La vida es una suma de tiempo que deja rastro visible
en los cacharros de la cocina. Vuelta y vuelta se cocinan los días. Condimento
a gusto de esperanza, sueños, miedos, muertes silenciosas. Cacharros en tensión:
en ello pienso cuando miro la vida del que cuenta historias: cuántas más
saldrán del caldero, cuántas más entrarán en el silencio tiznado de la
historia. Cuánto dura la cocina de la escritura, cuánto tarda en cocinarse un
personaje creíble en una cocina económica que respira con la leña justa. Un
hombre de tinta que muchas veces tarda en tener nombre y que nace en los
recreos del que tiene que ganar la moneda para su sustento. La idea es sorprender
al arte con la mejor caricia. De caradura este escritor mete mano, toca,
ofende, raspa, la pollerita de los días y noches sin fisuras: revuelve, sin
paz, con el pensamiento, en el papel, con la tinta, con teclas, repitiéndose
ideas sobre los cacharros fundacionales de su cocina. Una batería chamuscada le
resguarda la inventiva, las dudas: a qué inventar, si la mejor literatura esta
en la calle, en las brasas, la leña, en el fuego inesperado de mi propia cocina.
El escritor sabe de la última cena. Sabe que llegará sin aviso, lenta o rápido
serán detalles que solo importarán a los demás, los que todavía tengan lugar en
la mesa, los que sigan manchando cacharros de cocina. Con el barco escorado
habrá que encarar la última página en blanco, mancharla, dejar constancia del
límite de la sombra en la pared más cercana. Habrá que utilizar una braza apagada
mientras bajo la económica quedan tres tirantes y el corte de una rama.
domingo, 9 de marzo de 2014
martes, 4 de marzo de 2014
Cuando el cielo se oscurece (La foto: Tiempo Argentino: 02 de marzo de 2014)
Cuando el cielo se oscurece no puedo dejar de pensar
en los cuadros que pinta mi viejo. Cielos de puras sombras son los que abren la
tranquera para que entre la noche. Mi viejo juega al alquimista sobre una vieja
paleta de madera. En ella amansa la esencia de la luz para ir acomodando su
manera de sentir la noche. Una vez lograda la oscuridad primigenia, inicia el
pincel su simple laborar. Lleva noche, y recorta para el regreso un momento del
día. Lo acerca a la paleta donde enseguida, en la espesura de sus gamas bajas,
se silencian los reclamos de la luz. Óleo color tierra, color nubes de
tormenta. Recuerdo un cuadro: El cielo bajó a los campos. La tierra y el cielo,
nuestros límites, formando una galería, un túnel, un destino. La vida, la
mayoría de las veces, transcurre bajo un cielo de tormenta como los que pinta
mi viejo. Los veo desde pibe. Me sigue resultando extraño levantar la vista y
ver el azul cielo que anida sobre mi casa en la provincia. Los cielos de mi
viejo son oscuros porque en ellos se mezcla una pizca de su personalísima
poética del desencanto: una sincera enumeración de destinos desafortunados que
vieron la luz por propia mano, por manos extrañas, y por las manos que siempre
están antes de las nuestras. Todos debemos terminar el cuadro que empezó a
pintar otro. Quizá por saber que esas historias ‘vieron la luz’ mala, mi viejo
trata de controlar la claridad: tenerla a tiro, con poca soga. Siempre anduvo
atento por la vida, sabe que se siente mejor en la noche, bajo los cielos de
tormenta. Él mira desde su proa. Como Turner, uno de sus pintores admirados.
El mensaje (La foto: TIempo Argentino: 16 de febrero de 2014)
De pibe viví en la provincia de Buenos Aires,
en el oeste, en Martín Coronado. La
Capital quedaba lejos, y se la visitaba de vez en cuando. Fue
aventura de pequeño viajero ir a algunas canchas de fútbol. Fue aventura
recorrer también varias galerías de arte en una tarde. Mi papá me llevó a ver
fútbol con hinchadas amigas, y a ver exposiciones, a conocer pintores y
pinturas. Al parecer la vida sucedía en la Capital. Mis ocho
años de viajero entre dos mundos me llevaron al convencimiento de que más allá
de la General Paz,
después del tren y el subte, se llegaba a una tierra de misterio, belleza y
pasión. Sucedió que mi papá, en un diciembre, llegó silencioso portando una
maravilla técnica. La ocultó sobre el techo del mueble donde se velaba la porcelana
que nunca se usaba en la mesa de todos los días. Mi papá pintaba su arte, y a
mí, quizá por esas posibilidades que ofrecen los viajes, se me dio por
encontrarme de maravillas con la lectura. Entre Julio Martín, mi abuelo poeta,
y los libros, pronto me darían ganas de jugar a ser escritor. Lo oculto se
rebeló en la nochebuena. Venía en bolsa de plástico. Plegado con suma
prolijidad. Tenía esqueleto mínimo de alambre, y una boca ancha como para
entrarle con un beso audaz a la explosión de la noche. Mi primer mensaje a otro
cielo del universo lo envié a bordo de un globo con coraza de papel. Se elevó
lento. Llevaba el corazón caliente, igual su saliva. No llevó palabras mi
mensaje, consistió en el más puro asombro de pibe. El artefacto llegó desde la Capital. Durmió un
último sueño antes de entrarle al misterio de mi provincia.
