Allá lejos y hace tiempo leí la novela de
Manauta. Y esa lectura se prendió en el rastro que comenzaba a dejar mi alma: ahí
su aroma durante 30 años. Hoy, el muchacho que fui, mira desde lejos, como si
mirara desde Gualeguaychú, y el hombre que soy respira en Gualeguay, en la otra
orilla del río: el abrazo que nos separa y une. Tan distinta el alma en que, a
su tiempo, fundamos nuestras almas simples. Él y yo reunidos, revisitándonos hoy
entre las páginas de esta novela. Él y yo tan increíblemente distintos, y tan
iguales en recuerdos de infancia, en los muertos que llevamos ardiendo en la
memoria. Él tan inmortal, yo tan cercano a cada día. Pero digo que existe una
cercanía todavía mayor entre nosotros, y es el conocimiento acabado de lo que
significa la infamia que vive el hombre que tiene hambre. Hay hambre en Las
tierras blancas: imágenes, palabras que duran toda una vida. Por Manauta supo
el muchacho, por releer a conciencia supo el hombre. En Gualeguay las descarnadas
vivencias.
domingo, 15 de diciembre de 2013
domingo, 10 de noviembre de 2013
Nudos de hierro de Gabriel Montergous, mi amigo y maestro (Libro recordado, Tiempo Argentino 10/11/2013)
Los libros se quedan a vivir nuestras vidas
por diversas razones. Por los personajes, no olvido a Francisco, a Bárbara, a Ennio
Costello; y conmigo se quedó la casa de provincia que no paraba de achicarse
por obra de los despreciables Caranchi. No me abandona la opresión vivida al ser
testigo de cómo los patios y los lugares desaparecían: esa casa respiraba en la
condena, porque su autor la había amanecido como ser vivo. Guardo en la
biblioteca mi ejemplar firmado por Montergous. Lo coloqué algunas veces sobre
la mesa del Tuñín de Rivadavia y Medrano, donde con Gabriel nos dedicábamos a
la charla sobre la escritura. Fuimos amigos. Fue mi maestro, no de comas, sino
de ética y oficio. Seguimos en contacto a pesar de su muerte. En los primeros
días siguió sentado a la mesa del café, después viajó a las sierras, pero no
dejó de ser compañía, y de leer mis escritos. Dentro de cada libro, hay un
hombre: el autor, dijo Saramago. Es cierto: hay un hombre y su magia en la
historia de este libro.
viernes, 1 de noviembre de 2013
Una historia para Julia (LI)
La mona Jacinta, chancho Cholito, oso Teneme
el oso, la muñeca Kitty y payaso Luigi son tus muñecos preferidos. Después
acompañan en coro cuatro más: una hipopótamo, una ovejita a la que llamamos
perrito, un títere sapo, un caracol. Nueve amigos. Durante tu día, sin falta,
te detenés frente a la cama de una plaza que hay en tu habitación, al lado de
tu cuna. Señalás con dedito al frente y ya entiendo. Cuando ves que entiendo se
te escapa la primera sonrisa. Coloco dos almohadones contra la pared. Te
levanto y te siento en la cama. Acto seguido comienzo con la recolección de tus
amigos. Uno a uno los voy calzando entre mis brazos. Vos mirás contenta,
emocionada, porque sabés qué es lo que va a pasar. No recuerdo cómo empezó este
juego, pero la escena se estableció entre nosotros. Sentada, las manos
nerviosas, no te perdés detalle de la convocatoria de muñecos que hace papá. Al
fin: están todos a bordo. Entonces comienza el conteo: a la una, y en vos
resuena el grito previo a la risa… a las
dos, y te veo todos los dientes… y a las tres, que es cuando mi abrazo se
transforma en abrazo de muñecos, y entonces todos ellos, y todos los hombres
que contiene este hombre que es papá, se abrazan a vos, y dan gracias, muchas
gracias, por tanta maravillosa felicidad.
Una historia para Julia (L)
En Gualeguay, los sábados a la mañana guardan una
pequeña ceremonia. Después de las nueve y cuarto, papá sale rumbo al almacén de
Enrique y Mariano, que está al lado de nuestra casa. Va a buscar la bolsita que
contiene seis tortas negras de la panadería Guerscovich. La distinción de la
que goza una torta negra en esta ciudad, es distinta a la suerte triste que le
toca en Buenos Aires, donde no es más que una factura del montón, una de esas
que quedan últimas en el plato. Apenas tengo el néctar en mis manos, pienso en la
expresión de tu cara. De regreso, espero en la puerta del pasillito hasta que
te veo.
Me descubrís y ensayás un “ohhh”, a veces te llevás una de tus manos a
la cabeza como para remarcar la monería. Te ofrezco el tesoro. Dejás lo que estás
haciendo y te acercás. Los ojos bien abiertos, una sonrisa, siempre una
sonrisa. Venís a buscar la bolsita. Te alejás al tranquito corto. Sabés que hay
que llevársela a mamá Evangelina que prepara el desayuno en la cocina. Sabés
que mamá te recibe con alegría. Sabés que es fiesta. También sabés que las
tortas negras de Gualeguay son muy muy ricas.
miércoles, 2 de octubre de 2013
Pintar con la sombra (Tiempo Argentino 29/09/2013)
La sombra habita, desde que era pibe, un lugar
en el costado de mi destino. Soñé luego, cuando hombre, que la sombra tenía la
facultad de hacerse en la sangre sin previo aviso. También soñé que se puede
nacer sombra. Sucedió sin que me diera cuenta: durante mis días del pasado -soy
un hombre viejo- me descubrí, y es más, me descubro, buscando las razones de mi
voluntad de ser en la sombra, y a la vez tratando de burlar a la mismísima
sombra. Descubrí que no es la lectura del alma la que permite el conocimiento
del sujeto. Hay que saber leer la sombra. Quien sepa leer dentro de ella
conocerá los secretos de ambos seres, porque ella también está viva. Supe de su
presencia acentuada en estos últimos años cuando percibí un aroma dulzón, parecido
al que despedían las tortas horneadas en la infancia, flotando alrededor de mi
cabeza. El aroma me espera en casa. Flota en mi cercanía durante el día, y se
guarda en la noche: entra por la nariz y hace nido entre mis ojos. Siempre fui
un pintor oscuro, dueño de una paleta de gamas bajas. Aprendí a pintar
recuerdos empastados en mi esencia sombría. Sé de qué hablo. Durante la vida el
alma se hace visible en la sombra, en la muerte el alma se hace invisible para
fundarse como fantasma. Es cuando la sombra muere. La vida es un eterno
trajinar de sombras, pinté muchas de ellas. En cada cuadro un destino. La vida
es un cuento que nos escribe una de nuestras almas, de acuerdo al impulso vital
del instante el cuento puede hacerse realidad o no. Siempre fui el mismo
incrédulo. Por eso elegí, desde el principio, retratar mentiras con la sombra.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Una historia para Julia (XLVIII)
En un recreo hasta ahora no anotado de este
invierno, es decir, solcito, nada de viento, y una verdadera apariencia de
primavera, fuimos con los abuelos Olga y Gustavo, y mamá Evangelina hasta el
Náutico. Creo que ya te conté que el Club Náutico Gualeguay tiene mucho que ver
con la infancia de mamá. La tarde estuvo perfecta para tus gritos de alegría en
la hamaca, y para una novedad: el río. Y a la presencia del agua y los pájaros
en la otra ribera, descubriste la arena cuando caminábamos bien cerca de la
orilla. Te sentaste y empezaste a escarbar, y a desgranar pequeños terrones de
arena. Se me ocurrió entonces buscar alguno más grande para tirar al río.
