot, en su libro de 1913, prepara al propietario a recibir consejos “Procedimientos varios para hacer desalojar voluntariamente una casa ocupada por inquilino tramposo y que aplicados uno tras otro darán buen resultado si después de procedido al primero el inquilino permanece quieto. Se debe maniobrar en silencio y siempre será preferible llevar á cabo estas mañas porque difícil se hace un desalojo cuando desgraciadamente calza Ud. con un inquilino tramposo, que el juzgado no lo desaloja aunque le conceden la orden de lanzamiento. El oficial de justicia no procederá mientras el inquilino diga que está acostado por padecer una enfermedad ó, en su defecto, presentando certificado médico”.

Vampiros en la mitología de la tristeza o Del exilio dentro de la misma casa (Tango novelado)


Publicado por Papeles de Boedo (2002)

Contratapa

El fuego y los relatos nacieron simultáneamente. ¿Cómo forjar una historia sobre los orígenes del mundo sino con la cara iluminada por el resplandor de la fogata primera que ahuyentó a las fieras y, en la fría noche, les dio calor a los hombres?
Seguramente por eso, en este tango novelado de Edgardo Lois –que redoblando la apuesta del mito no narra sólo el origen de un mundo, sino del mito mismo– uno de los personajes clave lleva en su nombre el eco del fuego primordial disfrazado de modestia tanguera. Primus. Hugo Primus, se llama. Y en su apellido confluyen la nobleza solemne del latín (primus: el primero, el fundador) y la humilde llamita del calentador a querosén, del mítico Primus cuyo fuego forjó historias de tango y, en la pieza del conventillo, ahuyentó al fantasma del frío y la pobreza.
También el narrador de historias tiene un nombre emparentado con el fuego. Se llama Luis Lacre y su apellido evoca el antiguo sello que garantizaba con su mancha de sangre que los mensajes que llegaran sólo fueran leídos por su auténtico destinatario.
Juan Bara, el tercero de los personajes que completa la coreografía de este tango, no lleva en su nombre la marca del fuego primordial. Pero su exilio en una esquina de la ciudad es no sólo una herencia familiar –su propio abuelo se había exiliado en la piecita del fondo– sino también la herencia del nomadismo del hombre primitivo, que no conociendo aún la generosidad de la tierra, se dedicaba a caminar persiguiendo las estrellas.
Nos encontramos pues, ante una cosmogonía engendrada por tres demiurgos chiquitos y esmirriados, por tres personajes porteños que protagonizan una divina trinidad lunfarda.
Para cumplir con su ígnea tarea de forjadores, sin embargo, Lacre y Primus no requieren de encendidos parlamentos públicos. Su ámbito natural es la sociedad secreta. Esta sociedad secreta recuerda la que formaron ciertos oscuros personajes de Roberto Arlt. Y también evoca el particular Club de los suicidas, de Robert Louis Stevenson. ¿Qué otra forma más cabal puede existir para sabotear un orden instituido que la conspiración?

Mónica López Ocón

(capítulo)

