Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

viernes, 31 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XVII)

Ya te había hablado de la memoria, de ese lugar que vamos construyendo con los recuerdos, y ahora otra vez aparece la palabrita, el lugar, porque la memoria es palabra y lugar, es refugio amigo, nuestra casa, es la panza de mamá y el misterio. Hoy es viernes y estoy solo en casa. El miércoles a la tarde mamá Evangelina te llevó a Gualeguay, a la casa de los abuelos Olga y Gustavo. Desde que naciste que mamá te quiere llevar a su barrio, para que veas las calles por donde ella anduvo desde que era bebé hasta que fue una mujer. El miércoles se fueron porque además, por trabajo, mamá tenía que ir dos días a Rosario, que queda a tres horas de viaje desde Gualeguay. Escribo mientras estás en Rosario, a tus cuatro meses. Las tres viajeras, porque las acompaña la abuela. El sábado vuelven a Gualeguay, y el lunes, después del mediodía, viajo para encontrarme con ustedes. Vamos a caminar por la orilla del río, vamos a ir al Náutico, vamos a comer pizza en la Apolito. Vamos a ir a esos lugares tan queridos por mamá Evangelina. Así como ya estuviste en mis barrios, Boedo y San Cristóbal, hoy te toca saber del barrio de mamá. Así es como se construye la memoria, respirando aires diferentes, escuchando nuevos sonidos. La memoria es amiga, Julia, tan amiga como la lluvia, como las palabras. Y además, la memoria sirve en momentos como este, en que me siento al escritorio para escribirte, en soledad, sabiendo que no estás, porque en la cuna no hay señales de que te despertaste, porque tus muñecos amigos mantienen en calma sus posiciones de trapo, porque no estás en mis brazos, porque me faltan tus sonrisas en directo, pero claro, tengo la memoria, y en ella, desde ella, las veo, las tengo, las beso, siempre conmigo, porque estamos en Boedo, San Cristóbal y Gualeguay, porque estamos en nosotros, porque felizmente somos memoria.

lunes, 20 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XVI)

Nunca imaginé que podía terminar jugando a la magia. Nunca imaginé que mis manos, Julia querida, pudieran ser capaces de transmitirte tanta alegría. Habías empezado a observar tu mano izquierda con sobrada insistencia y detalle. Sucedió entonces que la casualidad me llevó a mover mis manos en el aire, frente a vos. Para un lado, para el otro, mano libre que saluda, que dice chau, y entonces la magia: tu labio superior que se hizo línea (así cada vez que tus ojos avisan que se viene piquito alegre), una línea de horizonte aparece en tu cara, porque la sonrisa, la felicidad, el asombro te gana, y entonces el susodicho labio se hace trazo leve dentro de la más pura de las sonrisas: si siempre hay luz en tu carita, sale el sol en este tiempo de destino y horizonte de lo más humano. Mirás con atención, asistís a no sé qué revelación placentera, no te perdés movimiento, mis manos adquieren vida propia, personalidad festiva. Las pienso humanas, ellas por separado y jugando juntas: animales de regular porte, cada una siendo un alma, una señal. Con mis manos en el aire sé que puedo anular hasta un llanto de regular intensidad: qué misterio, qué artefactos del sueño, maravillosos juguetes estas manos de contar historias, pero esta vez en el aire, a lo sumo volando a la distancia sobre un papel y una lapicera roja. Mis manos para vos, en casa, en el momento menos pensado, invitando a la alegría de manera tan natural y simple. Manos hermanas cuando las tocás con tu magia.

jueves, 9 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XV)


Luego de haber escrito el texto número catorce, sigo el impulso de anotar una especie de prólogo para estas páginas. Respeto el nuevo impulso. El primero apareció en la escritura simple, en las ganas de entrar en mi oficio para contarte a vos, Julia, mi hija, algunas historias. El segundo movimiento es el que da origen a este texto, porque decido escribir estas líneas cuando siento que las historias consignadas a tu alrededor murmuran una identidad, una música, una misma sintonía. La respiración de dicho paisaje interno fue el que me llevó a hacer foco en las señales que sugieren el nacimiento de un libro.
En medio de este tránsito recibí dos pareceres que, motivados por la lectura de las historias, contribuyeron al descubrimiento. Uno de Mónica de La Caramba: Varias veces pensé que podía ser un libro, y el otro de parte del poeta Rafael Vásquez: Quiero creer que si tu impulso continúa, su destino será llegar a un libro, algo así como “Primeras cartas para leerle a Julia”.
Una historia para Julia toma forma en la intención de recoger momentos, sensaciones, pensamientos, fantasías, para guardarlos en una memoria escrita. Hay en este libro una única intención: contarnos, dejar testimonio, memoria (sí, una vez más esta maravillosa palabra), de nosotros: mamá Evangelina, Julia y Edgardo, y de los momentos en que nos fuimos encontrando.
Puede que parezca un tanto increíble, pero fue bastante después de iniciada la escritura, que reparé a conciencia en tres de los versos escritos por José Agustín Goytisolo en su Palabras para Julia, un poema decisivo para nosotros: Entonces siempre acuérdate / de lo que un día yo escribí / pensando en ti como ahora pienso. Así de simple, escribí, escribo, pensando en vos, pensando en nosotros tres.