Primero llamó la atención el impacto, y enseguida el dibujo en el agua. Mirabas
muy interesada, pero te aseguro que esa tarde en realidad escuchaste la música
apacible que se movía sobre el agua del paisaje.
Una historia para Julia (XLVII)
La primera vez que cruzamos narices, vos
estabas en el corralito. Me arrodillé, te miré por entre los agujeritos del
tejido de protección, y avancé. Me copiaste. Avanzaste y embocaste tu nariz en
un agujero. Yo retiré la mía, y busqué el roce con tu nariz, que había salido
al patio. Cada vez que enseñabas la nariz al exterior, yo me arrodillaba y
repetía el juego. Mirabas sorprendida. Sucedió pocas veces. Después busqué,
esporádicamente, el roce de nuestras narices. Te hablé de hacer naricitas, me
acerqué y toque tu nariz con la mía. Hasta aquí la historia de este juego. Pero
hace una semana se agregó algo más. Te pregunté, sin pensarlo, como tantas
cosas que decimos con mamá Evangelina sobre vos, haciendo juegos de palabras, pronunciando
las pavadas más simples: Julia, ¿hacemos naricitas?, y entonces la sorpresa.
Estabas sentada en la cama grande. Me miraste y en un segundo adelantaste la
cara, es decir, tu naricita. Mi nariz llegó a la tuya y al mimo. Te sonreías.
Tu cabeza fue para atrás, y luego volvió a avanzar: al frente tu ñata. Ahora,
para que sea fiesta, no tengo más que preguntarte. Las palabras y sus
significados ya empezaron a hacer sus magias.
Una historia para Julia (XLVI)
Me pasó varias veces mientras caminaba Buenos
Aires. Me pasó, creo, después que entré en mis años 40. Cada vez que veía a un
hombre de mi edad caminando de la mano con el hijo, chiquito, como ahora sos
vos, Julia, lo miraba y sentía, y entendía, que algo muy importante me había
perdido. Quiero contarte que cada vez que salimos a la vereda, a media mañana
de este invierno, a caminar hasta las dos esquinas, y a saludar a Enrique y
Mariano en el almacén, pienso en aquellos días de gran ciudad cuando yo
caminaba sin llevarte de la mano. Hoy te acompaño los pasos, eso parece, porque
en realidad sos vos la que ya acompaña los míos. Nos vamos de la mano. Tuve
esta gran suerte en mi destino. Caminamos la vereda de Carmen Gadea 222, donde
nos espera mamá Evangelina. Caminamos haciendo la vida. En Gualeguay, Entre
Ríos.
domingo, 28 de julio de 2013
Cuestiones con la vida de Humberto Costantini (en Tiempo Argentino 28 de julio)
Cuando llegó el momento de abandonar mi
ciudad, pensé en Cuestiones… y fui a buscarlo a la biblioteca. Ahí estaba, un
libro en Buenos Aires, y ahí debe seguir el fantasma de mi ejemplar, de mi
estante y también mi fantasma acercando la mano. Soy de Boedo y de San
Cristóbal, a la manera de Costantini creo haberle apretado la cintura a Buenos
Aires, y quizá, que otro lo diga, haberle hecho un hijo de sangre y memoria. Cuando
llegó el momento de hallarme en mi nueva ciudad: Gualeguay, pensé en Cuestiones…,
y ya no hubo que buscar, y no hubo necesidad de fantasmas, sólo pasar páginas,
espiar, ausentarse y volver: “te aprieto como nunca, / te me entrego, /
mientras como en un sueño / te digo amor, / te digo / ya nunca más exilio, / ya
nunca más lejos de vos, / paloma, primavera, regazo, / Buenos Aires”. Cuando
llegue el momento de dejar todas las ciudades del mundo, pensaré en Cuestiones…,
ojalá lo tenga cerca, para irme desde Buenos Aires, mi ciudad cuna, no sin antes
pasar por Gualeguay.
viernes, 26 de julio de 2013
Una historia para Julia (XLV)
Cuando cumplí
treinta y tres años recuerdo que el abuelo Rolando me dijo: Parece mentira, si
ayer nomás te traje a casa recién nacido. Siempre me acuerdo de esto, y en esta
anécdota pienso cuando te veo sentada sobre las baldosas y con un libro abierto
entre las manos. Más allá de mi felicidad porque ya tengas trato con el amigo
libro, pienso en la velocidad: si ayer nomás eras la recién nacida, cómo ahora
sumás quince meses entre libros. El abuelo Rolando tuvo razón. Primero tuviste
dos libritos plásticos, después apareció uno de cartón bien duro con una cabeza
de títere en su parte superior. Libros juguetes que cumplen, pero la cuestión
cambió cuando de mi biblioteca saqué dos libros de una amiga, la escritora
Laura Roldán. “Zongos y borondongos” y “La marca del garbanzo” son libros que
ella escribió junto a su mamá Laura Devetach, una gran autora de literatura
infantil, casada, fijate qué dupla, con el notable Gustavo Roldán, uno de los más
destacados escritores argentinos que trabajaron la literatura para chicos. El
primero está ilustrado por Gustavo Roldán (h.), el hermano de mi amiga, ¡qué
familia!, y de él es el cuadro que está colgado en tu dormitorio: El
vibroperro. El segundo libro está ilustrado por Isol, y este señor es el
creador de un dibujo que mucho te alegra. En “Orquesta con bichos raros”: el
que toca los platillos. ¿Qué es?, no sé, ni él debe saber, pero te divierte
cada vez que llegás a la página. Te veo venir con un libro en la mano. Pasito
corto, el libro que casi toca el piso. A estos títulos se han agregado cuatro
de María Elena Walsh, otra señora destacada: “Dailan Kifki”, “El mundo del Revés”,
“Cuentopos de Gulubú” y “Manuelita ¿dónde vas?”. De todos mirás los dibujos.
Aprendiste a pasar las páginas. Te hago upa para ubicarte sobre mi pierna
derecha, así me lo pedís, y te preparás para mirar el libro. Sucede varias
veces al día. Qué grande que estás, pienso, y cuando aparece el bicho dibujado
por Isol, sencillamente me hago chiquito en tu alegría.
Como intento ser un padre sincero, voy a contarte que en
estos momentos hay un libro más. Está muy linda la historia y te gustan los
dibujos. Papá prefiere escritores que cuentan buenas historias y además son
buena gente, con fallas, seguro, pero buenos seres humanos, sinceros. Hay
escritores que son así, y hay otros que no, por eso no pude evitar dejar para
el final el libro que te regaló nuestra amiga Paola de Bogotá: “Fonchito y la Luna ” de Mario Vargas Llosa, que
es un buen escritor, y nada más.
miércoles, 17 de julio de 2013
Estado desmesurado de conciencia
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Acrílico de Rolando Lois |
La calle del
cementerio era adoquinada. Inicié el camino hacia la salida. Lloraba, hacía
tiempo que no lloraba por la muerte de un amigo. No era la primera vez que
desandaba el camino desde el Crematorio de La Chacarita. Mi amiga Liliana había
elegido las cenizas.