Cuatro
Juan Bara pasa la mayor parte del día solo, esperando. Es en el esperar de cada día que se vienen los recuerdos. Pero a veces, de tantas ganas de escuchar una historia y ante la ausencia de portador, echa mano a sus recuerdos. Como una persona más, cambia y recambia partes, cambia desenlaces mientras en algún lugar de la memoria guarda una aproximación a lo que fue el original. Juan Bara es asaltado por el recuerdo y es él mismo, quien a veces, llama al recuerdo. Como una persona más, Bara, sabe de señales. El frío, solo o con lluvia, lo arrastra por años hasta llegar a Campo de Mayo. El frío, solo o con lluvia, presente en la esquina mientras busca una posición entre el abrigo con el que cuenta, lo lleva a Campo de Mayo.
Juan Bara recuerda porque alguna vez lo hicieron soldado. Un puñado de sensaciones se mezclan o se hacen imágenes a partir del conjuro escuchado a puro grito o parlante. Juan Bara escuchó una vez más, Subordinación y valor, y una vez más se encontró moviendo los labios, acallando su grito, Para defender a la patria. Pero, ¿qué es la patria, Juan?, se preguntó una noche de frío. Para defender a la patria hace falta una patria, ¿qué es una patria, Juan?
Juan Bara dijo que quizás una patria es el lugar donde un grupo de personas se hace dueño de los destinos de los demás. Una patria puede ser insultar, pegar con un palo. Una patria también podría ser el lugar elegido por un soldado conscripto, la puerta del polvorín de la patria, para suicidarse porque ya no aguanta que lo insulten, que le peguen con un palo. Una patria puede ser la hora de la borrachera de tanto milico muriendo en la siesta de todos los días. Una patria puede ser el lugar donde recibir a las putas de la ruta, los hacedores de patrias acabando en despatriadas de la noche.
Juan Bara recuerda Campo de Mayo porque lo invitaron gentilmente a defender a la patria. Estaba la bandera, la escarapela, el himno por los parlantes y la subordinación y valor como parte de la armadura celeste y blanca que todo lo abraza y esconde.
Juan Bara recuerda Campo de Mayo cada vez que se acomoda sobre las baldosas de la esquina. Recuerda cuando dormía al sereno en algún descampado de Mayo porque esa noche, él y algunos ciudadanos más, estaban cuidando a la patria.
Haciendo otros movimientos, otras acciones, Juan Bara termina en otros lugares. Por ejemplo, cuando se mira las manos y descubre su respirar íntimo, su propio olor, no recuerda Campo de Mayo.
Pero cuando se acuesta en la esquina, cuando hace frío, cuando sólo está debajo de un poco de árbol y cielo, Juan Bara recuerda aquella vez que lo llamaron soldado.
Alguna vez se dijo, Para defender a la patria, una patria bien podría ser el lugar que permite a un hombre seguir siendo hombre, no animal, hombre que forma una familia, hombre que cuida una familia, una patria se hace con techo y comida. Así se dijo Juan Bara, aullando recuerdos en una esquina de San Telmo.

México, Un refugio en Buenos Aires


Publicado por Ambrosía (2001)

Contratapa

México es el intento de guardar momentos. Una seguidilla de miradas, algún pensamiento, las ganas de fabricar un paréntesis en la carrera diaria. Buenos Aires hoy, tiene eso, la carrera, la falta de tiempo y sentarse en el café, México o como se llame, sentarse en el lugar que uno elige porque ahí respira a gusto, es una especie de declaración de principios, de triunfo para el que no hay más premio que el mantener vivo el festejo de la vida. Buenos Aires hoy, tiene la carrera, pero también tiene cafés en los que todavía se puede ver la calle a través de las ventanas, desde donde todavía se puede descubrir que hay más personas viviendo con nosotros en la ciudad. Cada uno con su historia, con sus historias. Sentarse a tomar un café puede ser, a veces, una acción solitaria, introspectiva, melancólica y sin embargo desde ahí, desde el otro lado del cristal es de donde nace esta ocurrencia. Quizá sea el lugar desde el cual descubrir la existencia de los demás. Todo o casi todo puede ocurrir sobre una mesa de café en Buenos Aires. Territorio fantástico, refugio para lo que fue y para lo que podría ser. Queda “el mientras tanto” y en él está Buenos Aires, los cafés y los demás. Queda “el mientras tanto” aguardando hacerse historia.

(textos)

