Pensamiento uno

Desde que descubrí el camino hacia la luz, no paro de rebotar contra la lámpara.
















Edgardo Lois x Alejandro Lois

Pensamiento dos

A tener en cuenta: la felicidad es un arte efímero.

martes, 4 de marzo de 2014

Cuando el cielo se oscurece (La foto: Tiempo Argentino: 02 de marzo de 2014)


Cuando el cielo se oscurece no puedo dejar de pensar en los cuadros que pinta mi viejo. Cielos de puras sombras son los que abren la tranquera para que entre la noche. Mi viejo juega al alquimista sobre una vieja paleta de madera. En ella amansa la esencia de la luz para ir acomodando su manera de sentir la noche. Una vez lograda la oscuridad primigenia, inicia el pincel su simple laborar. Lleva noche, y recorta para el regreso un momento del día. Lo acerca a la paleta donde enseguida, en la espesura de sus gamas bajas, se silencian los reclamos de la luz. Óleo color tierra, color nubes de tormenta. Recuerdo un cuadro: El cielo bajó a los campos. La tierra y el cielo, nuestros límites, formando una galería, un túnel, un destino. La vida, la mayoría de las veces, transcurre bajo un cielo de tormenta como los que pinta mi viejo. Los veo desde pibe. Me sigue resultando extraño levantar la vista y ver el azul cielo que anida sobre mi casa en la provincia. Los cielos de mi viejo son oscuros porque en ellos se mezcla una pizca de su personalísima poética del desencanto: una sincera enumeración de destinos desafortunados que vieron la luz por propia mano, por manos extrañas, y por las manos que siempre están antes de las nuestras. Todos debemos terminar el cuadro que empezó a pintar otro. Quizá por saber que esas historias ‘vieron la luz’ mala, mi viejo trata de controlar la claridad: tenerla a tiro, con poca soga. Siempre anduvo atento por la vida, sabe que se siente mejor en la noche, bajo los cielos de tormenta. Él mira desde su proa. Como Turner, uno de sus pintores admirados.

El mensaje (La foto: TIempo Argentino: 16 de febrero de 2014)


De pibe viví en la provincia de Buenos Aires, en el oeste, en Martín Coronado. La Capital quedaba lejos, y se la visitaba de vez en cuando. Fue aventura de pequeño viajero ir a algunas canchas de fútbol. Fue aventura recorrer también varias galerías de arte en una tarde. Mi papá me llevó a ver fútbol con hinchadas amigas, y a ver exposiciones, a conocer pintores y pinturas. Al parecer la vida sucedía en la Capital. Mis ocho años de viajero entre dos mundos me llevaron al convencimiento de que más allá de la General Paz, después del tren y el subte, se llegaba a una tierra de misterio, belleza y pasión. Sucedió que mi papá, en un diciembre, llegó silencioso portando una maravilla técnica. La ocultó sobre el techo del mueble donde se velaba la porcelana que nunca se usaba en la mesa de todos los días. Mi papá pintaba su arte, y a mí, quizá por esas posibilidades que ofrecen los viajes, se me dio por encontrarme de maravillas con la lectura. Entre Julio Martín, mi abuelo poeta, y los libros, pronto me darían ganas de jugar a ser escritor. Lo oculto se rebeló en la nochebuena. Venía en bolsa de plástico. Plegado con suma prolijidad. Tenía esqueleto mínimo de alambre, y una boca ancha como para entrarle con un beso audaz a la explosión de la noche. Mi primer mensaje a otro cielo del universo lo envié a bordo de un globo con coraza de papel. Se elevó lento. Llevaba el corazón caliente, igual su saliva. No llevó palabras mi mensaje, consistió en el más puro asombro de pibe. El artefacto llegó desde la Capital. Durmió un último sueño antes de entrarle al misterio de mi provincia.

martes, 11 de febrero de 2014

Una historia para Julia (LIX)