En ese momento
me descubrí entrando a un lugar donde, al menos en estado de conciencia, nunca
había estado. Fue como estar dentro de una onda expansiva, fue sentirme
sustancia e impulso de recién llegado, y a la vez sentir la pertenencia a esa
misma fuerza en expansión. A poco de la experiencia encontré estas palabras
para nombrar lo ocurrido: un estado desmesurado de conciencia. Experimenté una
manera de quedarme sin límites. Fue ahí que sentí, entenderlo desde lo
intelectual fue trabajo para después, que era parte de una sabiduría, del
misterio de la naturaleza. Fue algo así como entender que no estaba solo. Sé
que en muchos momentos de la vida del ser humano, la soledad es el gran
peldaño, pero no hablo de ese correlato cotidiano, hablo de sentirme conectado
en la profundidad donde arañan las raíces. Me hubiese encantado poder contarle
esto a mi amiga Liliana, se hubiese apasionado, ella siempre caminó por mundos
distintos.
Sucedió que en
pocos días supe de abismarme dos veces, la primera: en el cementerio, la
segunda: momentos después de haber salido de la sala de parto donde nació mi
hija Julia, una semana después de la muerte de Liliana. Digo que momentos
después de haber salido de la sala, porque todo sucedió cuando la doctora me
entregó a Julia recién nacida. Apenas se movía, supongo que extrañaría el mar y
el silencio, y tenía los ojos bien abiertos. Voy a hablar de otra mirada. Nada
importa que alguien me quiera explicar que en el momento en que nace un bebé no
puede distinguir formas precisas. Yo hablo, como anoté, de la otra mirada. Ella
desde su mundo, y yo desde el mío. Hablo de un encuentro. Y en él, los
temblores, las emociones, y las preguntas. Porque dentro de mi hija había
fundada una manera de ser, de sentir y de sentirse, en Julia había un alma.
Pero había un alma: ¿desde cuándo?, y desconociendo el dato temporal, ¿cómo es
que nace un alma?, es más: ¿de dónde vino la suya? En voz muy baja le pregunté:
¿de dónde venís, hija?
Liliana era de andar
caminando entre mundos distintos, y tal vez yo también practique esa manera de
caminar, quizás a un ritmo más reposado, que es la mejor sintonía para
encontrarse con las ideas y las palabras sobre el papel.
En todo mi
papelerío manchado con mi intento de dar con la literatura, podría afirmar que
siempre le anduve husmeando el rastro a la muerte. No por miedo, sino porque
ella fue en mi vida, lo sigue siendo, inspiración y cachetada certera para no
dejar las acciones para mañana. Si mañana puedo no estar, si los próximos cinco
minutos pueden ser mis últimos cinco minutos, debo vivir hoy, ahora. Pensar lo
contrario es ser un creído, un semidios de lo más estúpido y simplista. Debo
admitir que esta clase de ejercicios cercanos a la búsqueda de algún tipo de
filosofía de vida, lo llevan a uno a afantasmarse cuando, en tren pensamientos,
búsquedas y cuestionamientos, uno da, por ejemplo, con la incómoda sensación
que brinda entender la absurdidad que rodea la existencia toda.
Entonces me
encuentro en una encrucijada. No toco blues, pero es cierto que lo escucho con
pasión. Me descubrí en tratos con una pertenencia, un barrio que queda un poco
más allá, pero en el “mientras tanto” lo absurdo de una existencia insípida
llena casi todos los casilleros.
Los viernes por
la noche acudo a la catedral. Se entra por una puertita plena de misterio y
enmarcada por una gran persiana que preserva el teatro del mundo. Está ubicada a
una cuadra de la plaza y a un lado de la catedral verdadera. Se la conoce como la
catedral del asado. En ella se juntan diez o doce amigos a comer. Ellos también
van por la carne y el vino tinto, “hacen” misa clandestina. Cuando se acerca el
final de la ceremonia, cuando las brasas se alejan en soledad, todos levantan
sus vasos al cielo de chapa y brindan por los ausentes: Mingo y el Negro
Carnevale. Estoy seguro de que más de uno esconde, muerde la lágrima. Es
emocionante ser testigo y ser parte del homenaje.
Ahí no quedan dudas: no hay soledad en la naturaleza,
y no quedan dudas de lo absurdo del recurso, pleno de impotencia, ante el
hambre voraz del abismo y el gran misterio. Mientras tanto, nosotros, los
afantasmados, a conciencia limpia o fragmentada, porque nunca olvidamos que la
muerte nos espera, nos aferramos a la memoria.
jueves, 11 de julio de 2013
Una historia para Julia (XLIV)
En el comedor está el baúl de madera que
hicieron los tíos Marta y Juan. Sobre el mismo teníamos algunas bebidas (ya las
mudamos), y tenemos una planta muy linda, una foto tuya de tu primer día de
vida, y una de las lámparas más lindas que hizo el tío Juan. La lámpara tiene
dos bornes dorados y permanece desenchufada hasta que necesitamos encenderla.
Desde que iniciaste las caminatas lunares por la casa, el baúl fue una especie
de imán: debido a que estaban las botellas y unas copas, y a que era una
superficie que quedaba de maravillas para tu altura. Mamá Evangelina se dio
cuenta de que uno de los bornes estaba flojo. De vernos aprendiste rápido a que
todo lo que sobresale en una superficie puede muy bien girar. Por eso los dedos
de tu manito giran y giran sobre toda clase de utensilios. Cada vez giran con
mayor precisión y el borne, el tornillo de caripela dorada flaqueó en su labor
de ajustar. Otra acción que aprendiste es a pasar un trapo o una servilleta de
papel sobre la mesa o tu silla para comer. Nos ves limpiar, y vos limpiás. Mamá
te tejió una bufanda corta de color fucsia. Siempre estamos atentos a tus
aterrizajes sobre el baúl debido a que tu foto tiene marco con vidrio, y por el
detalle citado de la lámpara. La otra noche andabas con la bufandita en la
mano. Llegaste al baúl y comenzaste a acercarte a la lámpara. Sabés que no hay
que tocar, pero te acercabas. Comenzaste a limpiar todo aquello que había
cerca: el baúl, el borde del corralito, un libro, y seguías acercándote en
busca del borne que gira. La limpieza llegó a la lámpara. A cada momento me
mirabas para saber si yo te espiaba, y sí, mi mirada era explícita. Vos dale
que dale con la limpieza. Me volvés a relojear y entonces disimulo mi control.
Enseguida largás la bufanda y tus deditos inician la labor. Te dejo hacer unos
instantes, y vuelvo a mirarte. En un segundo tu manito estaba nuevamente sobre
la bufanda y limpiabas con afán admirable. Tenés catorce meses, aprendiste
muchas cosas, siempre estás atenta, tu mirada avisa de que en vos vive la inteligencia,
por eso, de manera tan inteligente, hija, a tan corta edad ya aprendiste a
hacer algo muy necesario en esta vida. Te miro y me digo: Julia ya aprendió a
hacerse la boluda.
sábado, 6 de julio de 2013
Una historia para Julia (XLIII)

lunes, 1 de julio de 2013
Una historia para Julia (XLII)
Después de despertarte por última vez en tu
cama, cerca de las cinco o seis de la mañana, pasás a dormir un rato más en la
cama grande. Cuando despertás en cancha de 11 te gusta jugar entre nosotros:
hablás, gateás, te cuento que aprendiste a gatear después de aprender a
caminar, y llevás a cabo tu primer show de monerías. Existió el día en que
desperté y vos estabas sentada bien cerca de mi cabeza. Me ganó el bostezo. Vos
terminabas de sacarte una media: el movimiento fue perfecto, la guardaste en mi
boca. En otra mañana, mientras mamá Evangelina preparaba la mamadera en la
cocina, ocurrió la siguiente escena. Estabas sentada y te dejaste caer sobre la
almohada. En un segundo empezaste a hablar en tu idioma indescifrable. Tuve la
segura impresión de que en tu lengua había oraciones, expresiones claras y que
tu palabra transmitía sensaciones que alguien entendía. Tuve la impresión de
que charlabas amigablemente, tus brazos en movimiento reforzaban mi idea. En
todo momento mirabas al techo. Explicabas andá a saber qué cosa o contabas una
historia, que de eso se trata esta vida. Catorce meses y parecías sentada a una
mesa de café. Habrás hablado un par de minutos, después el silencio, tu mirada,
la sonrisa, el misterio, tu regreso a la cama.