Un hombre viejo.
Todos los días, cerca de las diecinueve horas, se sienta en la primera mesa a la izquierda de la puerta. Mira fijo a través del vidrio mientras escucha una radio chiquita que sostiene en su mano derecha.
Toma café o soda en sifón chiquito que es como se debe tomar soda en un bar. A veces agrega una rodaja de limón.
La radio está atada con lo que parece ser un cordón de una zapatilla. Tiene todo el aspecto de estar rajada, algún golpe la llevó hasta el cordón blanco de zapatilla.
El hombre mira al exterior. Giró la silla de manera tal que le da la espalda al resto de las mesas.
Todos a mano, creo que a nadie le importa qué hace el hombre viejo.
Yo sólo miro y hago lo único que se me ocurre hacer: escribir sobre una mesa del México.
***
Miré hacia una de las mesas. Un viejo lee el diario junto a la ventana que da sobre Avenida La Plata.
Ahí, en esa mesa, estuve sentado con Liliana antes de que se fuera.
Ella se fue.
Ella está en España y yo todavía en el México.
Vuelvo sobre esa tarde mirando la mesa.
Era de tarde también cuando caí en la cuenta de que caminaba por la vereda de enfrente de la casa de Liliana.
Puertas y cortinas, todo cerrado porque el sol le pega duro por la tarde.
La casa de Liliana queda cerca del México, apenas unas cuadras.
Creo que es imposible olvidar el calor de una casa, tan imposible como olvidar una mesa de café.
Una mina para destacar aquella que se las arregla para estar en dos lugares, al menos dos, a la vez.
***
La mesa que tiembla está casi en el centro del México. A centímetros de la columna de metal señalizada con antióxido y a centímetros de una de las macetas que adornan el México.
La mesa tiembla.
Conozco el temblor del piso.
Tenía catorce años y estaba en San Juan.
Después de la muerte de Néstor y después, un mes, del terremoto de Caucete. Fue por los setenta y pico que ya tiraban para los ochenta y nada.
Ocurrió una mañana, la cama se sacudía. De un lado a otro.
Me senté en la cama para ponerme los zapatos.
Acción de loco y de porteño, me explicaron después.
Intenté caminar hasta la puerta.
La puerta estaba a un par de metros.
No llegué porque el piso temblaba.
Algo rugía y el piso temblaba.
Algo rugía y las paredes y el piso respiraban a saltos.
Todo terminó y no llegué a la puerta.
El piso del México tiembla debajo de esta mesa.
Temblando también es manera de llegar al pasado.
No siempre tiembla el piso del México. Tiembla sólo en un lugar y acabo de enterarme.
Cerca del México no hay cordillera ni piedra que se desgrana. Pero la tierra tiembla, acá, debajo de esta mesa.
Tiembla de distintas maneras. Cuando dobla el 56 que viene por Avenida La Plata, cuando un camión se manda por México, cuando el 96 a Constitución lleva apuro y cuando el 181 a Almagro muestra su frente repleta de lugares, apenas tiembla. Cuando algo grande se recuesta o se manda por México el temblor es caricia.
En cambio, cuando el semáforo está en verde sobre Avenida La Plata, el temblor es como el de San Juan. La mesa del México tiembla cuando sobre esta mano de plata se lanzan en verde el 15, el 65, el 85 y el 112.
En el México hay algo extraño. Creo que cuando más tiembla es cuando pasa un 65 que se ahorró la parada en la esquina del México.
Quizá tiembla más porque se perdió de mirar, de intrigar, de pedir un café desde la nave.
Quizás alguien se perdió una sonrisa de mujer y eso enoja, convoca la puteada.

Anecdótica historia de la muerte


Publicado por Ambrosía (2001)

(texto previo)

Anecdótica historia de la muerte es un libro raro, uno de esos libros que no se puede encasillar, y por lo tanto problemático para la tranquilidad de los encasilladores. En él hay historias contadas de muy diversa manera. Mi ignorancia sobre la ciencia que estudia las formas establecidas de la narración, se debe a mi escasa inclinación a respetar, precisamente, lo establecido. El impulso, las ganas de contar, me llevó a escribir como escribo, o sea, a contar como puedo.
En Anecdótica... importa la historia, las historias que se acercaron a la muerte. Historias reales e historias mentidas que se hicieron un lugar en Buenos Aires. Historias que se cruzaron en mi camino.
Una vez más me encuentro escribiendo sobre la muerte y una vez más el mismo planteo; escribo en la muerte, con la muerte, como compañía de los días, y es desde ese conocimiento, nuestra charla, de donde parten todas las razones para disfrutar de esta vida.
Me voy a tener que ir, por eso doy mi presente, hoy, ahora; dejar el día para mañana puede resultar peligroso.