martes, 7 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XIV)

Escuchábamos blues mientras recorríamos el departamento. Una mirada por la ventana del dormitorio, una por la puerta que da al balcón, miradas a los cuadros, a las bibliotecas, a la señora de pañuelo rojo, abrigo al tono y cartera negra que siempre se cuelga de la pared, al lado de la puerta, y te hurta sonrisas. Mamá Evangelina había ido a la panadería. Estabas en mis brazos, y escuchábamos a Champion Jack Dupree. Afuera el cielo sobre nuestro pedazo de barrio, los techos de chapa, el árbol grande, los tanques de agua. Viajábamos a dúo por casa hasta que mis ojos encontraron la foto de Liliana sobre el escritorio. Sabés, Julia, mi amiga se fue al otro barrio, el de la casi ausencia, unos días antes de que vos nacieras. Desde su muerte que tengo su foto apoyada contra la botella de whisky. Es su foto de Lisboa, está sentada a la mesa donde se apoya la estatua de Fernando Pessoa, el poeta de Portugal. Después de encontrarme con Liliana en Lisboa, caminaba, te llevaba, íbamos buscando nuevos ángulos de mirada, pero yo ya iba de a tres porque pensaba que ella no llegó a conocerte, que le hubiese gustado tanto, y en esos momentos pensaba en que seguramente le hubiese contado lo de tu manito izquierda, esa que hace días atrapa casi toda tu atención: manito cerrada, dedos que se desperezan, tus ojos, y vuelta tu manito cerrada. Imaginé que le contaba porque también había notado que siempre perdías, en primer lugar, la media de tu pie izquierdo; imaginé que le contaba al tiempo que se me ocurría alguna filosofada barata, a veces me gusta hacerme el gracioso, sobre la suerte de la izquierda y la derecha en las patitas de pibas de tres meses, y que poco después de obtenida una conclusión, tendría que haberla cambiado porque tu pie izquierdo empezó a ganar sobre tu media derecha, acción que probaba a las claras un triunfo netamente revolucionario. Así anduvimos por el cielo raso de una mañana en que escuchábamos blues en casa, felices, memoriosos, humanos.

jueves, 2 de agosto de 2012

Una historia para Julia (XIII)

Una pintura enmarcada es ventana que se abre sobre tu curiosidad. Tu mirada, tu atención, día a día sube escalones buscando una mayor claridad. Llegaste a estar varios minutos atendiendo al colorido Vibroperro de Gustavo Roldán (h.) que cuelga en el dormitorio. En varios lugares del departamento, y debido a su movilidad, te quedaste en silencio con tus ojos fijos sobre la paleta que usó para pintar uno de sus cuadros el amigo grabador y pintor Juan José Cartasso. Hace un tiempo le pedí la paleta por considerarla parte integrante de su arte. Como Cartasso utiliza una por cuadro, me la obsequió. Nunca imaginó, nunca imaginamos que los colores secos, el después de la labor, se iban a quedar en tus ojos de pibita recién amanecida. Pero, Julia, lo más curioso de tu iniciación al arte, es que te llame la atención, y de forma reiterada, uno de los cuadros grandes del abuelo Rolando, mi papá. Sería entendible que el otro óleo, más claro, más colorido, fuera el que convocara tu curiosidad, o todavía más entendible sería que te convocaran los acrílicos que tienen mayor luminosidad. Tenemos en casa los acrílicos donde el abuelo pintó los tres cafés donde escribí muchos de mis libros: el México, el Margot, el  Cao, y también hay uno que recuerda a mi abuelo Julio, el papá de Rolando, y a uno de nuestros perros hermanos: Garúa. Sin embargo, vos relojeás uno de los óleos más oscuros que ha pintado el abuelo Rolando. Mirás la noche, la vieja casa de madera, el árbol, la luz mínima que sale del pozo del agua. Hay una amenaza en la pintura, es el color que acecha. El cuadro tiene treinta años, el abuelo lo pintó para mí cuando yo era un muchacho. Iba a su atelier y le leía partes de El color que cayó del cielo de H. P. Lovecraft. La historia me tenía atrapado y el abuelo me regaló su mirada. Cuando vos te quedás mirando la oscuridad, un colorcito tibio se mueve en la buena memoria del tiempo, una feliz manera de enfrentar las sombras.