viernes, 28 de junio de 2013
Texto presentación del libro Paletas Artísticas (Sociedad Argentina de Artistas Plásticos (SAAP)) por Edgardo Lois
La paleta del pintor como apaisada
retorta de madera, lista para la destilación de la vida. El pintor como
alquimista, como nexo sensitivo, entre aquello que todavía no es, y la esencia
de la mirada primera, la que apenas vislumbra, la que adivina. El mago, en el
silencio del taller, lo sabe, lo presiente. Alguna vez escuchó de boca de un
viejo pintor, que el mundo, el universo todo, fue parido en la humedad florida
de una paleta. En el barrio, un sabihondo de café, le batió al alquimista, al
mago, al pintor, que todo, absolutamente todo, descansa, respira, se hace, y
también muere, en el menjunje primordial que nace y que aguarda: que sueña en los
recovecos emocionales de la paleta del pintor. Mejor se humedece la susodicha
paleta cuando el hacedor sabe de la existencia de lluvias y garúas: porque las
lleva en su alma. La primera lluvia repica adentro, y luego transmigra a la
madera donde aguardan los colores.

Pero el secreto mayor jugará sus cartas
en la habilidad con que la otra mano, caricia va, caricia viene, sepa del amor
sobre la tierra alumbrada. El pincel será el adelantado, el héroe en el sueño
del pintor, será quien comprenda, quien lleve en su memoria efímera el mensaje
de lo imaginado, lo visto por el mago, el alquimista. El dueño del pincel ha
comprendido a través de los años (porque la pintura, como todo arte, es un
compromiso que exige una vida de trabajo, nunca menos) que el mundo nace con
cada día que amanece, con cada pintura que aguarda sobre la paleta, con cada
minuto de esa vida en que un hombre intenta llamarse artista pintor. Cuando se
ve, cuando se sabe de la existencia de los mundos (los que andan por la sangre,
y los que callejean en veredas y esquinas), cuando se tiene registro de
lluvias, garúas y vientos, mejor se encontrarán los colores del mundo sobre la
paleta.
Hace cincuenta años que sé de la existencia
de la paleta de pintor. Imagino a mi viejo haciendo la presentación poética sin
que el bebé que fui entendiera de qué se trataba. A partir de esa paleta saludo
la identidad de esta presencia hermana en el taller de todos los artistas
pintores que intervienen en este libro.
En la paleta del pintor bien puede ser
hallada la identidad del artista, es en esta herramienta donde debe quedar visible,
explícito, el concepto que llamo “patrias internas”. Reconocerse en la paleta es
un paso necesario en la historia del oficio de todo trabajador que intenta,
luego de una vida a conciencia, llegar a habitar el territorio del arte. Porque
todo es intento, ya que nunca se sabe quién, entre los tantos que laboran, llegarán
a hacer propio el paisaje deseado. Patrias internas deberíamos tener todos. En
definitiva sólo somos seres humanos con un oficio en el alma. Una patria
interna es aquel territorio de la identidad que no se negocia, que está a la
vista, y que siempre es necesario resguardar de las inclemencias del tiempo. La
paleta de mi viejo, herramienta y sustancia: su pintura, tiene sus patrias
internas. Su paleta de gamas bajas, cuando es el tiempo de pintar al óleo, fue
y sigue siendo compañera de toda mi vida, también lo es la paleta más colorida
de sus paseos por el acrílico. Llevo en mi memoria su imagen sobre la mesita
alta, frente al caballete, frente a los estantes que sostienen el trabajo que
mi padre alumbró durante toda su vida. Su universo íntimo, su concepción del
mundo, su ideología: sus patrias internas, la vida toda destilándose en la
retorta apaisada de madera que reconozco desde el comienzo de mis días. Cada
artista plástico tendrá sus testigos para su arte, y para la herramienta de
fundar, su paleta. Pueden cambiar los ámbitos, las disposiciones, porque los
tiempos y gustos en la búsqueda de la creación son privados, íntimos,
intransferibles. Pero siempre habrá alguien que vio, que puede dar prueba, que
de ese paisaje apoyado sobre la mesita de patas flacas salió el paisaje que ahora
sostiene el caballete. Y que frente a ellos, de pie, contemplaba el pintor, el
mago, el alquimista.
Hay en este libro una propuesta distinta
para el trabajo del pintor. Una propuesta que encuentra su justificación en la
vereda del homenaje agradecido: un acto de poético reconocimiento, o de puesta
en valor poético de la llanura amiga donde se juegan las cartas posibles de la
creación. Este libro de la SAAP
funda su esencia en la concesión que pide al artista. En voz baja, en un tono
de charla intimista, los hacedores del libro, mientras adivinan colores sobre
una mesa de café en Buenos Aires, hacen su pedido: Mirá, hermano, esta vuelta,
el cuadro, y todo tu chamuyo de colores, dejalo ahí, no lo muevas, que “sea”,
que “haga esquina” sobre tu paleta de pintor: la herramienta de fundar.
Como es de esperar,
sangre adentro de cada pintor, de cada mago, de cada alquimista, sucederán
lluvias, garúas y vientos.
miércoles, 26 de junio de 2013
Una historia para Julia (XLI)
El 22 de mayo a la tarde: uno, dos y tres. Tus
primeros pasos entre los puertos más cercanos: mamá y papá. Hasta ese momento nuestra
maravilla consistía en ser testigos del instante en que soltabas amarras y te
quedabas paradita sola. Acentuabas el logro,
para festejarte y para contar con nuestra atención, con un gritito agudo
de felicidad. Ahí estabas, puro brillo, porque te dabas perfecta cuenta de la novedad.
Después del grito te mantenías un ratito con sonrisa y tensión al tono. Luego volvías
al apoyo. Sabés, ver cómo venís caminando hacia mí, apuradita, brazos que se
agitan y pasos cortos, es de las imágenes más maravillosas de las que he sido
testigo. Te cuento que en esta vida he visto maravillas: vi la cara de mamá
cuando le di el primer beso, vi el punto final de una novela que me llevó cinco
años escribir, vi la felicidad en personas que quiero, ja, pero ver cómo
caminás hacia mis brazos: tu sonrisa, la mirada, la emoción, sí, hija, como te
decía, he visto maravillas en el cielo de este mundo.
miércoles, 12 de junio de 2013
Una historia para Julia (XL)
Al final llegó el día: domingo 28 de abril, tu
primer año. Te cuento, la casa donde vivimos es grande, cómoda, y estaba llena
de personas. Todos de fiesta por Julia. De Buenos Aires vino la abuela Adela y
se quedó con nosotros el fin de semana; también se hicieron una escapada Virginia
y Mario, nuestros amigos de Boedo con los que tanto te reís. Después estaba
toda la familia de mamá Evangelina, que son una banda, diría el abuelo Gustavo.