Mamá Evangelina me hizo señas. Vos estabas sentada en el piso. Tenías el libro con las historias de animales entre tus manos. Mamá siempre te lee y te canta, y muchas veces te está leyendo y te canta en medio del cuento. Se acuestan en el sillón, al lado de la ventana que da al patio y al jardín, o en la cama a la hora de la siesta. Ayer eras vos la que le leías a mamá. Yo escuchaba desde mi escritura suspendida. No sé si tenías conciencia del mundo a tu alrededor. Como sea, ahí estabas: imitando a mamá. Llegué a detectar la palabra “nena”, que se repetía, escuché “mamá”, y la palabra “pato”, perteneciente a la composición “al agua pato”, que cantamos todos cuando te toca el baño. Palabras que no entendimos, cambios de tono, muy bueno tu primer cuento.

miércoles, 29 de enero de 2014

Una historia para Julia (LVIII)


Cuando te ayudo a sostener la mamadera, vos jugás con tus deditos entre los míos: roces leves reconociendo formas, y mi presencia en la oscuridad. Cada vez que sucede, papá se va a su infancia. Recuerda Martín Coronado, la franja de tierra al costado de la vía y los yuyos de altura mediana que saludan el tren. Papá recuerda este paisaje porque entre esos yuyos, en verano, en la noche más pura, volaban infinidad de bichitos de luz. Yo avanzaba mis manos de pibe entre las luces diminutas: así los roces leves. Yo, menos oscuro, reconocido por tu vuelo.

Una historia para Julia (LVII)


En estos veintiún meses de Julia, tus palabras son: mamá, papá, gato o tato, babau, moto, nena, Cata: tu prima, mirá, agua, dame, pato pato: cuando te vamos a hacer: al agua pato en la bañadera que te regaló la Rusa. Y hay una palabrita que necesita una mayor explicación, y que a papá se le pegó: “titó”. Cuando algo se cae de tus manos, cuando algo se rompe contra el piso, cuando la mona Jacinta se cae del cochecito en el que pasea: todo eso se gana un “titó”. Cuando a papá no le gusta una frase, titó, cuando se acaba la botella de tinto, titó, cuando estaba interesado en escuchar o terminar de leer algo, y vos venís con un lápiz, una pelotita o un libro para mirar, titó papá, y ni hablar las veces que titó mamá Evangelina. La vida entera, verás querida hija, es un jardín de titós. Hay que hacerles frente, y es la mejor manera de andar: sabiendo que existe “titó”.

Una historia para Julia (LVI)


En tardes de calor, cuando el sol va marchando hacia el bolsillo de la noche, vos y mamá Evangelina se preparan en el patio. Vos con la regadera que te trajo la abuela Adela mientras mamá dispone su juego de mangueras para cubrir todas las distancias del jardín. Nace el riego. Te encanta. Te vas empapando de a poco, pero guardás para el final tu cabeza. En el extremo de la manguera más larga se aferra la figura del sapito de plástico azul: el fabricante de lluvia. Ves la flor de agua hacerse lugar en el aire, y enseguida te gobierna la mirada pícara. Primero caminás, después corrés en círculos, entrás en órbita sapital, y empezás con la risa el desafío de los acercamientos y retrocesos. Pura diversión mientras tus círculos se van cerrando para que te encuentres casi cara a cara con la garganta fina del volcán. La risa deriva en grititos muy agudos. Así el festejo del agua amiga entre las plantas de mamá, sobre el pasto, entre los árboles de naranja, el laurel, los rosales, entre los momentos donde nace la felicidad y se moja tu cabeza.

Una historia para Julia (LV)


Nunca fuiste bebé de andar durmiendo con facilidad, y ojalá sea esto señal de que mañana vas a ser una mujer bien despierta de conciencia a la que no será fácil engañar. Porque hay que buscarle una utilidad a todas las horas de sueño perdidas por mamá Evangelina y papá tratando de entender cada situación nocturna, cada reclamo tuyo. Atendimos con no poco esfuerzo tus llamados, y acá estamos: los tres muy sonrientes. Anoto en esta hoja de nuestra bitácora de Julia, que vos, Momoshi, porque seguís llevando este nombre, a finales de diciembre de 2013, por primera vez desde tu nacimiento: dormiste siete horas seguidas. Esa noche, te extrañamos. No recuerdo si dormimos.