martes, 11 de febrero de 2014
Una historia para Julia (LIX)
Mamá Evangelina
me hizo señas. Vos estabas sentada en el piso. Tenías el libro con las
historias de animales entre tus manos. Mamá siempre te lee y te canta, y muchas
veces te está leyendo y te canta en medio del cuento. Se acuestan en el sillón,
al lado de la ventana que da al patio y al jardín, o en la cama a la hora de la
siesta. Ayer eras vos la que le leías a mamá. Yo escuchaba desde mi escritura suspendida.
No sé si tenías conciencia del mundo a tu alrededor. Como sea, ahí estabas: imitando
a mamá. Llegué a detectar la palabra “nena”, que se repetía, escuché “mamá”, y
la palabra “pato”, perteneciente a la composición “al agua pato”, que cantamos
todos cuando te toca el baño. Palabras que no entendimos, cambios de tono, muy bueno
tu primer cuento.
miércoles, 29 de enero de 2014
Una historia para Julia (LVIII)
Cuando te ayudo a sostener la mamadera, vos
jugás con tus deditos entre los míos: roces leves reconociendo formas, y mi
presencia en la oscuridad. Cada vez que sucede, papá se va a su infancia.
Recuerda Martín Coronado, la franja de tierra al costado de la vía y los yuyos
de altura mediana que saludan el tren. Papá recuerda este paisaje porque entre
esos yuyos, en verano, en la noche más pura, volaban infinidad de bichitos de
luz. Yo avanzaba mis manos de pibe entre las luces diminutas: así los roces
leves. Yo, menos oscuro, reconocido por tu vuelo.
Una historia para Julia (LVII)
En estos veintiún meses de Julia, tus palabras
son: mamá, papá, gato o tato, babau, moto, nena, Cata: tu prima, mirá, agua,
dame, pato pato: cuando te vamos a hacer: al agua pato en la bañadera que te
regaló la Rusa. Y
hay una palabrita que necesita una mayor explicación, y que a papá se le pegó: “titó”.
Cuando algo se cae de tus manos, cuando algo se rompe contra el piso, cuando la
mona Jacinta se cae del cochecito en el que pasea: todo eso se gana un “titó”.
Cuando a papá no le gusta una frase, titó, cuando se acaba la botella de tinto,
titó, cuando estaba interesado en escuchar o terminar de leer algo, y vos venís
con un lápiz, una pelotita o un libro para mirar, titó papá, y ni hablar las
veces que titó mamá Evangelina. La vida entera, verás querida hija, es un jardín
de titós. Hay que hacerles frente, y es la mejor manera de andar: sabiendo que
existe “titó”.
Una historia para Julia (LVI)
En tardes de calor, cuando el sol va marchando
hacia el bolsillo de la noche, vos y mamá Evangelina se preparan en el patio.
Vos con la regadera que te trajo la abuela Adela mientras mamá dispone su juego
de mangueras para cubrir todas las distancias del jardín. Nace el riego. Te
encanta. Te vas empapando de a poco, pero guardás para el final tu cabeza. En
el extremo de la manguera más larga se aferra la figura del sapito de plástico
azul: el fabricante de lluvia. Ves la flor de agua hacerse lugar en el aire, y
enseguida te gobierna la mirada pícara. Primero caminás, después corrés en
círculos, entrás en órbita sapital, y empezás con la risa el desafío de los acercamientos
y retrocesos. Pura diversión mientras tus círculos se van cerrando para que te
encuentres casi cara a cara con la garganta fina del volcán. La risa deriva en
grititos muy agudos. Así el festejo del agua amiga entre las plantas de mamá,
sobre el pasto, entre los árboles de naranja, el laurel, los rosales, entre los
momentos donde nace la felicidad y se moja tu cabeza.
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