Tus tíos y tus primas, los que vemos seguido, y después otra cantidad de primos
de mamá y sus hijos, porque la familia Gálligo debe ocupar medio Gualeguay. A
todo este despliegue familiar se sumaron nenas y nenes, chiquitos como vos,
hijos de amigas de mamá de cuando ella vivía y estudiaba en esta ciudad. Yo
nunca había participado en una reunión así, mi familia es chiquita y están
alejados. Nunca había sido parte de la organización de un evento que dejara la
cuadra llena de autos. Para que tu cumpleaños saliera bonito hubo dos personas
que hicieron de todo para organizarlo: mamá Evangelina en casa, pensando y
trabajando, y la abuela Olguita, que en su casa hizo todos los banderines, los
adornos, preparó las bolsitas con regalitos para los nenes, todo pasó por sus
manos, ella recortó, pegó, hizo moños, y anduvo colgando banderines en la
galería donde se armó todo para los más chicos. Estabas hermosa. Te espié desde
todos lados, fue el mejor cumpleaños al que asistí. Fue increíble ver cómo te
reías en compañía de otros nenes. Los observabas muy bien, como mirás siempre,
con detenimiento, y la misma atención le dabas al desafío de cada regalito,
sabías que adentro de cada bolsa había algo para descubrir: el objeto no
importaba, el placer estaba en encontrarlo. Se me ocurrió hacerte un regalo, y lo
guardé en secreto hasta esta escritura. Te regalo tres de mis cuadros, tres
acrílicos pintados por el abuelo Rolando. Ahora están colgados en el
escritorio. En cada cuadro: la fachada de un café: el México, el Margot, el
Cao. En esos cafés papá fue muy feliz, tenía a su Buenos Aires a la mano, y
papel y tinta roja para contar historias. En estos lugares escribí la mayoría
de mis libros. Pensé en los cuadros como símbolos de felicidad, porque quisiera
regalarte en este primer año esa memoria que reflejan los cuadros del abuelo, una
memoria para dejar a cuenta de la felicidad que vos nos das: mamá y papá en tu
sonrisa de cada día.
viernes, 17 de mayo de 2013
Descolgar un cuadro
En el 2003 firmé
la nota La diferencia entre Ingeborg y el
soldado obediente, en ella anoté: A
veces me digo que todo es una cuestión de memoria, de reconocerse frente al
espejo y frente a los demás. Claro que para ello hay que poder mirarse al
espejo, me digo mientras me alegro de que un tipo como Galtieri no respire un
minuto más sobre esta tierra. Que Galtieri no haya terminado en un calabozo es
otra historia a analizar, pero al menos ya no respira la misma ciudad que
respiran sus víctimas y los familiares de sus víctimas. No murió un viejito,
tampoco un soldado; no murió un escritor, tampoco un trabajador; no, no, murió
un bicho que ahora precisa de discursos para amanecer patriota. Pienso en
Malvinas, pude haber sido uno más, diez veces al polígono de tiro y a la
guerra, guerra en el sur, guerra en el sur; para mi general, el saludo de mi memoria.
Acabo de
enterarme de la muerte de otro asesino, del miserable de Videla, y ya van a aparecer
palabras tratando de abrirle, de alguna manera, las puertas del paraíso,
convengamos que no le faltaron misas ni bendiciones, y van a aparecer también
aquellos que afirman, con convencimiento y los respeto, que la muerte no se
desea ni se festeja. Los respeto, pero les cuento que tengo mis ceremonias para
la obtención de la felicidad, y entre ellas figura una que trata del deseo y
festejo de la muerte de los mal nacidos que contaminan esta vida. Fui feliz
cuando murió Martínez de Hoz con detención domiciliaria, y soy feliz hoy con la
muerte de este soldado de la patria, de la suya, jamás de la mía. ¿Por qué?, lo
anoté por Galtieri, ni un minuto más
sobre esta tierra.
Aprovecho para marcar una diferencia entre las muertes
de estos seres despreciables, y es que Videla murió donde le correspondía, en
la cárcel, y esto gracias a la decisión de un gobierno democrático con memoria.
miércoles, 15 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXIX)

martes, 14 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXVIII)
En medio del proceso de mudanza ocurrió algo
azaroso. Pienso que a esa altura de los acontecimientos, ya tendrías real
percepción de que el mundo de colores y formas que habías contemplado durante
casi todo tu primer año, había dejado de estar a la vista. Papá lo guardaba en
cajas de cartón y bolsas. Hilo y cinta de embalar, tornillos y maderas, todo
había dejado de ser, y era extraño para nosotros, que en teoría comprendíamos
más que vos. Sin dudas el desarmado del rompecabezas te habrá afectado. Faltaban
pocos días para la partida, y me entero de que mi amigo poeta Rubén Derlis,
presentaba su último libro, el sábado previo a la mudanza, en el café La Poesía de San Telmo. Mamá y
vos viajaban a Gualeguay el viernes, el sábado la presentación y el lunes la
mudanza. Preparé el mínimo indispensable de ropa hasta el lunes, el resto a la
bolsa. Para el sábado dejé el saco en una percha. Y andaba con el saco de acá
para allá, lo colgaba y enseguida lo tenía que correr debido a mi rol de papá embalador
del mundo. Fue cuando me di cuenta de que había quedado libre el clavo de donde
colgaba el cuadro del abuelo Rolando: El color que cayó del cielo. Claro que
después de colgar el saco reparé en que quedaba exactamente sobre tu corralito.
Fue inmediato, estabas seria, mirabas a la altura con desconfianza y me mirabas.
Pensé que ibas a llorar, lo descolgué y te lo acerqué dando las explicaciones
del caso. Vos lo tocaste y todo volvió a la normalidad: el saco de papá, pero hasta
que volví a sostener la percha en la pared. Tu desconfianza volvió a decir
presente. Dejaste de jugar, te molestaba esa impostura de hombre o de papá. Entonces
lo entendí y lo descolgué definitivamente. Te dije: Julia, vas bien, que nunca
te gusten los disfraces, que nunca aceptes que alguien te mire, confiado, desde
arriba. Después pensé en que la mentira y la moneda muchas veces se sostienen
de un clavo. Quiero que sepas que no figuran entre las bellas artes.
lunes, 13 de mayo de 2013
Buenos Aires a distancia
A Mariano Larra,
personaje de mi novela Morir por Perón,
le tocó en suerte recibir como herencia una de las señales que yo considero,
desde hace años, de buen augurio para sostener la travesía cotidiana en Buenos
Aires. Cada vez que pasaba a bordo del 160 por el puente sobre las vías del
ferrocarril Sarmiento, ubicado en Salguero, entre Bartolomé Mitre y Díaz Vélez,
miraba buscando el tránsito de un tren. Valía si lo veía venir, mucho mejor si
mi permanencia sobre el puente coincidía con la formación debajo del mismo, y también
valía ver cómo se alejaba. Tres tiempos posibles para que mi observación fuera
validada como destino. Como sea, la señal, el buen augurio, se daba por la
coincidencia en la encrucijada, y en la sustancia de la susodicha coincidencia geográfico/temporal:
si yo podía ver pasar el tren, significaba que estaba ubicado en una posición
desde la cual podía contemplar o imaginar tantas historias como personas viajaban
en los vagones, y eso, señores, es una suerte: porque si hay historias para contar,
hay vida y hay sueños. Es mejor cuando las historias deambulan por la faz de
nuestros mundos. Esa era mi suerte, y esa misma suerte le obsequié a un
torturado Larra para sus días de ficción.