El autor

(capítulo)

Siempre el mismo deseo
para Hugo Ditaranto

En ese instante no tuvo conciencia real de lo que estaba ocurriendo. Sintió ganas de acostarse. De repente fue su única urgencia. Acostarse como quien se cae, como quien se va cayendo sobre el piso de fría cerámica.
Era de mañana cuando sintió ganas de acostarse. Hacía poco que se había levantado. Como era su costumbre se acercó a la ventana, a una de las ventanas que miran al parque. Se acercó a la que estaba en la habitación donde escribía. Pensó que ese lugar, desde donde él ahora miraba hacia el parque, era uno de esos lugares especiales. Lugares que se sienten dentro de uno. Dijo para sus adentros que mucho es lo que había escrito en ese ambiente. Dijo que era un lugar para escribir, que era un lugar para hablar de libros, de escritores. Dijo que no serviría para nada más, y al instante tocó el vidrio a través del aliento. Era su manera de desear. Intento de deseo frente a la ventana que daba al parque. Deseo tranquilo, sin estrellas fugaces, ni fetiches, desear que estas paredes cobijaran a otro escritor. Otro escritor además de él, deseaba que otro siguiera escribiendo historias después de su muerte. Entre estas paredes, se dijo, sólo un escritor.
El frío fue una realidad, es una realidad cada vez que siente ganas de acostarse sobre el piso de fría cerámica. Sintió el frío esa primera vez, de mañana, luego de haber estado deseando frente a la ventana que daba al parque.
Fue a partir de ese primer frío que su mundo comenzó a cambiar. Todo cambió de tal manera que las tareas de todos los días desaparecieron. Ya nada era necesario. Ya no golpeaban a la puerta las urgencias. Al parecer todo había tenido una especie de último día, una especie de día distinto. Hasta dejó de escribir, aunque esto no fue tan terminante. No se lo podría afirmar como verdad absoluta, porque si bien dejó de escribir sobre el papel, empezó a contar ideas, posibles argumentos, líneas, frases liberadas al aire de la habitación con vista al parque. En ese lugar, donde estaba acostumbrado a escribir hasta ese día en que sintió el frío de la cerámica.

Fue en ese lugar, en esa habitación, donde escuché las palabras del escritor. Era una tarde, casi noche de viernes, histórico viernes donde me sentí vivo, donde descubrí el dolor con que se puede festejar la vida. Esta vida, la vida que se desprendía del escritor con el que hablaba. Escuchaba, y en sus palabras adivinaba la forma concreta y a la vez esquiva de la literatura. Fue mi deseo tener una oportunidad semejante, algún día poder sentirme escritor.
El escritor hablaba. El escritor habló del loco, porque en realidad uno es dos, dijo. Mientras uno hace las cosas normales, cotidianas, a las que nos somete la vida, el loco vuela en otra órbita, no para. El loco piensa, se mete en el pasado, filosofa en todo momento; es él quien la mayoría de las veces descubre las mierdas que acechan en esta tierra. Después de un tiempo, el loco se calma, la tormenta se calma, las aguas buscan el equilibrio, y entonces no queda más que sentarse a escribir. El escritor dijo que él pensaba en un enanito. Un enanito, igualito a él –así es su loco– era quien le dictaba, le tiraba ideas, desde uno de los estantes de la biblioteca. También dijo tener una historia muy especial con la casa:
– A veces me digo, ¿no será Conrado?, porque sabés, pobrecito, murió en el baño, a veces entro y lo veo ahí tirado, durmiendo, y entro despacito para no pisarlo.

Escuché y anoté las palabras del escritor Hugo Ditaranto en una noche de viernes. Yo sabía, desde hacía un tiempo, que ahí había vivido el escritor Conrado Nalé Roxlo. También supe o adiviné que a Conrado le gustaba mirar hacia el parque, y pedir un único deseo, siempre el mismo deseo.