viernes, 27 de julio de 2012

Una historia para Julia (XII)


Te digo la verdad: desde que entraste a casa te espío por un motivo especial. Así fue que un día te descubrí o, por qué no, imaginé que lo hacía, o mejor, quise imaginar, la manera en que empezabas a interesarte por tu lugar, tu casa, nuestro departamento de San Cristóbal. Aquella vez, tendrías unos veinte días, mirabas hacia la biblioteca que está en el dormitorio: en ella tus ojos: ventanas abiertas sobre la presencia en madera oscura. Hoy estás a días de cumplir tres meses y tu mirada escrutadora desarmó mis ansiosas imaginaciones. No hay duda. Mirás intrigada sobre las bibliotecas de la casa: estantes con libros de colores y tamaños diversos, y también encontrás colores en los cuadros que cuelgan en los ambientes. Verte así me lleva hasta un puñado de palabras, un pensamiento, que conté muchas veces: mi agradecimiento a mis padres porque en la casa de Martín Coronado existiera a mi nacimiento una biblioteca, porque entendí a lo largo de los años que ella era una de las mejores herencias.
Hoy vuelvo a encontrarme en tu encuentro. Me gustó crecer rodeado de historias, de libros, de personas que sabían del sabor que tenía la lectura. Ojalá que vos tengas ganas de conocer las historias de la gente. Las vas a encontrar en la vida, en la calle, y en los libros, como los que cubren las paredes de tu hogar de pibita. Siempre me gustó volver a mi lugar, siempre quise mis departamentos alquilados porque los hice míos, porque en ellos supe de historias, de libros, de música y pintura. En ellos: los colores de la memoria.

miércoles, 18 de julio de 2012

Una historia para Julia (XI)

Óleo de Eolo Pons
Me encuentro en tus ojos, los del misterio, y me digo que quiero contarte de cuando las personas caminan por los días y de cuando hay que irse para escondernos muy cerca de la ausencia. Quiero contarte, Julia, pero no sé si pueda. Nacemos a la vida, llegamos, abrimos los ojos, como vos, recién, hace un rato, llegar desde el abrazo de mamá Evangelina, o llegar desde la mar misterio, desde ese puerto ubicado a más de dos meses de tu sonrisa de hace un rato. Llegar es como volver de una siesta, de un sueñito. Hay siestas diferentes, unas cercanas, y otras un tanto alejadas. Siempre se vuelve a la siesta primera, de la que poco adivinan los hombres. Sabés, creo que yo venía conociendo mucho de esa siesta. Papá tiene amigos queridos en la siesta de la ausencia. Ellos duermen en otro barrio. Un tanto lejos están Néstor, Gabriel, Salvador, Liliana. Ellos se fueron después de vivir sus días, no están después de haber contado historias, después de haberlas disfrutado. Se fueron, pero igual los veo, los encuentro en la memoria, que es un lugar donde se guardan los recuerdos, un barrio donde se mezcla el tiempo, y es este tiempo y memoria el que puede atesorar la cara de mamá y papá, el cielo, la lluvia, la música, las caricias, los amigos, todo junto y sin orden para que vos, yo, cualquiera, pueda jugar con los momentos; y mejor si son alegres, y mucho mejor si hay más alegres que tristes. Creo, Julia, que papá venía como desparejo, con mucha historia y pensamientos alrededor de la siesta, esquina de Buenos Aires llamada muerte, es más, sé tantas historias alrededor de ella que casi podría pasar por sabihondo de café, y me doy cuenta que, a pesar de haber disfrutado de los días, de haber sido feliz porque viví lindas historias, es tu llegada, hija, la que por fin me empareja, la que me hace pensar en que ahora sí sé de la vida y de la muerte. Y quiero decirte que estoy convencido de que para caminar lindo por los días hay que saber de llegadas y de partidas: sólo así podemos ejercer la memoria.