Viajé a
Gualeguay, Entre Ríos, unas tres veces antes de una travesía decisiva dentro de
mi vida. En cada viaje a la ciudad de donde es oriunda mi mujer, reparé en el
placer que me deparaba el cruce del complejo Zárate Brazo Largo. Desde los dos
puentes, el Bartolomé Mitre sobre el Paraná de las Palmas, y el Justo José de
Urquiza sobre el Paraná Guazú, miraba las márgenes del río, las casitas en
torno, el laborar de los barcos, la lejanía. Imposible para un porteño con
espíritu vivo ignorar el paisaje. Cada vez esperaba el paso sobre los puentes.
Una vez descubrí en la lejanía, sobre tierra, un barco fuera de lugar. Una nao vieja,
importante, que había sido de pasajeros, pintada de blanco, casi un fantasma
sobre la tierra, ubicado muy cerca del verde de la arboleda que tenía de fondo.
¿Cómo habrá llegado hasta ahí? Tendrá su historia, como historia guardo en
estos cincuenta y un años de vida que cumplo hoy, 22 de abril. Durante la
travesía titulada decisiva (ya que iba a ver una casa para mudar nuestra familia
a Gualeguay), pude ver, por un segundo, la estela que abandonaba la popa de una
embarcación. La coincidencia en la encrucijada geográfico/temporal se daba con
mi presencia sobre el segundo de los puentes del Complejo, y un barco que pasaba
exactamente por debajo. Un buen augurio, me dije, al tiempo que recordaba el
puente sobre Salguero y a Mariano Larra. Y fue así, la casa nos gustó, y ahora
escribo, es decir, pretendo escribir sobre mi Buenos Aires a distancia, desde Gualeguay, desde mi escritorio de
trabajo que tan bien me acompañó en mi ciudad.
Buenos Aires es
galaxia, y como tal está habitada desde distintos mundos. Puedo afirmar que la
estrella centro de esa galaxia, ubicada en la esquina de Boedo y San Ignacio,
es el café Margot. A esta altura no me voy a poner a explicar la importancia de
un café en una ciudad como esta, pero sí voy a anotar que los cafés, los
centros de galaxia, se erigen, crecen, respiran, y hacen historia cuando son
habitados por determinada zoología rica en componentes espirituales. Por
ejemplo, el Margot es lo que es, por la presencia de personajes como el poeta
Rubén Derlis, el periodista Mario Bellocchio, el historiador Diego Ruiz, el
pensador Otto Carlos Millar, el músico Juan Tata Cedrón. Ellos, junto a un
variopinto puñado de almas sensibles, y junto a los buenos fantasmas del Profe
Ricardo De Biasse, el Gordo González y Carlos Caffarena, hicieron y hacen mi
Margot: lugar de charla, de lectura y escritura, de memoria. Y de este café, a
juzgar por un kilometraje certificado, de alguna manera me alejé. Hoy no
escribo desde el Margot, desde mi barrio de Boedo, desde mi San Cristóbal (y
ahí el café Cao como mi nave insignia). Hoy escribo desde Gualeguay para decir
que me fui de mi ciudad. Y es cierto, miro por la ventana y ya no veo los
techos de casas bajas que veía desde mi segundo piso. Veo un patio, varios
metros de terreno con pasto ralo, y algunos árboles. Ya no llego hasta la
verdulería que atiende Hugo y Ariel, dos hacedores de mi barrio, porque San
Cristóbal fue amigo por varios motivos, y entre ellos está la presencia de mis
verduleros, que trabajan sobre la misma vereda en la que todavía dice presente
la casa de María La Vasca ,
milonga famosa de cuando Carlos Calvo se llamaba Europa. Evangelina, mi mujer,
antes de que decidiéramos el cambio de paisaje, me preguntó muy seria: ¿Y tus
amigos?, ¿el café?, ¿la escritura? Claro que preguntaba por Buenos Aires toda. Ella
pensaba que yo nunca podría dejar la ciudad. Pero se equivocaba. Alguien dijo una vez / que yo me fui de mi
barrio, / ¿Cuando?, ¿pero cuando? / Si siempre estoy llegando, anotó
Troilo. A ella le contesté que a Buenos Aires me la llevaba puesta, que la
llevo a salvo, sangre adentro. Le dije que a Buenos Aires la escribo desde
cualquier lugar del mundo y del alma.
Pero claro, la
distancia es la distancia, y entonces ya no me puedo llegar el sábado por el Margot,
que me quedaba a diez cuadras de casa, ya no me puedo sentar a escribir en el
Cao. Sucederá de vez en cuando, en los días de visita. Porque a Buenos Aires no
se la deja, si no se la habita, se la visita, y en esas visitas será tiempo
para ver a mis padres y mi hermano en Martín Coronado, para ver a los amigos de
siempre. Habrá tiempo para el encuentro con el amigo poeta, y principal
seguidor de las historias para Julia, Rafael Vásquez. Habrá tiempo para saber
de los descubrimientos que Mónica López Ocón haga en su Azul natal. Me quedó un
café pendiente con Alberto Di Nardo, Eduardo Noriega, Amanda Samia, Alicia Cao.
Siempre hay pendientes en Buenos Aires, porque además de tanta poética, la damisela
hoy tiene su costado oscuro: la velocidad que parte las calles y promueve los
desencuentros: promueve la terrible estupidez de dejar una charla para mañana. Una
mención especial merecen mis buenos fantasmas, ellos también se quedaron en la
ciudad y a la vez se vinieron conmigo. Pienso en el escritor Gabriel
Montergous, uno de mis maestros, en el cronopio Liliana Bustos, en el Gallego Pérez
Bravo, en el poeta Hugo Ditaranto, otro de mis maestros (nace esta presencia
sin importar nuestro alejamiento de los últimos años; cuando supe de su muerte,
el 10 de abril, el día se quebró y ahí quedé, tironeado por el pasado y con un
sabor amargo en el alma; después quedé buscando en la memoria alguna de sus
líneas, alguna de sus buenas anécdotas, y las encontré).
Avisé a mis
amigos más cercanos de mi alejamiento de Buenos Aires, a través de una de las
historias que le escribo a Julia, mi hija, la número XXXV: En la historia anterior anoté: San Cristóbal, Boedo, Buenos Aires.
¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo. Porque dentro de
unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos Aires vamos a
llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina y yo venimos
hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una mejor calidad de
vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad de Buenos Aires,
una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por convicción, nunca
participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad. No queremos que
el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos robe el tiempo de
los días. La guita es una herramienta necesaria en esta sociedad, pero si no la
ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a bodega la vida. Buenos
Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es una ciudad cara y dura
en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras nos llevamos los
buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de amigos, ciudad
de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María Teresa, para
llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista para gateos y
primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a dormir en tu
habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos y familia.
Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia ese
origen nos vamos con la memoria.
El poeta Derlis
me dejó un mensaje emocionado en el teléfono: La verdad que me conmovió tu aviso de partida, además, qué joder, te
vas a la patria de Juan L., me parece bien la decisión que tomás, a mí me
cuesta salir de Buenos Aires, no sé, tendría que hacerlo, pero creo que no
podría respirar, cada uno está loco como quiere estar o puede, me parece bien
tu opción.
Sabré al final
de cuentas cómo es escribir de mi Buenos Aires desde mi Gualeguay, veré cómo
pinta el cemento desde la orilla del río. Sabré en definitiva cómo es en
realidad escribir desde un lugar que no sea Buenos Aires. Sabré cómo es vivir
esta otra vida que de seguro agregará palabras a mi tinta. A una punta de
kilómetros de Buenos Aires y sin embargo ahí estoy, sigo estando, quizás un
estado del alma, del espíritu, de mi sombra, la memoria. Inauguro mis palabras
desde la casa nueva, cómodo, así me siento, mi identidad a gusto en esta
Gualeguay soleada. Estoy con ustedes y es una manera de no estar del todo por
acá, y miro el patio y los árboles que me aseguran que ando por acá y no tanto
por allá. Después de todo, quizás uno no sea más que la suerte de ser un barco
fuera de lugar toda la vida, y esto sin consideraciones trágicas, hablo de la
feliz travesía de un barco fuera de lugar, porque la suerte está en que no
halla un solo río, un solo mar, un solo centro de galaxia, una sola galaxia, un
solo café, una sola ciudad. Vi el barco fuera de lugar desde el puente: un
habitante del agua llamado a la tierra. A no olvidar: hay distintas maneras de
acercarse a la felicidad. De Buenos Aires a Gualeguay, y de Gualeguay para mi
barrio de Boedo, San Cristóbal, y sí, también para mi Martín Coronado donde
tuvo lugar la botadura/fundación de este escriba dado a las filosofadas
baratas.
Poeta, parece que por acá se respira bonito.
miércoles, 1 de mayo de 2013
Una historia para Julia (XXXVII)
El “mostro” de
polenta hizo una aparición salvaje, explícita. Cuando mamá Evangelina logró que
aceptaras abrir la boca para empezar a comer, nuestra atención se la llevaba la
novedosa ceremonia de la comida. Rápidamente te hiciste amiga de la polenta,
los fideos, la morcilla. Parte del consejo de los que saben, era que tu
contacto con el morfi debía ser directo, y para ello valía todo, desde ya la
boca y sus aledaños, la ropa, las manos, o sea dedos libres sobre el barro fundacional.
A resultas de tamaño consejo, las manitos te brillaban, la boca igual, la
mayoría de las veces ibas directo a la bañera a hacer un “al agua, pato”, y tu
ropa partía en vuelo directo al lavarropa. Hasta ahí todo bien, pero apareció
el “mostro” y marcó una diferencia. Fue un mediodía de polenta, tu cara
presentaba un maquillaje de arena amarilla muy trabajado, a lo Lon Chaney, en
el que claramente se representaba una figura que metía miedo, al menos al
contacto dado la apariencia pringosa del ser escapado de la olla anclada en la
cocina. Te vi, me dio risa, y entonces dije: el monstruo de polenta, y
enseguida me di cuenta de que sobraba la “n”, la aparición exigía una anomalía
de la lengua, por eso corregí y dije: el mostro de polenta. Fue en ese momento,
que vos, sonriente, enseñando tus dos dientes de arriba y el solito de abajo,
emitiste un sonido corto y amenazante, algo así como el “ajjjgrrr” que aparecen
en los globos de algunas historietas. Me reí, retrocedí un paso tapándome la
cara debido a la aparición del mostro: oh, no, el mostro. Te reías, volviste a
emitir el sonido, y entonces mamá Evangelina también tuvo miedo del mostro. El
juego se repitió esa y otras veces, y vos respondías. El paso del tiempo lo
convirtió en un clásico. Los que saben de su existencia, te preguntan por el
mostro y vos le das entidad sonora. El otro día, tu prima Juana, de dos años y
pico, mientras estaban en tu corralito, te preguntó por el mostro, y le
devolviste el gruñido. Recuerdo que estábamos en la puerta de casa, porque ahora
tenemos parecita y vereda. Por la vereda de enfrente caminaban unos chicos. Al
oído te dije que había que avisarles que acá vivía el mostro de polenta:
escuchaste mostro y soltaste el “ajjjgrrr” de convocar el juego. A veces, cuando
te estás durmiendo en mis brazos, con tu cabeza apoyada en mi hombro, proponés
un juego. Emitís un sonido o alguna de esas palabras misteriosas que no podemos
descifrar, un ta, un titipi, solo un sonido, y esperás para escuchar el que yo
te devuelvo, también corto y parecido a los tuyos. En medio de este juego te
gusta deslizar un gruñido de mostro al que yo respondo divertido.
Siempre me gustó la polenta, y ahora mucho más.
Una historia para Julia (XXXVI)
En los días en que empezaron a dar su presente
las cajas de cartón que nos servirían para la mudanza, mamá Evangelina armó una
para guardar el grupito de amigos que ya formaban tus muñecos. Al final del día,
la mona Jacinta, el perrito blanco, el oso “teneme el oso”, el chancho Cholito,
y algunos de sus asesores a la hora de tu entretenimiento, terminaban haciendo
la plancha dentro de la caja de champú Chandon. El dormitorio portátil cumplía
su función de maravillas hasta el movimiento mágico realizado por la abuela
Olga, que en una de las escapadas que se hacía desde Gualeguay hasta nuestra
Buenos Aires, le sumó otra significancia. Olguita tomó la caja con los muñecos
y la posó dentro del corralito donde vos jugabas. El descubrimiento fue instantáneo.
Manito sujeta al borde de la caja dormitorio, cartón Chandon en plano
inclinado, y la otra manito cachando del cogote al primer muñeco que estaba a
tiro. Todos a jugar al patio, en fila, uno atrás del otro. Y enseguida empezaban
a caer al dormitorio otra vez, y no era la hora de la siesta, y tampoco era de
noche. Tu felicidad en esta vida va a tener muchas direcciones postales, vos
misma vas a llevar el relato de tu lista. Cuando esto suceda, tené presente que
ella, la susodicha felicidad, una vez vivió en una caja de Chandon, la de
muñecos afuera, la de muñecos adentro, la arañada, la que fue tambor, la que
recibía tu cabeza y tu mirada de investigadora. Te vi jugar con ella, en ella y
en sus alrededores, por más de una hora. Silvia, tu pediatra, nos dijo: Ella se
muda con los muñecos en la caja. Así lo hicimos. La magia hecha por la abuela
colocó a la caja en una perspectiva lista para la vida. Que tu caja sólo libere
muñecos y esperanzas. Que la eternidad, que consiste en tomarse el tiempo para
hacer la vida, sea el paisaje por donde caminen vos, tus amigos, tu mirada.
viernes, 22 de marzo de 2013
Una historia para Julia (XXXV)
En la historia anterior anoté: San Cristóbal,
Boedo, Buenos Aires. ¿Sabés por qué, Julia? Para empezar a dibujar otro tiempo.
Porque dentro de unos días nos vamos a vivir a Gualeguay, Entre Ríos. A Buenos
Aires vamos a llegar de visita. ¿Por qué nos vamos?, te cuento. Mamá Evangelina
y yo venimos hablando de cambiar de paisaje desde que naciste. Queremos una
mejor calidad de vida para vos, para los tres. Queremos salir de la velocidad
de Buenos Aires, una velocidad molesta que nos envuelve, pero de la que, por
convicción, nunca participamos. Nos vamos porque buscamos tiempo y tranquilidad.
No queremos que el “ganar guita” se convierta en un deporte cotidiano que nos
robe el tiempo de los días. La guita es una herramienta necesaria en esta
sociedad, pero si no la ponés en caja, puede hacerse trampera que te mande a
bodega la vida. Buenos Aires desde hace años que es bicho que te acorrala. Es
una ciudad cara y dura en demasiados aspectos. Por eso le decimos Chau mientras
nos llevamos los buenos recuerdos. Ciudad origen, ciudad crecimiento, ciudad de
amigos, ciudad de sueños. Dejamos los límites del departamento de la amiga María
Teresa, para llegar a una casa con otro aire. Tu nuevo lugar va a tener pista
para gateos y primeras caminatas, vas a tener árboles en el fondo, y vas a
dormir en tu habitación. Julia, vas a saber de esas mesas grandes que juntan amigos
y familia. Gualeguay es la ciudad, el barrio, de donde viene mamá Evangelina. Hacia
ese origen nos vamos con la memoria.
martes, 19 de marzo de 2013
Una historia para Julia (XXXIV)
Desde fines de enero que no me sentaba a
escribirte. Pasaban los días y yo me repetía: voy a escribir sobre el cambio.
Porque hasta hace un tiempito, cada vez que algo te llamaba la atención y
estaba a tu alcance, tu manito avanzaba decidida al contacto. Cinco deditos
cinco en pos de objetos de toda clase, cinco deditos cinco para desplegar tu
curiosidad. Silvia, tu pediatra, ya nos había avisado, el avance de la manito
en sintonía de orquesta va a ir desapareciendo para dejar lugar a los arabescos
de un solo de dedo índice. Y así fue. Ahora avanza el bollito de violines
dormidos, y en ristre el dedito de hurgar, de rascar o de acariciar botones de
juguetes que tienen música, dedito de desgranar galletitas. Buscás capturar
anteojos, investigar orejas y narices, hacer centro en la boca de la mona
Jacinta o en los ojos del oso “teneme el oso”. Tu dedo índice funciona como el
brazo de una sonda espacial que acaba de llegar a un planeta nuevo, y es así,
es todo tan nuevo que no hay día que no estés fundando barrios y miradas. Mamá
Evangelina y yo, en estos momentos en San Cristóbal, en Boedo, en Buenos Aires,
somos los testigos agradecidos.
martes, 22 de enero de 2013
Una historia para Julia (XXXIII)
Creo que el secreto para andar atento y feliz
en esta vida, es saber que los días te van a traer cantidad de sorpresas,
algunas a favor y otras en contra. O sea, Julia, que vas a tener que pasar
momentos que te van a gustar, y mucho, y otros que no. El asunto es tratar de
tomar los hechos con la mayor tranquilidad posible. A esta altura del relato
pensarás en qué es lo que te quiere contar el barbeta de papá. Quiero que sepas
cómo fue, cómo pasaste, tu primera enfermedad. Y esto nada tiene que ver con
andar revolviendo lo feo o incómodo, tiene que ver con la memoria y ciertas
imágenes. Pasaste dos días un tanto molesta, muy llorona y demandante, y eso
era raro en tu manera de ser. Después aparecieron unas pocas líneas de fiebre
que a poco se transformaron en un montón. ¿Qué ocurre con los bebés cuando se
sienten mal?, buscan refugio, y para refugio, no hay nada más seguro, más
amado, que el calor, la presencia de mamá. A esta altura de la filosofada y el
relato, aparece el nombre de la heroína de esta historia: mamá Evangelina. Es
cierto, papá acompañó. Con mamá, en lo posible, nos repartimos tareas, nos
ayudamos, y creo que formamos un buen equipo, pero quiero que sepas que fue
ella la presencia definitiva para que hoy estés mejor, y yo pueda estar
contándote lo ocurrido. Llegaste a tener mucha fiebre, rozando los 40 grados,
te quejabas mucho, molestias, dolor, llegaban los vómitos y tu susto, y
entonces querías mamá, y una y otra vez mamá estuvo con vos, para vos. La
tormenta duró una semana, durante ese tiempo dormimos, los tres, a los saltos.
El primer nombre malo que apareció fue faringitis viral, y la susodicha se la
jugó ocultando el problema más jodido, una infección urinaria. Ya te dije un
par de veces que en la vida siempre ocurren cosas por primera vez, bueno, esta
es, fue, nuestra primera vez a la hora de saber que hay un hijo enfermo. Y
mientras iba dentro de mi primera vez, nervioso, con miedo, asustado como nunca
antes, fui testigo de cómo mamá le puso el alma, el cuerpo, para cuidarte. Que
estuvo un par de veces cerca del “no puedo más”, sí, claro, pero ese detalle es
el que destaca todavía más su “estar” para con vos: porque volvía a levantarse.
Una y otra vez mamá Evangelina iba al abrazo que pedías. Verla así me
emocionaba, pensaba en mi amor por ella, en el orgullo que sentía al ver lo que
veía, y pensaba en el amor de madre que ella te brinda. Pensaba en tu suerte al
tener esta mamá, porque no cualquiera puede, no creo que todas las mujeres puedan
dar vida al título que entrega la magia de la naturaleza: una mamá se hace en la
construcción del encuentro con el hijo. Tenés una mamá que te acompaña, nunca
te olvides, ni en los momentos a favor ni en los que van a jugar en contra. Algo
más, me encantaría que hoy pudieras frecuentar esa tranquilidad de la que te
hablo. Ya sé, a casi nueve meses, no está entre tus posibilidades. Hoy entenderías
estas palabras finales cuando todavía faltan varios días de antibiótico, ay,
nena, no sabés qué difícil es que aceptes algo que no sea la leche de mamá. Tu
intención de emular al gran boxeador Nicolino Locche, o sea, vos, mi Nicotina,
es perfecta: todos sabemos que le embocaron algunas piñas, en este caso, suerte
para todos, remedio a bodega, pero cómo cuesta.
Una historia para Julia (XXXII)

lunes, 14 de enero de 2013
Una historia para Julia (XXXI)
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Bajo el sauce |
Estábamos de vacaciones en Gualeguay.
Alquilamos un departamento chico en un lugar ubicado a unos kilómetros de la
ciudad. Tenía parque, dos piletas, cuatro churrasqueros, y varios árboles.
Había cuatro departamentos más, y en uno de ellos una nenita de cinco años
llamada Inti. Cada vez que la veías, sonreías y estabas atenta, Inti siempre se
acercaba a saludarte. El primer día te trajo un obsequio hecho por ella: un
palito de unos quince centímetros, un pañuelo de papel enrollado sobre la parte
media del palito, y una de esas manitos chiquitas, de plástico, que sujetan el
pelo, ajustando el pañuelo sobre la madera. Inti era flaquita, usaba ropa de
muchos colores, y tenía las uñas de las manos pintadas de color amarillo. Su
familia llegó de Perú en los 90. En uno de estos días de vacaciones por fin
encontré el momento para hacerle a mamá Evangelina una pregunta que hacía meses
me daba vueltas en el pensamiento: Eva, ¿qué es amamantar? Mamá dijo: Uno le da
todo lo que necesita la persona que tiene que cuidar, con un solo acto lo
abraza, lo mima, le da amor, lo alimenta, es como el estado ideal de
acercamiento con otro individuo. Si uno quisiera a alguien y de tocarlo pudiera
brindarle eso que uno brinda cuando da la teta, sería perfecto. Por ejemplo,
cuando alguien está mal, alguien que querés, una amiga, un hermano, o tu viejo,
es como tener el poder de curar todo. Está bueno, ella llora, hay veces que es
de maña, otras de hambre, o porque se angustia, y vos sabés que con la teta solucionás
todo. Julia se siente muy segura mientras toma la teta, juega, se ríe, se
esconde, me pellizca, porque uno la coloca en un espacio que es de ella. Creo
que mamá Evangelina hablaba de la felicidad, la tuya, la de ella, y la mía
cuando las veo entre los juegos y las caricias en torno a la leche. Mientras
mamá hablaba bajo el sauce y papá grababa sus palabras, se escuchaba el sonido
misterioso de las chicharras: la voz de la naturaleza en el aire de Gualeguay.
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